(Viene de la entrada anterior)
“La Compañía” (2010) es el segundo volumen de la serie de novelas gráficas de “Parker” que Darwyn Cooke escribió y dibujó para IDW Publishing.
Miami, 1963. Parker se encuentra disfrutando de la compañía de una hermosa y rica mujer en un hotel exclusivo cuando es atacado por un sicario. Sin demasiadas dificultades, reduce a su agresor y le obliga a revelar la identidad de quien lo envió. Contra lo que podría esperarse, no lo mata, sino que le obliga a telefonear a su empleador para asegurarle que ha cumplido con su misión y luego lo deja ir, sabedor de que, si no quiere que lo eliminen cuando se sepa de su fracaso, debe irse bien lejos y esconderse en algún agujero.
Exasperado,
sobre todo porque dieciséis meses antes había tomado la
dolorosa y muy cara precaución
de someterse a cirugía estética tras los acontecimientos narrados en “El
Cazador”, opta no por huir sino por enfrentarse al jefe de la Compañía, que no
ha olvidado los problemas que le causó en el volumen anterior. Así que,
dispuesto a zanjar el asunto de una vez por todas, Parker ataca a ese sindicato
criminal donde más le duele, animando a sus colegas, criminales independientes
como él mismo, a emprender una campaña de audaces golpes contra los intereses
de aquél, mermando la fortuna de su enemigo y, al mismo tiempo, exponiendo las
debilidades de su imperio (y sus sistemas de seguridad). La eficacia de Parker
le granjea el respeto de los demás jefes de la organización, en particular de
Karns, el segundo en la estructura jerárquica, quien accede a dejarlo
enfrentarse al jefe máximo, Bronson, a cambio de que prometa dejar de atacar
los intereses del hampa.
En su
segunda incursión en el universo de Parker creado por el escritor Donald
Westlake, alias Richard Stark, Cooke no escatima esfuerzos, adaptando no una,
sino dos de sus n
ovelas, “El Hombre de la Cara Nueva” (1963) y “La Compañía”
(1963), ambas con tramas más complejas que la de “El Cazador” (como ya vimos,
adaptación de la primera novela del ciclo, “A Quemarropa”, 1962). Y, una vez
más, el resultado es deslumbrante, superando al primer volumen en calidad e
ingenio.
Como había hecho en el primer álbum, Cooke conserva la impasibilidad, inteligencia, tenacidad y carencia de escrúpulos (que no crueldad gratuita) del protagonista para este nuevo caso, del que es a la vez víctima –de su propio pasado- y perpetrador, añadiendo una dosis de humor negro muy en sintonía con el estilo de Westlake. Para ello, introduce personajes secundarios que se convertirán en figuras familiares en la serie de novelas (como el actor Grofield, el gigoló Salsa y el pistolero Handy McCay), dándole a Parker una nueva dimensión: ya no es un lobo solitario, sino un gánster con una red de, no exactamente amigos, pero sí camaradas leales y experimentados, cada uno con talentos particulares empleados para un propósito específico y en circunstancias concretas.
Gráficamente,
este volumen sigue la línea del primero, con un estilo au
stero y anguloso con
reminiscencias cartoon que evoca con sorprendente elegancia el diseño de los
años 60, desde el vestuario a los muebles, de los edificios a los automóviles.
Es fascinante la facilidad con la que Cooke integra multitud de elementos en un
dibujo que es, a la vez, muy simple, a veces incluso rudimentario y rozando la
abstracción, y muy elaborado, donde nada se deja al azar y todo contribuye a
recrear esa estética vintage que tan familiar no es gracias al cine.
Quizá mi única queja, y es una menor, tenga que ver con la forma en que Cooke dibuja a las mujeres. Todas tienen el mismo aire, la misma figura, unos rasgos muy similares. Lo único que parece hacer sobre un modelo básico es cambiarle el peinado y el vestuario. Es cierto que en “La Compañía” añade más variedad respecto a “El Cazador”, desviándose del perfil pin-up con Alma y la exprostituta reconvertida en dueña de un motel: una mujer corpulenta de mediana edad. La paleta de colores es coherente con la utilizada en “El Cazador”, siendo la principal diferencia que el azul grisáceo de aquél se ha oscurecido más aquí, quizá para sintonizar mejor con el tono de la historia.
Otro
elemento destacable es el nuevo rostro de Parker, más feo aunque sin llegar a
abiertamente desagradable. Ya no es solo un delincuente, ahora es un
delincuente feo. Sus nuevos rasgos también parecen combinar bien con sus manos
desproporcionadamente grandes. No es alguien deforme, pero tampoco parece un
tipo común y corriente. Al comienzo del álbum hay una página-viñeta que lo
muestra en ropa interior y en la que se puede apreciar que es físicamente
imponente sin necesidad de contar con una musculación exagerada. En esa imagen,
Cooke capta a la perfección el lenguaje corporal del personaje porque, en calzoncillos
y con una mujer asustada en la cama tras él, podría haber transmitido impresión
de vulnerabilidad, pero está claro que va en serio y que está listo para lo que
venga.
Siendo la
historia que se cuenta en “La Compañía” bastante más densa que la de “El
Cazador” y con un plantel de personajes mucho más amplio, la narrativa y
composición que aplica Cooke vuelven a ser una lección magistral de los
recursos de los que dispone el medio. Bajo un clasicismo aparente, se aprecia
el cuidado con el que el artista elige los ángulos, juega con el ritmo alte
rnando
pequeñas viñetas con páginas-viñeta o incluso dobles panorámicas, encuadra las
escenas y enfatiza los primeros planos, cuenta historias dentro de historias….
Y, con todo, Cooke no se duerme en los laureles recurriendo a las fórmulas de
siempre. Se atreve, por ejemplo, a introducir rupturas narrativas y visuales
que, tras desorientar brevemente al lector, enriquecen la emocionante
experiencia de la adaptación. Por ejemplo, parodia los artículos periodísticos
ilustrando varias páginas como si fueran un texto que relata un robo, para
luego continuar con viñetas al estilo del “Reader´s Digest”, ilustraciones que
recuerdan a los créditos iniciales de Saul Bass o a la serie de dibujos
animados de “La Pantera Rosa” de Friz Freleng. Esta flexibilidad le permite
narrar la comisión de varios atracos y estafas completamente diferentes sin
repetirse y con una audacia gráfica que iguala la estratégica de Parker.
“La Compañía”
es, por tanto, un álbum que evita la trampa de la repetición, incluso la
repetición virtuosa. Pero más allá de esta maestría, el comic trasciende el género
hardboiled para adentrarse en un terreno que roza la reflexión metafísica,
porque no se limita a retratar el crimen, sino que disecciona la depravación
humana, explorando los orígenes mismos del mal y la fragilidad de una moralidad
que, en el universo de Parker, se revela como un espejismo prescindi
ble. La
violencia no es un mero accesorio narrativo, sino una fuerza imparable y
fundamental a la que ningún personaje puede escapar. Parker, el epicentro de
este vendaval de asesinatos y robos, no es un antihéroe tradicional, sino una
criatura neurótica, psicópata, carente de sentimentalismos o tormentos
interiores. No busca la redención porque, bajo su lógica egoísta y eficiente, no
la necesita.
Parker opera como un mecanismo de precisión. No odia a sus víctimas, simplemente las elimina porque son un obstáculo en su camino. Su falta de vida interior lo convierte en un enigma irresoluble, un vacío que solo cobra sentido a través de la acción criminal dirigida por un código de honor. Cooke fusiona esta crudeza temática con un estilo visual que equilibra la energía que desprende el personaje con una compostura gélida y minimalista. La sofisticación visual de “La Compañía”, como ocurre en el resto de volúmenes de la colección, contrasta brutalmente con la sordidez de los actos que vemos en ellos, creando una tensión constante entre la belleza de la forma y la fealdad del fondo.
El
mundo de
Parker que hemos visto hasta ahora es una especie de burbuja aislada del
entorno en el que nos movemos la gente corriente. El suyo es un universo poblado
de tahúres, matones, sicarios, prostitutas, mafiosos, estafadores, ladrones,
atracadores, señores del crimen… que establecen sus propias reglas,
recompensas, compensaciones y castigos sin la intervención de ningún representante
de la autoridad. Pero, al final del tercer capítulo de “La Compañía”, Bronson menciona
la llegada de una nueva generación de criminales, los de cuello blanco, gente
que delinquen con mentalidad empresarial. Incluso la vieja escuela, como los
propios Bronson y Fairfax, han empezado a contratar a otros para que hagan el
trabajo sucio y lleven los libros contables, mientras ellos coordinan todo
desde un escritorio sin mancharse las manos. Esto los reblandece y los
convierte en objetivos más sencillos para tipos endurecidos e independientes como
Parker.
Por otra parte, es interesante que tanto en “El Cazador” como en “La Compañía”, Parker se vea obligado a dedicar tanto tiempo a lidiar con las consecuencias de un atraco como a planificar el siguiente. Parte irrenunciable de ser ladrón consiste en trabajar con otros delincuentes, por lo que las traiciones y puñaladas traperas deben considerarse gajes del oficio. Este aspecto de la novela negra es tanto o más interesante que describir los entresijos de la planificación de un atraco. Por supuesto que la recompensa puede ser grande, pero también lo son los riesgos asociados a ella.
Uno de los
atractivos que ofrece el género negro al lector es el poder vivir fantasías de
una vida criminal. Todos el mundo ha pensado alguna vez en lo fácil que sería
robar tal o cual lugar, pero, por razones obvias, solo un pequ
eño porcentaje de
la población lo intenta. El género negro nos permite dar rienda suelta a esas
fantasías, pero también debe mostrarnos por qué seguir una vida criminal no es
la mejor de las ideas: cárcel, huidas, desconfianza de todo el mundo, posible
muerte a manos de la competencia o tus propios compañeros; o incluso peor, con
Parker pisándonos los talones.
Quienes dudaban de que Darwyn Cooke pudiera igualar su magnífica adaptación de la primera novela de Parker, pueden estar tranquilos con esta segunda entrega. De hecho, “La Compañía” es incluso mejor, ya que se basa más en una trama ingeniosa y compleja que en la fuerza arrolladora de la historia con la que presentó al personaje. Así lo reconoció la crítica, que le otorgó a Cooke nada menos que el Premio Eisner al Mejor Autor Integral y dos Premios Harvey, al Mejor Artista Integral y Mejor Dibujante.

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