(Viene de la entrada anterior)
“Lugarteniente” concluía con Silke, quien, habiendo escapado de la “limpieza” efectuada por Vanessa Fisk y en un intento desesperado de conseguir un trato con el FBI que asegure su protección, revela a dos agentes que Daredevil es en realidad el abogado ciego Matt Murdock. Esto enlaza con el primer capítulo del siguiente arco argumental, “A La Vista” (nº 32-37), del que Daredevil está ausente aun cuando su espíritu sobrevuele continuamente la trama mientras los agentes discuten la veracidad o no de la información que tienen. Aunque al final deciden apartar el asunto, uno de los agentes, necesitado de dinero, acaba filtrando la noticia al Daily Globe, que lo lleva a la portada.
Esta revelación, por supuesto, conlleva gravísimas consecuencias para Matt y Foggy, en este punto

Bendis relega a Daredevil a un segundo plano, poniendo a Murdock en el centro de la trama. “A La Vista”” es una saga principalmente introspectiva que contiene poca acción, lo que significa que quien desee leer el típico comic de superhéroes, con peleas y supervillanos al uso, será mejor que busque en otra parte. Sí aparecen, eso sí, adecuadamente insertos en la trama y ajustados a su ya establecida personalidad, otros personajes del universo Marvel relacionados con el entorno de Daredevil, como La Viuda Negra, Elektra, Power Man o Spiderman.

Pero junto a esos momentos brillantes, Bendis sigue arrastrando los aspectos más farragosos de su estilo “descomprimido”. Así, vuelve a necesitar una cantidad desproporcionada de espacio para contar muy poco. El capítulo de apertura es una larga secuencia de “cabezas parlantes”: los agentes del FBI recapitulando lo ya sabido en “Lugarteniente” y exponiendo y sopesando el caso de la identidad de Daredevil. Argumentalmente, no ocurre gran cosa. Tampoco desde el punto de vista superheroico. Hay una escena en la que Daredevil y

Sí, los diálogos son buenos, pero en todo el episodio no hay una auténtica historia ni un desarrollo de personajes. El escritor de novelas puede permitirse el lujo de emplear páginas y páginas de diálogos; el de comic tiene la obligación de sintetizarlos para transmitir las máximas información y emoción con el mínimo número de palabras. En episodios posteriores, es cierto, Bendis salta al otro extremo, incluyendo secuencias completas sin texto, dejando a Alex Maleev la labor narrativa. Bendis forma parte de la nueva escuela de guionistas de comic que crecieron a base de películas y series de televisión (a diferencia de la generación anterior –Roy Thomas, Chris Claremont, Don McGregor, etc…-, con raíces más literarias) y resulta evidente que imagina sus historias en términos cinematográficos. Este recurso es peligroso porque no son tantos los artistas capaces de, sin la ayuda de diálogos ni textos de apoyo, dibujar los rostros y las figuras para que transmitan tantos matices como los que un actor puede integrar en su interpretación. Maleev tiene un estilo fotorrealista que, como muchas veces sucede con esta

Bendis declaró en un artículo introductorio a la edición recopilada de esta saga que no quería caer en los tópicos del género cuando se trata de identidades secretas al descubierto, a saber, que Murdock contratara a alguien o le pidiera a algún amigo que apareciera vestido de Daredevil junto a él en su identidad de civil para engañar a los periodistas. De esto se infiere que el guionista quería dar con una solución más sofisticada, pero como le sucedió a otros escritores antes que a él, al intentar desprenderse de los aspectos más infantiles del género superheroico, Bendis no los reemplaza con algo verdaderamente adulto. ¿A qué me refiero? Murdock ve su identidad desvelada al mundo y se pasa un par de episodios atormentado y reflexionando mientras el lector espera, espera y espera a que urda un plan para salir del problema…Y que resulta ser algo tan obvio como negarlo todo. No se puede decir que sea un giro muy inteligente y, desde luego, no uno que justifique un arco argumental de seis números.
Pero es que tampoco es una salida realista en el ámbito del propio Daredevil. Si uno tuviera una


Bendis introduce aquí un discurso moral sobre “el ciclo de la violencia” en el que vive atrapado Daredevil y que tanto daño le ha causado a él y a los que le rodean. Pero aparte de esto no hay reflexiones muy profundas ni un gran trabajo de caracterización. Se toca la incómoda idea que anida en todas las historias sobre el conflicto

Es cierto, con todo lo dicho y como pasaba en el arco “Lugarteniente”, que, aunque algo irregular, estamos ante un comic ágil y entretenido que contiene buenos diálogos y escenas interesantes aunque más largas de lo necesario.
Se ha dicho que esta es una historia fundamental en la futura trayectoria del personaje y cuyas consecuencias serán extensas y profundas durante años. Como sucede invariablemente en el mundo de los superhéroes, nada en la vida de estos sirve para cambiar para siempre la colección ya que, aunque Daredevil conseguirá neutralizar el impacto de la revelación de su identidad y ésta se convertirá en un simple rumor nunca confirmado, las cosas acabarán regresando a un status quo similar al anterior a esta saga.

Bendis recupera para la ocasión un viejo personaje del Universo Marvel, el Tigre Blanco, un justiciero disfrazado que había nacido en los años setenta durante el auge de los comics de artes marciales. El portorriqueño Héctor Ayala había heredado de los Hijos del Dragón un amuleto místico que incrementaba sus capacidades físicas. Retirado de las actividades superheroicas desde hacía tiempo, retoma su identidad secreta una noche e interviene en el robo de una tienda perpetrado por unos yonquis. Sin embargo, la policía aparece y lo culpa de la muerte de un agente que había llegado al lugar antes que él y que había sido asesinado por los ladrones, huidos presurosamente y de los que no ha quedado rastro.
Power Man y Puño de Hierro, viejos amigos de Ayala, convencen a un reacio Matt Murdock a

Foggy y Matt, por tanto, se encuentran atrapados en un juicio que empieza bien pero que no tarda en torcerse a pesar de sus esfuerzos. Ni la elocuencia de Murdock ni la utilización de expertos como Reed Richards, Jessica Jones, Daniel Rand o el Doctor Extraño pueden impedir que Ayala se vaya hundiendo incapaz de soportar la tensión psicológica. El fiscal descubre sus dificultades económicas y la crisis de su matrimonio; la investigación en los bajos fondos de Luke Cage y Puño de Hierro se topa con un callejón sin salida; la esposa de Ayala, sintiéndose engañada y traicionada por su regreso al mundo de los superhéroes, lo abandona; y él sufre un estallido de desesperación en la sala que indispone al jurado contra él. La resolución del drama es tan trágica como inesperada.

Los dramas judiciales, por su propia naturaleza, se apoyan en los diálogos, en el toma y daca verbal entre abogado y fiscal y entre éstos y los testigos. En el cine o la televisión, esos discursos vienen reforzados por la interpretación de los actores –si éstos están a la altura, claro-: los gestos, la expresión de las caras, la entonación de la voz… que permiten que el espectador se vincule emocionalmente con lo que acontece. En un comic esto es mucho más difícil de conseguir, incluso en los casos en los que el dibujante maneje bien la expresividad de figuras y rostros. Efectivamente, aquí la historia adolece de tener más texto de la cuenta y de un inevitable estatismo en las escenas del tribunal. Para este arco Bendis no contó con Alex Maalev, quien, necesitado de un descanso, fue sustituido por Manuel Gutierrez en los dos primeros episodios y Terry Dodson en el siguiente. Dodson suele ser un dibujante sólido y elegante, pero en esta ocasión su trabajo parece apresurado y poco elaborado, posiblemente porque recibió el encargo a última hora y tuvo un plazo muy corto para realizarlo.
(Continúa en la siguiente entrada)
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