Como ya he reiterado en otras entradas, considero al equipo compuesto por el guionista Ed Brubaker y el dibujante Sean Phillips (al que puede añadirse el hijo de este último, Jacob, responsable del color) como uno de los mejores del comic norteamericano contemporáneo. Leer sus historias es una experiencia tan inmersiva como perturbadora, ya sea que cuenten un drama criminal intenso y desgarrador, realicen un profundo estudio de personajes atormentados, se adentren en el terror que acecha en el mundo de la noche o expliquen el cómo y el por qué de su arte.
Para cualquier
aficionado el comic de corte criminal, las obras del duo son siem
pre un ejemplo
de ingenio y perfección gracias su trabajo con los personajes (el lenguaje
corporal que les da Phillips, los diálogos que les escribe Brubaker), sus
escenarios (ya sea la California de los 70 en “Reckless” o el Nueva York y el
moribundo Viejo Oeste de “Pulp”) o su ingenio formal (como ese pastiche de
Archie que es “Criminal: El Último de los Inocentes”). A veces, sus comics y
series pueden dar la impresión de ser algo indistinguibles, pero es solo un
espejismo porque cada uno de sus proyectos, bien analizado, cuenta con su
propia personalidad y la disposición a explorar con la forma y los temas.
“Criminal”, “Reckless”,
“Pulp”, “Night Fever” o el que ahora comento, “Donde Vi el Cadáver”, son todas
historias de crímenes. Sin embargo, el contenido y el propósito de estas
historias difieren por completo. “Pulp” se basa en el metatexto de un escritor
de literatura popular que reflexiona sobre su vida a través de su obra. En “Night
Fever”, Phillips se adentra en el horror físico, salvaje y surrealista. “Criminal”
ofrece espacio para todo tipo de experimentación y temas, desde extensas
parodias de cómics (“Deadly Hands” y “Savage Sword” incluyen, por ejemplo,
secciones de cartas de le
ctores) hasta el clásico noir de “Cruel Summer” o “Los
Pecadores”. Cada volumen de “Reckless” lleva a su protagonista, el mercenario solucionador
de problemas, no solo a diferentes misterios, sino también a diferentes tipos de
misterio. Y en cuanto a “Donde Vi el Cadáver”, podría decirse que es una
curiosidad dentro de la trayectoria del duo creativo.
Lo que tenemos aquí es la historia de los habitantes de una calle, Pelican Road, empezando por su casa más antigua, cuyo primer propietario, que la edificó a finales de los años 30 del siglo pasado, murió durante el desembarco de Normandía. Su viuda la transformó entonces en pensión donde, en la década de los 60, acogió cada vez más frecuentemente a estudiantes bohemios. Es entonces cuando la droga hizo aparición por primera vez en la finca.
Tras la muerte de
la dueña, la propiedad se disputa entre sus sobrinos, uno de los cuales, Sid,
usa el lugar para ir de fiesta con sus amigos y trapichear con drogas. Esto
sucede en el verano de 1984 y, para ent
onces Pelican Road, es una urbanización
como miles de tantas otras: una cinta de pavimento bordeada de casas construidas
en los años 50. Pero desde aquellos años dorados, todo ha cambiado y la América
de la abundancia se ha esfumado. Este barrio residencial se ha convertido en un
suburbio, hogar de jóvenes ociosos, familias inmigrantes y clase media venida a
menos.
Los amigos de Sid merodean todo el día por la vieja casa, bebiendo y fumando con la música a todo volumen. Nadie se atreve a intervenir hasta que, un día, Sid le da una paliza a un colega, Tommy, que intenta defender a la novia de aquél, Karina, una adolescente fugada de un centro de desintoxicación a la que buscan sus padres. Es entonces cuando aparece un vecino, Palmer Sneed, enseñando su placa de policía y exhibiendo una mirada cruel, poniendo fin al altercado y amenazando al líder de la banda para que se largue y no vuelva jamás. Esa intervención excita a Toni Melville, la insatisfecha esposa de un psiquiatra, justo en la casa de al lado, que no tarda en convertir a Sneed en su amante.
Un
a de las
características troncales de los personajes de Brubaker es, sin duda, que viven
atormentados por una violencia que, en buena medida, los ha convertido en
perdedores. “Donde Vi el Cadaver” no es una excepción, pero esta vez, Brubaker
abandona la fórmula del thriller policíaco puro para crear un drama psicológico
con tintes de suspense y sostenido por nada menos que ocho personajes cuyas
vidas se entrecruzan a raíz de una serie de eventos. Se trata, por tanto, de una
obra coral en toda regla, que escudriña en los rincones más ocultos de nuestra
sociedad para explorar las formas en que un grupo dispar de personas vive, ama
y, en un caso, muere, en un barrio lleno de secretos que son a la vez
trascendentales y mucho más sutiles que, por ejemplo, el plan de asesinato de
Riley Richards en “El Último de los Inocentes”, de “Criminal”, o la repentina
reaparición de una hermana lejana en una película de serie B en “El Amigo del Diablo”,
el segundo volumen de Reckless.
El elenco de “Donde
Vi el Cadáver” –inspirado en parte por gente que en su juventud conoció el
guionista- conforma un grupo peculiar, un conjunto de vecinos que se debaten contra
el hastío y el vacío existenc
ial que domina sus vidas. Tratándose de Brubaker y
Phillips, no vamos a encontrar aquí personajes en el fondo heroicos que tratan
de alcanzar algún tipo de redención, sino un atajo de amargados y perdedores.
Algunos son codiciosos, otros cobardes y estúpidos; están los mentirosos y los
que se entregan a las ilusiones como el adulterio o el delito bajo el pretexto
de estar enamorados. También están los rechazados, aquellos que ahora viven al
margen de la sociedad, con la mente destrozada por lo que vieron o hicieron en
la guerra. Ningún grupo de edad se libra: dos adolescentes perdidos cuyos
padres presumiblemente están igual o peor que ellos; un psiquiatra perverso y su
esposa abandonada; o la joven vietnamita, el único personaje verdaderamente
entrañable, que ve la vida a través de la perspectiva de los superhéroes que
idolatra.
Es este el grupo
más realista que Phillips y Brubaker han reunido para una historia en mucho
tiempo. Ninguno de ellos tuvo que reconstruir su cuerpo y alma después de una
explosión; nadie fue antaño uno de los forajidos más temidos del mundo. Ni
siquiera el policía falso es a
lgo más que un canalla de segunda. En general,
los vecinos de Pelican Road viven sus vidas con normalidad, aunque ésta incluya
infidelidades, mentiras, pensamientos perturbadores o violencia. Pero cuando un
cadáver aparece en la acera, esa cotidianeidad se esfuma y las tensiones que
habían ido fraguándose tras los muros, empiezan a aflorar y cobrar mayor
intensidad.
“Donde Vi el
Cadáver” marca un punto de inflexión en la obra de Brubaker y
Phillips . Ambos autores, especialistas en novela negra, siempre han
solido escribir historias más oscuras y emparentadas con el hardboiled. Pero,
en esta ocasión, lo que nos ofrecen es un relato de misterio, una investigación
donde el culpable solo se revela al final. Este subgénero se apunta ya desde la
misma portada, con el cuerpo de un cadáver al que no se le ve la cabeza; y las
primeras páginas, que son un mapa del barrio en el que se indican tanto la
localización del cuerpo como los principales enclaves de la narración; a esto
se añade un “dramatis personae”, una página con los retratos de los nueve
personajes principales acompañados de unas pocas palabras que describen bien su
personalidad, bien su rol en la historia. Brubaker sabe que el lect
or se va a
preguntar por el título y la identidad del cadáver, y que ese enigma le va a
mantener atento. Lo genial es que la identidad de la víctima es prácticamente
irrelevante en lo que, a fin de cuentas, es, sobre todo, un estudio de
personajes de lo más variopinto involucrados en asuntos turbios de gravedad
variable, desde la infidelidad al robo, de la suplantación de identidad al
tráfico de drogas.
En el epílogo que Brubaker escribió a este comic, reflexionó sobre la ironía creativa que definió en este caso su colaboración con Sean Phillips. Éste le había pedido a su socio que le escribiera un comic romántico, y el resultado fue “Mis Héroes Siempre Han sido Yonquis” (2018), donde, en realidad el elemento amoroso era casi un accesorio de una narrativa criminal, más una obsesión adictiva y malsana que un auténtico sentimiento. En “Donde Vi el Cadáver”, el proceso fue el inverso. El título ya nos apunta a un crimen, pero ni éste ni otros que se tejen entre bambalinas llegan a materializarse en realidad. El elenco de personajes y sus respectivos dramas (que se van examinando en capítulos dedicados a cada uno de ellos) son tan fascinantes que capturan por completo la atención del lector, haciéndole olvidar el crimen supuestamente central.
Y un
a parte de esos
dramas tiene que ver con el amor o, tal y como dice Brubaker, conforman “un microcosmos que contiene distintos
aspectos del amor y del romanticismo, y cómo somos cuando nos vemos atrapados
en ambas cuestiones”. Más allá de la estructura noir que caracteriza la
bibliografía de Brubaker y Phillips, “Donde Vi el Cadaver” es un estudio psicológico
sobre los afectos bajo presión, enfocado con poco o nulo romanticismo. A
diferencia de las historias románticas tradicionales, aquí el amor no conduce
al "felices para siempre", sino que funciona como un catalizador del
crimen.
El
"microcosmos" al que alude Brubaker en la cita anterior no es solo un
entorno físico (el suburbio donde transcurre la totalidad de la acción), sino
una red de relaciones interpersonales en la que se encuentran atrapados varios
vecinos. Para ellos, el romance no llega como una liberación, sino como una
fuerza que condiciona las decisiones morales, a menudo empujándolos bien hacia
el desastre, bien hacia la revelación. Y si a ello añadimos un elemento
criminal, el deseo, la pérdida, la nostalgia, la autoconfianza o la inseguridad
se amplifican o, en cualquier caso, distorsionan a través de la lente del
miedo, la
sospecha, el dilema ético o el peso de un pasado que no consigue
superarse. Para Brubaker, en este comic, el romanticismo es una vulnerabilidad.
Los personajes no actúan necesariamente por lógica criminal, sino por impulsos
románticos mal gestionados, lo que subraya la fragilidad de sus egos frente a
la intimidad.
Aunque geográficamente abierto, este barrio es, también y paradójicamente, un lugar cerrado porque la calle desemboca en un bosque –que, además, rodea la zona- y los personajes regresan a sus hogares cada noche. La primera parte dedica cada capítulo a presentarlos individualmente, estableciendo sus contextos, mundo interior y conexiones con otros vecinos a medida que sus caminos se cruzan de forma más o menos indirecta. Como en las novelas de Jim Thompson, cada uno da su versión de su propia circunstancia y de los demás, una estructura que invita a reflexionar sobre la naturaleza de la verdad. No se trata de mentir deliberadamente, sino que cada uno tenemos una perspectiva diferente de los hechos. Uno de los capítulos, incluso, consiste en dos ex amantes ofreciendo versiones contrapuestas de lo sucedido años atrás.
Por otra part
e, al
romper la cuarta pared, Brubaker convierte al lector en un investigador en
mucha mayor medida que en las novelas policíacas tradicionales. Además, la
narración da un salto al futuro en la figura de una mujer que nos habla de lo
sucedido veinte años atrás, cuando era una niña. Una vez presentados los
personajes, sus caminos van aproximándose y cruzándose culminando en una escena
crucial a mitad de camino de la comedia bufa, la tragedia y el thriller. El
autor conoce perfectamente las convenciones del género criminal, pero también
cómo trascenderlas. Construye toda la primera parte en torno a un asesinato
inminente antes de revelar la solución en la última página, cuando, como ya he
apuntado, ya nos habíamos olvidado de él atrapados en las subtramas de los
diferentes personajes.
Encontramos en “Donde
Vi el Cadáver” otros temas de los más recurrentes y definitorios de la obra
conjunta de Brubaker y Phillips. El paso del tiempo, por ejemplo, se convierte
en un eje central con el que evocar una profunda nostalgia: los narradores,
años después, revisitan sus recuerdos con una mezcla de arrepentimiento,
diversión o alegría, rev
elándonos al final en qué se han convertido. Esta
dimensión temporal también se refleja en los conflictos generacionales, donde
los padres actúan como modelos a seguir en el ámbito laboral, pero resultan
figuras odiosas o ausentes en el hogar.
Como es también habitual en sus historias, Brubaker reflexiona sobre la irrupción de la violencia en la cotidianidad. Esto queda patente, por ejemplo, cuando los vecinos deciden ignorar la paliza que Sid propina a su amigo y cómo Palmer ejerce su autoridad –o la amenaza de la misma asociada a su placa policial-. Precisamente, al asociarse la violencia con la masculinidad, el comic explora la virilidad a través del arquetipo del policía: un hombre que hace gala de valentía y fuerza para reafirmar su estatus y poder, lo cual, irónicamente, le proporciona una vida sexual que no hubiera obtenido de otra forma. Aunque Palmer se presenta como alguien capaz de satisfacer a una mujer sin complejos, siempre queda en el aire lo que pasaría si Toni se enterase de su auténtica identidad. Al mismo tiempo, la violencia trasciende lo físico para volverse social en la figura de Ranko, un sintecho apacible que termina siendo víctima de la manipulación de un criminal sin escrúpulos al servicio del sistema sanitario.
Como en
otros títulos
de Brubaker y Phillips, se sugiere más que explicita que el crimen nace de la frustración.
No obstante, aquí ese sentimiento es polifacético y está profundamente
interconectado entre los diversos personajes y a diferentes niveles (social,
familiar, sexual y romántico), lo que dificulta al lector anticipar quién será
el primero en cruzar la línea del asesinato.
La diversidad de personajes está perfectamente retratada por Sean Phillips, un anatomista consumado, tanto en sus rostros como cuerpos, siempre dentro del más estricto naturalismo y sin recurrir a exageraciones o tics gráficos para resaltar tal o cual rasgo. Aprovecha el entorno relativamente tranquilo de ese par de calles donde transcurre todo el drama como oportunidad para llevar su dominio del lenguaje corporal hacia una dirección más sutil, en particular la forma en que las personas cambian y se aferran a partes de sí mismas a medida que envejecen. El siempre delicado tema del sexo está tratado con sensibilidad y gusto, sin vulgaridades pero de forma directa y poniendo el foco en el deseo y el placer, algo poco común en los cómics.
El dominio del
color de Jacob Phillips traslada la maestría del claroscuro que ya
demostró en
“Night Fever” al contexto más sosegado y cotidiano de “Donde Vi el Cadáver”, lo
cual se aprecia mejor durante el clímax del libro, donde las sombras profundas
y los tonos naranjas y amarillos enfermizos atraen la mirada del lector hacia
los desafortunados aspirantes a ladrones atrapados en un armario. En momentos
menos dramáticos, por ejemplo, sus cielos azul claro capturan la languidez del
verano. Sus colores determinan la emoción de cada escena, desafiando tanto lo
predecible como las leyes naturales.
Cada nuevo comic firmado por Brubaker y los Phillips es motivo de celebración para los lectores aficionados al comic de género negro, y “Donde Vi el Cadáver” es buena muestra de por qué. Dejando aparte el alto nivel gráfico que ya es marca de la casa, su tono y enfoque más introspectivos representan un interesante cambio con respecto a sus obras anteriores al proponernos que el amor, al igual que el crimen, es una fuerza que altera permanentemente la identidad de quien lo vive. En resumen, un excelente cómic realizado por artistas que conocen muy bien su oficio.

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