29 jun 2026

2023-DONDE VI EL CADÁVER – Ed Brubaker y Sean Phillips


Como ya he reiterado en otras entradas, considero al equipo compuesto por el guionista Ed Brubaker y el dibujante Sean Phillips (al que puede añadirse el hijo de este último, Jacob, responsable del color) como uno de los mejores del comic norteamericano contemporáneo. Leer sus historias es una experiencia tan inmersiva como perturbadora, ya sea que cuenten un drama criminal intenso y desgarrador, realicen un profundo estudio de personajes atormentados, se adentren en el terror que acecha en el mundo de la noche o expliquen el cómo y el por qué de su arte.

 

Para cualquier aficionado el comic de corte criminal, las obras del duo son siempre un ejemplo de ingenio y perfección gracias su trabajo con los personajes (el lenguaje corporal que les da Phillips, los diálogos que les escribe Brubaker), sus escenarios (ya sea la California de los 70 en “Reckless” o el Nueva York y el moribundo Viejo Oeste de “Pulp”) o su ingenio formal (como ese pastiche de Archie que es “Criminal: El Último de los Inocentes”). A veces, sus comics y series pueden dar la impresión de ser algo indistinguibles, pero es solo un espejismo porque cada uno de sus proyectos, bien analizado, cuenta con su propia personalidad y la disposición a explorar con la forma y los temas.

 

“Criminal”, “Reckless”, “Pulp”, “Night Fever” o el que ahora comento, “Donde Vi el Cadáver”, son todas historias de crímenes. Sin embargo, el contenido y el propósito de estas historias difieren por completo. “Pulp” se basa en el metatexto de un escritor de literatura popular que reflexiona sobre su vida a través de su obra. En “Night Fever”, Phillips se adentra en el horror físico, salvaje y surrealista. “Criminal” ofrece espacio para todo tipo de experimentación y temas, desde extensas parodias de cómics (“Deadly Hands” y “Savage Sword” incluyen, por ejemplo, secciones de cartas de lectores) hasta el clásico noir de “Cruel Summer” o “Los Pecadores”. Cada volumen de “Reckless” lleva a su protagonista, el mercenario solucionador de problemas, no solo a diferentes misterios, sino también a diferentes tipos de misterio. Y en cuanto a “Donde Vi el Cadáver”, podría decirse que es una curiosidad dentro de la trayectoria del duo creativo.

 

Lo que tenemos aquí es la historia de los habitantes de una calle, Pelican Road, empezando por su casa más antigua, cuyo primer propietario, que la edificó a finales de los años 30 del siglo pasado, murió durante el desembarco de Normandía. Su viuda la transformó entonces en pensión donde, en la década de los 60, acogió cada vez más frecuentemente a estudiantes bohemios. Es entonces cuando la droga hizo aparición por primera vez en la finca.

 

Tras la muerte de la dueña, la propiedad se disputa entre sus sobrinos, uno de los cuales, Sid, usa el lugar para ir de fiesta con sus amigos y trapichear con drogas. Esto sucede en el verano de 1984 y, para entonces Pelican Road, es una urbanización como miles de tantas otras: una cinta de pavimento bordeada de casas construidas en los años 50. Pero desde aquellos años dorados, todo ha cambiado y la América de la abundancia se ha esfumado. Este barrio residencial se ha convertido en un suburbio, hogar de jóvenes ociosos, familias inmigrantes y clase media venida a menos.

 

Los amigos de Sid merodean todo el día por la vieja casa, bebiendo y fumando con la música a todo volumen. Nadie se atreve a intervenir hasta que, un día, Sid le da una paliza a un colega, Tommy, que intenta defender a la novia de aquél, Karina, una adolescente fugada de un centro de desintoxicación a la que buscan sus padres. Es entonces cuando aparece un vecino, Palmer Sneed, enseñando su placa de policía y exhibiendo una mirada cruel, poniendo fin al altercado y amenazando al líder de la banda para que se largue y no vuelva jamás. Esa intervención excita a Toni Melville, la insatisfecha esposa de un psiquiatra, justo en la casa de al lado, que no tarda en convertir a Sneed en su amante.

 

Una de las características troncales de los personajes de Brubaker es, sin duda, que viven atormentados por una violencia que, en buena medida, los ha convertido en perdedores. “Donde Vi el Cadaver” no es una excepción, pero esta vez, Brubaker abandona la fórmula del thriller policíaco puro para crear un drama psicológico con tintes de suspense y sostenido por nada menos que ocho personajes cuyas vidas se entrecruzan a raíz de una serie de eventos. Se trata, por tanto, de una obra coral en toda regla, que escudriña en los rincones más ocultos de nuestra sociedad para explorar las formas en que un grupo dispar de personas vive, ama y, en un caso, muere, en un barrio lleno de secretos que son a la vez trascendentales y mucho más sutiles que, por ejemplo, el plan de asesinato de Riley Richards en “El Último de los Inocentes”, de “Criminal”, o la repentina reaparición de una hermana lejana en una película de serie B en “El Amigo del Diablo”, el segundo volumen de Reckless.

 

El elenco de “Donde Vi el Cadáver” –inspirado en parte por gente que en su juventud conoció el guionista- conforma un grupo peculiar, un conjunto de vecinos que se debaten contra el hastío y el vacío existencial que domina sus vidas. Tratándose de Brubaker y Phillips, no vamos a encontrar aquí personajes en el fondo heroicos que tratan de alcanzar algún tipo de redención, sino un atajo de amargados y perdedores. Algunos son codiciosos, otros cobardes y estúpidos; están los mentirosos y los que se entregan a las ilusiones como el adulterio o el delito bajo el pretexto de estar enamorados. También están los rechazados, aquellos que ahora viven al margen de la sociedad, con la mente destrozada por lo que vieron o hicieron en la guerra. Ningún grupo de edad se libra: dos adolescentes perdidos cuyos padres presumiblemente están igual o peor que ellos; un psiquiatra perverso y su esposa abandonada; o la joven vietnamita, el único personaje verdaderamente entrañable, que ve la vida a través de la perspectiva de los superhéroes que idolatra.

 

Es este el grupo más realista que Phillips y Brubaker han reunido para una historia en mucho tiempo. Ninguno de ellos tuvo que reconstruir su cuerpo y alma después de una explosión; nadie fue antaño uno de los forajidos más temidos del mundo. Ni siquiera el policía falso es algo más que un canalla de segunda. En general, los vecinos de Pelican Road viven sus vidas con normalidad, aunque ésta incluya infidelidades, mentiras, pensamientos perturbadores o violencia. Pero cuando un cadáver aparece en la acera, esa cotidianeidad se esfuma y las tensiones que habían ido fraguándose tras los muros, empiezan a aflorar y cobrar mayor intensidad.

 

“Donde Vi el Cadáver” marca un punto de inflexión en la obra de Brubaker  y  Phillips . Ambos autores, especialistas en novela negra, siempre han solido escribir historias más oscuras y emparentadas con el hardboiled. Pero, en esta ocasión, lo que nos ofrecen es un relato de misterio, una investigación donde el culpable solo se revela al final. Este subgénero se apunta ya desde la misma portada, con el cuerpo de un cadáver al que no se le ve la cabeza; y las primeras páginas, que son un mapa del barrio en el que se indican tanto la localización del cuerpo como los principales enclaves de la narración; a esto se añade un “dramatis personae”, una página con los retratos de los nueve personajes principales acompañados de unas pocas palabras que describen bien su personalidad, bien su rol en la historia. Brubaker sabe que el lector se va a preguntar por el título y la identidad del cadáver, y que ese enigma le va a mantener atento. Lo genial es que la identidad de la víctima es prácticamente irrelevante en lo que, a fin de cuentas, es, sobre todo, un estudio de personajes de lo más variopinto involucrados en asuntos turbios de gravedad variable, desde la infidelidad al robo, de la suplantación de identidad al tráfico de drogas.

 

En el epílogo que Brubaker escribió a este comic, reflexionó sobre la ironía creativa que definió en este caso su colaboración con Sean Phillips. Éste le había pedido a su socio que le escribiera un comic romántico, y el resultado fue “Mis Héroes Siempre Han sido Yonquis” (2018), donde, en realidad el elemento amoroso era casi un accesorio de una narrativa criminal, más una obsesión adictiva y malsana que un auténtico sentimiento. En “Donde Vi el Cadáver”, el proceso fue el inverso. El título ya nos apunta a un crimen, pero ni éste ni otros que se tejen entre bambalinas llegan a materializarse en realidad. El elenco de personajes y sus respectivos dramas (que se van examinando en capítulos dedicados a cada uno de ellos) son tan fascinantes que capturan por completo la atención del lector, haciéndole olvidar el crimen supuestamente central.

 

Y una parte de esos dramas tiene que ver con el amor o, tal y como dice Brubaker, conforman “un microcosmos que contiene distintos aspectos del amor y del romanticismo, y cómo somos cuando nos vemos atrapados en ambas cuestiones”. Más allá de la estructura noir que caracteriza la bibliografía de Brubaker y Phillips, “Donde Vi el Cadaver” es un estudio psicológico sobre los afectos bajo presión, enfocado con poco o nulo romanticismo. A diferencia de las historias románticas tradicionales, aquí el amor no conduce al "felices para siempre", sino que funciona como un catalizador del crimen.

 

El "microcosmos" al que alude Brubaker en la cita anterior no es solo un entorno físico (el suburbio donde transcurre la totalidad de la acción), sino una red de relaciones interpersonales en la que se encuentran atrapados varios vecinos. Para ellos, el romance no llega como una liberación, sino como una fuerza que condiciona las decisiones morales, a menudo empujándolos bien hacia el desastre, bien hacia la revelación. Y si a ello añadimos un elemento criminal, el deseo, la pérdida, la nostalgia, la autoconfianza o la inseguridad se amplifican o, en cualquier caso, distorsionan a través de la lente del miedo, la sospecha, el dilema ético o el peso de un pasado que no consigue superarse. Para Brubaker, en este comic, el romanticismo es una vulnerabilidad. Los personajes no actúan necesariamente por lógica criminal, sino por impulsos románticos mal gestionados, lo que subraya la fragilidad de sus egos frente a la intimidad.

 

Aunque geográficamente abierto, este barrio es, también y paradójicamente, un lugar cerrado porque la calle desemboca en un bosque –que, además, rodea la zona- y los personajes regresan a sus hogares cada noche. La primera parte dedica cada capítulo a presentarlos individualmente, estableciendo sus contextos, mundo interior y conexiones con otros vecinos a medida que sus caminos se cruzan de forma más o menos indirecta. Como en las novelas de Jim Thompson, cada uno da su versión de su propia circunstancia y de los demás, una estructura que invita a reflexionar sobre la naturaleza de la verdad. No se trata de mentir deliberadamente, sino que cada uno tenemos una perspectiva diferente de los hechos. Uno de los capítulos, incluso, consiste en dos ex amantes ofreciendo versiones contrapuestas de lo sucedido años atrás.

 

Por otra parte, al romper la cuarta pared, Brubaker convierte al lector en un investigador en mucha mayor medida que en las novelas policíacas tradicionales. Además, la narración da un salto al futuro en la figura de una mujer que nos habla de lo sucedido veinte años atrás, cuando era una niña. Una vez presentados los personajes, sus caminos van aproximándose y cruzándose culminando en una escena crucial a mitad de camino de la comedia bufa, la tragedia y el thriller. El autor conoce perfectamente las convenciones del género criminal, pero también cómo trascenderlas. Construye toda la primera parte en torno a un asesinato inminente antes de revelar la solución en la última página, cuando, como ya he apuntado, ya nos habíamos olvidado de él atrapados en las subtramas de los diferentes personajes.

 

Encontramos en “Donde Vi el Cadáver” otros temas de los más recurrentes y definitorios de la obra conjunta de Brubaker y Phillips. El paso del tiempo, por ejemplo, se convierte en un eje central con el que evocar una profunda nostalgia: los narradores, años después, revisitan sus recuerdos con una mezcla de arrepentimiento, diversión o alegría, revelándonos al final en qué se han convertido. Esta dimensión temporal también se refleja en los conflictos generacionales, donde los padres actúan como modelos a seguir en el ámbito laboral, pero resultan figuras odiosas o ausentes en el hogar.

 

Como es también habitual en sus historias, Brubaker reflexiona sobre la irrupción de la violencia en la cotidianidad. Esto queda patente, por ejemplo, cuando los vecinos deciden ignorar la paliza que Sid propina a su amigo y cómo Palmer ejerce su autoridad –o la amenaza de la misma asociada a su placa policial-. Precisamente, al asociarse la violencia con la masculinidad, el comic explora la virilidad a través del arquetipo del policía: un hombre que hace gala de valentía y fuerza para reafirmar su estatus y poder, lo cual, irónicamente, le proporciona una vida sexual que no hubiera obtenido de otra forma. Aunque Palmer se presenta como alguien capaz de satisfacer a una mujer sin complejos, siempre queda en el aire lo que pasaría si Toni se enterase de su auténtica identidad. Al mismo tiempo, la violencia trasciende lo físico para volverse social en la figura de Ranko, un sintecho apacible que termina siendo víctima de la manipulación de un criminal sin escrúpulos al servicio del sistema sanitario.

 

Como en otros títulos de Brubaker y Phillips, se sugiere más que explicita que el crimen nace de la frustración. No obstante, aquí ese sentimiento es polifacético y está profundamente interconectado entre los diversos personajes y a diferentes niveles (social, familiar, sexual y romántico), lo que dificulta al lector anticipar quién será el primero en cruzar la línea del asesinato.

 

La diversidad de personajes está perfectamente retratada por Sean Phillips, un anatomista consumado, tanto en sus rostros como cuerpos, siempre dentro del más estricto naturalismo y sin recurrir a exageraciones o tics gráficos para resaltar tal o cual rasgo. Aprovecha el entorno relativamente tranquilo de ese par de calles donde transcurre todo el drama como oportunidad para llevar su dominio del lenguaje corporal hacia una dirección más sutil, en particular la forma en que las personas cambian y se aferran a partes de sí mismas a medida que envejecen. El siempre delicado tema del sexo está tratado con sensibilidad y gusto, sin vulgaridades pero de forma directa y poniendo el foco en el deseo y el placer, algo poco común en los cómics.

 

El dominio del color de Jacob Phillips traslada la maestría del claroscuro que ya demostró en “Night Fever” al contexto más sosegado y cotidiano de “Donde Vi el Cadáver”, lo cual se aprecia mejor durante el clímax del libro, donde las sombras profundas y los tonos naranjas y amarillos enfermizos atraen la mirada del lector hacia los desafortunados aspirantes a ladrones atrapados en un armario. En momentos menos dramáticos, por ejemplo, sus cielos azul claro capturan la languidez del verano. Sus colores determinan la emoción de cada escena, desafiando tanto lo predecible como las leyes naturales.

 

Cada nuevo comic firmado por Brubaker y los Phillips es motivo de celebración para los lectores aficionados al comic de género negro, y “Donde Vi el Cadáver” es buena muestra de por qué. Dejando aparte el alto nivel gráfico que ya es marca de la casa, su tono y enfoque más introspectivos representan un interesante cambio con respecto a sus obras anteriores al proponernos que el amor, al igual que el crimen, es una fuerza que altera permanentemente la identidad de quien lo vive. En resumen, un excelente cómic realizado por artistas que conocen muy bien su oficio.

 

 

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