4 abr. 2017

2007- THOR – J.M.Straczynski y Olivier Coipel


Thor es uno de los personajes más veteranos de Marvel y uno de los pilares de su panteón superheroico. Sin embargo, de alguna manera, parecía encajar mal con el Universo Marvel del siglo XXI. La llegada de una nueva ola de guionistas a la editorial encabezados por Brian Michael Bendis y Mark Millar, aportaron a ese universo de ficción una visión cínica, algo tenebrosa, crítica y asentada en un sucio realismo urbano. Muestra de ese giro fue la saga “Vengadores Desunidos”, en la que una serie de tragedias en el seno del principal supergrupo de la casa desembocaba en su disolución.



La jugada de Bendis puso a los Vengadores en el centro del Universo Marvel, cosechando un inmenso éxito y convirtiéndolos en una franquicia que fue extendiéndose a base de la revitalización de sus miembros o la segregación de nuevos grupos con la palabra “Vengadores” en el título. De repente, el mundo mitológico de Thor, con su perfecta belleza y divino poder pareció fuera de lugar. En 2004, coincidiendo con la disolución de Los Vengadores, grupo en el que había prestado servicio desde su primer número, se cerraba la colección de Thor, finalizando el segundo volumen con su número 85. Fue una conclusión apocalíptica desarrollada en seis números por los guionistas Michael Avon Oeming y Daniel Berman junto al dibujante Andrea DiVito, con los dioses asgardianos sucumbiendo al profetizado Ragnarok, la caída de los dioses escandinavos.

Todo el mundo daba por sentado que la muerte del Dios del Trueno, personaje veterano y esencial del Universo Marvel, no era definitiva, pero lo cierto es que su regreso se fue demorando más y más. Los Nuevos Vengadores escritos por Bendis no parecían tener sitio para el arrogante dios. Tres años después, contra todo pronóstico, Thor seguía
desaparecido. En plena macrosaga “Civil War”, Bendis le dio al personaje una salida en falso al sacarse de la manga Iron Man un clon del dios.

Y entonces entra en escena Joe Michael Straczynski, un competente guionista con un estilo y enfoque muy diferentes de los de Millar o Bendis. Tras su paso por Spiderman y Los Cuatro Fantásticos había quedado harto de tener que ajustar sus guiones a las exigencias editoriales de turno y pensó que Thor, un personaje dejado de lado, con el que nadie contaba por el momento y que había quedado de alguna manera separado del Universo Marvel, le brindaría mayor libertad.

Straczynski empezó a preparar su etapa en Thor en sus últimos números de Los Cuatro Fantásticos (536-537) dibujados por Mike McKone, ofreciendo una pista que apuntaba a que el regreso de Thor sería el resultado de una
cadena de acontecimientos mucho más grande de lo que podía pensarse: Mjolnir, el poderoso martillo del dios, caía en un desolado lugar de Oklahoma y el Dr.Muerte trataba infructuosamente de hacerse con él. En sólo dos números de los 4F, Straczynski fue capaz de crear la necesaria sensación de anticipación en lugar de recurrir a la típica miniserie o macroevento.

En septiembre de 2003 dio comienzo el tercer volumen de Thor, encabezado por Straczynski al guión y Olivier Coipel (lápiz), Mark Morales (tintas) y Laura Martin (color) en el apartado artístico. Thor regresa a la vida tras el Apocalipsis asgardiano de Ragnarok gracias a su vínculo con un mortal, Donald Blake. Su primera misión es restaurar Asgard, pero dado que su plano dimensional ya no existe, la recrea en las desiertas planicies de Oklahoma, para asombro de los ciudadanos de un cercano pueblo y la incomodidad del gobierno americano, que, para salir del paso, decide otorgarle estatus diplomático.

El segundo paso en la misión de Thor es buscar a los asgardianos supervivientes cuyos espíritus, gracias a su vínculo con Midgard (la Tierra), han quedado atrapados en el interior de mortales localizados por todo el mundo. Irá así recuperando a Heimdall, los Tres Guerreros o, más desafortunadametne, su hermano Loki –ahora con un cuerpo femenino- que afirma estar rehabilitado gracias a la liberación de todos los asgardianos del ciclo de destrucción y renacimiento asociado a la profecía de Ragnarok.

Muchos fans se quejaron de que el Thor de JMS era el ejemplo más extremo de comic “descomprimido”, que el ritmo era exasperadamente lento y que no sucedía nada. Puede que esta afirmación resulte exagerada, pero sí es cierto que la narración discurría de forma más pausada que la del comic book de superhéroes tradicional. Straczynski utiliza ese ritmo para profundizar en los matices de la historia y los personajes. Y lo consigue. En su Thor, todo parece gozar de una definición más precisa de lo que suele ser habitual en otros títulos, los personajes y los conceptos pueden presentarse y desarrollarse sin prisas ni incoherencias, con más matices y, por tanto, mayor verosimilitud.

Ese estilo se rompe en el acelerado último número, mucho más centrado en la historia que en
los personajes. Straczynski se ve forzado a rematar rápidamente todo lo construido en los episodios precedentes y el resultado no es del todo satisfactorio. Es físicamente imposible atar todos los cabos sueltos en un solo número, aunque éste sea doble. Es entonces cuando se pone de manifiesto todo el volumen de información que el guionista fue introduciendo en los números anteriores. Hubiera sido interesante saber cómo Straczynski había planeado desarrollar originalmente las ideas y hacia dónde quería dirigirse con ellas. Por desgracia, su abrupta separación de Marvel hace poco probable que esos planes lleguen a ser de dominio público.

En el fondo, el Thor de Straczynski recuperaba aquello con lo que Stan Lee, Jack Kirby y Steve Ditko construyeron el Universo Marvel originalmente y que siempre ha sido una fórmula ganadora: fusionar lo maravilloso y lo cotidiano. Peter Parker era Spiderman, pero también un adolescente con problemas en casa y el colegio; los Cuatro Fantásticos mezclaban su vida familiar y amorosa con increíbles aventuras en otros universos; Tony Stark era Iron Man al mismo tiempo que un hombre de negocios gravemente enfermo. Es cierto, sin embargo, que Thor se apartó bastante de ese esquema y nunca dejó de ser un dios viviendo entre imperfectos y débiles humanos.

Straczynski tiene ideas muy claras sobre los personajes de los que se ha ido encargando con el paso de los años, ideas que a menudo no coinciden con la visión canónica de aquellos. Su prestigio y reconocimiento en otros medios (televisión, cine) le ha permitido llevar a cabo sustanciales cambios en las colecciones que ha escrito (Spiderman, los Cuatro Fantásticos, El Escuadrón Supremo) y Thor no es una excepción. El cambio de traje es sólo el aspecto más superficial. Thor pasa a tener un temperamento más sombrío, abrumado por los pasados acontecimientos y sus presentes responsabilidades como Señor de un Asgard que ha de compartir su espacio con el mundo de los humanos.

Thor comprende a la Tierra mejor que nadie de su pueblo, pero es incapaz de compartir ese
conocimiento. Está anclado a la sombra de su padre, abrumado por la culpabilidad de no haberle traído de vuelta a la vida en la convicción de que el liderazgo de Odín ya no es el adecuado para los nuevos tiempos. Nunca se siente cómodo en su nuevo papel: no quiere vincularse a Asgard de forma tan estrecha ni tomar decisiones difíciles que luego haya de defender.

En este sentido, el peor enemigo de Thor en esta etapa es él mismo. No hay en realidad villanos que puedan hacerle frente (el Destructor aparece brevemente y es derrotado con cierta facilidad y ni siquiera Surtur parece un adversario particularmente formidable). En lugar de recurrir a antagonistas externos a los que batir haciendo uso de la fuerza y el poder brutos, Straczynski prefiere tejer esa densa red psicológica de culpa y rechazo y compaginarla con los planes de un Loki más sutil y astuto que nunca que se vale de la nobleza y debilidad de Balder.

Por otro lado, el guionista recupera el alter-ego del héroe, Donald Blake. Sin embargo, la relación entre ambas facetas pasa a tener un perfil muy diferente a la de tiempos pasados. Ya no es tanto una sola persona con dos naturalezas que
comparten la misma mente (recuerdos, personalidad…) sino dos personas bien diferenciadas, al estilo del Capitán Marvel/Billy Batson o su homólogo marvelita y Rick Jones.

Por desgracia, la inclusión de Blake no aporta nada relevante. Tras 17 episodios, seguimos sin saber nada importante sobre él, quién es, qué quiere o qué piensa. Es una especie de página en blanco, un tipo honesto que hace todo lo que puede por ayudar a Thor, pero poco más. En las pocas ocasiones en las que actúa de forma independiente, sus acciones están principalmente condicionadas por su relación con Thor. Incluso su marcha a África con Médicos Sin Fronteras solo tiene como objetivo encontrar a los Tres Guerreros y no nos revela nada significativo de él más allá de su generosidad. Tampoco su recuperada relación con Jane Foster, a la que busca intentando hallar a una perdida Sif, desprende calor o intimidad algunos.

Algo parecido sucede con William y Kelda, que protagonizan la “típica” relación dios-mortal,
dos personas completamente diferentes que se enamoran y que, a su vez, sintetizan la relación entre los dioses asgardianos y la gente de Oklahoma. Straczynski sugiere profundidad en las personalidades de ambos, pero no llegan a concretarse del todo, tropezando con generalizaciones sobre el amor y haciendo hablar a Kelda con una prosa tan florida como vacía. Los amantes protagonizan algunas escenas de tono ligero, incluso humorístico y William cumple su trágico destino de héroe, pero JMS nunca llega a rascar bajo la superficie ni hacer que esa relación fructifique. Paradójicamente, el lento ritmo que el guionista imprime a la historia debería haber ayudado a desarrollar más los personajes y sus relaciones, pero no es así.

En donde sí funcionó el ritmo es en el plan de Loki para destronar a Thor como Señor de Asgard entre los números 7 y 12 y que culminó en el nº 600. El intrincado plan pasaba por ir dejando pistas al comienzo de la historia para luego fusionarlas en el número 12. JMS realiza una sólida labor tejiendo el maquiavélico plan del hermano de Thor: la mayor parte del tiempo siempre dice la verdad, pero se las arregla para manipularla a su
antojo, dirigir a sus víctimas sin que éstas sean conscientes de ello y forzar los acontecimientos para que encajen con su plan. Thor no tiene ninguna oportunidad de igualar en astucia a su hermano. Loki es sin duda uno de los mejores personajes de esta etapa.

Balder es otro de los héroes asgardianos que salen reforzados de la aventura. El conflicto que mantiene con Thor por el liderazgo es sorprendente y enérgico. Incluso antes de enterarse –por Loki- de que es medio hermano de Thor, ya dudaba de la idoneidad del liderazgo de aquél. Su ascenso como Señor de Asgard es preparado a sus espaldas por Loki, pero desempeña su papel demasiado bien, enmascarando su desacuerdo con Thor tras la ley y el concepto del deber. Tiene su propia manera de entender Asgard y el papel de sus habitantes, una visión que no coincide con la de Thor. Pero todo ello está manejado por Straczynski de forma sutil, sin estridencias.

La postura de Straczynski respecto al devenir de los héroes Marvel queda patente en el segundo número, en el que se encuentran, poco amigablemente, Thor y Iron Man, antiguos camaradas de armas en Los Vengadores. Stark le espeta a Thor: “Es muy sencillo. O trabajas con el gobierno, para el gobierno, o estás contra él.
No hay término medio”. Thor, entonces, procede a propinarle una paliza de antología, no solo para castigar su prepotencia sino porque el millonario industrial –bajo la égida del guionista Mark Millar –clonó al dios nórdico durante la Civil War, en la forma de una copia asesina. Es un ejemplo de lo profundametne dañado que quedó el personaje de Tony Stark tras los acontecimientos de Civil War. No es de extrañar que Matt Fraction tuviera que relanzarlo.

Para Straczynski, el Universo Marvel está roto. Dos veces en la serie grita Thor la icónica llamada de “Vengadores, Reuníos”, sin conseguir ayuda alguna. De hecho, la segunda vez a quien atrae es a los psicópatas Vengadores Oscuros de Norman Osborn. Para Thor, este estado de cosas es intolerable. “Esto es un escándalo”, subraya en mitad del combate contra un enemigo, “Esto es una blasfemia”. El Universo Marvel moderno es un lugar enloquecido, dañado y quebrado, una aberración excesiva producto del marketing. Cuando los dioses nórdicos discuten sobre los Vengadores, hacen una llamativa observación acerca de cómo el equipo se ha convertido en una franquicia: “Donde antes sólo hubo uno, ahora hay tantos que responden a ese nombre como puestas de sol”. Y entre todas esas alternativas, no son capaces de encontrar alguna satisfactoria.

Otras frustraciones plasmadas por Straczynski en “Thor” discurren por el camino de la política. Los superhéroes de ficción no podrían haber ayudado en el desastre de Nueva Orleans, pero el gobierno sí debería haberlo hecho. Es este un intento de crítica política que no da resultado, porque en el momento en que se mezclan los superhéroes con los desastres reales, aquéllos pasan inmediatamente a parecer auténticos fracasos, absurdos
e irreales. ¿Son capaces de detener invasiones alienígenas y máquinas destructoras de mundos y no de detener un huracán o poner a salvo a los habitantes de la zona castigada por él?

Algo similar sucede cuando Donald Blake se ve involucrado en los conflictos africanos. En otro episodio, Steve Rogers se aparece a su viejo amigo Thor en forma de fantasma para lamentarse del estado de la conciencia política americana y la forma en que todo –incluyéndose él mismo- se ha politizado y comercializado. “Toda mi vida he luchado para convertirme en un símbolo. Un símbolo de todas las cosas buenas de este país, todas las cosas que amaba. Y ahora están tratando de convertir ese símbolo en lo que sea que les convenga, lo que sea que les sirva para sus propias agendas políticas. Puedo oírles hablar sin cesar…los medios, la prensa…No entienden. Nunca se trató de política. Nunca se trató de mí. Se trataba del país, siempre fue el país. Pero no pueden escuchar la verdad bajo sus propias voces”.

Pero dicho esto, hay que decir que Straczynski no carga las tintas en exceso en cuanto a su
crítica política. Su etapa está en general bien escrita y tiene la profundidad y carga filosófica que uno elija sopesar. Si, en cambio, lo único que se desea es disfrutar de una historia entretenida sin complicarse demasiado, también lo obtendrá, aunque no es la mejor época para que alguien ajeno totalmente al personaje y su trasfondo se inicie con él.

El francés Olivier Coipel se encarga del apartado gráfico de la gran mayoría de esta etapa y sus dibujos son maravillosos, con un ajustado equilibrio entre el detallismo y la claridad. No sólo eso, sino que su pericia narrativa le permite a Straczynski prescindir de los cuadros explicativos de texto y apoyarse exclusivamente en el dibujo y los diálogos. Se atreve además a redefinir el aspecto de Thor, dándole no sólo un uniforme más moderno sino un rostro más ancho y un cuerpo más sólido que transmiten sensación de poder contenido. Su versión femenina de Loki resulta del todo inquietante en contraste con ciertos pasajes cómicos protagonizados por los habitantes del pueblo de Oklahoma. Y es que Coipel, que apenas tiene oportunidad de plasmar escenas de acción, se desenvuelve con igual soltura entre los muros de la mítica Asgard que en las calles de una pequeña ciudad del Medio Oeste.

El cuidado estilo de Coipel tiene un inconveniente: su incapacidad de mantener el ritmo de
producción necesario en una colección mensual. Por ello fue sustituido tras los primeros números por el alemán Marko Djurdjevic, portadista de la serie. Su labor es aceptable, aunque muy condicionada por los entintadores: mientras que Danny Miki lo afea, Mark Morales y el propio Djurdjevic le otorgan mayor fluidez sin perder consistencia. Mención aparte merece la colorista Laura Martin a la hora de crear ambientes diferenciados, resaltar rasgos de los personajes o marcar el tono emocional de una escena. En general, Straczynski tuvo la suerte de contar con un equipo artístico que le garantizó solidez y estabilidad gráfica y, en el caso de Coipel, una especial elegancia.

El Thor de JMS es una gran historia sobre el personaje que influyó claramente en la película que sobre él hizo algo después Kenneth Branagh. Está claro por qué. Es un comic muy cinematográfico y su tono épico es completamente fiel con el espíritu del héroe, gozando de un arte acorde con aquél.

La etapa de J.Michael Straczynski en Thor no estuvo exenta de polémica. De hecho, terminó con el abandono anticipado del guionista no sólo del personaje, sino de la propia Marvel. Ambos, autor y compañía, siguen sosteniendo versiones diferentes respecto a lo sucedido y, por supuesto, una y otro afirman tener razón. Marvel, que había mantenido en el limbo a Thor
durante años, de repente sintió la necesidad de incluirlo en uno de sus macroeventos, “Asedio” ante el fastidio de Straczynski, al que le habían asegurado la misma independencia que había disfrutado Ed Brubaker en “Capitán América” o Mark Millar en “Los Cuatro Fantásticos”. Así las cosas, el guionista decidió abandonar el personaje. Su incomodidad se pone de manifiesto en la atribulada y algo insatisfactoria conclusión, si bien ello no quita para que nos encontremos con una gran historia de tintes épicos.

Straczynski realizó un meritorio trabajo durante su estancia en la colección, aunque su lento discurrir hiciera que la historia perdiera algo de su fuerza. Por otra parte, que su etapa quedara incompleta tuvo tanto de positivo como de negativo: dejó la puerta abierta para que un escritor pudiera continuar con sus planteamientos, pero frustró lo que hubiera debido ser un digno remate. Con todo, su Thor es una lectura entretenida que merece la pena conocer.

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