Cuando la industria del cómic-book despegó en la década de 1930 para convertirse en un fenómeno de masas, lo hizo arrastrando una serie de malas prácticas, abusos y vicios empresariales que hubieron de soportar los autores, trabajando horas sin fin por tarifas miserables y sin recibir reconocimiento ni acreditación, privados de seguro médico, mendigando trabajos por los despachos de editores déspotas o perdiendo cualquier derecho sobre su obra. Puede que los aficionados bautizaran aquellos años como “Edad de Oro”, pero, sin duda, muchos profesionales lo vivieron de una forma que poco tenía que ver con semejante expresión. Los progresos que se fueron haciendo desde entonces se sucedieron muy lentamente y no sin luchas y resistencias por parte de las empresas.
Se dice que
a finales de los 80 o principios de los 90, en encuentros con autor
es más
jóvenes o durante entrevistas en convenciones, Jack Kirby solía decir que "los
cómics te romperán el corazón". Es una declaración que resume
perfectamente su experiencia en la industria: a pesar de ser el padre visual y
narrativo de gran parte del Universo Marvel (y de hitos en DC como el “Cuarto
Mundo”), pasó décadas luchando por el reconocimiento legal de su autoría y la
recuperación de sus páginas originales.
En el último
cuarto de siglo, las películas de superhéroes basadas en personajes creados por
Kirby, Jim Starlin o Steve Ditko, han recaudado miles de millones y
popularizado el género hasta niveles jamás soñados. Pero aunque los estudios
cinematográficos han conseguido poner en valor el trabajo de los creadores de
cómic, es posible que no pocos de ellos sigan teniendo dificultades para llegar
a fin de mes. El trabajo en la mayoría de las grandes editoriales se realiza
bajo contratos de servicios, y la mayor parte de las ganancias y los derechos
de autor van a parar a las corporaciones propietarias de las marcas registradas.
Que los creadores sean dueños de su propio trabajo y se beneficien de él es un avance
r
elativamente reciente, y la vida de muchos creadores de cómics habría sido muy
diferente de haber tenido la opción de participar del éxito de su obra.
Incluso en el mundo actual, donde no falta precisamente información de cualquier campo imaginable, seguimos ignorando las tragedias y triunfos que han marcado la vida de la mayoría de los creadores de cómics. Por cada investigación exhaustiva sobre Ditko o Kirby, existe un vacío en relación a otros profesionales que contribuyeron sustancialmente a la creación de grandes universos, como Jim Aparo o Sal Buscema. Miles de dibujantes han pasado noches en vela, padecido dolores articulares y arruinado sus matrimonios por cumplir con sus fechas de entrega en la exigente industria del cómic. La mayoría de ellos han permanecido en el anonimato e incluso para los nombres más venerados del género, como George Pérez, es increíblemente raro poder retirarse con dignidad.
Inspirándose
en la humillaciones e injusticias padecidas por muchos autores d
e generaciones
anteriores, Ed Brubaker escribió el arco argumental “Bad Weekend”, publicado
originalmente en los nº 2 y 3 del séptimo volumen de la colección “Criminal”. Pero
a diferencia de lo que suele ser la norma en esa serie y en muchos otros
títulos firmados por Brubaker y Phillips, “Bad Weekend” no es una historia
negra y cruda sobre el mundo del crimen, sino una oda mordaz, sincera y a su
manera igualmente dura, a otro tipo de mundo: la industria del cómic.
En 1997, el dibujante Jacob Kurtz recibe la llamada de Mindy, organizadora de la convención Comic-Fest, para pedirle que haga de “acompañante-guardaespaldas” de una leyenda del medio, Hal Crane. No hay nadie en la industria y la afición que no admire su trabajo. Pero el encargo de Kurtz dista de ser un sueño. Él fue ayudante de Crane durante un tiempo y lo conoce bien. Sabe que es un hombre resentido, difícil, arrogante y alcohólico. Lo han invitado a ese evento para otorgarle un premio a la carrera de toda una vida, pero la verdad es que su prodigioso talento va de la mano con un carácter y una actitud que le han granjeado la enemistad de todos quienes alguna vez lo contrataron o trabajaron con él.
Así que los
organizadores, desconfiando justificadamente de Crane, quieren que alguien lo
acompañe en todo momento. Oficialmente, es para que su estancia sea más
agradable, pero la verdadera intención es la de asegurarse de que asista a las
ceremonias y mesas redondas programadas, evitar que se emborrache y que agreda
a colegas o aficionados. Y si Jacob ya esperaba que su misión fuera complicada,
ese fin de semana acaba convertido en una auténtica pesadilla.
Quienes
hubieran seguido la serie “Criminal”, ya conocían a Jacob porque había
protagonizado el arco argumental “Bad Night” (nº 4 al 7, 2008), donde se lo
había visto más joven, trabajando en su tira de prensa y viéndose envuelto en
una trama de falsificación y "femme fatale". Crane, por el contrario,
es un personaje completamente nuevo en el que Brubaker encarna muchas de las
más vergonzosas historias y anécdotas protagonizadas en el mundo real por
diversos autores. Sus frustraciones remiten fácilmente a artistas de la talla
de Jack Kirby (cuyo auténtico nombre, por cierto, era Jacob Kurtzberg, nombre
del coprotagonista), sobre todo por su predilección por las historias
fantásticas fren
te a las realistas. La etapa en la que Crane trabajó para la
industria de la animación recuerda a Alex Toth, diseñador de series de
animación como “Jonny Quest” o “Thundarr el Bárbaro” y tan recordado por su talento
narrativo y la economía de su trazo como por su carácter extremadamente
difícil, perfeccionista y voluble. La vida de Hal tiene también retazos de la
de Vince Colletta, el irascible entintador de Marvel que estrechó la mano de
jefes de la mafia y escribió una carta infame cuando despidieron al editor jefe
Jim Shooter. También podemos ver en el entorno de Hal Crane reminiscencias del
Stan Lee de los últimos años, cuando se hizo famoso como el incansable y
entusiasta abuelito creador de iconos del comic. Sin embargo, ese entrañable
anciano no era sino otro de sus personajes, el alter ego superpoderoso de
Stanley Lieber, cuya biografía incluye también pasajes poco edificantes en su
faceta de editor.
Además, la
historia está ambientada en 1997, antes del auge de los cómics de superhéroes
en la televisión y la gran pantalla. Hal insiste en un momento dado en que los
comics están muriendo y, ciertamente, en aquella época, la
industria atravesaba
una verdadera crisis. En 1996, Marvel, lejos de ser el coloso empresarial que
es hoy, tuvo que declararse en bancarrota y otras editoriales también pasaban
por dificultades. Empresas más pequeñas como Defiant y Valiant quebraron.
Pero el auténtico acierto de Brubaker con el personaje de Hal reside no en convertirlo en un recurso para que los más versados puedan identificar a figuras del mundo real, sino en humanizarlo, haciendo que la historia nos explique cómo llegó a ser quien es y ofreciéndonos a través de él una reflexión sobre lo que significa ser un dibujante de cómics en decadencia.
En 1997,
nadie esperaba ningún resurgimiento de la industria y menos aún gente como Hal,
que no eran dueños de los derechos de los trabajos que habían realizado durante
décadas. Él vendió la mayoría de los pocos originales que obraban en su poder,
así que ahora no tiene más remedio que ganarse un dinerillo extra firmando
cells de animación falsos para autenticarlos. No le importan los premios que
le
pueda dar una industria que siempre se ha negado a pagarle lo justo por todo el
trabajo y los personajes que ha creado. Y ahora, se encuentra custodiado por
Jacob, un antiguo ayudante al que hace años desanimó a seguir una carrera en el
mundo del cómic, un desplante que lo terminó acercando a una vida criminal. Ahora,
necesita su ayuda para recuperar unas planchas que lleva tiempo intentando
sacar a la luz. Se suceden los engaños, los robos y la violencia que a veces
rodean a estas obras de arte popular, mientras se nos muestran flashbacks de la
vida de Hal más allá de este “mal fin de semana”.
La
revelación final, que explica la urgencia que siente Hal durante los dos días
de la convención, es tan desgarradora como iluminadora sobre algunos de los
dilemas morales asociados a la profesión de artista de comic. A diferencia de
otros comics criminales de Brubaker y Phillips, más crudos y brutales, “Bad
Weekend” es un drama salpicado de pequeños delitos, una historia más reflexiva,
psicológica y menos violenta a pesar del tóxico comportamiento de Hal. Y es que
el crimen no es lo importante aquí; es, tan s
ólo, el único camino que Hal puede
seguir llegado ese momento de su vida. Su memoria se está deteriorando -se
repite, olvida detalles- y su vida apenas se mantiene a flote. Esta situación
lo conecta con otros criminales creados por Brubaker: no son supervillanos, no
nacieron para robar o asesinar. El crimen es incidental en sus vidas, un medio
para seguir adelante con sus disfuncionales existencias degradadas por la
violencia, el capitalismo y los colapsos mentales. A pesar de todos los robos,
agresiones y falsificaciones cometidos durante este "mal fin de
semana", Hal no se avergüenza de nada. De hecho, intenta borrar algo que
nadie fuera de la industria consideraría vergonzoso; pero eso, más que la
justeza económica en la que vive, es lo que le impide ser él mismo y dejar
atrás la amargura y la vergüenza.
En el
momento de escribir “Bad Weekend”, Brubaker llevaba casi tres décadas en la
industria del comic. Había visto cómo los superhéroes y géneros afines se
apoderaban del espíritu de la época, y en esta historia incorpora comentarios sutiles
que aluden a los placeres y las penas de esa transformación en la cultura pop.
Por un lado, los fans y creadores ya no tienen que avergonzarse por expresar
públicamente su amor por los person
ajes de ficción. Por otro, a menudo las
creaciones eclipsan a los creadores, convirtiéndolos en meros nombres colocados
al final de una interminable lista de créditos finales en películas que
recaudan millones. Cada rincón oscuro y transacción poco ética en los que se
involucra Hal Crane, subraya la turbiedad de la maquinaria corporativa que ha
devorado a los creadores.
“Bad Weekend” tiene apenas 64 páginas, pero Brubaker, a pesar de imprimirle a su historia un ritmo vertiginoso, le insufla un grado sorprendente de sutileza y profundidad a base de pequeños fragmentos de información pertinente diseminados por toda la trama. Es un tipo de drama que el guionista y su socio Phillips ya habían abordado y sobre el que volverían más veces (como en la excelente “Pulp”): la del declive, arrepentimiento y amargura de un anciano. De hecho, llevan tanto tiempo contando este tipo de historias sobre individuos que son de todo menos agradables -pero que dejan una huella imborrable en el lector- que la única sorpresa reside en el tipo de personajes y el escenario en el que se desenvuelven. Invariablemente, el dúo resuelve cada proyecto con tanto oficio y talento que siempre consiguen elevarlo más allá del convencional thriller criminal.
La m
isma
economía, precisión y personalidad que tienen los guiones de Brubaker las transmiten
las viñetas de Phillips. ¿Está Brubaker utilizando una historia que homenajea
la elegancia y ética de trabajo de los veteranos para subrayar que Phillips
lleva muchos años a su nivel? Desde que tuvo la oportunidad, Phillips siempre
ha elegido proyectos que le exigen muchas horas de postura encorvada sobre la
mesa de dibujo para crear páginas en las que la historia, los fondos y las
figuras alcanzan una síntesis y simbiosis impecables. A estas alturas, Phillips
ya era un artista de primer nivel, capaz de dibujar una inacabable variedad de
expresiones humanas, lenguaje corporal y peculiaridades de los personajes. Se
diría que de “Bad Weekend”, no obstante, obtiene una inspiración renovada, a
tenor de la cantidad de fondos bien retratados que transmiten la energía de una
convención de fans; o los homenajes que hace con su dibujo imitando antiguos
maestros del comic y la animación.
Como de
costumbre, sus lápices y tinta hallan el complemento perfecto en el color
aplicado por su hijo, Jacob Phillips, que le dan a “Bad Weekend” una
abstracción difusa y un brillo lúgubre que resulta inquietante y atractivo a la
vez. La paleta de tonos elegidos nos remite a los procesos de sep
aración de
cuatro colores y el papel barato en el que se imprimían los clásicos de antaño,
un recordatorio visual de que la nostalgia, según la dosis escogida, puede
aportarnos felicidad, melancolía o tristeza.
En parte, “Bad Weekend” es un recordatorio –o una revelación, según la veteranía y grado de sapiencia del lector- de lo perversa que puede llegar a ser la industria del cómic, gestionada por editores traicioneros y poblada por artistas que se dejan la piel por una miseria. Podríamos pensar que Brubaker y Phillips volcarían aquí toda su ira y resentimiento contra ese entorno empresarial, pero, sorprendentemente, no es así. Como apunté antes, es una historia reflexiva y también brutalmente honesta que demuestra que, como Hal Crane, Brubaker y Phillips han aceptado la realidad sin dejar de reconocer que incluso un cretino amargado y manipulador como su protagonista puede crear algo trascendente que llegue al corazón de mucha gente.

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