En la prolífica obra de Donald Westlake (1933-2008), uno de los novelistas estadounidenses de género negro más apasionantes de la segunda mitad del siglo XX, destacan dos personajes, dos caras de una misma moneda: por un lado, Dortmunder, un ladrón desafortunado involucrado en atracos retorcidos e hilarantes; y, por otro su “gemelo” oscuro, Parker, otro maestro ladrón, pero frío y brutal.
Nadie ha
logrado plasmar la obra de Westlake en otros medios de forma a
bsolutamente
satisfactoria. Y no es que no se intentara. Varias de sus novelas se adaptaron
al cine con éxito variable, la mayoría pertenecientes a la serie Parker, un
profesional del crimen que roba bancos, casas de apuestas, coches blindados,
galerías de arte y demás. Su existencia gira completamente en torno a su
trabajo. Su vida privada es un mero respiro hedonista entre delitos. Si bien el
dinero que le proporcionan estos robos le permite un estilo de vida envidiable,
residiendo en hoteles de lujo y atrayendo a mujeres hermosas, siempre da la impresión
de que intenta gastar el dinero lo más rápido posible para poder pasar al
siguiente golpe. En el fondo, es alguien muy aburrido salvo por su forma de
dirigir a la gente y planificar delitos. Fuera de eso, es un cascarón vacío.
Dicho así, no
parece la mejor de las ideas: una serie de novelas centradas en un hombre con
una personalidad minúscula y nula vida interior. Y, sin embargo, Westlake
consigue hacer de ellas una lectura absorbente, entre otras cosas porque, en un
mundo de hipócritas, mentirosos e idiotas engreídos, Parker prospera porque es
un
hombre honesto. No un "buen hombre", ni mucho menos, pero sí honesto:
al planificar y ejecutar sus golpes, pero, sobre todo, consigo mismo. Parker
sabe quién es. No es que el cliché de antihéroe taciturno y letal no existiera
antes, pero con Parker, Westlake lo llevó a su máxima y más pulida expresión.
La primera novela de la serie, “El Cazador”, fue adaptada al cine en dos ocasiones: por John Boorman en “A Quemarropa” (1969), protagonizada por Lee Marvin (al que llamaron Walker) y Angie Dickinson; y por Brian Helgeland en la más irregular “Payback” (1998), con Mel Gibson (al que cambiaron el nombre por Porter). En “Atraco al Estadio” (1968), el protagonista, interpretado por Jim Brown, fue rebautizado McClain. De 1973 es “En Contra de la Organización”, donde Parker –aquí llamado Macklin- es encarnado por Robert Duvall. Jason Statham también le dio vida en la más moderna “Parker” (2013).
Algunos de
ellos han sido buenos Parker, otros malos (y otros peores).
Ninguno de ellos
era realmente Parker tal y como lo describe Westlake. Porque, en cierto modo,
para que todo sea como lo describió el autor original, es imprescindible el
elemento serial. Su serie no está compuesta de aventuras autoconclusivas, sino
que cada una de sus entregas se apoya sobre las precedentes, tratando menos sobre
el hombre que cómo reacciona la gente ante él.
En cuanto al
comic, al menos el norteamericano, Parker fue, durante mucho tiempo, un
material complicado de adaptar dentro de una editorial mainstream habida cuenta
de la
crudeza y la amoralidad del protagonista y la violencia que despliega en
sus peripecias. Pero a mediados de los años 2000, el mercado estadounidense experimentó
una mutación drástica. Las editoriales independientes empezaron a alejarse del
clásico comic book mensual de 24 páginas para apostar firmemente por el formato
de novela gráfica o álbum, ya fuera de tapa dura o blanda, diseñado para
venderse en librerías generalistas y no solo en tiendas especializadas de
cómics. Este formato era el ideal para adaptar la obra de Donald Westlake.
Como acabo
de decir, durante décadas, Hollywood intentó adaptar las novelas de Parker,
pero Westlake ponía siempre una condición innegociable si querían usar el nombre
original del personaje: el estudio debía comprometerse a rodar una serie de
películas fieles a los libros. Como los ejecutivos preferían films independientes
y autoconclusivos, el personaje, como he dicho más arriba, tuvo que cambiar de
nombre en el cine. Sin embargo, cuando Darwyn Cooke le presentó a Westlake el
proyecto de adaptarlo al cómic, la sintonía fue inmediata. El artista no quería
"actualizar" a Parker sino mantenerlo firmemente anclado en su época,
los años 60, y respetar el laconismo frío del persona
je. Westlake quedó tan
impresionado con los bocetos y el enfoque del dibujante que, por primera vez en
la historia, autorizó el uso del nombre de Parker para una adaptación. Aunque
el escritor falleció en 2008, el proyecto ya contaba con su beneplácito.
Proyecto que
encontró su hogar en IDW Publishing, una de las editoriales que por entonces
buscaban proyectos de prestigio y autoconclusivos que pudieran atraer a un
público adulto y lector de novela convencional.). Y el género negro era un
gancho perfecto para ese lector objetivo. A finales de los 90 y durante los
2000, experimentó una edad de oro en las viñetas. Obras como “Sin City” (1991-2000)
de Frank Miller, “Camino a la Perdición” (1998) de Max Allan Collins o “Criminal”
(2006-2025), de Ed Brubaker y Sean Phillips, demostraron que el público adulto
devoraba historias de criminales sin superpoderes. En el ambiente pesaba un
hastío generalizado de los macroeventos de superhéroes realzados con color
digital y enlazados mediante continuidades farragosas. Muchos lectores buscaban
historias con los pies en la tierra y que pudieran disfrutarse autónomamente.
Volver a las
fuentes originales del género pulp clásico de los años 60 era el
paso lógico de esa tendencia.
El promotor que encabezó este proyecto, Darwyn Cooke, fue uno de los mejores autores del panorama norteamericano (falleció prematuramente en 2016, a los 53 años). Aunque a menudo es recordado por su brillante miniserie “La Nueva Frontera” (2004, en la que revisitaba la Edad de Plata de los superhéroes de DC Comics), el cambio de registro que supuso “Parker” no fue en absoluto disonante con su carrera anterior, dado que ya había transitado por el género negro en cómics como “Catwoman: el Gran Golpe de Selina” (2002) o su etapa en “The Spirit” (2006-2008).
1962, Nueva
York. Un hombre robusto y desastrado atraviesa a pie el puente George
Washington. Este aparente vagabundo no tarda en conseguir dinero con una serie
de chanchullos, recuperando un porte tan formidable como inquietante. Este
hombre es Parker, un ladrón brillante y un criminal despiadado, que tras
sobrevivir a duras penas a un intento de asesinato y atravesar un infierno, ha
regresado a Nueva York con sol
o una cosa en mente: vengarse de quienes lo
traicionaron, su socio Mal Resnick y su propia esposa Lynn. Fue ella quien le
disparó para a continuación darlo por muerto en una casa en llamas después de
cometer un arriesgado robo de 90.000 dólares. Parker se salvó por un milagro: el
metal de su cinturón detuvo la bala. Pero tuvo que pasar seis meses en prisión
por vagancia, evadirse tras asesinar a un guardia y cruzar Estados Unidos de costa
a costa para saldar cuentas.
Su primer paso es buscar a Lynn, a quien interroga sin piedad para averiguar quién le paga el alquiler cada mes. Horrorizada y abrumada por la situación, se suicida con barbitúricos esa misma noche. Sin pensarlo dos veces, Parker le corta la cara con un cuchillo y abandona su cuerpo en la oscuridad de la noche en una arboleda de una plaza pública. Luego se reúne con otros informantes que lo ayudan a localizar a Resnick. Éste, sin embargo, se encuentra protegido por la poderosa Organización, que controla el crimen organizado por todo el país. Nadie en su sano juicio trataría de tocar a uno de sus miembros… excepto Parker.
Nadie
hubiera imaginado que el trazo redondeado, las figuras amables y el sabor
cartoon de Darwyn Cooke fuera el idóneo para llevar a las viñetas un material
tan duro como el de las novelas de Parker. Y, sin embargo, desde las primeras quince
páginas, en su mayoría silenciosas y con una perspectiva subjetiva, Cooke demuestra
no sólo que ha sabido captar a la perfección la esencia del libro, sino que
puede transmitirla con toda su intensidad. Esa secuencia magistral de apertura
no es gratuita: presenta al personaje con el estilo lacónico que lo caracteriza,
a través de su mirada y mediante una serie de acciones sencillas narradas con
una claridad impactante: usurpa la titularidad de una cuenta bancaria sin
recurrir a la violencia, con una economía de gestos que denota profesionalismo,
serenidad y fuerza de voluntad. Estas primeras planchas son todo un manifiesto ya
que definen el enfoque que Cooke ha elegido para la obra: una narrativa ágil,
sintética y eficaz que va directa al grano; y una atmósfera de tensión
sostenida.
Cuando por
fin, en una página-viñeta, se revela el rostro de Parker mirándose a un espejo,
éste tiene una mirada que le hace parecer un heraldo de la muerte. Cooke
respeta el espíritu original que Westlake insufló en esta serie: nunca intenta
que Parker resulte simpático; la fascinación que ejerce sobre el lector tiene
que ver con su aguda intelig
encia táctica, autoconfianza e inquebrantable
determinación. Le han engañado y le han robado, han perturbado su medido plan
de vida, una existencia anónima y tranquila, de lujo razonable, interrumpida
por un par de golpes al año. En su mundo puede que no haya ley, pero sí honor y
una vez que se ha sufrido una injusticia, se tiene derecho a una retribución
proporcional al daño infligido. Lo único que exige es la muerte del traidor y
la devolución de lo robado, ni un dólar más. Y no le importa que para llegar a él
tenga que enfrentarse a toda una organización (cuya importancia se insinúa más
que se muestra porque sólo aparecen los líderes y un puñado de sicarios). Tiene
claro cuál es su objetivo y, o lo logra, o muere.
Este primer
volumen de “Parker” (de los cuatro de los que constó la serie en comic) sienta
las bases del deshumanizado microcosmos del crimen organizado en el que se
mueve el protagonista, desarrollando una trama de venganza. Como en las novelas
de Westlake, Cooke transmite perfectamente la genialidad de Parker, quien, como
un campeón de ajedrez, siempre va un paso por delante de sus oponentes -y del
lector-. Es un criminal profesional, impulsivo cuando hace falta y calculador
las más de l
as veces, alguien sin escrúpulos, remordimientos ni emociones. Su
físico y su mirada intimidan a propios y extraños. En los cuatro capítulos de
este primer volumen, Parker regresa, se reinventa y cumple su propósito
exhibiendo una crueldad a la vez aterradora y fascinante, pues resulta muy
incómoda la sensación de simpatizar con este monstruo y desear que triunfe en
su plan.
Parker es un personaje muy de su época y Cooke así lo entiende y respeta. De hecho, el primer acierto del autor fue el de mantener la serie ambientada en la década en que fue comenzada su escritura. La saga de novelas, que totalizó 24 entregas, llegó hasta 2008, pero siempre resultó más difícil imaginar a Parker lidiando con teléfonos móviles e internet; un hombre sin identidad podía pasar desapercibido en un aeropuerto estadounidense en 1968, pero no tanto en el mundo posterior al 11-S. Esta decisión también le permitió a Cooke realzar el estilo. Este tipo de historias funcionan mejor cuando los personajes visten traje y corbata, porque este atuendo, incluso cuando está arrugado y ajado, siempre luce más elegante que una camiseta y unos vaqueros.
Por otra
parte, tampoco tuvo remilgos Cooke a la hora de conservar la sensibilida
d de la
época en lo que se refiere al trato que Parker dispensa a las mujeres, que hoy
consideramos inaceptable y nos hace sentir incómodos. Las escenas que comparte
con diferentes mujeres que se ven involucradas en su venganza nos recuerdan
que, a pesar de su carisma, Parker no es un buen tipo, y nunca debe
confundírsele con un héroe. Cooke se esforzó en todo momento por mantener al
protagonista indiferente y sin sentimentalismos. Se trata de un hombre que no
tiene reparos en mutilar el rostro de su difunta esposa tan solo para ganar
algo de tiempo; alguien cuya reacción ante la muerte accidental por su mano de
una persona inocente no es más que una ligera contrariedad.
“El Cazador”
es un comic denso que exige del lector más atención de lo habitual, dado que
los textos de apoyo, los diálogos y las viñetas compiten por el espacio en la
página. Y es que Cooke no se limitó a adaptar, sino que trasladó al cómic la
totalidad de la novela, con todas sus escenas y diálogos, sin dejarse ningún
detalle. Con todo, el autor utiliza tantos recursos narrativos que sus 150
páginas se devoran fácilmente. Los encuadres y puntos de vista cambian
continuamente y largas s
ecuencias silenciosas dan paso a diálogos incisivos, y
otras veces a ilustraciones acompañadas de un profuso texto en tercera persona
que acercan este comic al auténtico y primigenio concepto de “novela gráfica”.
El hincapié, con todo, se hace sobre todo en la acción y los diálogos son a
menudo contundentes y concisos, recuperando la más pura tradición del
“hard-boiled” pero sin sucumbir a los clichés de, por ejemplo, Frank Miller en
“Sin City”, visualmente impactante, pero con una prosa bastante tosca.
Cooke emplea un estilo gráfico vivo y dinámico, no siempre inmediatamente legible –a menudo hay que prestar atención a las viñetas-, pero innegablemente artístico, que recuerda a las ilustraciones de moda de los años 60, con un toque agradablemente kitsch. Si sus páginas recuerdan a los dibujos animados que Bruce Timm realizó para Warner Bros (“Batman”, “Superman”, etc) es porque Cooke colaboró con éste en esas series durante algo más de tres años (de 1997 a 2000), conservando para sus trabajos en comic el mismo formalismo minimalista, formas cuadradas y un incomparable sentido de la geometría y el espacio.
Cooke sólo
necesita de unos cuantos trazos bien situados para plasmar expresio
nes y perfilar
escenarios. Sus mujeres son curvilíneas y llenas de vida; sus hombres, rotundos
y de mandíbula cuadrada; sus fondos rezuman nostalgia. Tiene la habilidad de
despojar su estilo retro de todo artificio y crear obras que cautivan
visualmente y, a la vez, enriquecen la narrativa. Su dibujo para este primer
volumen de la serie captura a la perfección las dos caras de la época: recrea
con absoluta naturalidad el glamour más sofisticado de Manhattan, y retrata con
la misma maestría la crudeza de un aseo mugriento o una estación de metro aislada.
Pero esa elegancia formal nunca camufla la violencia salvaje de la historia.
Cooke estaba
cansado de las paletas sobrecargadas del color digital moderno, así que para “Parker”,
tomó una decisión radical y contraria a las modas de la época: recurrir al
bitono, esto es, el blanco original de la página para dar luminosidad; el negro
en los contornos y las superficies planas; y el azul verdoso que se utiliza como
una variación cromática del gris en las películas “noir” de época, evocando también
las revistas pulp o los periódicos de
mediados de siglo. Esta elección estética
no solo abarataba costes de producción de una forma artísticamente coherente,
sino que le dio a la obra un aire sofisticado, de diseño artístico minimalista,
distanciándola por completo del aspecto de un cómic comercial común.
“El Cazador” termina tal y como comenzó: con otra secuencia casi silenciosa en la que Parker alcanza una estatura casi legendaria, cuya silueta parece superar la de la organización a la que desafió. Cooke ha conseguido transformar a este antihéroe en una suerte de demonio casi sobrenatural pero verdaderamente único que nunca roza la parodia ni se acerca al género de justicieros de la escuela del Punisher.

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