3 jul 2026

LOS VENGADORES EN LOS AÑOS 70 (29)


 

(Viene de la entrada anterior)

 

Antes de entrar de lleno en la siguiente entrega del evento que Marvel Comics ofreció a sus lectores durante el verano de 1973, la Guerra Vengadores-Defensores, conviene detenerse un segundo para observar el planteamiento de su portada, pensada para llamar la atención de un comprador potencial que ni siquiera hubiera adquirido los dos episodios anteriores de la historia en curso.

 

Mientras que la portada de “Vengadores” nº 116 mostró sólo a los tres héroes que participaban activamente en la batalla que se narraba en su interior (esto es, Visión, la Bruja Escarlata y Silver Surfer), y la de “Defensores” nº 9, encajaba simbólicamente y de manera forzada a los tres Defensores originales (es decir, Doctor Extraño, Hulk y Namor) en una escena centrada en Iron Man contra el ex Vengador y actual Defensor Ojo de Halcón, este número, el 117 de “Los Vengadores” (noviembre 73), obra de John Romita y Mike Esposito, pone el foco en los dos combatientes principales, el Capitán América y Namor, al tiempo que muestra una selección de otros Vengadores en forma de cabezas flotantes y tienta al lector con la mano entrevista de una estrella invitada... sin usar nunca las palabras "Defensor" o "Defensores".

 

Sin duda, esto contrasta notablemente con las portadas de la mayoría de los eventos más modernos, tanto de Marvel como de su rival DC Comics, en los que el énfasis se pone en asegurarse de que el comprador potencial sepa que un número en particular forma parte del crossover y, por lo tanto, se sienta obligado a comprarlo siguiendo su instinto completista, en lugar de intentar minimizar la posibilidad de que alguien no compre el cómic porque no tiene todos los capítulos anteriores. ¡Cómo han cambiado los tiempos!

 

Y ahora sí, vamos a analizar este número de “Los Vengadores” escrito por Steve Englehart y dibujado por Bob Brown y Mike Esposito.

 

Lo primero que encontramos es un preámbulo de dos páginas con el título principal, “Holocausto”, en el que, Dormammu y Loki observan (aunque este último, como está ciego, se limita a escuchar a su indeseado socio) cómo los tres primeros Defensores obtienen sus respectivos fragmentos del Ojo del Mal. Dormammu se desconcierta bastante al ver que a cada Defensor se le ha opuesto uno o dos Vengadores y, por un breve momento, sospecha que Loki le está traicionando. Efectivamente, eso es lo que ha ocurrido, aunque el asgardiano se apresura a recordar a Dormammu que su ceguera lo ha dejado indefenso. Éste, por su parte, todavía no puede intervenir directamente sin alertar de su participación al Doctor Extraño. Loki le pide una vez más a su aliado que cumpla su promesa de restaurarle la visión, pero Dormammu vuelve a evadir la cuestión. Lo que sí aprecia es que “Los Defensores son un grupo poco convencional. Quizá su peculiaridad les de ventaja sobre los Vengadores”.

 

Y, a continuación, tras este prefacio, arranca el capítulo 7 de la saga.

 

En el nº 114, el Espadachín había aparecido en la Mansión de los Vengadores, de la mano de Mantis, asegurando haberse reformado y desear unirse al equipo. Si bien la mayoría de los miembros lo aceptaron al final de ese mismo número, al menos provisionalmente, el Capitán América seguía albergando dudas que cualquier lector hubiera encontrado razonables. Pero ahora, mientras el antiguo villano llega a bordo de un Quinjet a las selvas de Bolivia, rumia pensamientos que parecen confirmar su cambio de rumbo: “Hasta el año pasado yo era un supervillano que se creía un aventurero. Ahora que he medrado para convertirme en Vengador, esos tiempos me avergüenzan. Sólo obtuve odio y disgustos…Nunca dinero bastante para sentirme cómodo, ni el respeto de quien importa…Hasta que conocí a Mantis. ¡En realidad, no era más que un matón de alquiler!”.

 

No es la primera vez que el Espadachín viajaba a Bolivia porque en el Anual nº 1 de “Los Vengadores” ese país había sido escenario de un enfrentamiento contra el supergrupo a cuenta del Mandarín. En esta ocasión, el villano reformado se encuentra nada menos que con un castillo de estilo alemán erigido en plena selva. Cuando va a aterrizar en una pista, es atacado por Valquiria a lomos de su caballo alado Aragorn. Consigue evitar el desastre y, seguro de que la fortaleza es el único lugar donde la guerrera ha podido esconder de su vista a la montura, llama a a su puerta. Lo recibe un solitario estadounidense que dice haberlo adquirido tras la captura, en 1949, de un fugitivo nazi.

 

Valquiria ya está allí, rebuscando el fragmento del Ojo del Mal entre unos viejos cofres, y ambos espadachines comienzan su duelo. Cuando ella confirma que la espada que empuña es la del Caballero Negro, el Espadachín no necesita más información para tomarla como la villana que parece ser. El problema de ser el mejor espadachín del mundo es que, no ya para demostrarlo sino simplemente para que tu habilidad sea útil, tienes que estar dispuesto a trinchar a gente con una espada y, como sabemos, los héroes no hacen cosas semejantes. Por lo tanto, para ser un Vengador, lo único que podía hacer el Espadachín era golpear con el plano de su espada. Pero claro, para eso, bien podría haber marchado a la batalla con una tabla de madera. Valquiria tiene el mismo problema. Estando en el lado de los buenos, todo su alarde esgrimista nunca culmina en herir a alguien de verdad. Así, aunque el combate entre ambos incluye muchos de los movimientos típicos de duelos con espadas vistos en películas (deslizarse por una barandilla de piedra, frenar una caída cortando un tapiz de la pared, patear una mesa contra el oponente…), no resulta demasiado emocionante porque sabemos que ninguno de ellos va a caer abatido por el contrario.

 

A primera vista, es un combate bastante desigual ya que la asgardiana es claramente más poderosa que su adversario, pero él lo compensa en parte con su mayor experiencia e ingenio. En un momento dado, el Espadachín incluso le dice: “Para ser alguien que ha luchado y quedado en tablas contra los Vengadores, pareces una cría en lo referente a técnicas de combate”. Lo que él no sabe, claro, es que ese enfrentamiento (que tuvo lugar en el nº 83), no lo protagonizó esta Valquiria, sino la Hechicera con su apariencia.

 

Finalmente, ambos ven al dueño del castillo entrando a hurtadillas en una habitación cerrada. Valquiria hace uso de su superior fuerza física para desarmar a su oponente y sigue al hombrecillo, encontrando el Ojo.

 

Hay una razón para que los actos del estadounidense queden tan poco claros. Como a posteriori se explicó en la sección de Correo de los Lectores del nº 122, la idea original de Englehart había sido que este personaje fuera "un sospechoso de los escándalos del Watergate", fugado a Sudamérica para evitar su procesamiento. Pero cuando el número que ahora nos ocupa quedó listo para enviarse a imprenta, a decir del editor Roy Thomas, aún no se había condenado todavía a ningún implicado (recordemos que los comics se preparaban con bastantes meses de antelación respecto a su fecha de portada), así que, en aras de la prudencia, se optó por dejar desdibujado a este personaje secundario. Puede entenderse la razón, aunque los "Siete del Watergate" originales (cinco ladrones y dos cómplices) habían sido condenados ya en enero de 1973, lo que parece una fecha anterior a la del cierre de edición de este número en particular. Quizás Thomas, más que en los “fontaneros”, pensaba en partícipes de mayor rango en la jerarquía de la Casa Blanca. En cualquier caso, Steve Englehart tendría la oportunidad de trasladar el caso Watergate a Marvel de acuerdo con su particular estilo en la saga de "El Imperio Secreto", que ya se estaba gestando en “Capitán América” por aquel entonces.

 

El caso es que el Espadachín, que se había hecho con el Ojo del Mal, recibe un disparo por la espalda de este individuo y queda al borde de la inconsciencia no sin antes atravesarlo con su espada. Por si cabía alguna duda, Steve Englehart la despeja cuando, desde las murallas, la asgardiana “observa cómo se llevan al hombre muerto y al vengador herido”.

 

Y aquí hay dos problemas. Uno es que el agresor del Espadachín -a quien se supone que debemos ver como un villano- en realidad está protegiendo su propiedad del robo de dos desconocidos. Y el otro es que se supone que los héroes no deben atravesar a la gente con espadas, ni siquiera a los villanos. Reconozco que es lo que yo haría con alguien que me acaba de disparar por la espalda, pero claro, no soy un Vengador. Sin duda se pueden alegar circunstancias atenuantes, pero, aún así, resulta chocante que nadie (ni siquiera el narrador omnisciente) comente el asesinato, ni en este número ni en los posteriores. Quizás Englehart pretendía insinuar que el Espadachín aún conservaba algo de villano, pero, de ser así, tal vez se pasó de sutil.

 

Afortunadamente, aunque el propietario del castillo muere, el Espadachín sobrevive. Valquiria, tras reconocerlo, se da cuenta de que sus heridas no son letales y le quita el objeto místico poco antes de que llegue la policía alertada por los testimonios de un caballo volador y una extraña aeronave. Lo que queda dolorosamente claro en esta historia es que el Espadachín es plenamente consciente de que, en realidad, no pertenece a los Vengadores, lo cual añade un grado extra de emotividad al personaje. Esto se observa claramente cuando, desesperado por no defraudar al equipo, se niega a entregar el Ojo a Val incluso cuando cree estar al borde de la muerte.

 

El capítulo 8 de la saga va a enfrentar a dos viejos conocidos: el Capitán América y Namor, el Hombre Submarino. Si el dibujo parece algo diferente respecto al capítulo anterior, es porque fue entintado por Frank McLaughlin, en lugar de por Mike Esposito, que es quien aparece acreditado en la primera página. De acuerdo con el Correo de los Lectores del mencionado nº 122, a  McLaughlin lo llamaron a última hora para ayudar a resolver el retraso que acumulaba la producción del comic. En mi opinión, sus tintas le otorgan una mejor presencia al dibujo de Brown.

 

El Capitán América llega a Osaka, en Japón, sólo para encontrarse con una recepción hostil de un grupo de locales vociferantes acusándole de imperialista. No estoy seguro de si Englehart tenía en mente alguna manifestación japonesa concreta al escribir esta escena inicial, ya fuera en Osaka o en otro lugar. Al igual que muchos otros países en las décadas de los 60 y 70, Japón se vio afectado por olas de movimientos contestatarios de izquierda, como el Beheiren (abreviatura de Betonamu ni Heiwa o! Shimin Rengō, que se traduce como "¡Paz para Vietnam! Alianza Ciudadana"), que criticaban el apoyo de su gobierno a la política exterior estadounidense y su presencia militar en bases en territorio japonés desde las que se lanzaban ataques contra Vietnam. Sin embargo, para cuando se publicó este número de “Los Vengadores”, se habían firmado ya los Acuerdos de Paz de París (en enero de 1973) y devuelto Okinawa a Japón, así que ese movimiento había ido perdiendo cohesión, dispersándose muchos de sus miembros hacia otras causas sociales.

 

El caso es que Namor ya ha encontrado el fragmento del Ojo, pero en vez de contentarse con ello y regresar junto a sus compañeros Defensores, no puede resistirse a desafiar al Capitán América: “Se a qué has venido…Buscas esta parte del Ojo del Mal. Pero, como puedes ver, la tengo yo y si la quieres, tendrás que quitármela por la fuerza”.

 

En este punto de la era moderna de Marvel, las interacciones entre el Capitán América y Namor habían sido escasas. De hecho, su único encuentro cara a cara había tenido lugar en “Vengadores” nº 4 (marzo 64). En aquel entonces, no parecían reconocerse mutuamente, lo que podría interpretarse como que jamás habían coincidido y que sus únicos encuentros registrados en la Edad de Oro -como cuando ambos fueron brevemente miembros del All-Winners Squadron, en 1946- deberían considerarse apócrifos.

 

Por otro lado, esa falta de familiaridad podría también atribuirse a los efectos residuales de la reciente amnesia de Namor, así como al hecho de que Steve Rogers había pasado los últimos años congelado en hielo. Y dado que Roy Thomas había establecido en “Vengadores” nº 71 que el Capitán América, Namor y la Antorcha Humana original se habían aliado al menos una vez durante la Segunda Guerra Mundial (cuando lucharon contra un trío de Vengadores que retrocedió en el tiempo), esta última explicación parecía la mejor opción para alguien que leyera esta historia en agosto de 1973, cuando salió originalmente. Dicho esto, la prolongada asociación entre esos tres héroes como miembros de los Invasores durante la Segunda Guerra Mundial era un elemento de continuidad retroactiva que no se introduciría en el Universo Marvel hasta un par de años después. Todo esto hay que tenerlo en cuenta a la hora de entender la interacción entre el Capitán América y Namor en esta historia.

 

Incluso la superfuerza que el Capitán América ha adquirido recientemente (en el nº 158 –febrero 73- de su colección, como reacción al veneno del villano Víbora) sólo le permite hacer frente a Namor durante un breve momento. Golpea a su rival con una plancha metálica pero cuando el atlante se la devuelve, cae al suelo aturdido. Creyendo que la batalla ha terminado, Namor se aleja murmurando uno de sus característicos soliloquios amargados: “Me ha llevado años aprender de nuevo lo que ya sabía en la Segunda Guerra Mundial: que ningún habitante del mar, incluso uno con un padre americano, podrá ser nunca otra cosa que un habitante del mar”. Pero cuando por fin se lanza al océano, el Capitán América se recobra y lanza su escudo para impedir que toque el agua. Comienzan ambos entonces un forcejeo por el fragmento del Ojo.

 

De repente, una llamarada convierte el mar a su alrededor en vapor. Namor suelta el Ojo, que es recogido por el héroe mutante japonés Fuego Solar, cuya última aparición había sido en “Sub-Mariner” nº 52-54 (agosto-octubre 72), en los que había forjado una inestable alianza con el atlante para combatir al Señor Dragón. Sus sentimientos anti-yanquis, obviamente, complementan la actitud de los manifestantes vistos unas páginas antes, aunque el motivo de su animadversión no es la guerra de Vietnam ni ningún otro conficto geopolítico contemporáneo, sino la muerte de su madre por envenenamiento radioactivo a causa del bombardeo nuclear de Hiroshima (radiación que, irónicamente, también le otorgó sus poderes mutantes).

 

Creo que nadie negará que el ultranacionalista Fuego Solar suele presentarse en los comics en los que aparece como un tipo amargado y bastante insufrible. En esta ocasión, sin embargo, aunque sigue dando razones para caer antipático, tiene razón. Tanto el Capitán América como Namor han aparecido en Osaka para coger lo que andan buscando sin, aparentemente, informar o pedir permiso a las autoridades jajponesas ni para estar allí ni para llevarse un objeto que está en su territorio.

 

El Capitán América intenta impedir que Namor persiga a Fuego Solar puesto que su objetivo es evitar que los Defensores se apoderen del objeto, no necesariamente obtenerlo él mismo. Mientras luchan de nuevo, encuentran tiempo para hablar. El Vengador asegura que los Defensores secuestraron al Caballero Negro, lo convirtieron en una estatua de piedra y ahora quieren el Ojo para dominar el mundo. Namor replica que todo eso son mentiras de Loki: fue la Encantadora quien dejó al Caballero en ese estado y el Doctor Extraño cree que el Ojo es la mejor esperanza para recuperarlo.

 

Namor arroja al Capitán América al mar y vuela tras Fuego Solar. En la trifulca subsiguiente, el Ojo se les cae y el Vengador lo atrapa, pero luego se lo entrega a Namor, diciendo que cree que ambos han sido engañados. Juntos, regresan a Estados Unidos en el quinjet.

 

En mi opinión, si la pelea hubiera continuado sin que ninguno de los héroes involucrados hablara entre sí, la situación no habría parecido del todo creíble; si, por el contrario, la conversación hubiera tenido lugar antes, no habría existido conflicto. Pero tal como lo midió Englehart, consigue que la trama avance y, además, de la forma más apropiadamente simbólica, siendo los dos combatientes más veteranos de cada equipo quienes den los primeros pasos hacia la paz y el entendimiento.

 

Y lo mejor aún estaba por venir porque al mes siguiente, en la colección de “Los Defensores”, se narraría nada menos que un encuentro entre Hulk y Thor; y en la de “Los Vengadores”, la batalla definitiva entre los héroes y los villanos. 

 

(Continúa en la siguiente entrada) 

 

 

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