16 ene 2022

1994- PIN-UP – Yann y Berthet (y 3)

 

(Viene de la entrada anterior)

El último ciclo de “Pin-Up” comprende los álbumes 7 al 9, publicados entre 2001 y 2005 y en el que la acción se traslada a Las Vegas en los años 60 del pasado siglo. Así precisamente se titula el primer álbum, “Las Vegas”, en uno de cuyos casinos, el legendario “Flamingo” dirigido por Gus Greenbaum (no un personaje inventado sino uno muy real), encontramos trabajando a Dottie, pero no de croupier ni de camarera sino de fisonomista. Resulta que tiene una inmensa memoria para los rostros y puede reconocer de entre una multitud a personas non gratas para el casino, como estafadores, jugadores profesionales, buscalíos y otros habituales de la lista negra.

 

Hugh Hefner, el extravagante dueño de la revista “Playboy”, está preparando el lanzamiento de un casino propio, el “Golden Rabbit”, pero el resto de propietarios de esos establecimientos en la ciudad, financiados y controlados por la mafia, se organizan para disuadirlo por las malas. Ignorante de la lucha de poderes que se está librando entre bambalinas, Dottie tiene que lidiar con los arrebatos suicidas de su compañera de apartamento, Millicent, que resulta ser la hija del difunto padrino de la mafia Bugsy Siegel, quien se dice dejó escondida una fortuna cuando murió en 1947.

 

Para colmo, Dottie sufre un día el acoso de Frank Sinatra, que está actuando en el “Sands”, y lo rechaza de malas maneras. Esa humillación le cuesta el trabajo, pero no tarda en recibir una intrigante oferta por parte de Pinky, la amante de Hefner, quien la invita a su mansión y le propone ser la directora del futuro “Golden Rabbit”. Pero el trabajo va a ser mucho más complicado de lo que podría parecer debido a los enfermizos celos de Pinky, las actividades de las feministas y las maniobras de la mafia.  

 

La historia concluye en el octavo álbum, “Big Bunny” (nombre del avión privado de Hefner, rebautizado aquí como “Bunny One”, como el “Air Force One” de los presidentes americanos), que comienza con una escena de guerra, en Vietnam, en la que el soldado “Snaky” es evacuado del campo de batalla tras ser herido. Pero no puede reunirse con su novia, una de las playmates de Hefner, como era su intención, porque ha sido asesinada por alguien que todavía no ha sido hallado. Dottie lo conoce en el funeral y no tardan en convertirse en amantes.

 

Gus Greenbaum, mientras tanto, ordena secuestrar a Dottie pero sus matones se llevan a Pinky, por lo que decide aprovechar la ocasión y mutilarla para obligar a Hefner a renunciar al proyecto del casino. Al mismo tiempo, Virginia Hill, que en su día fue la amante de Bugsy Siegel y que ahora gestiona los asuntos financieros de Hefner en Chicago, llega a Las Vegas esperando encontrar el botín de su difunto novio, una codicia que la enfrentará directamente con Dottie, a la que confunde con Millicent.

 

Los acontecimientos se precipitan. Snaky abandona a Dottie cuando se entera por la televisión de que Jane Fonda va a participar en una manifestación pacifista en Los Angeles. Su intención es matarla por considerarla una traidora a la patria americana. Greenbaum, que se ha salido con la suya en lo referente a Hefner, trata ahora de convencer a Dottie para que vuelva a trabajar en el “Flamingo”, pero ella no solo se niega sino que, para evitar que siga persiguiéndola, lo denuncia al FBI y consigue que lo metan entre rejas. A continuación, se marcha de las Vegas, vende su coche a un timador y coge un vuelo en dirección a Hawaii.

 

Y es en ese archipiélago donde transcurre el último y tercer álbum de este ciclo, titulado “Venin”. Para protegerse de posibles represalias de la mafia, Dottie ha adoptado una identidad falsa y se gana la vida pescando serpientes marinas para extraerles el veneno y vendérselo a un laboratorio farmacéutico. Tras seis meses de condena, Gus Greenbaum sale de la cárcel y le encarga a una asesina a sueldo que encuentre a Dottie y le regale una muerte dolorosa. Empieza entonces una intriga que va a mezclar a ancianos criminales de guerra japoneses, maestros tatuadores, guerreros tribales, comunidades utópicas y siniestros experimentos.

 

Este tercer ciclo difiere de los dos anteriores en que no ofrece una sola historia en tres entregas sino un díptico seguido de un álbum independiente pero relacionado con los anteriores. Esta estructura es un síntoma de la evolución editorial que había seguido la serie tras la entusiasta recepción del primer arco y la más tibia del segundo. También es significativo que, si los volúmenes 7 y 8 se publicaron en 2001 y 2002 respectivamente, el 9 habría de esperar hasta 2005. Tras esto, quizá agotada la inspiración o deseosos de adoptar otro tono, Yann y Berthet abandonarían la serie principal en favor de un spin-off, “Las Aventuras de Poison Ivy” (2006-2008), del que se publicaron tres álbumes. Hasta el día de hoy y como comentaré más adelante, sólo ha aparecido otro volumen de la serie principal y ello tras un hiato de bastantes años, probablemente porque los autores consideran cerrada su etapa con el personaje, habiéndose dedicado a otros proyectos, muy numerosos e irregulares en el caso de Yann y más selectivos en el de Berthet.  

 

La aventura de “Las Vegas” es una agradable sorpresa porque nos hace recuperar lo mejor de la serie. Una vez más, la ambientación de la época juega un papel fundamental y no sólo en lo que se refiere a vestuario, arquitectura o automóviles sino a los propios personajes. Yann se documenta a fondo y juega con las metáforas visuales relacionadas con el mundo de Hugh Hefner y la revista “Playboy”, pero no se limita a la fachada erótica del mismo.

 

Asimismo, “Las Vegas” le sirve al guionista para reunir una parte importante e icónica de la mitología americana de los sesenta: los casinos, los crooners que actuaban allí, las relaciones que sus gerentes y artistas tenían con el crimen organizado… Yann convierte a Frank Sinatra, figura emblemática de aquella época, en un personaje importante de la historia y detonante del drama. Y una vez más, Yann juega a presentar un retrato muy poco amable del famoso de su elección. De igual manera que ya había hecho con Milton Caniff en el primer ciclo y con Howard Hughes en el segundo, prefiere destacar los peores aspectos de Sinatra –probablemente exagerando o inventándose algunos-: su arrogancia, donjuanismo y espíritu vengativo en lugar de su innegable talento artístico. De alguna forma, las versiones que Yann ofrece de esos tres personajes históricos parecen beber del mismo modelo: todos tienen taras psicológicas más o menos profundas y evidentes y todos desean a Dottie y manipulan e intrigan para controlarla. Es una fórmula que a estas alturas de la serie ya no sorprende, aunque a efectos narrativos sigue funcionando y Yann acierta en la forma en que la encaja en la historia para provocar un giro en la vida de Dottie. 

 

La propia Dottie sigue conservándose físicamente tan joven como siempre (esto es quizá lo más inverosímil de toda la colección), aunque es evidente que las experiencias que ha ido acumulando en la vida la han endurecido. Es a través de la heroína que Yann, el cínico de pullas incisivas, se manifiesta en la historia. Dottie ataca y se defiende con auténticas puñaladas verbales, eso sí, siempre con elegancia y sin caer en el burdo insulto. Ese contraste tan afilado entre su impresionante belleza y su indómito carácter, es lo que la hace irresistible no sólo para los hombres que se cruzan en su camino y que caen rendidos a sus pies, sino para el propio lector –al menos el masculino-. Dottie no ha sido nunca una mujer florero aunque en esa jaula la hayan querido meter muchos pretendientes; y a estas alturas sabe defenderse sola a la perfección, si bien la vida la ha convertido en alguien cínico e incluso amargado.

 

La trama está muy bien desarrollada alrededor de la ambición de Hefner, un empresario que se aproxima bastante al Howard Hughes que habíamos visto en el ciclo anterior pero hacia el que Yann se muestra bastante más indulgente. Al fin y al cabo, el guionista afirmó en una ocasión que le habría gustado ser o Walt Disney o Hefner. El guion sabe distanciarse de lo que habría sido la fácil solución de otros escritores menos hábiles y no se limita a satisfacer a los lectores más voyeurs con escena tras escena de las playmates mostrando sus encantos o el frenesí de las fiestas en la Mansión Playboy. En cambio, decide centrarse en una sola modelo de la revista y tratarla además con un sesgo humorístico: Pinky (que está inspirada en la muy real Barbi Benton).  

 

En general, estos dos álbumes ofrecen una acción bien medida, suspense y sensualidad. La atmósfera de la época, su vestuario, imaginería y costumbres, están muy bien recreados y abundan los guiños que el lector adulto podrá identificar. Con todo, hay que hacer notar que “Pin Up” es una serie en la que el apartado gráfico y el literario han evolucionado en direcciones opuestas. La línea de Berthet fue ganando en sensualidad, elegancia y finura hasta el punto de convertirse en el principal reclamo de la colección y sus derivados del merchandising. Las historias de Yann, por el contrario, han pasado de ambiciosas sagas de gran escala a trabajos progresivamente más dispersos e incluso repetitivos. Además, al ligar la serie a una línea espaciotemporal muy concreta y señalada por conflictos bélicos, históricos o culturales bien conocidos y sus respectivos e igualmente famosos personajes reales, Yann se ve en la lógica incapacidad de explicar por qué su heroína no envejece un ápice pese a las décadas que van cayendo sobre ella. Es más, mientras que los primeros volúmenes de “Pin-Up” seducían por su mezcla de fantasía y documentación, el noveno, “Venin”, se conforma con un argumento forzado y un abuso de escenarios exóticos.

 

Hasta el momento, habíamos visto a Dottie ejercer de acomodadora en un cine, modelo de comics, ama de casa, fisonomista… pero ponerla de la noche a la mañana a pescar serpientes venenosas en su propio yate parece un giro completamente implausible habida cuenta de la trayectoria del personaje. Asumido esto, la profesionalidad del equipo creativo permite extraer un buen rato de entretenimiento con las idas y venidas de los numerosos personajes y la versatilidad de Berthet, que igual de bien dibuja una fábrica de los años cuarenta, una cárcel soviética, un casino de Las Vegas o, como aquí, los paraísos tropicales de las islas hawaianas. Siendo Hawaii una especie de burbuja temporal donde pesa mucho su propia cultura, hay aquí menos referencias a la cultura pop, si bien los villanos recuerdan a los de James Bond (personaje cuya saga cinematográfica comenzó en 1962): un científico de pasado siniestro recluido en una isla inaccesible; y una asesina despiadada de un solo brazo.

 

Como ya dije más arriba, hubo que esperar hasta 2011 para que Yann y Berthet retomaran a su heroína, pero esta vez no en un arco argumental de dos o tres números, sino en una historia autoconclusiva. Y lo cierto es que fue mejor así porque “El Dossier Alfred H” es una decepción en todos los aspectos.

 

Para empezar, quizá entendiendo Yann que no podía seguir avanzando en el tiempo más allá de los 60 sin envejecer a Dottie, opta por retroceder e inventarse un periodo anterior de su vida, colocándola de ayudante de un detective privado en el Los Angeles de mediados de los años 40. En el verano de 1946, tras haberla despistado la persona que iba siguiendo, Dottie conduce por las colinas de vuelta a su casa cuando, de la nada, surge una mujer y se arroja contra su coche quedando inconsciente y revelando marcas de latigazos en su espalda. El accidente ha tenido un misterioso testigo entre las sombras del arcén al que Dottie persigue sin éxito. Cuando regresa a su coche, la joven también ha desaparecido.

 

Ese suceso la lleva a indagar y sus pesquisas la conducen al set de rodaje de la nueva película de Alfred Hitchcock. Por si su profesión de investigadora no fuera ya suficientemente inverosímil, consigue infiltrarse en el equipo y ser seleccionada como actriz principal para sustituir a la estrella desaparecida y musa del director, Grace Mac Guffin. Conforme el caso se complica y adquiere tonos más oscuros, Dottie se convence de que Hitchcock está relacionado de algún modo, ya sea como víctima o como verdugo.

 

Para empezar, encontramos a un Berthet que parece dibujar en piloto automático. Hay una sobreabundancia de primeros planos, lo que le evita tener que prestar atención a los fondos; las figuras son más genéricas y aunque su línea y su composición siguen siendo muy limpias, ya no encontramos ese amor por el detalle o la reconstrucción de época más allá de algunos planos generales. Todo resulta frío, distante y ni siquiera Dottie tiene la presencia sensual de álbumes anteriores.

 

En cuanto al guion, resulta convencional, desganado y poco atrevido, como una pintura por números. Apenas podemos reconocer ya a Dottie, que deambula en un escenario incoherente por una trama innecesariamente compleja y desordenada. El resto de los personajes son meros estereotipos acartonados, como sacados de una serie mediocre de televisión. Otra vez, Yann se dedica a escoger una figura masculina de la cultura popular y enfocarla sin piedad bajo la peor luz posible. Su documentación de Hitchcock parece haberse limitado a aquella cita en la que decía que los actores debían ser tratados como ganado, construyendo el personaje a partir de ella. Reduce injustamente la producción de “Psicosis” (que en realidad data de 1960, quince años después del momento en que transcurre la acción de este episodio) a una mera satisfacción de sus oscuras pulsiones; y, aun peor, se lo retrata como un manipulador pervertido. La obsesión de Hitchcock con el sexo era algo muy interior e inhibida por su educación católica. Lo más atrevido que rodó en este aspecto fue la escena de la ducha de “Psicosis” y en ella no se puede ver ni la sombra de un pezón ni un cuchillo perforando un cuerpo. Hitchock era sutil, todo lo contrario que Yann en esta obra, que lo presenta como un sátiro que graba escenas que más parecen sacadas de una película porno sadomasoquista.

 

Una lástima, por tanto, que una serie tan original y que comenzara tan bien, finalice –al menos por el momento- con una entrega tan decepcionante. En todo caso, este último volumen es completamente prescindible y quien esté interesado en la colección puede limitarse a los nueve anteriores. De éstos, los mejores son los tres primeros y si se disfrutan lo suficiente, puede continuarse con el segundo y tercer ciclos, teniendo en cuenta que la calidad y la originalidad siguen una línea descendente.


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