1 ene 2026

LOS VENGADORES EN LOS AÑOS 70 (21)

(Viene de la entrada anterior)

  

Como ya vimos, el número 104 de “Los Vengadores” marcó el fin de una era tanto como el 105 (noviembre 72) dio inicio a otra: la de Steve Englehart.

 

Tras graduarse en Psicología en 1969 y cumplir parte de su servicio militar (la guerra de Vietnam estaba en su apogeo y él acabó declarándose objetor de conciencia), Englehart, originario de Indianápolis, empezó a trabajar como ayudante artístico de Neal Adams en 1971, contando 24 años. Su entrada en la industria, por tanto, fue como dibujante, llegando a trabajar para la editorial Warren antes de realizar trabajos no acreditados o bajo pseudónimos para Marvel entre 1971 y 1972. Su primera oportunidad como guionista le llegó como sustituto de Gary Friedrich, escribiendo sin ser acreditado para números sueltos de colecciones como “Sargento Furia y sus Comandos Aulladores”, “Iron Man”, “The Incredible Hulk”, “Our Love Story”, “My Love” o “Monsters on the Prowl”.

 

Poco antes de ser llamado por Roy Thomas para ocupar su lugar en “Los Vengadores”, éste le había asignado sus primeras series regulares, donde destacó por su enfoque subversivo y psicológico. Por ejemplo, en “Amazing Adventures”, a partir del nº 12 (marzo 72), se encargó de narrar la transformación del Hombre X Bestia en un ser de aspecto monstruoso y piel azul, ocupándose luego de sus primeras aventuras en solitario con un tono afín al terror; en “Capitán América”, a partir del número 153 (septiembre 72), enfrentó al héroe patriótico a las turbuencias sociales y políticas que castigaban al Estados Unidos contemporáneo y que culminarían con el escándalo Watergate; y fue también el encargado de lanzar la cabecera mensual de “Los Defensores” (a partir de agosto 72), uno de los grupos más extraños de Marvel.

 

Así que, cuando llegó a “Los Vengadores”, Englehart, aunque todavía era casi un recién llegado a la editorial, se había convertido en alguien de la confianza de Roy Thomas. No obstante, aún tardaría algo en empezar a introducir de lleno y sin miedo sus propias ideas en la colección, limitándose al principio a seguir la estela de su predecesor y continuar con los hilos narrativos dejados inconclusos por éste.

 

El nº 105 –para el que Englehart contó en su debut con el apoyo gráfico de John Buscema y Jim Mooney, aquí no particularmente inspirados- se abre con la tradicional página-viñeta que demuestra ya desde el principio que estaba dispuesto a desafiar ciertas expectativas de los lectores. Alguien le había comentado con cierto desprecio que la Bruja Escarlata era el miembro más débil de los Vengadores y que lo mejor que sabía hacer era lanzar algún hechizo y luego retirarse para recuperar fuerzas. Así que su primera iniciativa fue colocar a Wanda justo en el centro. Y no solamente en esta primera imagen, sino en toda su etapa al frente de la colección, especialmente en lo que se refiere a su relación con Visión. Esta predilección obedeció también a que la pareja carecía de una colección propia con la que hubiera de coordinarse, lo que le brindaba una mayor libertad creativa.

 

Claro que, al principio, esto fue más difícil de valorar para la mayoría de los lectores que las incoherencias relativas al aspecto del personaje. Si bien es cierto que, a lo largo de los años desde su debut en “X-Men” nº 4 (marzo 64), el color del cabello de Wanda había oscilado entre el castaño rojizo y el negro, Marvel parecía haberse decidido por el marrón rojizo… al menos hasta el nº 104, donde regresó al negro con reflejos azules. Por otra parte, en el 102, Rich Buckler había rediseñado el uniforme dándole un aire más moderno, pero el colorista (sin acreditar) eliminó el ligero tono rojo que solía cubrir sus brazos, piernas, hombros y parte superior del pecho de Wanda y con el que se sugería que llevaba algún tipo de body que le cubría todo el cuerpo. En el 105, tenemos la recuperación del característico aunque poco afortunado traje que siempre había llevado la bruja mutante.

 

Han pasado diez días desde que Mercurio desapareciera en la base australiana de los Centinelas en el número anterior. La Bruja Escarlata está angustiada y, al parecer, apenas ha dormido desde entonces intentando encontrar alguna pista sobre el paradero de su hermano o cualquier información que conecte su desaparición con la de otras personas. Ojo de Halcón e Iron Man intentan convencerla sin éxito para que descanse.

 

En los primeros años de Marvel, de 1962 a aproximadamente 1966, cuando la editorial producía sólo una docena de colecciones mensuales o bimensuales de superhéroes guionizadas prácticamente todas por Stan Lee, era común ver referencias cruzadas relativas a eventos que ocurrían simultáneamente el mes en cuestión. Lo que quizá surgió como una simple forma de promocionar toda la línea Marvel conectando los diferentes comics y atizando la curiosidad del lector, acabó creando una sensación de universo compartido como no se había visto jamás en ninguna otra editorial hasta el momento. Esto, a su vez, fomentó entre los lectores una mayor participación y compromiso que la que registraba la competencia.

 

Pero a medida que el número de colecciones aumentaba y Lee delegaba cada vez más las labores de escritura en nuevos autores como Roy Thomas, Gary Friedrich o Archie Goodwin, esa continuidad entre los diferentes títulos, informal pero consistente, fue diluyéndose. A la altura de 1972, incluso un experto como Thomas había renunciado a esforzarse más allá de lo básico cuando tenía que explicar cuándo y de qué forma las apariciones de un personaje en una colección "encajaban" con las de otra. Normalmente, el guionista se limitaba a colocar una nota a pie de página que decía algo así como: "¡Las aventuras de Thor en “Los Vengadores” de este mes tienen lugar antes de la saga de varios números que se está desarrollando en su propia colección!”. Y eso suponiendo que siquiera apareciera tal nota.

 

Por eso es muy destacable el nivel de interconexión que Englehart adopta con pleno entusiasmo desde esta su primera historia de Los Vengadores, empezando por la página 2, donde aparecen unos “invitados asgardianos” en la Mansión: Balder, Fandral, la valquiria Hildegarda, Hogun, Silas Grant (único superviviente del Mundo Negro) y Tana Mile (una colonizadora rigeliana aquí con su disfraz humano) que salen a pasar una noche de fiesta en la ciudad (se echa a faltar el tercero de los Tres Guerreros, Volstagg, probablemente porque por entonces se había separado de sus compañeros tal y como se contó en “Thor” 203 y 204). Todos ellos habían llegado a la Mansión tras los eventos narrados en “Thor” nº 203 (septiembre 72, guionizado por Gerry Conway), que terminó con el Dios del Trueno dándole una reprimenda a su padre Odín por las recientes manipulaciones que había llevado a cabo. Esa bronca acabó con Thor y sus aliados exiliados en la Tierra.

 

A continuación, Ojo de Halcón e Iron Man saludan a Pantera Negra, que llega de visita y al que no habíamos visto desde el nº 100. Desde entonces, había retomado sus deberes como rey de Wakanda, cambiando temporalmente su nombre a Leopardo Negro, además de verse envuelto en un conflicto en el país vecino de "Rudyarda", donde imperaba el apartheid (tal y como se vio en “Cuatro Fantásticos” nº 119, febrero 72). Más recientemente, había regresado a Estados Unidos, concretamente a San Francisco, para ayudar a su viejo amigo Daredevil con un problema de identidad secreta (“Daredevil” nº 92, octubre 72).

 

Pero la reunión es interrumpida por Wanda, que ha descubierto algo que podría estar relacionado con la desaparición de Pietro. Unos hombres extraños habían aparecido en Chile y secuestrado a tres científicos. Cree que tal vez esto fue lo que le ocurrió a su hermano. Pantera acepta acompañar a los Vengadores a investigar. Thor también anda por allí, y su compañera asgardiana Sif insiste en unirse a la expedición como pago por la hospitalidad que le ha brindado el equipo. Visión llega justo a tiempo, recién llegado de una batalla con el Amo de las Marionetas y un robot Skrull que quedó atrás en la Guerra Kree/Skrull (“Marvel Team-Up” nº 5), una aventura que le permitió brillar por primera vez en solitario. En cuanto al Capitán América, se dice que hubo de marcharse para atender un asunto personal urgente y que probablemente se trataba de la batalla contra su enloquecida contrapartida de los años 50 que se estaba narrando en su propia colección, como he dicho, también escrita por Englehart.

 

El grupo vuela en un quinjet hasta Tierra de Fuego, donde unos colegas de los secuestrados afirman que el rastro de éstos termina en una cueva sellada desde dentro. Ojo de Halcón con sus flechas explosivas e Iron Man con sus rayos repulsores se abren paso a la fuerza. Este último hace una referencia a su última hazaña en solitario, en el número 51 (octubre 72) de su colección, con ocasión de la cual mejoró las capacidades de su armadura. Por el momento y hasta el final del episodio, Steve Englehart pone fin a las alusiones a otros cómics contemporáneos de Marvel.

 

Mientras recorren el túnel que encuentran al otro lado del muro de rocas, Pantera Negra se coloca en cabeza dado que es el mejor preparado para orientarse en la oscuridad. Ojo de Halcón le pregunta entonces por el nombre que viene utilizando últimamente. Y es que, como mencioné antes, Pantera Negra cambió brevemente su apelativo al de Leopardo Negro en “Cuatro Fantásticos” nº 119, cuando compartió con la Cosa y la Antorcha su preocupación por las “connotaciones políticas" que podía suscitar su apodo original en Estados Unidos. Ahora, respondiendo a su camarada Vengador, dice: “No quería que mis metas personales y mi herencia tribal se confundieran con los planes políticos ajenos. Pero, al final, decidió que tenía tan poco sentido como si la Bruja Escarlata se cambiara de nombre sólo porque, en general, las brujas se tengan por feas. No soy un estereotipo. Soy yo mismo. Y soy Pantera Negra”.

 

 

El guion de aquel número de “Los Cuatro Fantásticos” lo había escrito Roy Thomas como encargo aislado entre unos episodios escritos por Archie Goodwin y el final de la etapa de Stan Lee como responsable de la colección. Ahora bien, a decir de Thomas, la idea de rebautizar a T´Challa como Leopardo Negro no fue suya sino de Lee, preocupado porque el personaje se asociara de alguna manera con los Panteras Negras, una de las organizaciones políticas y revolucionarias que más dio que hablar en el Estados Unidos de entonces y que abogaba por la autodefensa armada contra el racismo y la segregación. De hecho, a Thomas no le gustaba nada ese cambio y no lo asumió en las dos siguientes apariciones del personaje, en “Vengadores” nº 99-100, que, como vimos, sí escribió él. Para cuando Pantera-Leopardo reapareció en “Daredevil” nº 92, ya había recuperado su antiguo nombre. ¿Convenció Thomas a Lee de que diera marcha atrás o simplemente tomó la decisión por su cuenta y riesgo? Posiblemente nunca lo sepamos con seguridad.   

 

Pues bien, resulta que el túnel desemboca nada más y nada menos que en la Tierra Salvaje. Habitualmente, se consideraba que la entrada a ese reino olvidado por el tiempo se realizaba a través de algún pasaje en mitad del continente antártico. Incluso asumiendo que la Tierra Salvaje tuviera una extensión enorme y llegara hasta la misma costa de la Antártida (que no era el caso), pensar que los Vengadores pudieran llegar allí a pie desde Tierra de Fuego, significaría que ese túnel tendría una longitud de 1.000 km y estaría localizado por debajo del lecho marino, a una profundidad superior a los 3.400 metros.  

 

Que pudiera accederse a la Tierra Salvaje desde Tierra de Fuego no fue idea de Englehart sino de Roy Thomas, que la utilizó en “X-Men” nº 60 (septiembre 69) para explicar el origen de Sauron; y en “X-Men” nº 62 (noviembre 69), el Ángel caía desde la cima de una montaña en Tierra de Fuego para reaparecer en las profundidades selváticas de la Tierra Salvaje. Podríamos, por tanto, salvar la lógica de todo esto suponiendo que en Tierra de Fuego existiera algún tipo de brecha dimensional o portal que conectara ambas regiones.

 

Por otra parte, según el “Marvel Atlas” nº 2, la extensión de la Tierra Salvaje sería de aproximadamente 350 millas cuadradas (unos 900 km²), equivalente a ciudades como Hong Kong o Madrid, lo que hace altamente improbable –sobre todo teniendo en cuenta la espesura de la selva y lo accidentado del terreno- que cualquiera que llegue allí se encuentre con Ka-Zar, Shanna o Zabú. Este tipo de ilógicas casualidades nunca han preocupado demasiado a Marvel ni, por extensión, a Englehart quien, además, era un gran aficionado a los X-Men, como lo demuestra lo a menudo que los incluía en sus proyectos (“Amazing Adventures”, “Vengadores”, “Capitán América y el Halcón”…). De hecho y como enseguida vamos a ver, este número es una suerte de epílogo de “X-Men” nº 62-63, firmados por Roy Thomas y Neal Adams unos cuantos meses antes.

 

Los Vengadores son atacados de repente por los los Hombres de los Pantanos, que se hallan bajo el control mental del mutante Lupo secundado por Barbarus, dos de los salvajes de esa tierra mejorados por Magneto en los mencionados números de “X-Men”. Los héroes se deshacen de sus agresores sin recurrir a demasiada violencia hasta que Thor tiene que dispersarlos con un rayo de su martillo cuando Barbarus a punto está de secuestrar a Sif. Es una pena que Englehart no siguiera la línea que el guionista Gerry Conway había adoptado en la colección de “Thor” y convierta aquí a Sif en una damisela en peligro incapaz de hacer frente a sus adversarios como la guerrera asgardiana que es.

 

Habiendo repelido a sus atacantes, los Vengadores prosiguen su marcha a través de la selva guiados por Pantera Negra. ¿Y cómo sabe éste hacia dónde dirigirse para encontrar a los científicos desaparecidos y quizá a Pietro con ellos, si nunca antes ha estado en este lugar? Pues por su relación con Daredevil: “Ka-Zar es amigo de Daredevil…Igual que el Hombre sin Miedo es amigo mío. Conozco lo que el Señor de la Jungla sabía a raíz de su batalla contra la Horda Mutante junto a los X-Men”. Parece que su breve encuentro dio para mucho intercambio de información.

 

Lo que Pantera no puede explicar es cómo dos miembros de la Horda Mutante conservan sus poderes, ya que todo el grupo había revertido a meros Hombres del Pantano al final de “X-Men” nº 63. La información que le pasó Daredevil tampoco incluyó otros detalles, porque cuando llegan a la ahora destruida base de Magneto, T'Challa se sorprende al encontrar allí un traje abandonado de Ángel (de cuya historia no voy a profundizar más allá de decir que sólo lo llevó un número y que todo obedeció al capricho de Neal Adams por dibujar un uniforme nuevo para ese personaje). El hallazgo le recuerda a Wanda que los Centinelas, en el número anterior, le dijeron que no habían podido encontrar a los X-Men, algo que no tiene demasiado sentido dado que, por entonces, aunque habían perdido su colección, la mayoría seguían residiendo en la escuela del Profesor Xavier e interactuaban habitualmente con otros personajes en sus series, como fue el caso de Spiderman en “Marvel Team-Up” nº 4 (septiembre 72).

 

Justo en ese momento, los antiguos sicarios de Magneto atacan. Barbarus y Lupo se unen a Anfibio, Niñolisto, Equilibrio y Gaza. Equilibrio afecta a Iron Man con sus poderes de vértigo, pero el héroe utiliza su armadura para resistir y derribar a su adversario. Niñolisto recurre a su inteligencia para llevar a Ojo de Halcón al lugar cuidadosamente calculado para que quede atrapado por una avalancha, pero Clint le provoca una rabieta infantil tan intensa que pierde el conocimiento.

 

Thor y Sif combinan su fuera para neutralizar a Barbarus, aunque, en realidad, lo único que hace la asgardiana es sujetar uno de los cuatro brazos de éste el tiempo suficiente como para que su compañero lo derribe de un puñetazo. Un desempeño algo mejor que el primer encuentro, pero no demasiado. Tampoco ayuda que Buscema la dibuje como una especie de modelo de calendario en vez de con la figura regia y fuerte de las asgardianas. Los asgardianos, incluyendo las mujeres, son grandes y Sif es más alta que la mayoría de los Vengadores masculinos –con la excepción de Thor-, pero Buscema no consigue transmitir esa sensación de poder e imponente presencia física.

 

El ciego Gaza rastrea mentalmente a la Bruja Escarlata y la atrapa, pero ésta lanza un hechizo con el que le devuelve la vista, una sensación que lo confunde lo suficiente como para que Pantera Negra lo deje fuera de combate después de haberse encargado de Lupo. Aunque Englehart les da su propia voz a todos los Vengadores desde este su primer número, su interpretación de T'Challa es, a mi gusto, demasiado informal, haciéndole hablar de una forma demasiado coloquial que mejor concordaba con Spiderman: “Lamento apagarte las luces, Gaza, de verdad…Pero, si mal no recuerdo, tú empezaste esta trifulca”. También Anfibio es derrotado por la Visión de la forma más tonta.

 

Y así, parece haberse solucionado la amenaza de la Horda Mutante. Pero mientras Iron Man y Pantera Negra rescatan a Ojo de Halcón de los escombros bajo los que Niñolisto lo enterró, no se dan cuenta de que Equilibrio se escabulle ni lo oyen reflexionar en voz alta sobre el misterio de cómo él y sus secuaces han vuelto a mutar después de haber recuperado su naturaleza humana original tras la aparente muerte de Magneto al final de “X-Men” nº 63. Si han recuperado sus poderes, ¿significa que el villano también ha regresado?

 

Sea como fuere, decide recurrir a la misma estratagema que Magneto intentó en aquel episodio de los mutantes y le pide a Lorelei (cuyo pelo, merced otro traspiés del guonista, ha pasado a ser de rubio a rojo tomate, quizá porque ese profesional no acreditado la confundió a primera vista con Medusa, de los Inhumanos), que hechice a los Vengadores masculinos con su canto, asegurando que él mismo se encargará de las mujeres. Pero antes de que Sif y Wanda puedan descubrirlo, Visión demuestra ser inmune al hechizo de Lorelei y la deja inconsciente junto a Equilibrio utilizando su truco de materializar parcialmente sus manos dentro de los cuerpos de sus enemigos. Visión interpreta su inmunidad a los poderes de Equilibrio como una prueba más de su inhumanidad y, por ende, incapacidad de amar así que vuelve a hacerle otro feo desplante a Wanda.

 

De forma bastante torpe, Englehart se las tiene que arreglar para explicar en un cuadro de texto y fuera de plano, que los Vengadores han rescatado a los científicos secuestrados por la Horda Mutante con el fin de que crearan para ellos una progenie. Entre ellos, por supuesto, no se encontraba Mercurio. En fin, una admisión por parte del guionista de que los científicos no le importaban lo más mínimo y que los había utilizado como mero McGuffin. Tampoco se explica por qué la Horda Mutante recuperó sus poderes.

 

Al regresar a la Mansión, Jarvis le muestra a la Bruja Escarlata una noticia que grabó sobre un hombre desaparecido en una calle de Nueva York. Wanda pide ayuda a los demás Vengadores de nuevo, pero Thor y Sif ya se han ido y Visión se limita a sentarse meditando cabizbajo sobre el amuleto que le entregó el Segador en el nº 102 como medio de contactar con él cuando se decidiera a traicionar a sus amigos a cambio de obtener la humanidad que cree necesitar para que Wanda lo ame.

 

Hay que admitir que este debut de Englehart al frente de “Los Vengadores” no es demasiado brillante. El pretexto para llevar al grupo a la Tierra Salvaje es, como mínimo, endeble, y la Horda Mutante no supone una auténtica amenaza para el poder combinado de los héroes, por lo que la batalla se resuelve sin mayor peligro ni consecuencia alguna. En su disculpa, hay que decir que Englehart tuvo que hacerse cargo de un comic muy popular –de hecho, uno de los mejores vendidos de Marvel- gracias a una etapa que había gozado del favor incondicional de los fans de la época. ¿Puede culpársele de que en este primer intento se limitara a ofrecer a los lectores más de lo que ya tenían y no lanzar inmediatamente a la colección por un nuevo rumbo? Por algún lado hay que empezar y lo mejor es considerar este episodio como de simple rodaje. Además, recupera el gusto por jugar con el Universo Marvel y entrelazar sus historias y personajes.

 

En años posteriores, el propio Englehart expresaría su descontento con estos números iniciales en su etapa de “Los Vengadores”, señalando que comenzó intentando mantener lo que él consideraba un alto nivel de excelencia escribiendo "historias a lo Roy Thomas" en lugar de "historias de Steve Englehart". Según sus propias estimaciones, tardó ocho o nueve números en alcanzar su máximo potencial, convirtiendo gran parte de su primer año en la serie en una especie de aprendizaje.

 

Para ser justos con Englehart, debemos señalar también que Thomas dejó una serie de cabos sueltos que su sustituto hubo de resolver antes de poder pensar en establecer su propia dirección. Por ejemplo, el romance entre Wanda y Visión y la antes mencionada tentación de este último, que formaría la mayor parte de la base de los siguientes tres números. La única subtrama dejada abierta por Roy Thomas cuando salió de “Los Vengadores” que Englehart no resolvería sería la de la desaparición de Mercurio, básicamente porque de ello se encargó el propio Thomas en las páginas, como ya comenté en la entrada anterior, de “Los Cuatro Fantásticos”.

 

(Continúa en la próxima entrada) 

 


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