13 feb. 2016

1929- TÍNTÍN - Hergé (4)



(Viene de la entrada anterior)

1938-EL CETRO DE OTTOKAR

La negra sombra de la Alemania Nazi se iba extendiendo por Europa obligando a todo el mundo a prestarle atención, Tintín incluido. En marzo de 1938 se produjo la anexión de Austria por parte de la Alemania liderada por el Partido Nacional Socialista, un acontecimiento que, obviamente, causó un gran impacto en el continente. No sería la última demostración de ambición imperialista por parte de Alemania: en septiembre de aquel mismo año se apoderó de la región checa de los Sudetes y en marzo de 1939, Bohemia y Moravia. Siguiendo de cerca tal ejemplo, el reino de Albania era fagocitado por la Italia fascista de Mussolini en abril de 1939.

Hergé recogió aquellas inquietantes noticias y las reconvirtió a su propio lenguaje de ficción en “El Cetro de Ottokar”, octava entrega de las aventuras de Tintín, serializada en blanco y negro desde agosto de 1938 a agosto de 1939 en el seno del suplemento juvenil “Le Petit Vingtiéme”. La versión coloreada del álbum se publicó en 1947.



El hallazgo de un olvidado maletín en un banco del parque lleva a Tintín al encuentro con el profesor Harlequín, un peculiar sabio que está realizando un estudio sobre los sellos reales de la nación centroeuropea de Syldavia. Tintín acepta su ofrecimiento para acompañarle como secretario al escuchar por casualidad una conversación que apunta a que el profesor se halla bajo vigilancia. A partir de ese momento y ya durante el viaje a Syldavia, el joven aventurero se ve envuelto en la investigación de un complot que pretende dar un golpe de Estado, destronar al rey y anexionar la nación al país vecino, Borduria.

Hergé admitió haberse inspirado para esta historia en el libro “Técnica del golpe de Estado”, escrito en 1931 por el escritor, periodista y diplomático italiano Curzio Malaparte. En él se exponía la tesis de que es suficiente apoderarse de ciertas posiciones clave en el seno de un país para hacerse con el control del mismo, táctica que llevan a cabo los conspiradores pro-bordurios. Por otra parte, la identificación de la vecina de Syldavia, Borduria, con la Alemania nazi puede constatarse con detalles como el inequívoco nombre del conspirador jefe, Müstler (construido a partir de los nombres de Mussolini y Hitler) o el escudo negro y rojo reminiscente de la esvástica que lucen los aviones de esa nación imaginaria.

La denuncia del nacionalismo imperialista que destila este álbum supone un paso decidido por parte de Hergé, que por entonces aún trabajaba para “Le XX Siecle”, un diario netamente reaccionario que miraba con simpatía al sector más derechista de Bélgica encabezado por Leon Degrelle. Pero además de ser un libro antifascista, “El Cetro de Ottokar” aboga con mayor intensidad si cabe por la defensa de la monarquía belga: Sildavia y su rey, el valiente y honrado Muskar XII, son una metáfora de Bélgica y su monarca, Leopoldo III.

Por último y en un tono más ligero, comentar que en este álbum se produce la primera aparición de Bianca Castafiore, la soprano italiana cuyo chorro de voz anima a los que la escuchan a huir lo más lejos posible. El cómico personaje reaparecerá en otros álbumes posteriores, a veces como simple recurso humorístico y otras jugando un papel decisivo en la aventura como aliada de Tintín.


1940-EL CANGREJO DE LAS PINZAS DE ORO

“El Cangrejo de las Pinzas de Oro” devuelve a Tintín a entornos exóticos alejados del continente europeo. El héroe viajará al norte de África siguiendo la pista de unos peligrosos traficantes de opio.

Para esta entrega, Hergé se inspiró tanto en la novela “El Escuadrón Blanco” (1931), del escritor francés Joseph Peyré, en la que se narraban aventuras de soldados y contrabandistas en el desierto del Sahara, como en un caso real que destaparon los periódicos de la época sobre el contrabando de cocaína escondida en cajas de carne de cangrejo en conserva.

Hergé había creado a su protagonista titular como un boy scout intachable que reunía todas las virtudes deseables en un joven: moral, noble, valiente, generoso, compasivo, leal, sereno, curioso, respetuoso… y que respondía al anhelo inconsciente de su autor por la perfección. Pero con el tiempo, y comprendiendo que moderar esa excelencia moral añadiría mayor riqueza y realismo a la serie, Hergé añadió otros personajes importantes que distaban de ser un dechado de virtudes, pero que también reflejaban otras facetas de Hergé. Primero fueron los despistados Hernández y Fernández. Ahora se añadía Haddock, cuya presentación en este álbum constituye un hito en la serie. Capitán de la marina mercante borrachín, irritable, malhablado y de buen corazón, a partir de este momento se convertirá en el compañero inseparable de Tintín en sus aventuras. La adición de Haddock supone un nuevo paso hacia el realismo, dando mayor relevancia a los personajes humanos –y vaya si Haddock lo era- mientras que Milú, aunque todavía lo vemos pensar y protagonizar pequeños momentos, queda relegado al papel de mera mascota.

Lo cierto es que Hergé nunca pensó que el capitán Haddock llegaría a alcanzar el protagonismo que efectivamente tuvo. Quizá sea por ello que no hace su aparición como un personaje particularmente entrañable. Su adicción al alcohol lo lleva a la irritabilidad, la melancolía, la ira e incluso la locura, pero Hergé consigue mantenerlo dentro del límite de lo aceptable gracias al humor. Haddock es en muchos aspectos la antítesis de Tintín: representa la madurez y algunos de los defectos que a menudo la acompañan, como el cinismo y la falta de templanza. Tintín en cambio, simboliza la juventud: es inocente, confiado y noble. Con el paso de los años y las aventuras, sin embargo, Haddock irá transformándose y, sin perder su exuberante humanidad, absorberá algunas de las virtudes de su joven compañero.

Tenemos también en este álbum la segunda aparición del contrabandista Allan Thompson, a quién ya habíamos visto en “Los Cigarros del Faraón” traficando con armas en el Mar Rojo. Esta es la única ocasión, sin embargo, en la que no actúa bajo las órdenes de Rastapopoulos.

Cuando apareció este álbum, Bélgica ya había sido ocupada por los alemanes. El “hogar” editorial de Tintín hasta ese momento, el periódico “Le XX Siècle”, dejó de publicarse en mayo de 1940. Un mes después, el ejército nazi, imparable, ocupa Holanda, Luxemburgo, Francia y Bélgica. El hermano de Hergé, que militaba en las filas del ejército belga, es capturado y enviado a Alemania como prisionero de guerra. El propio Hergé huye a París, donde encuentra refugio en la casa del dibujante Marijac. Sin embargo, a finales de junio, regresa a su país respondiendo a la llamada del rey Leopoldo III para que los belgas volvieran a sus puestos de trabajo. Aún así, se avecinaban tiempos difíciles.

El principal diario belga, “Le Soir”, reanuda su publicación aunque ahora bajo control alemán. Unas semanas más tarde, Raymond Becker, un antiguo amigo de Hergé de sus tiempos como scout y admirador de Mussolini, es nombrado responsable editorial de la cabecera. Hergé, que había rechazado colaborar con el Rexismo –el partido político de extrema derecha y proalemán-, no tiene más remedio que aceptar la oferta de su antiguo amigo y hacerse cargo del suplemento juvenil de “Le Soir” a partir de octubre de 1940.

“El Cangrejo de las Pinzas de Oro” apareció en este contexto y no es de extrañar que tanto ésta como las siguientes peripecias de Tintín eludieran cualquier referencia política –existentes, como hemos visto, desde las primeras entregas- prefiriendo limitarse a aventuras neutras sin segundas lecturas.

La versión en color apareció en 1943 –la prepublicación en blanco y negro había finalizado en “Le Soir” en octubre de 1941- realizando algunas correcciones en la raza de algunos personajes y ciertas escenas para evitar problemas con los editores norteamericanos, siempre tan amantes de la corrección política. Además, en la versión publicada a partir de 1948, se añadieron algunas páginas de una sola viñeta y sin texto para completar la paginación habitual de los álbumes de entonces.


1941-LA ESTRELLA MISTERIOSA

“La Estrella Misteriosa”, serializada en blanco y negro entre 1941 y 1942 en la revista “Le Soir” y luego publicada como álbum directamente en color en ese último año, fue un producto de las circunstancias políticas. En la Bélgica ocupada por los nazis, Hergé ya no era libre para utilizar a su personaje como herramienta de denuncia de determinados regímenes políticos o injusticias en el ámbito internacional, tal y como había hecho en, por ejemplo, “El Loto Azul”, “La Oreja Rota” o “El Cetro de Ottokar”. Los nuevos amos no se mostrarían indiferentes a cualquier ataque, aunque fuera velado, a su línea política así que Hergé se adaptó ofreciendo historias mucho más volcadas hacia la aventura pura y dura.

Unas temperaturas anormalmente altas coinciden con el avistamiento por parte de Tintín de una brillante estrella en el firmamento nocturno. Sus indagaciones le llevan hasta el observatorio astronómico local, donde le informan que un meteorito de grandes dimensiones se está aproximando a la Tierra y que su impacto supondrá el fin del mundo. Los cálculos, sin embargo, resultan estar errados y el cuerpo celeste pasa de largo, aunque un fragmento se desprende de él y cae en el Océano Ártico. Uno de los científicos afirma que contiene un extraño y potencialmente valioso metal, desatando una carrera por llegar en primer lugar hasta él. Tintín, Milú y el capitán Haddock se unirán a una de las expediciones, a bordo del navío Aurora que competirá con otra pagada por un financiero sin escrúpulos, navegando en el Peary.

Puede que fuera simple casualidad, pero el argumento de “La Estrella Misteriosa” tiene muchos puntos en común con una de las últimas novelas de Julio Verne, “La Caza del Meteoro” (1908), en el que dos astrónomos enemistados descubren un meteorito compuesto de oro que cae en el Ártico y por el que se inicia una desenfrenada carrera entre las diferentes potencias.

Por otra parte, puede que Hergé no quisiera llamar la atención de los censores nacionalsocialistas. Así, todos los científicos a bordo del Aurora pertenecen –con la excepción de Bélgica y Alemania- a países neutrales: Suecia, Portugal, España y Suiza. Pero tampoco parece que hiciera ascos a conseguir el beneplácito de las nuevas autoridades ajustándose a la línea editorial del periódico “Le Soir”, porque aunque no se menciona directamente, sus competidores son norteamericanos financiados por un banquero judío de Nueva York, Blumenstein, con rasgos acordes a las caricaturas racistas que circulaban entonces: gran nariz ganchuda, labios gruesos, cigarro puro, un clavel en el ojal….

En 1954, años después de la liberación, el álbum sería alterado, eliminando un chiste racista al comienzo de la historia y sustituyendo a los estadounidenses por ciudadanos de un país imaginario, Sao Rico, aunque se mantendrían ciertos detalles que desvelan su primitivo origen, como los nombres de los barcos involucrados (Peary, Kentucky Star) y alguna bandera ondeando en ellos que pasó desapercibida en el momento de redibujarse el álbum. El banquero judío pasó a llamarse Bohlwinkel, que en bruselense significa “tienda de caramelos” (aunque, y Hergé no lo supo hasta tiempo después, también existe como apellido israelita).

Es destacable asimismo la incursión hacia la fantasía que la historia introduce en su final, con imágenes que parecen sacadas de una pesadilla: las setas propias de un delirium tremens, la gran araña –que fracasa estrepitosamente a la hora de transmitir terror, poniendo de manifiesto que el dibujo de Hergé no era ni de lejos el adecuado para ese género-, las manzanas de dimensiones colosales… Son secuencias que, dado que no reciben explicación científica coherente, rayan en lo onírico.

Por otra parte, los personajes que intervienen en esta aventura carecen de carisma alguno. Aparte de Haddock –al que se le dedican un buen número de gags relacionados con su inclinación alcohólica-, los científicos participantes en la expedición no son más que nombres sin entidad, los villanos –los “americanos” a bordo del Peary- no salen del anonimato y su jefe, el banquero judío, tampoco participa de forma verdaderamente activa en la trama. Ni siquiera el hábil piloto del hidroavión, que tan importantes secuencias protagoniza junto a Tintín, tiene el peso que le correspondería.

“La Estrella Misteriosa” muestra a un Hergé más depurado narrativamente, que plantea una trama bien definida que discurre con ritmo y de la que apenas se desvía. Tiene aventura, humor y emoción, pero también fue, en cierto modo, un paso atrás, un regreso a los orígenes más infantiles de la serie. Fue, en definitiva, un álbum de transición que, además, fue el primero en publicarse en color. Las restricciones de papel durante la guerra obligaron a Casterman a reducir los álbumes de Tintín a 62 páginas, ofreciendo a los lectores a cambio de tal recorte el dibujo a color.


1942-EL SECRETO DEL UNICORNIO

Siguiendo con los álbumes de la etapa de la ocupación, entre junio de 1942 y enero de 1943 apareció publicada en Le Soir la decimoprimera aventura de Tintín: “El Secreto del Unicornio” (el álbum en color se publicó en 1943).

Si la historia anterior, “La Estrella Misteriosa”, había sido una aventura con tintes fantásticos en la línea de, por ejemplo, Julio Verne, “El Secreto del Unicornio”, a pesar de su engañosa portada con una carabela surcando los mares, opta por una aproximación más detectivesca y decididamente urbana: De hecho, por primera vez, Tintín no llega a salir en ningún momento de Bruselas y sus alrededores.

La intriga se inicia en el Mercado Viejo, donde Tintín compra la maqueta de un barco para regalársela al capitán Haddock. En ese momento aparecen dos individuos interesados en el objeto que ofrecen importantes sumas a Tintín a cambio de su venta. Éste, sin embargo, se niega y, ya en su casa, descubre en el interior de la maqueta un mensaje en clave que podría ser la pista para encontrar un tesoro. Aún más coincidencias: el navío es una réplica del Unicornio, barco que comandó un antepasado del mismísimo Haddock antes de hacerlo explotar para que no cayera en manos del sanguinario pirata Rackham el Rojo. La narración que Haddock hace de las tribulaciones de su ancestro es el único pasaje de la historia que traslada al lector fuera del entorno urbano para acercarlo a los parámetros de la novela marítima clásica.

Las cosas se complican cuando el modelo de Tintín resulta robado de su domicilio y él y Haddock se enteran de que existen otras dos copias, cada una de ellas con su respectivo mensaje. Todos juntos darán la respuesta al paradero del tesoro. Pero tras la pista se hallan más individuos que no dudarán en recurrir incluso al asesinato para hacerse con las claves que conducen al botín. La historia continuaría, ya con un tono netamente aventurero, en la siguiente entrega, “El Tesoro de Rackham el Rojo”.

“El Secreto del Unicornio” supone la primera aparición de dos elementos que a partir de entonces serán ya inseparables de la serie. Por un lado, la mansión de Moulinsart. Inspirada en el palacio de Cheverny, uno de los edificios señoriales que puntean las orillas del Loira, por el momento sirve de morada de los villanos de la peripecia para, más adelante, convertirse en hogar del capitán Haddock. Por otra parte, Nestor, el mayordomo de la mansión, impertérrito, bienintencionado y con una lealtad a toda prueba, pasará a estar al servicio del capitán al término de la siguiente aventura. De entre el resto de personajes secundarios de la historia, todos efímeros, destacan los hermanos Pájaro, rufianes de turno, que, al igual que Hernández y Fernández, son gemelos –aunque no idénticos-.

Esta fue también la primera vez que una aventura de Tintín se dividía en dos partes. Ambas aparecieron originalmente serializadas en “Le Soir” con una separación de poco más de un mes. Posteriormente, otras peripecias transcurrirían también en el espacio de dos álbumes: “Las Siete Bolas de Cristal” y “El Templo del Sol”, y “Objetivo la Luna” y “Aterrizaje en la Luna”.


1943-EL TESORO DE RACKHAM EL ROJO

El dúo que forman “El Secreto del Unicornio” y “El Tesoro de Rackham el Rojo” es una de las aventuras preferidas de Tintín no sólo para muchos fans –siguen siendo hoy dos de los álbumes más vendidos de la colección-, sino para el propio Hergé.

Tras descubrir en la aventura anterior la localización geográfica del tesoro del pirata Rackham el Rojo (inspirado en dos históricos filibusteros, Jack Racham y Bartholomew Roberts) escondido por el antepasado del capitán Haddock, éste y Tintín fletan el Sirius para salir en su busca. A ellos se suman Hernández y Fernández y el estrafalario y completamente sordo profesor Tornasol, inventor de un minisubmarino. Su peripecia les llevará a una isla desierta en el Caribe y al fondo del mar donde descansa el pecio del Unicornio. Finalmente, el tesoro resulta estar donde nadie se lo espera…

Estamos ante una aventura luminosa que transcurre sobre todo en el mar y en una isla caribeña sin nombre localizada no lejos de Haití, escenarios que contrastan poderosamente con la Bélgica ocupada por los nazis en la que Hergé imaginó la historia, y en la que un barco como el Sirius, fletado por Haddock y Tintín, nunca hubiera podido navegar libremente hacia esas aguas americanas.

“El Tesoro de Rackham el Rojo” supone el debut de uno de los personajes emblemáticos de la serie a partir de este momento: Silvestre Tornasol. Como ya vimos en álbumes anteriores, Hergé ya había presentado un buen número de científicos más o menos excéntricos, pero Tornasol no es sólo eso. Dotado de una paciencia infinita, incapaz de detectar la maldad o la ira en quienes le rodean, tímido, con la involuntaria habilidad de sacar de sus casillas a sus amigos y desconcertar a sus adversarios y agraciado con un buen corazón a toda prueba, Tornasol, fue modelado por Hergé a partir de un científico auténtico, Auguste Picard, pionero de la exploración estratosférica y subacuática. La irritante sordera característica del sabio, no obstante, la recogió de un antiguo compañero de trabajo del Petit Vingtième.

La aventura se serializó en forma de tiras en blanco y negro en Le Soir de febrero a septiembre de 1943. Posteriormente, para la edición en álbum a todo color realizada en 1944, Hergé realizó algunos cambios, eliminando viñetas, redibujando decorados y cambiando diálogos.

Entornos exóticos propios de la mejor aventura clásica, un dibujo y técnica narrativa ya plenamente maduros, divertidos gags, la presentación de un nuevo e importante personaje y el hallazgo del que será el hogar más o menos oficial de Tintín y sus amigos: la Mansión de Moulinsart. Sin duda y junto a “El Secreto del Unicornio”, éste es uno de los álbumes imprescindibles de la colección.

(Continúa en una próxima entrada)

No hay comentarios:

Publicar un comentario