1 dic 2019

1999- ADASTRA EN ÁFRICA – Barry Windsor-Smith


El origen de “Adastra en África” se encuentra en el proyecto de Barry Windsor-Smith para realizar la tercera parte de “Muerte Viva”, cuyas dos entregas anteriores, protagonizadas por Tormenta, habían formado parte de la colección de los X-Men de Marvel (nº 186, 1984; y 198, 1985). Sin embargo, la idea fue rechazada y exiliada al limbo cuando la editorial afirmó que el final propuesto, en el que un personaje se sacrificaba para que su pueblo pudiera vivir, justificaba o incluso promovía el suicidio, un argumento que al autor calificó de infundado e irrisorio –en lo cual y a pesar del orgullo que le caracteriza, tenía razón-. Smith se negó a plegarse a las exigencias del editor y efectuar los cambios necesarios, así que, muy a su pesar, retiró la idea. Pero no la olvidó.



Pasaron los años y tras el fiasco que comercialmente supuso su ambicioso “Storyteller” para la editorial Dark Horse, Smith decidió reutilizar uno de los personajes de las series que allí publicaba, “Young Gods”, para protagonizar aquella historia archivada años atrás. Nace así una novela gráfica de 39 páginas, autoconclusiva y en blanco y negro, editada originalmente por Fantagraphics.

La joven diosa Adastra, exiliada en la Tierra, viaja hasta una pequeña aldea africana al borde de la extinción física y cultural debido tanto a la hambruna derivada de la sequía como al asedio de la modernidad. Para evitar el tradicional ritual en el que se sacrifica a algún inocente para suplicar lluvia y, por ende, obtener la salvación, Adastra utiliza sus poderes para convocar las precipitaciones, convertir la zona en un vergel y destruir la maquinaria pesada que ya asola el terreno cercano. Sin embargo, su noble acto trae consecuencias inesperadas. Tratando de salvaguardar el legado cultural de la tribu, siendo forastera, les ha privado precisamente de la posibilidad de luchar y ganar esa batalla, aunque sea mediante costumbres que a ella le parecen arcaicas y detestables.

Como ya he comentado en otras entradas y pese al alto concepto que Barry Windsor-Smith tiene de sí mismo, su faceta de guionista nunca ha estado a la altura de la de dibujante. “Adastra en África” no es la excepción. La conversión de una historia de la mutante Tormenta de “X-Men” en una fantasía ecológica con moraleja no acaba ni mucho menos de funcionar bien. Así, este drama fantástico podría haber tenido un mensaje más claro y sólido utilizando a la auténtica Tormenta, una niña del Tercer Mundo que tras pasar sus primeros años en África perdió contacto con el continente residiendo en los Estados Unidos. Su vida en Kenia como diosa que ayudaba a las comunidades locales no había sido bien explorada pero sí quedaba claro en la colección de los X-Men que era un personaje que tenía problemas de identidad.

En ese punto, Claremont recuperó esa parte de su existencia en “Muerte Viva II” (nº 198), con dibujo de Barry Windsor-Smith. En este excepcional capítulo, una Tormenta sin poderes regresaba a su tierra y en ella hallaba ayuda e iluminación. Era una historia redonda y autoconclusiva que no necesitaba realmente continuación.

En el momento en que apareció aquel número 198, el año 1985, el hambre en África era un tema candente que bombardeaba la sensibilidad occidental desde todos los frentes. Las
hambrunas de Etiopía y Somalia dejaron unas imágenes sobrecogedoras que llevaron a grandes iniciativas del Primer Mundo para recaudar fondos. En el intervalo entre 1983 y 1985 aparecieron los singles multimillonarios de Band Aid y USA for Africa, el concierto Live Aid o, en el terreno del comic, el “Heroes for Hope” de Marvel. Pero quince años después, los grandes problemas de África eran otros y volver sobre el tema de las hambrunas era algo que, a efectos de abordarse en el comic, resultaba reiterativo. Pero Smith, decidido a sacar del armario su viejo guión, se empeña en regresar al mismo escenario, los mismos personajes y las mismas amenazas.

De hecho, Adastra, aun cuando aquí la encontremos con una tez diferente y otro nombre, es a todos los efectos Tormenta e incluso se hace referencia a algunos personajes aparecidos en aquel episodio de los X-Men. El problema es que alguien ajeno a esa colección y a aquel número en concreto, se encontrará con una historia que arranca ya empezada, que remite a hechos pasados que no se explican adecuadamente y que da por supuesto el conocimiento de una serie de hechos. La protagonista no acaba de estar bien definida por la sencilla razón de que, en origen, no hacía falta: ya lo había sido en su propia colección.

Como mucho, se le puede conceder a Smith el aportar un toque más alegórico y más preciosista, tanto en el enfoque como en el dibujo. Todo en la historia, su protagonista y personajes, la ambientación, el ritmo… tiene un sabor a fábula fantástica que bien podría transcurrir en un mundo alternativo o en otro planeta. Pero, al mismo tiempo, es imposible que el lector maduro deje de percibir las conexiones con el África de los ochenta a través de las imágenes de las madres esqueléticas con niños moribundos en sus brazos, las aldeas pobladas por cuerpos famélicos o las máquinas al servicio de las corporaciones modernas preparadas para arrasar el ecosistema (esto último más asociado habitualmente a las comunidades amazónicas). Es por tanto evidente que el autor, utilizando ese marco casi onírico en el que intervienen diosas que vuelan y hacen llover, desiertos que se transforman al instante en paraísos exuberantes y árboles místicos, quiso hacer una reflexión sobre algunos de los problemas que azotan al África moderna: las falsas promesas del progreso; la explotación rapaz del territorio sin consideración por el mismo y las gentes que lo habitan; pero también la forma en que la ayuda extranjera, aunque bienintencionada, interfiere negativamente en las culturas locales privándoles de iniciativa, fuerza y orgullo. Sin embargo y como decía más arriba, regresar a estos temas se antoja algo reiterativo, incluso anacrónico. No sólo porque Claremont ya los había abordado en “Muerte Viva II”, sino porque desde entonces se habían abatido sobre el continente horrores como la Guerra del Congo, el Genocidio de Ruanda, el virus del Ébola o los diamantes de sangre.

Pero es que además no queda claramente identificado el problema y mucho menos propuesta una solución. Por una parte se nos dice que las promesas de desarrollo de acuerdo a los parámetros industriales y capitalistas no han ayudado en absoluto a resolver las dificultades de la comunidad, así que Adastra destruye sus símbolos y aconseja a los nativos a volver a los modos tradicionales y abandonar sus pretensiones de modernidad. Esto no sólo implica la hipocresía de condenar (“por su bien”) a un pueblo al estancamiento tecnológico y económico sino que además es una simplificación ofensivamente burda de un problema que en buena medida tiene su origen, precisamente, en los modos agrícolas tradicionales, totalmente inadecuados en un entorno de fuerte crecimiento demográfico y ante la circunstancia –cíclica en esa parte del mundo- de una sequía. Por una parte, la intervención de Adastra salva sus vidas, pero por otra se nos dice que ello ha sido a costa de su orgullo y autoconfianza, que deberían haber sido ellos mismos quienes hubieran hallado la solución a la hambruna; algo que, a todas luces, son
–por la razón que sea- incapaces de hacer, recurriendo en cambio a un sacrificio humano que, mediante la intervención de alguna fuerza mística indeterminada, surte efecto.

El álbum se cierra de forma un tanto curiosa e incluso incoherente con una entrevista ficticia con la propia Adastra en la que el lector se sorprende al averiguar que, aunque ésta sí es princesa de una casa real extradimensional, en nuestra realidad se gana la vida como actriz y celebrity; y que la pose grave y trascendente con la que la hemos visto no es sino un fingimiento, una simple interpretación. Y es que su auténtica naturaleza es la de una mujer joven impulsiva, malhablada y amante de la diversión. Esto no era exactamente una sorpresa para los lectores de “Storyteller” ya que allí Barry Windsor-Smith ya había jugado a “romper la cuarta pared” introduciéndose a sí mismo en las historias y mostrando que la altisonante y épica historia que desfilaba ante nuestros ojos no era más que una especie de película. La entrevista no carece de humor, pero dado que incluye pullas personales contra Marvel y que la propia Adastra no se toma demasiado en serio el drama que ha “protagonizado”, ese epílogo diluye la pretendida emoción y profundidad de la historia principal.

En conclusión, “Adastra en África” no añade nada relevante a lo ya contado en la colección de
los X-Men y como obra independiente no acaba de funcionar bien. Son demasiadas páginas para contar no demasiadas cosas y además no conseguir enfocar el mensaje buscado, un defecto que ya había arrastrado Smith en otros comics escritos por él. Una vez más, demuestra que necesita la colaboración de un buen guionista que le ayude a desarrollar sus ideas; y también queda claro que ningún editor se atreve a imponerle esa condición al prestigioso y temperamental artista.

La novela gráfica, eso sí, ofrece un dibujo sobresaliente en el que se nota el cariño con que el autor abordó su elaboración. A diferencia de otros trabajos de esta época, no se percibe cansancio en las últimas planchas en la forma de dejadez en los detalles, los fondos o las figuras. Sus páginas son una auténtica delicia en la que detenerse y deleitarse a placer.

En resumen, un comic de sabor agridulce que podría haber sido mejor de lo que en realidad fue de haber sabido el autor despegarse de lo narrado en los X-Men y haber tenido un foco más claro en el tipo de mensaje a lanzar. Recomendable, eso sí, por su fantástico dibujo, se sea o no seguidor y/o conocedor de la obra de Barry Windsor-Smith.

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