6 abr. 2017

1996- FLEX MENTALLO – Grant Morrison y Frank Quitely


“Flex Mentallo: El Justiciero Musculoso” es, sin lugar a dudas, un trabajo firmado por el escocés Grant Morrison; y, como tal, es un comic que, como mínimo, causa perplejidad. No es fácil asimilarlo en una única lectura y cuesta decidir si es una obra sobresaliente o una tomadura de pelo, si gusta o repulsa.

La naturaleza esencial de los comic-books, lo que son, lo que fueron y lo que pueden ser, tanto en la ficción como en nuestra propia realidad, son conceptos que se tocan en casi todos los comics importantes de Morrison. Sus personales puntos de vista acerca de los comics de superhéroes, su relación con la realidad y los juegos metatextuales ya se habían expuesto al principio de su carrera, en 1988, con “Animal Man”. Una década después volvió a hacerlo con “La Patrulla Condenada”, y “Flex Mentallo” y retomaría el tema más veces: en “Los Invisibles”, durante su etapa al frente de Batman, en “Crisis Final” y en su ensayo literario “Supergods”. Si para alguien se inventó el tema metaficción en el ámbito del comic fue para Morrison.



El comic book americano es un medio propenso a repetirse y copiarse a sí mismo una y otra vez, una tendencia que se acentuó desde mediados de los ochenta con la aparición del comic adulto de superhéroes gracias a escritores como Alan Moore, Frank Miller, Neil Gaiman o Grant Morrison. Este último, a pesar de aferrarse a los mismos temas desde décadas, puede seguir presumiendo de no haber perdido su originalidad, originalidad que en buena medida deriva de su aproximación posmodernista al comic, entendida ésta como su inclinación a utilizar el arte popular para comentar el propio arte popular. No hay muchos guionistas mainstream que puedan abordar esta manera de hacer comics y conseguir el beneplácito de los editores y la alabanza de críticos y lectores, pero Morrison es desde luego uno de ellos. Desde hace ya bastantes años ha venido utilizando los comics para reflexionar lo que éstos significan para él y para el mundo. “Flex Mentallo” sigue esa línea y actúa como una suerte de eslabón perdido entre el Morrison primitivo y menos sofisticado y el más maduro y confiado que hoy podemos leer.

“Flex Mentallo” entrelaza dos narraciones paralelas. La primera está protagonizada por el superhéroe titular: un hombre que tiene el poder del “Misterio Muscular” que consiste básicamente en que cuando flexiona sus músculos, puede alterar la realidad y el espacio-tiempo a un nivel local (nunca perdamos de vista que estamos ante un comic de Grant Morrison, a quien no intimidan las locuras y rarezas de todo tipo). Flex quiere encontrar a su antiguo socio, El Hecho, y mientras lleva a cabo la búsqueda debe enfrentarse a la amenaza de la Facultad X, una misteriosa organización terrorista que ha ido sembrando el mundo de bombas falsas. Flex no sólo es un héroe al viejo estilo (noble, generoso, amable, valiente, entregado…) sino que es perfectamente consciente de su naturaleza ficticia: nació en la imaginación de un niño que dibujaba comics y cuya fuerza de voluntad lo trasladó al mundo real, si bien el esfuerzo se cobró la vida del pequeño. Ahora tiene motivos para creer que El Hecho ha dado también ese salto.

Simultáneamente, se va contando la historia de ese niño, Wally Sage, que no murió. De este
modo, el segundo protagonista del comic no es sino el creador del primero. Wally es ahora un músico de rock en sus horas más bajas que ha perdido las ganas de vivir. Tras haberse metido en el cuerpo un coctel letal de drogas, se mete en un callejón y llama a un teléfono de la esperanza para divagar acerca de las elecciones que ha ido tomando en la vida, sus puntos de vista y opiniones acerca del valor del comic como medio. Ambos, creador y creación, se embarcan en un viaje al conocimiento a través de la locura, ya sea esta propia o ajena.

Decía al principio que “Flex Mentallo” es, sin duda, un comic de Morrison. No sólo por su extraña originalidad y su osadía, sino porque es el tipo de historia que suscita opiniones encontradas: o bien se la odia o bien uno cae rendido a sus pies. Cuando menos, el de “Flex Mentallo” es un concepto original. Personaje creado por Morrison en 1991 cuando escribía la colección de “La Patrulla Condenada”, no tuvo allí mucho recorrido más allá del de servir de elemento paródico. Tres años después, protagonizó la historia que ahora comentamos en formato de miniserie de cuatro episodios, cada uno de los cuales funcionaba como homenaje y reflexión sobre una edad del comic-book americano: el primero se refiere al a Edad de Oro (de 1938 a 1950 aproximadamente), el segundo a la Edad de Plata (de 1956 a 1970), el tercero a la
Edad Oscura (1986-al momento de publicación del comic) y el último a lo que Morrison consideraba el futuro de los superhéroes. En cada capítulo no sólo asistimos a la progresión de Wally desde su soñadora niñez hasta una adolescencia infeliz y una madurez todavía más patética, sino también a los avances de Flex en su investigación sobre el paradero de El Hecho mientras medita en primer lugar sobre la evolución de los superhéroes desde su papel de idealistas campeones de la Humanidad hasta los individuos moralmente ambiguos y de poca fiabilidad que pueblan muchos comic-books; y en segundo lugar, sobre la porosa barrera que separa ficción de realidad y la manera en que ambas se influyen mutuamente.

Morrison nos dice que los superhéroes son tan reales como cualquiera de nosotros a pesar de no tener sustancia física en nuestro mundo; forman parte indisoluble de nosotros, una suerte de religión o mitología emanada de nuestra imaginación y deseos inconscientes. Sólo hay que creer en ellos para hacerlos realidad. Los héroes, por tanto, residen en la imaginación de cada uno de nosotros y son ellos los que pueden salvarnos e inspirarnos. Apoyándonos en ellos, podemos modificar la realidad.
Tal y como dice uno de los héroes que viven en la “cabeza” de Wallace: “Desde que vinimos a vivir a la imaginación, hemos estado creando y transmitiendo ciertas ideas hacia tu realidad (…) Estamos esperando en la estrella Sirius, que es una estrella interior. Esperamos que recuerdes, que elijas y nos vuelvas a hacer reales (…) Ayúdanos a reconstruir en tu mundo las torres brillantes de Neutrópolis, los cañones sombríos de Satellite City, el pequeño orfanato de Farville y los monorraíles de Archway City. Sin barreras entre lo real y lo imaginario”.

Cuando Flex y el lector llegan al tercer episodio, la Edad Oscura, el mundo se torna lluvioso, oscuro y desesperanzador. Desde el comienzo de la serie hay noticias de una guerra inminente, desastres naturales, chiflados milenaristas, heraldos del apocalipsis… existe, en fin, un sentimiento de pesimismo generalizado. Flex, sin embargo, persevera. Cuando el teniente de la policía Harry le da las buenas noches a su esposa moribunda de cáncer, piensa: “No creo en los superhéroes. Nos abandonaron a nuestra suerte. Se marcharon todos. Todos menos uno”; y a continuación vemos una página-viñeta dominada por la imponente
figura de Flex bajo la lluvia, por la noche y en una calle desolada. Su expresión es la de un hombre de férrea determinación que no se va a dejar someter por muy desesperada que parezca la situación. Flex es un héroe puro, exactamente lo que el mundo necesita por mucho que éste se encuentre –y los comics con él- en la Edad Oscura.

Hay otra escena muy potente y llena de simbolismo en el segundo número, donde un yonqui se inyecta una droga llamada kristal en unos aseos públicos y rodeado de gente del lumpen. Es una muestra de hasta dónde está dispuesto a rebajarse con tal de escapar de la realidad. Se trata de una droga que supuestamente abre la mente al conocimiento de los secretos del universo. Según él: “Ves la realidad tal y como es…la historia imaginaria”. Y cuando finalmente se inyecta, lo vemos tal y como él mismo se ve: un superhéroe musculoso de larga cabellera (que Quitely dibuja con un estilo caricaturesco con un gran “¡Whaaam!” de fondo en la mejor tradición del comic book). Se libera de unas
cadenas al estilo Superman y proclama: “¡Basta de realidad!”, creyendo que tiene superpoderes y que ha alcanzado una “conciencia cósmica”, como si del Capitán Marvel o el Espectro se tratara.

El yonqui, sumido ya completamente en su delirio, contempla entonces –en forma de una espectacular página-viñeta- un ejército de superhéroes descendiendo de los cielos en perfecta formación. Llegan como una ola para ayudar al drogadicto que agoniza en el suelo de los baños. El dibujo de Quitely ilustra perfectamente el momento, con unos héroes vestidos con uniformes de vivos colores que contrastan con los grises de la ciudad en descomposición que se extiende a su alrededor. El yonqui le dice a Flex –que, naturalmente, no puede ver lo mismo que él-: “Ellos nos aman…siempre nos han amado…Han venido a salvarnos a todos. ¡Me llevarán con ellos!” Y a continuación, cuando su mano cae inerte al suelo manchado de orín, muere. Los héroes, efectivamente, lo han salvado, se lo han llevado con ellos y lo han alejado de una vida de desesperación. Incluso en el más allá, los superhéroes nos confortan.

Nuestra imaginación, nos dice Morrison, no tiene límites y juega un papel fundamental a la hora de mantenernos vivos en el mundo real. Sin imaginación no hay vida ni esperanza. Al final del comic, en su última intervención, Flex parece mirar al lector cuando dice: “Sólo podemos tener esperanza”; esperanza en la Humanidad, esperanza en la imaginación individual y esperanza en la imaginación colectiva. Sin fe en los superhéroes y los ideales que representan, el hombre está condenado. A pesar de atravesar momentos oscuros en los comics, con los aspectos más sucios y desesperanzadores de la realidad filtrándose en ellos, la figura del héroe sigue manteniendo su fuerza.


He glosado someramente los puntos de interés de la historia, pero los detractores de Morrison también tienen argumentos más que suficientes para atacar la obra. Por ejemplo, que es un comic pretencioso y rebosante de ego. En “Animal Man”, la defensa de los derechos de los animales y la ética vegetariana suscitaban cierto debate adulto –aunque los adversarios ideológicos de esas posturas quedaban retratados como meras caricaturas acartonadas- y la ruptura de la cuarta pared (cuando el personaje se dirige directamente al lector, tomando conciencia de que no es sino un personaje
de ficción) resultó un truco, si no nuevo sí refrescante que, además, sentó el precedente para la realidad fractal presentada en “Flex Mentallo”.

Ahora bien, esta miniserie podría interpretarse como el equivalente en comics a lo que en música sería un álbum conceptual de rock progresivo. La trama cae a menudo en el exceso y, aunque muchas de las ideas son interesantes, el envoltorio y el relleno están tan inflados que aquéllas acaban empequeñecidas por comparación. Esto es en buena medida consecuencia de la autoindulgencia y soberbia propias de un guionista que se sabe diferente y provocador. Tanto es así que no puede evitar insertarse a sí mismo en sus propios comics (“Animal Man”, “Escuadrón Suicida”, “Los Invisibles”…) como dios, titiritero y manipulador de la ficción que está narrando. En “Flex Mentallo” lo vemos retratado en la figura de Wally Sage, un creador en crisis a punto de experimentar una epifanía y entrar en un nuevo nivel de existencia. Realmente, el mensaje, la filosofía que defiende este comic podía haberse defendido perfectamente sin todo ese despliegue de angustia existencial, traumas infantiles y fracasos amorosos que destila Morrison-Sage.

Morrison introduce en el comic muchísimas referencias, guiños y simbolismos, tantos, de hecho, que difícilmente podrán captarse y entenderse todos ellos. Tomemos sin ir más lejos a Flex Mentallo, creado y dibujado a imagen y semejanza de Charles Atlas, el famoso culturista italoamericano cuyos anuncios de su método de ejercicios aparecieron en muchísimos comic-books desde los años cuarenta del pasado siglo hasta después de su muerte en los setenta (de hecho, DC tuvo que pleitear defendiéndose de una acusación de infracción de derechos de autor, paralizando la reedición del comic en formato álbum recopilatorio durante años). Convertido en un icono de la cultura popular norteamericana, aquí Atlas-Mentallo representa los valores de una época percibida como más sencilla y pura. Más que un personaje bien definido y con personalidad propia, simboliza al superhéroe ideal. Su perdido compañero, en cambio, tiene un aspecto que recuerda claramente a Question, personaje que aunque creado en 1967 fue desarrollado ya a finales de los ochenta con un enfoque moral mucho más ambiguo.

Dispersos por todo el comic hay muchísimos más homenajes y guiños con mayor o menos peso
en la historia: desde la portada-homenaje al “Dark Knight” de Frank Miller a “Crisis en Tierras Infinitas”, de la Liga de la Justicia a la mitología de Superman y Batman, de los sidekicks infantiles al Fantasma Desconocido, de Flash a los Metal Men, del Espectro a las palabras mágicas de Shazam…

Ahora bien, “Flex Mentallo” es, más que una historia propiamente dicha, metaficción, una narrativa que oscila entre diferentes niveles de realidad y percepción. De hecho, demasiados niveles y demasiado mezclados. En unos planos de existencia Flex existe sólo como garabatos infantiles dibujados por Sage; en otros, éste es –o puede que no- una neurótica estrella del rock, un angustiado adolescente, un abducido por alienígenas, un poderoso psíquico, el hijo de unos hippies sesenteros de Greenwich Village o el propio Flex. También puede ser que todo lo que vemos no sea más que los delirios de un Sage moribundo en un callejón…o en la cocina de su casa, ¿quién sabe? El suicidio de Sage y la búsqueda de Flex empiezan a converger cuando se demuestra que en ambos sucesos está en juego el destino del universo. Conforme las tramas
oscilan hacia delante y hacia atrás –ahora en el interior de una pecera, luego en un subespacio cuántico, después en un apartamento miserable, más tarde en una explosión nuclear o en el sustrato inconsciente de una mente humana- Morrison trata de fusionar todos los elementos puestos en juego en una gran teoría unificadora de los comics –o quizá de toda la realidad-.

Ambición, complejidad, enormes escalas a nivel de multiversos… son características de la ciencia ficción y la aventura más épicos. El problema es que todas esas ideas, teóricamente profundas y dignas de exploración, acaban insertas en una trama abarrotada y lastrada por un texto demasiado verboso. Como suele pasarle a Morrison, apabulla al lector bombardeándolo con idea tras idea, concepto tras concepto, uno detrás de otro sin solución de continuidad y sin volver sobre los mismos para ahondar en ellos. Esta técnica funciona bien en determinados pasajes, como cuando se repasa la trayectoria superheroica de Flex recordando en una sola página sus enfrentamientos con Origami, el Hombre Plegable; la Banda del Número de la Suerte o la Caja Desconcertante, todo un homenaje a las estupideces de la era clásica de los comics. Pero en otras ocasiones
–demasiadas-, Morrison trata de suscitar el sentido de lo maravilloso lanzando vaguedades con una prosa recargada, adoptando un tono grandilocuente; como en esa escena en la que Flex permanece pensativo frente a una televisión que dice: “Una bola de nieve quemándome la palma de la mano a cierta hora del día. Los recuerdos humanos han invadido mi cabeza. De mis recuerdos sólo permanecen algunos fragmentos. ¡Cielos acaramelados! ¿Os lo podéis imaginar? Y un niño que levita, sonriente…Cada mechón de pelo flotante tiene un pequeño ojo en la punta. Una masa ondulante de luces parpadeantes. ¿Quién salvará ahora el mundo?

Y, al final, quizá lo más preocupante de todo esto sea que el discurso sobre el poder de la imaginación sobre la realidad y viceversa no es en absoluto simbólico ni una bella metáfora sino que Morrison lo cree en realidad (o eso dice). De hecho, se ha declarado seguidor y practicante de la “Magia del Caos”, en virtud de la cual no sólo la realidad modela la ficción, sino que ésta puede alterar aquélla. En un momento determinado, Sage dice: “Mira, en una Tierra paralela, mi bote de pastillas contenía paracetamoles. En otra, tenía M&M´s. Lo único que tengo que hacer es decidir en cuál estoy”. Y eso es lo que hace llagado el momento: cuando toma la decisión, ese mundo se hace realidad. Para Morrison los superhéroes
son ejemplos morales, ideales platónicos que, como las bombas aparentemente inofensivas que la Facultad X va dejando dispersas por el comic, un día explotarán en nuestro universo en llamaradas de inspiración y perfección generalizada. Por el momento, viven sublimados en nuestro inconsciente colectivo, haciéndonos desear que se manifiesten en nuestro mundo.

Puede que todo esto suene muy extraño, pero repito que es lo que Morrison cree. En una entrevista afirmaba con total seriedad: “Creo que en cincuenta años probablemente tendremos unos cuantos superhumanos en el planeta. Hay algo en la idea de un superhombre que está presionando cada vez más para hacerse realidad, para convertirse en la realidad cotidiana que podemos tocar. Los superpersonajes comenzaron en los pulps y luego pasaron a los comics y siguieron avanzando hacia medios cada vez más masivos. Hoy están en todas partes y se han convertido en algo común dentro de la cultura. Dije hace tiempo, casi bromeando, que pensaba que los superseres estaban de verdad tratando de escapar de la capa de las dos dimensiones para llegar aquí. Quieren estar aquí, con nosotros. Están colonizando la mente de la gente y ahora las películas, por lo que el siguiente paso será saltar de la pantalla a las calles”.

Los comics, para Morrison, equivalen única y exclusivamente a superhéroes. Nada más. Incluso
la vida, tal y como él la refleja, es más propia de un comic que de nuestra propia realidad. En “Flex Mentallo”, nuestro plano de existencia es un constructo creado por Nanoman y Minimiss y nuestras vidas poco más que pequeños experimentos. ¿Podemos escapar de esa realidad? Sí, pero sólo a través del olvido. Morrison no pone demasiado esfuerzo en tratar de retratar la vida auténtica que se extiende más allá del idealizado plano de existencia que los superhéroes han construido para nosotros. Lo más cercano a la realidad que encontramos en “Flex Mentallo” es un autocompasivo cantante de rock cuya novia, siempre vestida con eróticos minivestidos, le recrimina que olvide lo mucho que ella le ama.

Gusten o no las delirantes ideas de Morrison, “Flex Mentallo” cuenta con otra baza a su favor: Frank Quitely. Este dibujante escocés había ido acumulando experiencia y puliendo su estilo (muy influido tanto por Moebius como por Katsuhiro Otomo) tanto en el comic underground de su tierra natal como en números puntuales para las editoriales americanas Dark Horse y DC. Un día recibió una llamada de Grant Morrison para ofrecerle colaborar con él en esta miniserie, un proyecto que, a pesar de estar él mismo apartado del comic mainstream, decidió aceptar por lo inusual de su planteamiento.

Quitely es un dibujante con un estilo muy peculiar a la hora de abordar la figura humana. Es, podría decirse, un gusto adquirido. En parte ello es debido a que su dibujo es una combinación de muchas cosas y de nada en particular. A veces sus viñetas parecen totalmente al margen de la forma en que el comic mainstream representa las cosas; y en otras ocasiones se “limita” a ofrecer versiones ligeramente retocadas del arte de los grandes del comic de los cuarenta y sesenta.

Su línea puede gustar o no, pero difícilmente se le podrá negar su condición de maestro de la
narración gráfica. Sabe perfectamente cómo encuadrar un plano, cómo colocar a las figuras en una secuencia, la manera de transmitir velocidad, estatismo, violencia, épica, cotidianeidad u onirismo. Es capaz de dibujar cualquier cosa, por extraña que sea, con un grado extraordinario de detalle, profundidad y escala: monstruos, alienígenas, naves, ciudades imaginarias o no y una galería interminable de nuevos superhéroes y villanos. No es fácil abordar gráficamente un comic tan insólito, denso, polifacético y a ratos surrealista como “Flex Mentallo”, pero Quitely lo resuelve con una mezcla sobresaliente de sensibilidad, falso naturalismo y destreza narrativa. A veces, la compleja trama y los textos de Morrison descolocan al lector, pero el arte de Quitely nunca tropieza: siempre se sabe lo que ocurre, dónde ocurre y a quién le ocurre y en este sentido su dibujo funciona como ancla para los momentos más delirantes del guionista.

Mención aparte merecen las portadas, homenaje cada una de ellas a una época de los comics: la primera a la Edad de Oro; la segunda está compuesta y dibujada al estilo de los comics de ciencia ficción que dibujó Wally Wood para la EC en los cincuenta; la cuarta es el mencionado homenaje al “Dark Knight” de Frank Miller; y la quinta simboliza la época actual, en la que la figura del héroe se disecciona y deconstruye.

“Flex Mentallo”, en definitiva es un homenaje al comic de superhéroes y una defensa no sólo de su validez artística y conceptual, sino de su papel en el seno de la sociedad como vehículo para conseguir autoconfianza, reforzar la esperanza, estimular la creatividad y cultivar valores morales. Pero, además, explora campos que mezclan la filosofía con la psicología, como la relación que se establece entre la ficción y la realidad. Imbricados en todo ello, pueden encontrarse elementos autobiográficos y satíricos.

“Flex Mentallo”, siendo como es un comic destacable por su exuberante originalidad, erudición, osadía y belleza gráfica, no es recomendable para todo el mundo. Si los análisis metatextuales del género superheroico pasados por el filtro del
lenguaje del pop art no te atrae demasiado, si no te interesa reflexionar acerca de qué puede explicar la asombrosa capacidad de pervivencia de los superhéroes en la cultura popular generación tras generación, y si las opiniones sobre todo ello de uno de los guionistas más importantes, provocadores y desconcertantes de las últimas décadas te deja indiferente, quizá sea mejor que elijas otra lectura. Quien aborde esta obra debe aunar tanto un conocimiento razonablemente extenso de la evolución de la historia del comic americano de superhéroes como el ánimo intelectual de sumergirse en una meditación sobre la naturaleza esencial del género. De otra forma, será inevitable que casi nada más empezar se sienta perdido y confuso.


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