9 may. 2017

1984- DE VUELTA A CASA – Abulí y Bernet


Existen en el comic binomios creativos que han quedado fuertemente asociados en la mente de los aficionados a ciertos géneros. Por ejemplo, Pierre Christin y Jean-Claude Mezieres a la ciencia ficción (“Valerian”), Jean-Michel Charlier y Jean Giraud al western (“Blueberry”), Roy Thomas y John Buscema a la fantasía heroica (“Conan el Bárbaro”) o Rene Goscinny y Albert Uderzo al humor (“Asterix”). En el caso del guionista Enrique Sánchez Abulí y el dibujante Jordi Bernet, el género que viene inmediatamente a la cabeza es el de la serie negra. Sobre todo, claro, gracias a su mundialmente famoso asesino “Torpedo 1936”, pero también a otras obras, como “Ab Irato” o la antología “Historias Negras” en las que transitaron por los recovecos más oscuros de la naturaleza humana. “De Vuelta a Casa” no es una excepción, puesto que se trata sobre todo de una obra que se ajusta principalmente a los parámetros conceptuales y estéticos del género negro.

Es una obra que ilustra perfectamente la flexibilidad de la ciencia ficción a la hora de fusionarse con otras temáticas y enfoques distintos a los normalmente adoptados por los autores especializados del género. Además, su lectura supone un agradable cambio respecto a obras de corte más tradicional dentro de la CF.



El comic comienza poniéndonos en antecedentes: “Año 2.250. Hace una década que los gobiernos de la Tierra han decidido meter todas las “manzanas podridas” en el mismo cesto. Éste es el cesto: Goblin, planetoide artificial de la galaxia dotado de una atmósfera similar a la terrestre. Y éstas, “las manzanas podridas”: un millón de reos, número que no cesa de aumentar. Pero el problema de la superpoblación no preocupa a nadie por dos motivos: 1-Goblin es del tamaño del satélite terrestre. 2-No hay mujeres”.

Seis páginas de pendencia carcelaria bastan para presentar a los que serán protagonistas de la historia: cinco convictos dispares cuyos crímenes oscilan entre la agitación política y el asesinato en masa, pasando por la pederastia y el uxoricidio. Y entonces, de repente, entra en escena un platillo volante del que descienden unos alienígenas –claramente “inspirados” en los que aparecían en “Regreso a la Tierra” (1955)- que de la forma más estúpida se dejan embaucar, revelan los secretos de su tecnología y luego son aniquilados por Ribli Rainer, el más agresivo y psicópata del grupo. Los cinco reclusos se apoderan así de la nave y con ella regresan a la Tierra.

Aquí, y no sin antes causar una apreciable destrucción, se estrellan en un campo y, para evitar ser capturados, se separan. Empezará entonces una huida de las autoridades, huida que tendrá resultados nefastos para todos ellos excepto uno…

A mediados de los ochenta, Jordi Bernet estaba en la cresta de la ola. En 1982, se había hecho cargo de una creación original de Enrique Sánchez Abulí, el mencionado “Torpedo 1936”, tras renunciar el dibujante inicial, Alex Toth, por “incompatibilidad moral” con el personaje. Ambos llevaron al inefable asesino a la fama internacional con una serie de historietas cortas repletas de ingenio y humor negro. Por entonces, el panorama editorial de revistas de comic adulto estaba en plena efervescencia. Cabeceras como “Cimoc”, “Cairo”, “Comix Internacional”, “Zona 84”, “Creepy”, “Totem”, “Víbora” o “Metropol” daban a un buen número de artistas, Jordi Bernet entre ellos, la oportunidad de publicar multitud de historietas de todo género. Éste, en compañía de diferentes guionistas, visitó la ciencia ficción en series como “Sarvan” (1982), guionizada por Antonio Segura con una clara orientación fantástica; también con Segura realizó “Kraken” (1983), en donde pesaba más el terror que la CF; con Carlos Trillo firma “Custer” (1985), una suerte de distopía mediática. Y, con Enrique Sánchez Abulí” este “De Vuelta a Casa”, publicado originalmente en la revista especializada en CF “Zona 84” y más tarde reeditada por Glenat (y recientemente por Panini).

Como decía al principio, Abulí y Bernet se han movido siempre más a gusto en el género negro. El fuerte del primero son los diálogos mordaces, los personajes patibularios, las situaciones grotescas y los finales impactantes. Por su parte, Bernet es un reconocido maestro del comic tenebrista, un experto en la utilización de la iluminación para crear atmósferas y acentuar el dramatismo. Efectivamente, lo que aquí hace Abulí es utilizar de forma bastante ingenua algunos clichés de la CF para poner en marcha la trama, desarrollar un par de gags y luego narrar lo que verdaderamente le interesa: una historia de individuos marginales en fuga. Nada aquí es mínimamente verosímil, pero tampoco creo que los autores lo pretendieran: los alienígenas asumen inicialmente la forma de espectaculares mujeres que deslumbran a los muy necesitados presos, sólo para crear un chiste con ello; a pesar de ser telépatas, esos avanzados seres no son capaces de adivinar lo que van a hacer con ellos los convictos; y Ribli Rainer aprende a manejar la nave extraterrestre en menos que canta un gallo (“¡Pero si es un juego de niños!”, exclama);.

Pero es que, además, Abulí se olvida completamente de todo el planteamiento inicial en el segundo capítulo, cuando los convictos entran en la atmósfera terrestre a bordo de la nave. Ésta es tomada por un ovni al que aviones caza convencionales tratan de interceptar (¿en el futuro son capaces de crear un planetoide-prisión artificial y enviar allí a los reos y no detectar una simple nave alienígena?), situación absurda que, de nuevo, sólo sirve para insertar un par de chistes. Y cuando los presidiarios “aterrizan” y se separan, la narración se convierte en una serie negra pura que transcurre más bien en los años sesenta del siglo XX que en el futuro. En el capítulo “Mooner”, por ejemplo, encontramos el típico sheriff de pueblo con su ayudante cretino y la turbamulta dispuesta a asaltar la comisaría-cárcel para linchar al convicto. En los siguientes tres capítulos la cosa oscila entre el surrealismo (esos policías-enanos rockeros de métodos resolutivos), el terror (la escena del infanticida en el cementerio en plena noche) y el humor absurdo (el afortunado destino del único superviviente).

Tampoco se explora en absoluto, ni argumental ni gráficamente, el supuesto futuro en el que transcurre todo; entre otras cosas porque, como he dicho, la ciencia ficción no es aquí más que
una mera excusa para contar otra cosa. Incluso se diría que la intención de los autores es más la sátira irreverente del género que su aprovechamiento; valga como muestra la rechifla con la que están planteados los extraterrestres o la llegada del “ovni” a la Tierra.

Está bastante claro que “De Vuelta a Casa” es un trabajo alimenticio realizado a requerimiento del editor, probablemente necesitado con urgencia de páginas con las que rellenar una revista de cadencia mensual. Al final, y como ya se ha comentado en algún otro foro, esta obra hay que leerla como lo que es: una gamberrada ligera, mezcla anárquica e improvisada de géneros, con mucho humor negro y narrada con bastante pulso. No tiene la mordacidad ni el erotismo de “Torpedo” ni esa pegada al bajo vientre de muchas de las “Historias Negras” firmadas por el dúo, pero a pesar de resultar algo plano en su sustancia, el conjunto resulta entretenido y puntualmente divertido –siempre, eso sí, en la línea del caustico humor que practican ambos autores-. Es una obra de lectura agradecida siempre y cuando uno no se haga demasiadas preguntas y acepte entrar en el juego que plantea Abulí.

En cuanto a Bernet, pocas pegas se le puede poner a su trabajo. Quizá a primera vista no
parezca el dibujante más espectacular del mundo, pero una lectura más atenta nos revela a un autor de tanto talento como oficio que domina perfectamente la composición de viñeta (sus planchas, en cambio, suelen tener una estructura uniforme de seis o siete viñetas, no por pereza sino porque su objetivo es simple y llanamente el de narrar de la manera más eficaz posible sin recurrir a experimentos que distraigan la atención de la historia propiamente dicha), la iluminación y la narración secuencial. Alterna perfectamente los planos y ángulos para conseguir el efecto necesario en cada momento y la exposición más clara y al tiempo dramática de lo que cada escena requiere. Esta habilidad se extiende a la iluminación, si bien en esta ocasión Bernet se muestra más contenido que en otras obras. Utiliza tramas mecánicas, pincel y rayados manuales, pero sus conocidos claroscuros se circunscriben sobre todo al episodio “Diario de Ribli” (el mejor de la historia) y la secuencia del cementerio de “Bienaventurados los Supervivientes”. Por lo demás, es un comic bastante más luminoso de lo que en él suele ser habitual. Igualmente acertado es su diseño de personajes, todos ellos con su propia caracterización y con un potente lenguaje gestual, a mitad de camino entre el realismo más sucio y la caricatura.

En definitiva, una obra menor dentro de la bibliografía de ambos autores, pero que aporta, como decía al principio, una visión diferente de lo que habitualmente es el género de la ciencia ficción.

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