10 feb. 2016

1990- NICOTINA – Yann y Bodard


Cuando a mediados de los ochenta el sida se convirtió en una epidemia mundial, se vivió en el planeta un periodo de desconcierto e inquietud fruto de la ignorancia que entonces se tenía sobre esta enfermedad y de la mortalidad que aseguraba a quienes se contagiaban. ¿A quién afectaba? ¿Cómo se transmitía? ¿Podía infectar un beso? ¿Y un mosquito? ¿Qué desarrollo tenía la dolencia? La enfermedad, en parte a que afectó a personalidades muy conocidas del mundo del espectáculo, provocó una especie de obsesión tanto en los medios de comunicación como de los productores de cultura popular en todas sus formas.

En el comic, a priori, un tema como este puede abordarse desde dos puntos de vista: el del drama personal o el humor. El primero exigía un formato que aún distaba de ser popular en aquellos años: el de novela gráfica o serie limitada realizada por autores dedicados al comic alternativo, creadores más centrados en su mundo interior, en su relación con otras personas y la sociedad que en narrar ficciones de género. “Píldoras Azules” (2001) de Frederik Peeters, es un buen ejemplo de ello. El enfoque humorístico, en cambio, tenía entonces más salida, especialmente en Europa, cuya sociedad es menos pacata y proclive a las controversias que la estadounidense.



Ahora bien, hacer humor sobre algo tan delicado como el sida era espinoso. Esto nunca había sido un impedimento para el guionista Yann Lepenetier, auténtico “enfant terrible” del comic belga y cuyo humor irreverente ya había provocado algún roce con la conservadora editorial Dupuis. Yann empezó en el mundo del comic como dibujante, pero pronto se concentró exclusivamente en aquello para lo que más talento tenía: los guiones. Tras trabajar en el ámbito de la publicidad y la arquitectura, empieza a publicar en “Spirou” en 1974. Será en esa cabecera donde colaborará con Didier Conrad en ilustraciones satíricas primero y la serie “Los Innombrables” después. Con esta última fue con la que se dieron de bruces con el espíritu tradicional de la revista, que estimaba que el humor adulto y desmitificador de esa serie no casaba con el tono juvenil y buenrollista de “Spirou”. Después de que “Los Innombrables” fuera cancelada por Dupuis en 1983, ambos autores se trasladaron a Glenat, en cuya revista “Circus” siguieron satisfaciendo su espíritu satírico con “Bob Marone”, parodia de la conocida serie de aventuras “Bob Morane”. A partir de ese momento, Yann se labró la reputación de ser uno de los guionistas más completos y originales del panorama europeo, dotado de tanta imaginación como cultura y capaz de saltar entre temas y géneros con una facilidad pasmosa. Ha colaborado con multitud de dibujantes en todo tipo de historietas, desde la aventura al drama histórico pasando, claro está, por el humor.

Dentro de su primera y más cáustica etapa, Yann crea el personaje de Nicotina Goudron, punki, ácrata, perezosa… y seropositiva, al igual que sus dos amigos León y Cisse. Los tres tienen dieciocho años cuando se llevan el disgusto de enterarse de su contagio, pero deciden no amargarse la vida y continuar viviendo lo mejor que puedan… que no es mucho puesto que los tres son unos parias, a cada cual más incómodo y embarazoso para quienes le rodean. Su marginación es tanto voluntaria como obligada. No pueden evitar ser lo que son, pero por ello son castigados a vivir en cierto aislamiento más allá de lo que la sociedad considera el límite de lo aceptable.

Nicotina tiene un aspecto estrafalario, una vestimenta agresiva, una actitud pasota y una
predisposición lúdica y liberal hacia el sexo. León es un bisexual de físico poco agraciado, inseguro y tímido; y Cisse es negro y homosexual, lo que lo convierte en marginado por partida doble. Tras enterarse de su condición seropositiva y reflexionar brevemente sobre su desgracia, los tres acaban accidentalmente en una oficina de empleo. Distan de ser ciudadanos ejemplares y aptos para el trabajo y cuando la burócrata de turno se lo hace notar argumentando que no sólo deben exigir sino también aportar algo a la sociedad, Nicotina grita indignada: “¡¡La sociedad es una basura gigante que apesta!!” Y, efectivamente, de lo que acaban trabajando los tres es de basureros. ¿Qué mejor ironía que tres marginados se vean obligados a trabajar recogiendo los desperdicios de la misma sociedad a la cual desprecian?

A partir de esa historia inaugural, Nicotina, Leon y Cisse protagonizan una serie de episodios cortos de una a cuatro páginas de extensión en los que los autores se sirven de su corrosivo sentido del humor no para reírse de los afectados por el sida, la propia enfermedad o sus consecuencias, sino sobre todo de las formas en que la sociedad se enfrenta a la nueva situación. Así, por ejemplo, tenemos a unos yuppies decadentes y snobs que utilizan a Nicotina para jugar a una suerte de ruleta rusa sexual con la que estimular sus vacías existencias. Esto no quiere decir que Yann sea un apologeta de la clase obrera, porque en otra de
las historietas ataca con saña, en la forma del dueño y clientela de una tasca de barrio, los prejuicios del vulgo y la superioridad moral que cree poseer.

En otras historias cargan contra los remedios milagrosos, ya sean “científicos” o completamente absurdos (como el “pepino chino”) que periódicamente aventaban los medios de comunicación dando falsas esperanzas a los enfermos; los telemaratones buenistas, tan ávidos de dinero como de morbo malsano; los empresarios ingeniosos que usan malintencionadamente la imagen de personajes populares para “educar” sobre el sida y de paso vender sus productos; o los sectores religiosos más reaccionarios, en la forma de beatas organizadas en patrullas de barrio para dar caza a un artista de comics “blasfemo” “por cuya cabeza el Vaticano paga tres millones de años en el Paraíso”. Ni siquiera los bares de ambiente gay escapan a la paranoia generada por el sida y cuando León acude a uno de ellos intentando aplacar sus más bajos instintos, se encuentra con que el vicio carnal ha sido sustituido por el tierno amor platónico.

No hay nada sagrado para Yann, literalmente: en otro de los episodios traslada a Jesús y sus
apóstoles al mundo moderno convertidos en un grupo de moteros vegetarianos a los que echan de las hamburgueserías por no consumir (piden una sola coca-cola y Jesús la multiplica milagrosamente), entran en las iglesias para vaciar los cepillos y su barbudo líder se deja seducir por Nicotina deseosa de que un milagro elimine de su cuerpo el VIH. También introduce Yann homenajes-parodias a otros personajes del comic francobelga, como el Marsupilami de Franquin, el Agente 212 de Cauvin o los Pitufos de Peyo. Estos últimos protagonizan un divertido episodio en el que, como he comentado antes, se satiriza la forma en que se utilizan estos personajes con fines “educativos”: en un corto publicitario se muestra a dos pitufos que, desoyendo los consejos de Papa Pitufo, contratan los servicios sexuales de la prostituta Pitufina y acaban perdiendo el color azul y con el cuerpo cubierto de desagradables bubas. Moraleja: los pitufos tienen que cubrirse con su gorrito blanco… lo que enlaza con la publicidad de condones azules, que era el fin último del anuncio.

También hay un par de episodios que cuentan la difícil vida de los espermatozoides de Leo, quizá un homenaje a uno de los segmentos de la película de Woody Allen “Todo lo que Usted Siempre Quiso Saber Sobre el Sexo…Y Nunca Se Atrevió a Preguntar” (1972 ). El comic caricaturesco, sin embargo, se adapta mejor a este tipo de humor absurdo que la imagen real, donde es más difícil acertar con la dosis justa de fantasía y abstracción.

Pese a su acidez, furibundos ataques y frecuente histrionismo, Yann construye unos personajes muy humanos, incluso tiernos. Nicotina, Leo y Cisse trabajan como basureros y ellos mismos son cotidianamente tratados como basura, pero no se dejan apabullar, ni por la intolerancia de la sociedad ni por la enfermedad que portan. Quieren vivir a su aire y hacerlo de forma optimista. Bajo la capa de sátira, cinismo e irreverencia, el trío protagonista es muy consciente de su enfermedad, se preocupan, prueban curas e intentan exorcizar sus miedos mientras tratan de mantenerse activos sexualmente.

El dibujante Denis Bodart estudió en la prestigiosa escuela artística Saint-Luc, en Bruselas. Tras
una corta carera como profesor, debutó en el mundo del comic en 1985 con “Saint-Germaine des Morts”, escrito por Streng y editado por Bédéscope. Tres años más tarde empieza a colaborar con Yann en dos series, “Célestin Speculoos” (aparecida en la revista “Circus”, de Glenat) y “Nicotine Goudron”. Su dibujo para esta última es nervioso, de líneas curvas y dinámicas, con unas figuras caricaturescas tendentes al feísmo y el habitual grado de detalle del comic franco belga en los fondos y la ambientación. Peor valoración merece –al menos en la edición española- el terrible color, mal elegido y mal aplicado, de casi todas las historietas.

Tras serializar la serie en la revista “l'Écho des Savanes”, la editorial Albin Michel publicó en Francia dos álbumes recopilatorios, de los cuales sólo uno llegó a España gracias a Ediciones La Cúpula.

“Nicotina” no es una obra maestra del comic, ni siquiera es absolutamente recomendable para todo tipo de lector habida cuenta de lo mordaz y descarado de su humor. Pero sí es un buen ejemplo de tebeo que nace de las preocupaciones de una época y que aborda un tema polémico mezclando valientemente la crítica social, el humor y la sensibilidad.




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