3 may 2026

2017- INFINITY 8 – Varios autores (1)


Hay momentos en los que parece que las propiedades intelectuales milmillonarias impulsadas por los grandes estudios lo colonizan todo cual mala hierba. Películas, series televisivas que se suceden la una a la siguiente obedeciendo más a las métricas que a una inspiración creativa real, comics sosos trufados de efectos digitales producidos sólo para el deleite completista de los aficionados juveniles más entregados…

 

El polifacético autor francés Lewis Trondheim, conocido por su capacidad para crear universos gráficos muy personales, devoró, entre los 16 y los 22 años, ciencia ficción en todas sus formas: libros, películas, cómics... Como muchos otros autores franceses, siempre quiso abordar este género, pero no para limitarse a copiarlo. Cuando sintió hartazgo primero y rechazo después a seguir consumiendo pasivamente versiones e iteraciones de Enterprises, Estrellas de la Muerte, Flotas Estelares y Jedis, pensó: si no te ofrecen lo que deseas y eres un creador, ¿por qué no imaginarlo tú mismo? Así nació una ambiciosa serie, “Infinity 8”, con la que rindió homenaje a las revistas de ciencia ficción pulp de los años 40 y 50. Su idea era mezclar la aventura espacial tradicional con el descaro, la psicodelia y un toque de erotismo ligero propios de la etapa clásica y más experimental de la revista “Métal Hurlant”.

 

Sobre el papel, la probabilidad de que Lewis Trondheim y Olivier Vatine unieran sus talentos parecía ínfima, casi un error estadístico. Por un lado, Trondheim, el autor hiperactivo y camaleónico, pilar de la vanguardia francesa y cofundador de L'Association. Por el otro, Vatine, un virtuoso del dibujo y figura reconocida del comic moderno de CF, autor, por ejemplo, de “Aquablue” (1988, junto al guionista Thierry Cailleteau) y, a mediados de los 90 y para la editorial americana Dark Horse, varios episodios de “Star Wars”. Sus universos creativos orbitaban tan lejos el uno del otro que un encuentro profesional distaba mucho de ser inevitable. Sin embargo, intervino el destino -o la geografía-. Y es que ambos compartían vecindario en la ciudad de Montpellier.

 

Todo comenzó con una propuesta convencional. Vatine contactó con Trondheim para proponerle un guion de ciencia ficción de corte clásico y estética retro. Fiel a su instinto rupturista, éste rechazó inicialmente la oferta, pero el germen de la idea quedó latente. Días después, Trondheim respondió con una contrapropuesta extravagante: en lugar de una historieta con narrativa lineal, se trataría de un experimento narrativo abierto a la colaboración de talentos de primer nivel que imprimirían su propia personalidad en cada una de las entregas.

 

Este proyecto germinó en el seno de “Comix Buro”, un pequeño pero muy influyente sello fundado a finales de 2007 por el propio Olivier Vatine. En lugar de libros terminados, ofrecía a las editoriales una mirada íntima al proceso creativo de grandes autores (incluyendo al propio Vatine, Lewis Trondheim, Juanjo Guarnido, etc.) en forma de sketchbooks muy apreciados por coleccionistas y estudiantes de arte y diseño. Más que una editorial tradicional al uso, funciona como un estudio de desarrollo en el que se reúnen guionistas y dibujantes para crear ciertas series, impulsar proyectos o adaptar obras literarias, que luego coeditan con gigantes del sector como Ankama, Glénat o, en el caso que ahora nos ocupa, Rue de Sèvres.

 

En la saga “Infinity 8”, Comix Buro actuó como el motor creativo. Olivier Vatine ejerció de director artístico, encargándose de diseñar la guía gráfica general en la que se detallaba el estilo, el diseño de la nave, la tecnología y los personajes, asegurando así que, aunque cada tomo lo dibujara un autor distinto, todo el universo se sentiría cohesionado. En el aspecto literario, la coherencia se consiguió siendo Trondheim el coguionista de todos los álbumes.

 

La premisa sobre la que se apoyarían los diferentes arcos argumentales, imaginada por Trondheim, es la de un bucle temporal. La YSS Infinity es un crucero espacial de dimensiones colosales que se ve detenido por una misteriosa acumulación de escombros. Para evitar el desastre, el capitán alienígena de la nave activa un protocolo que permite reiniciar el tiempo. Esto da lugar a ocho misiones diferentes, cada una protagonizada por una agente distinta y explorada por un equipo creativo diferente, lo que permite que la serie mute de género en cada entrega: desde el thriller policíaco y la acción hasta el terror o la comedia erótica.

 

Para sostener una arquitectura narrativa tan compleja, Trondheim y Vatine, al estilo de los showrunners de series norteamericanas, atrajeron y coordinaron a otros autores de prestigio que se encargaron de coescribir y dibujar cada tomo con su estilo personal aunque respetando los diseños generales de Vatine. Algunos de ellos ya se habían adentrado en la ciencia ficción antes, otros no, pero en cualquier caso se les ofrecía una amplia libertad dentro de las convenciones del género.

 

Una de las metas del proyecto fue la velocidad. Trondheim quería que los diferentes arcos se publicaran de forma muy seguida para mantener el interés del lector, emulando el ritmo de los cómic-books o las revistas pulp americanas pero con la calidad del álbum europeo. En Francia y con el objetivo de generar expectación, la publicación se realizó en dos fases: antes de lanzar los álbumes definitivos, publicaron la historia en formato de comic book de unas 30 páginas, totalizando tres números por cada arco argumental. Esto permitía que la historia se leyera "por entregas", como los clásicos pulps. Una vez terminada esa fase, se recopilaba la aventura en formato de álbum de tapa dura (que es como en España lo publicó Dibbuks). Normalmente, el álbum francés estándar tiene 48 o 64 páginas, pero en el caso de “Infinity” se amplió a 96, un lujo que permite que las historias respiren y que el ritmo sea mucho más parecido al de una película que al de un cómic tradicional.

 

El primer arco argumental se titula “Amor y Cadáveres” y en su arranque se nos presenta la YSS Infinity, una gigantesca y bien equipada nave espacial que está realizando un viaje hasta la galaxia de Andrómeda de seis semanas de duración. El propósito del viaje es aún desconocido pero lo que está claro es que incluso para ese periodo de tiempo relativamente reducido pueden surgir múltiples problemas entre quienes comparten ese espacio. Y es que a bordo viajan 880.000 seres de 257 especies, de los cuales 1.583 son humanos. Esto ya nos da un tono de ciencia ficción de la vieja escuela en la que extraterrestres de múltiples formas y tamaños, se comunican en un idioma común y respiran la misma atmósfera.  

 

En un momento determinado, la nave se detiene y la agente de seguridad Yoko Keren es llamada ante el capitán –un alienígena de extraño cuerpo flotante-, que le pone en situación: “Hemos sido bloqueados por un cúmulo de cuerpos heteróclitos que en conjunto tienen las dimensiones de un sistema solar. Una masa que jamás había sido detectada e interfiere en el rumbo de la nave Infinity 8”. Esos cuerpos van desde naves y fragmentos planetarios a monumentos y restos de ciudades orbitales. ¿Es un vertedero o quizá algo más peligroso? El capitán pertenece a la especie Tonn Shär, una raza ancestral de la que apenas quedan un centenar de individuos y que pueden explorar una trama temporal durante 8 horas y, tras ese plazo, regresar en el tiempo o seguir la trama en curso, pudiendo repetirlo ocho veces seguidas. La nave ha activado ese protocolo, pero antes y con el fin de intentar resolverlo todo a la primera, se encarga a Keren la misión de explorar esa extraña acumulación.

 

Las cosas se van a complicar mucho cuando la agente descubra que el lugar no es sino una suerte de inmensa necrópolis espacial. Una información que va a desatar los instintos de los kornalianos que viajan a bordo, una especie necrófaga que, ante semejante festín desplegado ante sus ojos, salen en tropel de la nave y bloquean las esclusas, dejando a Yoko atrapada en el exterior y en una situación muy delicada habida cuenta de la furia ciega que domina a esas criaturas cuando de devorar se trata. Aún peor, los kornalianos, enloquecidos, disparan sus armas al núcleo del reactor de la nave para que ésta reviente y así tengan más cadáveres para devorar. Sólo Yoko podrá detenerlos antes de que sea demasiado tarde.

 

Como tantas space operas pulp, esta es una historia dominada por la trama y la acción más que por la caracterización de personajes, por lo que no puede esperarse demasiado de Yoko Keren más allá de unos rasgos muy generales. La protagonista es heredera tanto de las pin-ups que adornaban las portadas de los pulps de CF de los años 40 y 50 –y el tipo de mujer espacial sexy que gustaba dibujar a Wally Wood, por ejemplo- como de la tradición de heroínas europeas del género como Yoko Tsuno o Laureline. Es valiente, decidida, segura de sí misma, eficaz, inteligente y con un sentido del humor seco; una reinterpretación, en fin, del típico policía rebelde y rudo de sexo masculino, pero en versión femenina y muy atractiva, claro, tanto para los humanos como para otras especies alienígenas. De hecho, cuando le encargan la misión se encontraba buscando “la mejor dotación genética para combinarla con la mía”, escaneando con un dispositivo portátil diferentes candidatos de todas las configuraciones biológicas para hallar al compañero de apareamiento ideal.

 

La historia, coescrita por Zep, abunda en conceptos extravagantes pero bien encajados en la historia, desde el capitán alienígena de anatomía incierta y con capacidades de viaje temporal hasta la necrópolis espacial; o momentos como ese en el que el korneliano Sagoss devora a una especie de Buda momificado y, entrando en un estado de calma espiritual en el que cree estar profundamente enamorado de Yoko, da inicio a una dinámica muy divertida que subvierte los tópicos asociados al género al contrastar su alienígena pasión ciega –que, irónicamente, lo hace más humano- y la frialdad emocional de la fémina objeto de su adoración, sólo interesada en encontrar una pareja con un ADN óptimo. La idea de los kornalianos que adoptan las antiguas personalidades de los cadáveres que devoran es también interesante. Siendo una especie de drogadictos no del todo responsables de sus actos, su destino final plantea un dilema: al retroceder la nave ocho horas y con sólo el capitán recordando lo que ha ocurrido en un “futuro” que ya nunca se producirá, ordena arrestar a todos los kornelianos por algo que realmente todavía no han hecho.

 

También es cierto, en mi opinión, que el argumento no tiene entidad suficiente como para justificar las casi 90 páginas que ocupa. El arranque, con la presentación del contexto y la protagonista, funciona muy bien. Los ágiles diálogos que aportan la información justa para mantener al lector informado sin abrumarlo con texto y una narrativa fluida y muy cinematográfica contribuyen a darle un excelente ritmo a esta historia repleta de acción y humor. Pero toda la parte central, que transcurre en la necrópolis, está demasiado alargada y las persecuciones y combates acaban resultando reiterativas, lo que diluye el suspense.

 

El trabajo gráfico de Dominique Bertail es, sin duda, uno de los grandes atractivos de este primer álbum de la colección. Desde las primeras páginas, el grafismo remite a otras space operas del pulp y el comic gracias a la brillante paleta de colores, la elegancia del diseño y unos personajes extravagantes, a la vez originales y familiares, que no habrían desentonado en una aventura de Valerian o un capítulo de “Babylon 5”. Cada viñeta está profusamente dibujada pero con un estilo liviano que permite respirar a las figuras aun cuando estén rodeadas de multitudes de alienígenas o asteroides. A decir de los padres de la criatura, Trondheim y Vatine, Bertail fue más allá de lo previsto con la sangre, gusanos, cadáveres flotantes y otros excrementos. Pero, al fin y al cabo, de lo que se trataba era de dejar libertad a los autores y éste era el estilo de Bertail. Por otra parte y gracias a toda esa casquería, consigue construir una atmósfera perturbadora y sórdida que encaja perfectamente con la historia.

 

Disponer de una extensión tan amplia para desarrollar la historia es una espada de doble filo. Por una parte, le da espacio al dibujante para jugar con la maquetación de página y los recursos narrativos más diversos. Pero, por otra, al priorizar la acción, el género exige viñetas amplias –que exigen mayor trabajo- y dado el exigente ritmo de producción, parece evidente que Bertail tuvo problemas para mantener el mismo grado de intensidad y calidad desde el principio hasta el final. Así, encontramos páginas muy inspiradas y detalladas y otras cuyo dibujo está menos pulido. Ello también podría ser producto de la inexperiencia del artista en un género como la CF (sobre todo ha realizado thrillers, comic histórico y western), que tiene sus propios códigos.

 

Este primer volumen de “Infinity 8” está pensado para sentar las bases de la premisa principal de toda la saga y ​​desarrollar una de las líneas temporales de que consta. Siendo ciencia ficción destinada a un público adulto –no sólo por los chispazos irreverentes de Bertail sino porque exige para su pleno entendimiento y disfrute un cierto reconocimiento de las referencias pulp-, el tono es cualquier cosa menos serio. Los autores recuperan las bases de la space opera con una trama ligera y abundante humor, giros argumentales improbables y absurdos dignos del cine de serie B, y todo ello adornado con un bestiario y situaciones originales. Concebido como un homenaje tanto a los comics y revistas estadounidenses de CF como a clásicos europeos del género, resulta refrescante por cuanto no busca inspiración en las sagas cinematográficas y televisivas con mayor peso en la cultura popular contemporánea. 

 

(Continúa en la siguiente entrada) 


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