21 abr 2019

1989- BATMAN: ARKHAM ASYLUM – Grant Morrison y Dave McKean


El éxito artístico y comercial de obras como “Watchmen” o “El Regreso del Caballero Oscuro” a mediados de los ochenta, creó en el ambiente del comic book americano una suerte de microclima favorable a la aparición de títulos más adultos y de tono serio. Muchos de ellos fueron escritos por guionistas británicos fascinados por la figura del superhéroe-salvador y su papel en el mundo moderno. Fue el caso de Grant Morrison que, ayudado por los dibujos de su compatriota Dave McKean, creó “Batman: Arkham Asylum”, en el que el héroe de Gotham era presentado como un lunático mentalmente tan desequilibrado como sus grotescos enemigos.



Cuando “Arkham Asylum” se publicó por primera vez en octubre de 1989, lo hizo entre una gran expectación por parte de los fans, emocionados por las impactantes imágenes promocionales, auténticas ilustraciones pintadas que auguraban un nuevo salto hacia la madurez y sofisticación narrativas y estéticas no sólo del personaje sino del propio género de superhéroes.

La historia comienza de forma bastante interesante con un flashback a comienzos del siglo XX, que reproduce un pasaje de los diarios del fundador del nefasto manicomio, Amadeus Arkham. Luego, la acción regresa al presente, cuando Batman es convocado por la policía para informarle de que el Joker y otros internos del Asilo han tomado el control del edificio y exigen que el héroe se entregue a cambio de liberar al personal médico que mantienen como rehenes. Su intención es derrotar a Batman de una vez por todas.

Batman llega al manicomio, se encuentra con el Joker…y la trama empieza a tambalearse. No está claro lo literal que pretende ser Morrison con esta historia. Batman se intercambia con los rehenes…pero no todos son liberados, algo que no parece alterar al héroe. Además, no parece tener ningún plan para aplastar la rebelión de los locos. Pronto se hace patente que lo que quiere el guionista es utilizar una trama muy básica como vehículo para transmitir sus ideas metafísicas, dando prioridad al subtexto por encima de la
narración principal. Así, lo que encontramos aquí en realidad es una compleja y confusa amalgama de simbología y referencias cultistas tomadas de la filosofía jungiana, la psicoterapia, el tarot, el ocultismo de Aleister Crowley, la mitología y el camino del héroe. La historia se abre y se cierra con extractos de “Alicia en el País de las Maravillas” de Lewis Carrol que pretenden unir la locura que Alicia encuentra en su mundo de fantasía con la que Batman enfrenta en Arkham.

El problema es que poco de lo que aquí se nos cuenta resulta plausible y que esa pretendida complejidad no es más que un espejismo ya que responde no a una auténtica densidad narrativa sino a la acumulación de trucos y pasajes de texto de oscuro
significado. Uno de los ejemplos más llamativos son los diálogos del Joker, transcritos en una fuente de letra irregular, de color rojo y sin bocadillo, que a menudo se desparraman por la viñeta. ¿Es difícil de leer? Sí. ¿Aporta algo desde el punto de vista narrativo? No demasiado.

A partir de este punto, Batman entra en el asilo propiamente dicho y empieza a ser acosado y perseguido por los internos. Y es cuando la historia descarrilla definitiva y completamente. El héroe vagabundea por pasillos oscuros y estancias en tinieblas, encontrándose con individuos que se supone que el lector debe reconocer pero cuya representación gráfica por parte de McKean (sobre eso hablo más abajo) lo hace difícil. ¿Este o aquel son parte del grupo que persigue a Batman o sólo internos normales? ¿Quién es ese individuo en silla de ruedas al que Batman tira por las escaleras a sangre fría? ¿Por qué lo hace?

Da la impresión de que Morrison quiso explorar aquí el tema de la locura de una forma más realista de lo que lo había hecho poco antes Alan Moore en “La Broma Asesina”. Así, por ejemplo, el Sombrerero Loco es un pederasta; Maxie Zeus está obsesionado con sus propias heces, el Joker es una especie de travesti… Pero, ¿dónde nos lleva eso
exactamente, como historia o como exploración de la condición humana? ¿Tiene Morrison suficientes conocimientos sobre la enfermedad mental como para hacer este comic más plausible que cualquier otro que aborde ese tema? Sus alusiones a la película “Psicosis” indican que su sapiencia psicológica tiene unas bases poco trabajadas. Por otra parte, no existe un gancho emocional para el lector en la forma de algún personaje con el que empatizar. Batman es un individuo emocionalmente roto, quizá tan demente como la gente contra la que combate.

Puede que Morrison asistiera a un puñado de seminarios de psicología y psiquiatría y algunos críticos alabaran sus simbolismos jungianos, pero a mí me da la impresión de que lo que aquí abunda –como en muchas otras de sus obras posteriores- es su enorme ego. La meta del análisis psicológico tanto en la medicina como en la ficción es, primero y sobre todo, revelar la personalidad de un individuo. En una escena, antes de entrar en el manicomio, Batman lleva a cabo un acto de automortificación con un trozo de cristal, pero no es suficiente que nos digan
que algunas personas hacen lo mismo; un narrador debe convencernos de que ese personaje en concreto hará exactamente eso en dicha situación y la razón de ello. Y si no puede, toda la cháchara psicológica del mundo no conseguirá ofrecer una buena caracterización.

Por otra parte la propia estructura episódica del comic, con Batman encontrándose con diversos enemigos y dándoles apenas tiempo de soltar su cháchara maniaco-metafísica antes de saltar a la siguiente etapa, es monótona y aburrida. Hay un enfrentamiento físico con Killer Croc que dura nada menos que nueve páginas casi sin textos y en el que éste parece morir –lo que apunta a que en realidad estamos ante un “Otros Mundos” más que en la continuidad oficial DC-. Alternando con la ordalía de Batman en el manicomio se insertan flashbacks en los que se nos va narrando el particular descenso a los infiernos de Amadeus Arkham, si bien tampoco se puede decir que veamos un desquiciamiento progresivo sino que desde su infancia éste era un individuo profundamente inestable. Al final hay un giro relacionado con un personaje que no me causó demasiada impresión y luego Batman se marcha dejando a los internos al mando del
asilo, lo que nos lleva a preguntarnos para qué fue allí después de todo.

El estilo de McKean es una confusa mezcolanza de pintura, fotografía y collage con inspiración en el realismo, el surrealismo y el impresionismo. No se puede negar que hay momentos que resultan impresionante (sus retratos del Joker, Killer Croc o el Sombrerero Loco, por ejemplo, son brillantes e innovadores) y que su uso del color genera la atmósfera idónea, pero también que su narrativa, su forma de difuminar los fondos e incluso la cambiante fisionomía de algunos personajes, hace que resulte difícil seguir la historia. Sencillamente, a veces no hay forma de saber dónde están los personajes, qué hacen ni hacia qué lugar se dirigen. Y eso, al menos para mí, es un inconveniente. Si en un arte narrativo como es el comic, el lector se pierde y/o no entiende lo que está sucediendo, existe un serio problema. No es que la historia de Morrison facilite las cosas, pero si se examina el guión original de éste –incluido en algunas ediciones especiales de la obra- se podrá comprobar que, simbolismos y referencias cultistas al margen, la acción está bastante
clara. Si hay problemas de comprensión cuando aquél se traslada gráficamente a la página, es debido a una serie de decisiones erróneas por parte de McKean, más fascinado por ejercer la libertad para experimentar que le ofrecieron y demostrar que es un auténtico “artista” que comprometido en contar claramente una historia. Por ejemplo, ¿qué sentido narrativo tienen tantos collage o el puntear las páginas con gotas de pintura de color? De hecho, el propio artista también pensó que no había estado a la altura creativamente hablando: “Hacia el final, me empecé a cuestionar que estos comics con lujosas ilustraciones sobrepintadas en cada viñeta no funcionaban. Lastraban la narración. Lo estropeaban todo”.

Independientemente de las opiniones de sus creadores, DC también tuvo problemas con esta obra. Steven J.Ross, a la sazón presidente de la compañía “madre” de la editorial, Warner Communications, no veía con buenos ojos este Batman siniestro ya que estimaba que ponía en peligro el merchandising del personaje que se estaba preparando para el inminente estreno de la película de Tim Burton.
Hubo también rumores de que el proyecto se había cancelado, rumores confirmados por el propio Morrison: “Estuvo cancelado durante un mes pero pudimos convencerlos para continuar. Es una situación bastante complicada. El problema reside más en Warner Brothers que en DC”. También según Morrison hubo quien en Warner protestó por la representación del Joker como un travesti inspirado en Madonna que desafía la identidad sexual de Batman. Al final, debido a las exigencias de la editorial para que se reescribieran algunas partes, la fecha de publicación definitiva se retrasó hasta octubre de 1989, bastante después de que se hubiera estrenado la película.

Mientras que en el momento de su publicación “Arkham Asylum” fue uno de los comics más vendidos en toda la historia de la editorial dentro de su categoría de precio –vendió más de 500.000 copias y generó más de 2.5 millones de dólares-, fue también uno de los menos apreciados por los fans del personaje. Tal y como Morrison lo expuso en una entrevista de 1995: “más de 200.000 personas lo compraron…y 199.000 se arrepintieron de haberlo hecho”. Para él, los lectores de comics son seres bastante conservadores por lo que no le sorprende que encontraran “Arkham
Asylum” difícil de abordar. Vamos, que la culpa de ese rechazo no la considera suya sino de unos lectores intelectualmente inferiores a su fenomenal mente y cultura. Pero lo cierto es que la reacción de los fans fue tan negativa, de hecho, que el guionista se sintió obligado a escribir “Batman: Gothic” (miniserie dentro de la cabecera “Legends of the Dark Knight”, 1-6, abril-agosto 1990) para demostrarles que también podía escribir una historia lineal y clara.

Aunque en el momento de su aparición no fueron pocos los comentaristas que lo situaron en el pódium de las grandes obras del comic moderno junto a títulos como “Caballero Oscuro”, “Watchmen” o “Maus”, a diferencia de éstos y otros comics contemporáneos publicados bajo el epígrafe de “adultos” (“La Cosa del Pantano”, “Sandman”) y que siguen gozando hoy día de una gran aceptación por parte de crítica y público, “Arkham Asylum” ha quedado como una curiosidad, una exhibición pretenciosa y desordenada que llamó la atención en su momento pero que una vez disuelto el humo de la pólvora resulta no ser más que un proyectil de fogueo. Fracasa estrepitosamente
tanto como historia de aventuras como estudio psicológico de personajes; el planteamiento es interesante pero descarrila al poco de empezar y nunca justifica intelectualmente la importancia que se arroga. Hay ideas interesantes pero quedan enterradas bajo una espesa capa de verborrea hueca, incoherencias, alusiones oscuras y un dibujo confuso que, aunque al principio acierta al crear la atmósfera siniestra de una historia de terror, va perdiendo progresivamente el norte y se muestra incapaz de trasladar con claridad y eficacia el trabajo del guionista.

Desde 1989, Morrison iría convirtiéndose en un guionista de primera línea alcanzando –no siempre, eso sí- el potencial que prometía su trabajo más inexperto; mientras que McKean, tras algunos comics más, decidió trasladar sus inquietudes artísticas a otros formatos. “Arkham Asylum”, sin embargo, ha quedado como su traje nuevo del emperador. No es mediocre por ser experimental, sino por ser un experimento fallido.

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