5 feb. 2016

2007-ARRUGAS – Paco Roca



Los comics han demostrado sobradamente su capacidad para abordar cualquier tema, a cualquier escala y desde cualquier punto de vista: desde batallas galácticas a dramas intimistas, de la vida de los emperadores romanos a la investigación de un asesinato, de historias de amor cotidiano a intrigas internacionales, de sátiras protagonizadas por animales a justicieros superpoderosos, de cuentos de hadas infantiles a desgarradoras exploraciones de la psique... Los mejores comics son aquellos que presentan personajes, independientemente de lo extravagantes que sean, con los que el lector puede empatizar fácil y profundamente, e insertarlos en tramas tan complejas y absorbentes como la mejor película o novela.

Pero hay un colectivo que parece marginado del comic en cuanto a sujeto de las historias–algo que también sucede en el cine, la televisión o, ya puestos, en la propia sociedad-: los ancianos. Pocos autores han planteado narraciones centradas en la tercera edad, sus problemas, preocupaciones e ilusiones (una de las excepciones más notables fue, por ejemplo, “Crepúsculo en Sunshine City”, de Will Eisner). En principio, se podrían encontrar explicaciones razonables para ello. La principal quizá sea que una gran parte del público lector está compuesto de gente joven y las editoriales favorecen las temáticas y el tono que se pueden vender bien a esas franjas de edad. Está claro que no resulta fácil plantear una historia épica, de acción, fantasía o suspense cuyos protagonistas sean ancianos y que, además, sea aceptada por unos lectores cuarenta o cincuenta años más jóvenes.


Y entonces, para desmontar ese argumento, llega “Arrugas”. Escrito y dibujado por Paco Roca, este álbum ha vendido, sólo en España, decenas de miles de copias, agotando edición tras edición. Y no sólo en nuestro país, sino también en Francia –para el que fue realizado originariamente-, Inglaterra, Italia, Japón…. Ganó todos los galardones habidos y por haber, incluido el Premio Nacional de Comic, el Premio a la Mejor Obra y al Mejor Guión en el Salón del Cómic de Barcelona, o el Premio a la Mejor Historia Larga en el Salón del Cómic de Lucca; recibió una atención mediática inaudita e incluso tuvo una adaptación cinematográfica en la forma de film de animación dirigido por Ignacio Ferreras que, a su vez, estuvo nominada a los Premios Goya en su categoría y en la de mejor guión en 2012. ¿Cómo es posible? ¿No habíamos quedado en que los comics con ancianos no eran rentables?

Para comprender tal repercusión no es necesario recurrir a motivos oscuros, amiguismos, politiqueos o modas más o menos artificiales. No, es tan sencillo como esto: “Arrugas” es un comic excelente, una historia que nos enfrenta a un mundo con el que en realidad todos estamos relacionados pero al que nos cuesta mirar de frente. ¿Quién no tiene o ha tenido algún abuelo o padre que, al envejecer, empieza a tener problemas físicos o mentales? ¿Quién no conoce, directa o indirectamente, a alguien que haya enviado a sus mayores a una residencia? La vida cada vez se
prolonga más y el número de ancianos aumenta. Todos conocemos y hemos oído hablar de la problemática que ello genera, por lo que el tema de este álbum toca muy de cerca cada vez a más gente.

Pero es que, además, es un comic realizado con una extraordinaria sensibilidad y cercanía, una historia muy humana, emotiva que no sentimental, con la que pueden sintonizar fácilmente lectores no asiduos al comic.

Emilio es un orgulloso director bancario ya jubilado hace tiempo que empieza a manifestar los primeros síntomas de Alzheimer. Su hijo, con quien convivía, sabe que en un momento cercano ya no podrá hacerse cargo de él y lo lleva a una residencia de ancianos. Emilio no es consciente todavía de su enfermedad y acepta muy a regañadientes la decisión de su hijo. Su compañero de habitación resulta ser Miguel, un individuo en plenas facultades que está allí por voluntad propia para escapar a la soledad. Sin embargo, su actitud es de cinismo y desprecio por sus compañeros, lo que le lleva a abusar de ellos aprovechándose de sus problemas mentales, por ejemplo, sisándoles dinero.

Como si fuera un moderno Virgilio guiando a Dante por el Averno, Miguel enseña el lugar a Emilio
y le presenta a sus residentes, estatuas que se sientan frente a la televisión, que tratan de encontrar un teléfono en medio de una total desorientación o que se sientan frente a la televisión con la mirada y el pensamiento ausentes. La sordera y la demencia convierten las sesiones de bingo o de gimnasia en una ruidosa e incoherente farsa. Los inválidos hacen cola impacientes esperando que alguien los lleve al comedor; hay quien vive obsesionado por el pasado y quien no piensa en otra cosa que llamar a sus hijos, pero todos sin excepción temen el infierno que representa el segundo piso, el verdadero final del camino, donde viven recluidos los casos más desesperados, incapaces de valerse mínimamente por sí mismos. Miguel explica a Emilio su amarga visión de la vida en la residencia:"No hay nada que hacer. A las nueve se desayuna, a la una se come y a las siete se cena. La ración de medicamentos y las comidas es lo único que importa aquí. Esto es el mundo al revés. El tiempo que hay entre las comidas es tiempo perdido. Duermes o te quedas vegetando mientras ves la tele esperando a la próxima comida”.

Sin embargo, en medio de un panorama tan desolador, hay pequeños resquicios por los que asoma lo mejor del ser humano, aunque sea en su versión más crepuscular. Antonia necesita un andador para moverse, pero disfruta de sus clases de gimnasia y del bingo, tratando de sacar el máximo provecho de sus limitaciones; Rosario, quien, sentada inmóvil frente a la ventana con la mirada perdida, revive una y otra vez en su mente sus años de juventud en forma de un viaje en el Orient Express. Dolores demuestra un amor extraordinario por su marido, Modesto, ya totalmente devorado por el Alzheimer; la escapada que dirigen Emilio y Miguel en un intento –exitoso por unos minutos- de escapar del aburrimiento catatónico y sentir un soplo de libertad; y, sobre todo, la franca camaradería que se establece entre ambos hombres cuando la mente de Emilio acelera su deterioro.

Paco Roca tenía casi treinta años cuando dio comienzo a su carrera profesional en el comic a finales de los noventa con diversas colaboraciones para Ediciones La Cúpula: historias eróticas para “Kiss Comics” y la serie “Road Cartoons” para “El Víbora”. Sus más de diez años de experiencia como artista profesional en el mundo de la ilustración y el diseño publicitario le habían permitido absorber estilos diversos y aprender técnicas que le situaban por delante de otros autores de la casa y, poco después, pudo abordar con
éxito obras largas más ambiciosas: “Gog” (2000), “El Juego Lúgubre” (2001) o “El Faro” (2004).

Años antes, Roca había recibido el encargo de diseñar un anuncio publicitario en el que debía figurar un amplio grupo de personas. Incluyó en el mismo una pareja de ancianos. Cuando los responsables de marketing le dijeron que éstos no resultaban agradables visualmente, se vio obligado a retirarlos. Aquel episodio le dio que pensar, como también el hecho de que sus propios padres estaban envejeciendo y quería comprender cómo se sentían en ese momento de sus vidas y en el seno de una sociedad que no sólo no se preocupa demasiado de los ancianos sino que trata de ocultarlos. Además, fue testigo de los efectos del Alzheimer cuando el padre de un amigo suyo cayó víctima de esa enfermedad. Era una persona activa, culta e inteligente por la que Roca sentía un gran respeto, y pudo ver las consecuencias que el rápido avance del mal tuvo no sólo sobre ella, sino sobre su entorno familiar.

Decidió entonces hacer una historia sobre gente mayor y sólo gente mayor. Años atrás había imaginado una suerte de comedia criminal en la que unos ancianos asaltaban un casino a sabiendas de que su edad les libraría de la cárcel. Pero en cuanto empezó a investigar y profundizar sobre el tema de la vejez, se dio cuenta de que no podía ser esa la historia que debía contar.

“Arrugas” no es un drama sobre la experiencia de las familias con un enfermo o el problema social que supone la vejez. Todos los que aparecen –salvo las obvias excepciones del hijo de Ernesto o el personal de la residencia- son mayores y es a través de ellos que conocemos cómo se sienten, cómo es el mundo en el que viven; un mundo propio, cerrado, autocontenido como es el de la residencia, de la que no pueden escapar y a la que tampoco entra nada del exterior. A través de ellos se suscitan preguntas de gran calado sobre nuestras propias vidas: ¿cuánto quieres vivir? Si tuvieras oportunidad, ¿querrías vivir hasta edad avanzada aun cuando ello suponga una grave merma en tus capacidades? ¿Qué opciones tendrás cuando llegues a determinada edad? ¿Tendrás siquiera opciones?

Roca se dio cuenta de que, aunque nadie lo había pensado antes, en una residencia de ancianos se
podía encontrar el drama, la comedia y la tragedia que forman los ingredientes de toda buena historia. Durante meses, visitó varias instituciones de este tipo y habló con sus inquilinos y familiares, con los médicos y enfermeras. Ello le permitió reproducir los rituales y ambientes propios de esos lugares, recopilar historias y conocer a gente que, de una forma u otra, acabó encontrando su lugar en “Arrugas”. Roca manifestó que una de sus mayores satisfacciones con este álbum fue darle voz a un colectivo, el de nuestros mayores, que no recibe la atención que merece.

Lo mejor de “Arrugas” no es tanto su argumento –cuyo desenlace es tan previsible como inevitable-, sino la forma en que los personajes logran transmitir sus respectivas visiones de su vida en la residencia. Y no sólo los principales. Los actores secundarios, aunque con breves intervenciones, quedan perfectamente perfilados en su personalidad y circunstancia. Todos ellos tienen sus historias que contar, algunos viven en sus propios mundos, se evaden pensando que están en otro tiempo y lugar, o repiten una y otra vez aquellos logros de su pasado de los que están orgullosos. Del drama personal de cada uno de ellos se podría haber realizado un álbum entero.

Desde luego, los dos protagonistas principales son los mejor construidos, ambos con temperamentos antagónicos. Miguel, como hemos dicho, es un individuo trapisondista y cínico pero de temperamento vivaz y despreocupado; Emilio, en cambio, es circunspecto, serio y algo amargado que inicialmente mira con desconfianza a su forzoso compañero y menosprecia al resto de los residentes. Pese a todo, ambos forjan una amistad conmovedora en el poco tiempo que llegan a convivir. El alcance de ese afecto queda bellamente plasmado en la forma en que Miguel ayuda a Emilio a ocultar los avances de su enfermedad mental para retrasar su subida al temido “segundo piso” y, sobre todo, en su enternecedor final. Y es que es entonces cuando nos damos cuenta de que el verdadero protagonista de la historia ha sido siempre Miguel, el único que ha experimentado una verdadera evolución.

No hay formas fáciles de abordar cosas tan terribles como el envejecer apartado del mundo o
experimentar la progresiva desaparición de lo que nos hace quienes somos: la memoria. No hay finales felices cuando del Alzheimer se trata (¿acaso la misma vida tiene un final feliz?) Sin embargo, difícilmente se podría enfocar la cuestión mejor de lo que lo hace “Arrugas” gracias a unos personajes que destilan gran humanidad y a su habilidad para plantear cuestiones muy profundas bajo la superficie de un dibujo de sencilla belleza. Como en la propia vida, el drama se mezcla con el humor, pero en ningún momento se cae en el engañoso salvavidas mental que ofrecen el cinismo, la caricatura o la ocurrencia fácil. La amargura de lo que se cuenta queda hasta cierto punto compensada por un enfoque tierno y amable sin dejar de ser duro.

En “Arrugas”, cuando la gente sufre, lo hace con dignidad, tropezando con las palabras o luchando por recuperar un recuerdo, pero nunca cayendo en el ridículo o lo grotesco. Quizá sea eso –junto a la breve huida de la residencia- lo menos realista del álbum (¿dónde está la inevitable mancha de orín, o el anciano balbuceando olvidado en una esquina?) pero es que la intención de Roca, sin querer esquivar por completo la realidad, es la de tratar el tema con respeto y madurez, sin caer en la condescendencia o el paternalismo y sin olvidar la cualidad de entretenimiento que debe tener cualquier obra de ficción. El trasfondo de la historia que nos cuenta ya es suficientemente duro (el imparable goteo que drena nuestras facultades mentales, la angustia de enfrentarse al cambio que supone el internamiento en una residencia) sin necesidad de entrar en las miserias aún más profundas y denigrantes que esconde el segundo piso.

El dibujo de Paco Roca no es particularmente llamativo. Sus figuras son sencillas, perfiladas de una manera casi esquemática, pero cuyas líneas caracterizan perfectamente a los personajes. Para esta ocasión Roca adopta un estilo atemporal, tan austero como preciso, con viñetas de fondos
despejados que evocan el entorno higienizado, frío e impersonal de este tipo de instituciones. Pero hay momentos en los que de forma abrupta se cambia de perspectiva, pasando a la viveza de trazo y color. Así sucede cuando vemos a Rosario sentada en su silla de ruedas mirando por la ventana. Al momento siguiente, el autor nos zambulle en el interior de su mente, atrapada en un eterno viaje en tren por tierras exóticas. La vida y alegría que transmiten esas ensoñaciones contrasta de forma brutal con la realidad en la que ya sólo su cuerpo vive. Estas transiciones entre el pasado y el presente, entre la realidad y la fantasía, están realizadas con gran destreza y sensibilidad, demostrando que el comic es capaz de moverse por el tiempo con mayor facilidad que otros medios narrativos.

No hay textos de apoyo en este álbum, porque la comprensión de Roca de la narrativa visual le permite transmitir el máximo de información con el mínimo de recursos. Por ejemplo, con el uso de los silencios, de los que se sirve aquí y allá para establecer el tono emocional de la escena o reflejar el paso del tiempo en un lugar en el que, paradójicamente, el mismo tiempo parece congelado.

“Arrugas” es, en definitiva, un álbum humano, conmovedor, que plantea al lector de forma serena, madura y respetuosa reflexiones incómodas cuando no dolorosas: ¿Cómo nos comportamos con nuestros mayores? ¿Cómo será nuestra propia vida en el futuro? ¿Cómo nos tratará la sociedad? ¿Y nuestras familias? ¿Valdrán para algo en la vejez nuestros logros anteriores? ¿Cómo puede afectar el deterioro físico a nuestra mente? No hay respuestas fáciles, pero “Arrugas” tampoco está exento de esperanza: puede que la edad acabe imponiendo límites, pero nuestra humanidad no los tiene.


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