19 oct 2022

2009- SPIROU: EL BOTONES DE VERDE CAQUI – Yann y Olivier Schwartz (1)

Cuando murió Hergé en 1983, todos los periódicos asociaron el deceso del creador con el de su creación, Tíntin. Era conocido su deseo de que la mansión de Moulinsart y sus habitantes desaparecieran con él. Spirou, competidor y compatriota de Tintín, no tuvo el mismo destino. Ya mucho antes de ese año, el botones pelirrojo había pasado, desde su nacimiento en 1938, por las manos de media docena de creadores: Rob-Vel, Jijé, Franquin (al que ayudó Greg en varios guiones), Fournier, Nic y Cauvin. Después vendrían Tome y Janry, Morvan y Munuera y Yoann y Vehlmann.

 

De mano en mano, de década en década, Spirou (personaje que fue comprado por la editorial Dupuis a su creador original, Rob-Vel), ha ido avanzando desde las aventuras de corte más clásico dirigidas a un lector infantil y con fuertes dosis de humor, a las más maduras, modernas e incluso experimentales, incluyendo algunas mutaciones polémicas que trataban de romper con los códigos establecidos desde hacía décadas. Ahí están álbumes como “Pañales en Champignac” (1969), “La Máquina que Sueña” (1998) o “Los Orígenes de Z” (2008). Así, Spirou, inventado y reinventado, autoreferenciado, relanzado y versionado, es un caso único en el mundo de los comics francobelgas, encontrando paralelos sólamente en la incesante reinvención de los superhéroes americanos (al fin y al cabo, Superman fue serializado en la revista “Spirou” de 1939 a 1941 bajo el nombre de “Marc Costa o el moderno Hércules”). Aunque no tiene identidad secreta, Spirou también corre aventuras fantásticas y viste un característico atuendo, rasgos estos que no lo han hecho tan apto para la evolución como algunos autores esperaban al encargarse de narrar sus peripecias. Más allá de la evolución que ha seguido la serie principal, habría que añadir las ediciones integrales y especiales, la colección del Marsupilami, la del “El Pequeño Spirou”, “Supergroom”, “Zorglub”, “Mademoiselle J”, “Champignac” o “La Bestia”. En fin, todo un universo en el que perderse.

 

Con semejante legado, ¿cómo se puede relanzar con dignidad una serie? ¿Cómo ofrecer algo nuevo y, al tiempo, respetuoso con la larga tradición de un personaje quincuagenario? Para la editorial Dupuis, la respuesta a esta pregunta se encontraba en el mundo de los comic books o incluso los blockbusters cinematográficos: si Batman, Superman, Sherlock Holmes, James Bond o “Misión Imposible” podían ser una y otra vez renovados para las nuevas generaciones, sin que los espectadores o lectores se sorprendan de ver a sus héroes encarnados por actores diferentes o dibujados de maneras distintas, incluso redefiniendo radicalmente a los personajes y sus universos…. ¿por qué no podría hacerse lo mismo con Spirou? Ese es el espíritu de otra serie paralela que desde su creación en 2006 ha despertado un gran interés con cada una de sus entregas: “Una Aventura de Spirou por…”, en la que diversos autores dan sus respectivas versiones del personaje.

 

En 2008, Emile Bravo firmó el cuarto volumen de esa serie, “Diario de un Ingenuo”, en lo que supuso un regreso a los orígenes del héroe, arrojando luz sobre muchos misterios de sus primeros años. En esta historia, ambientada a las puertas de la Segunda Guerra Mundial, Spirou trabaja como botones del Hotel Moustique y conoce a su amigo, Fantasio, un reportero un tanto estrambótico. La influencia de Tintín es más que una sensación, porque Spirou incluso abandona su traje rojo para ponerse unos pantalones de golf. Muchos aficionados se mostraron encantados con este enfoque “retro” y anhelaban una secuela… que llegó en 2009, aunque firmada por dos autores distintos: el guionista Yann y el dibujante Olivier Schwartz: “El Botones de Verde Caqui”.

 

La Segunda Guerra Mundial ha golpeado de lleno a Bélgica, que ahora, en 1942, se encuentra ocupada por las tropas nazis. El Hotel Moustique ha sido requisado y convertido en cuartel general de la temida Gestapo, y Spirou sigue trabajando allí desempeñando la misma ocupación, aunque su traje rojo ha cambiado forzosamente de color a uno verde caqui más militar. Fantasio le reprocha a su amigo que se gane la vida sirviendo a los oficiales alemanes, aunque él mismo haya encontrado empleo en en el archivo del periódico “Le Soir”, también controlado por las autoridades de ocupación y transformado en un medio de propaganda-. Entre reproches cruzados, la relación de ambos ambos se agría.

 

Lo que no sabe Fantasio es que Spirou colabora con la Resistencia, utilizando una radio escondida en su habitación para transmitir aquella información potencialmente importante que escucha en las conversaciones de los nazis que se alojan o trabajan en el hotel. Cuando una misteriosa arma empieza a derribar los bombarderos alemanes, el coronel de la Gestapo presiona a sus hombres para descubrir el origen de las transmisiones de la Resistencia y Spirou no tarda en ser descubierto. Por su parte, Fantasio oculta en su piso pilotos americanos derribados, lo que también pone en riesgo su vida…

 

Yann y Schwartz nos ofrecen con este álbum una aventura deliciosa y fresca, completamente digna del sólido legado que han recibido de sus predecesores. Está maravillosamente dibujada y combina con inteligencia suspense y acción con un trasfondo bélico. El único problema que le encuentro al guion es que, aunque tiene buen ritmo y no hay tiempos muertos, hacia el final pierde algo de coherencia y la narrativa se fragmenta. Por otra parte, hay en este álbum algunos elementos nada menores que han levantado polémica por tocar ciertos temas tabús en Bélgica, especialmente el periodo de la ocupación nazi. Para algunos, la ligereza con la que Yann aborda la cuestión ha resultado controvertida e incluso ofensiva. 

 

Lo primero que hay que saber es que este álbum es una especie de revancha personal para Yann. Escribió la primera versión veinte años atrás para que fuera dibujada por Yves Chaland y serializada en “Spirou”. Chaland se hallaba entonces realizando su propia versión del personaje en un formato novedoso: dos tiras en blanco y negro publicadas cada semana en la revista y con un estilo “retro” que asustó a la dirección editorial, que, creyendo que espantaría a a los lectores más jóvenes, puso fin a la aventura, titulada “Corazones de Acero”, antes de que siquiera llegara a su mitad.  

 

A comienzos de la década de los 80, Spirou se hallaba en plena transformación. La sucesión de Franquin, cuyo último álbum se publicó en 1969, había sido problemática. El elegido para continuar con el personaje fue Jean-Claude Fournier pero tras diez álbumes, el consenso general parecía ser que había infantilizado el tono de las historias. Se produce entonces un intento de innovar, estableciendo dos equipos, Nic y Cauvin por una parte y Tome y Janry por otra, que se irían turnando en las aventuras de Spirou para asegurarse que éste siempre tuviera presencia en la revista. Lo que era en el fondo una guerra entre dos editores tratando de prevalecer e imponerse, José Dutilleu y Alain de Kuyssche (que también apadrinaba a Yves Chaland), fue zanjada por el dueño de la revista, Charles Dupuis, a favor de Tome y Janry, que se convertirían en los timoneles del destino de Spirou durante los siguientes catorce años, creando además la divertida serie “El Pequeño Spirou”, que tantas alegrías daría a la editorial y los lectores. Pero la entrada de Tome y Janry como responsables exclusivos de Spirou y la supresión de la política de equipos rotatorios, dejó fuera a Yann y Chaland, que ya habían realizado la sinopsis completa y los primeros bocetos de “El Botones de Verde Caqui”.  

 

Veinte años después, la historia se repetia. De nuevo, se trataba de encontrar a quien pudiera suceder a Tome y Janry al frente del personaje insignia de la editorial. Dupuis está considerando todas las posibilidades y la colección “Una Aventura de Spirou por…” responde a ese deseo de experimentación que, en último término, servirá para enriquecer al personaje con una multitud de temas interesantes con gran potencial de desarrollo en el futuro. Spirou, de esta forma y como decía antes, se ha convertido en un rara avis en el mundo de los comics francobelgas, mucho menos inclinados a cambiar los equipos creativos de personajes icónicos de lo que lo está la industria norteamericana.

 

Fue Émile Bravo el que, con “Diario de un Ingenuo” rompió el tabú editorial de recuperar esa ambientación y estilo del pasado que habían intentado Yann y Chaland, demostrando que la nostalgia sí tenía cabida dentro de un personaje como Spirou. O quizá habría que decir que, mientras que el tema de la memoria no se contaba entre los predilectos de la generación de los 80, sí ha cobrado una nueva fuerza en los 2000.

 

Cuando lee “Diario de un Ingenuo”, Yann no puede sino fruncir el ceño. Con razón. La idea de situar a Spirou durante la época de la ocupación nazi en Bélgica (aunque Bravo había ambientado la historia un poco antes, en 1938), la había tenido él. Lo mismo ocurría con el primer encuentro de Spirou y Fantasio y la importancia del Hotel Moustique como centro físico de la acción. Dado que un resumen de su historia había aparecido publicado con algunos comentarios propios en uno de los volúmenes que la editorial Champaka había publicado dedicados a los trabajos inacabados de Chaland, imaginó de dónde había sacado Bravo su “inspiración”. Por otra parte, la relación entre Spirou y una joven judía (“interpretada” por Audrey Hepburn, que pasó su infancia en la Holanda ocupada) se convirtió en el álbum de Bravo en un romance con una joven empleada del hotel y espía comunista.

 

Ahora bien, no hubo mala intención por parte de Emile Bravo. Ha sido cotumbre en la serie utilizar la herencia de guionistas e ilustradores previos para construir la versión propia de Spirou. Jijé heredó de Rob-Vel el Hotel Moustique y el personaje de Spip; ý siguiendo la sugerencia de Jean Doisy, editor jefe de “Spirou”, creó a Fantasio, que a su vez heredó Franquin. Tome y Janry y más tarde Morvan y Munuera utlizaron el Zorglub creado por Franquin, etc…

 

Una de las misiones de los editores, sean americanos o europeos, es asegurar la consistencia de los personajes colocados bajo su supervisión. Bravo rindió un homenaje a sus predecesores, en particular a Hergé y Chaland. No hay nada que criticarle por ese lado. Si el éxito de “Diario de un Ingenio” le dió a Yann la impresión de haber sido desposeído de una idea de su propiedad, al menos le ofreció también la posibilidad de desempolvar su viejo guión y, ahora sí, conseguir que vea la luz. Eso sí, aunque no lo hizo a gusto, tuvo que adaptarlo para conservar la continuidad establecida por Bravo y evitar una duplicidad en el tema.

 

Pero es que, además, pudo contar con un virtuoso del dibujo como Oliviar Schwartz para ilustrar su guion. Heredero del más puro estilo Chaland, es un dibujante al que no se le puede poner ni una sola pega. Conservando el clasicismo europeo de composición de página, juega discreta pero eficazmente con las viñetas, insertando de vez en cuando alguna pequeña de forma circular, por ejemplo; adaptando el tamaño a la cadencia temporal de la escena o eliminando los marcos. La narrativa es impoluta y su línea limpia y amable. Pero es que, además, no toma atajos a la hora de dibujar fondos usando abundante documentación. Las calles de Bruselas (edificios, mobiliario urbano, comercios, carteles publicitarios y propagandísticos…), el vestuario, los vehículos, las armas, las decoraciones interiores… todo está minuciosamente reproducido incluso en planos generales con tantas figuras repartidas a diferentes distancias de foco que sería fácil caer en la confusión o la sensación de aturullamiento.

 

Y, por si fuera poco, Schwartz es el dibujante perfecto para insertar la multitud de referencias, guiños, homenajes y cameos que le indica Yann. En estas viñetas podemos ver a Hergé, Edgar Pierre Jacobs, Franquin, Jijé, Jacques Van Melkebeke, Yvan Delporte, Raymond Leblanc o Chaland. Pero también numerosas figuras de la historieta de aventuras francobelga, como diferentes personajes de la serie Tintín (está reproducida incluso una escena de “El Secreto del Unicornio”, aventura que se serializó durante la ocupación nazi de Bélgica), Bob y Bobette, Blondin & Cirage,Gaston, Buck Danny, Tif y Tondu, Bob Marone, Bob Fish, Quick y Flupke, Jo y Zette, Francis Blake, Poison Ivy

 

Para localizar todas esas alusiones hay que ser un verdadero experto. Basten unos ejemplos: un cartel anuncia la actuación del barítono Delmas, que era el nombre artístico de Edgar Pierre Jacobs en la época en la que cantaba en la ópera de Lille antes de dedicarse por entero al dibujo y crear “Blake y Mortimer”. El aviador británico que se llama Rock Nidwell, referencia a Nick Rodwell, hoy polémico custodio del patrimonio artístico y comercial de Hergé. La carne de estraperlo que el tendero envía a la carnicería Sanzot, pesadilla telefónica del capitán Haddock. En una pared se ve un poster anunciando un combate de boxeo en el que participa “Batallador” Murdock, el padre de Daredevil. Los personajes de Peloduro, Entresol, Radar y el profesor Samovar están sacados de las primeras aventuras de Spirou dibujadas por Rob-Vel o Franquin. El título del álbum hace referencia al color del uniforme que viste Spirou pero también recuerda el personaje de Verdegrís, un botones que trabajaba en un hotel competidor de Le Moustique –y, por tanto, rival de Spirou- y que apareció en dos historias de Rob-Vel.

 

En fin, que si Emile Bravo había introducido en su historia pequeños guiños al lector enterado, Yann y Schwartz le invitan a una auténtica caza del tesoro de homenajes a la historieta francobelga. 

 

(Finaliza en la siguiente entrada)

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