18 abr. 2017

1990- POR QUÉ ODIO SATURNO – Kyle Baker


A finales de los años ochenta, el todavía primerizo Kyle Baker encontró un extraño acomodo a su talento: el revival que por entonces estaba haciendo DC Comics de personajes clásicos del pulp. En 1988, le encomendaron el dibujo de la serie mensual de “La Sombra”, nacida al amparo del éxito de la miniserie escrita y dibujada por Howard Chaykin. Contó allí con guiones de Andrew Helfer, profesional que también escribió para Baker la miniserie de “Justice Inc” (1990), recuperación de otro de los héroes justicieros de la literatura pulp; en la misma línea, el dibujante continuó ese mismo año con la adaptación al comic de la película de Dick Tracy dirigida por Warren Beatty.



Pero Baker no estaba contento. Él había crecido leyendo las tiras cómicas de prensa y los comics de Disney y su estilo gráfico revelaba claramente esas fuentes. Cuando trataba de adaptarse a un comic de acción, de superhéroes o de serie negra, el resultado era algo extraño, incluso forzado. Los editores no sabían muy bien qué tipo de trabajo encargarle. Pero, sobre todo, a Baker no le gustaba recibir instrucciones. Quería mayor libertad creativa de la que tenía en las grandes editoriales y la encontró en First Comics, una compañía independiente que por aquel entonces se expandía y que le ofreció adaptar a las viñetas “A Través del Espejo”, la clásica continuación de “Alicia en el País de las Maravillas “ escrita por Lewis Carroll.

Y fue por entonces, en 1987, que DC fundó Piranha Press, un sello cuyo objetivo era publicar obras de corte adulto y alternativo realizadas por autores poco conocidos. Fue una apuesta arriesgada y de resultados mediocres que se prolongó siete años antes de metamorfosearse en el sello Paradox, de todavía peores resultados. Con todo, fue allí donde Baker encontró la plataforma ideal desde la que publicar “Por qué odio Saturno”, un comic que llevaba en mente desde hacía años (y que más tarde fue recuperado y reeditado por otro sello de DC, Vértigo).

Anne Merkel es una joven periodista neoyorquina que escribe una columna mensual para una elegante revista de la ciudad. Sus textos rebosan tanto ingenio como cinismo. Odia a la gente sofisticada y bella porque siente que nunca podrá estar al a misma altura. No se encuentra a sí misma atractiva y siempre se comporta con timidez ante los hombres que le gustan. Y es ese sentimiento de inseguridad lo que la coloca en un permanente estado de enfado, desprecio y quejas. Disfrazando su descontento y baja autoestima de arrogancia y mezclándola con su ingenio natural ha conseguido con sus artículos hacerse con un público fiel que le permite llevar
una vida descontrolada y un ritmo de trabajo irregular que su editor le permite a regañadientes gracias al éxito del que goza. Irónicamente, su público, comprador de la revista chic en la que aparecen sus artículos, es el mismo que ella tanto desprecia.

Anne es, en definitiva, la típica urbanita joven, de hábitos autodestructivos e incapaz de ser feliz sea cual sea el nivel de bienestar, seguridad y éxito del que goce. Sin duda Kyle Baker puso algo de sí mismo, sus costumbres y opiniones en este personaje, que se mueve en el ambiente del Nueva York de principios de los noventa, aún recuperándose de la resaca yuppie de la década anterior. 


El mejor amigo de Anne es Rick, un artista de su misma edad, insatisfecho con las alternativas vitales que se le ofrecen a un joven negro, inteligente y de gustos sofisticados. Ambos pasan su tiempo libre en los bares, ahogando sus penas en licor e intercambiando opiniones y sarcasmos sobre lo que les rodea. Hasta que un día, cuando su excéntrica hermana Laura regresa a su vida con una herida de bala y afirmando ser la Reina de las Astro-Chicas de Cuero de Saturno, toda

la caótica y anodina existencia de Anne sufre una conmoción. No sólo ambas tienen personalidades y actitudes vitales muy diferentes –lo que causa continuas fricciones en su vida cotidiana puesto que las dos empiezan a compartir piso- sino que a Laura la persigue alguien con la intención de matarla. Laura puede estar algo chiflada, pero también es una mujer más serena y segura de sí misma que Anne.

Aunque a regañadientes, Ann dedica toda su energía a ayudar a su hermana de la mejor manera que puede, lo que implica abandonar Nueva York para salir en su busca, correr varias desventuras en la soleada California y verse inmersa en una alocada huida para salvar su vida y la de Laura de su peligroso ex amante. Es en esta peripecia cuando se hace evidente el contraste entre su cinismo a la hora de contemplar el mundo que la rodea y la devoción que
siente por su hermana. Para Anne, ha llegado el momento de cambiar.

Aunque cuenta con un Premio Eisner en su haber, hoy “Por qué odio Saturno” es una de esas obras que polarizan a los lectores. Por una parte se encuentran aquellos que la ensalzan hasta niveles ridículos. Se llegaron a escribir estupideces sobre ella como “Tarantino antes de Tarantino” o “Thelma y Louise escrita por F.Scott Fitzgerald y Woody Allen”, lo cual es una ironía, porque son precisamente el tipo de comentarios pseudointelectuales que tanto desprecia la protagonista de la obra –y el propio Baker-. Otros, en cambio, la ponen como ejemplo del tipo de obras experimentales y trufadas de problemas que llevaron al fracaso al sello Piranha Press. La verdad, probablemente, se halle a medio camino. La obra tiene virtudes y defectos y cada uno la valorará en función del peso que le otorgue a unas y otros.

“Por qué odio Saturno” se anticipó a “Reservoir Dogs” en dos años y a “Pulp Fiction” en cuatro, pero resulta curioso cómo Baker se adelantó a Tarantino en algunos aspectos.
Evidentemente, no despliega el lenguaje malsonante y soez del director ni tampoco su gusto por la violencia, pero sí su habilidad para imprimir a la historia un ritmo dinámico aun cuando abunden más los diálogos que la acción. Éstos, también como en el caso de Tarantino, son rápidos e ingeniosos. Claro que no reflejan como la gente habla en la realidad, pero da igual, porque son divertidos y originales. Anne y su amigo Ricky están siempre dispuestos a lanzar una observación incisiva o una réplica hilarante. Hablan de todo sin realmente decir nada, atacando a aquellas personas a las que, en el fondo, desearían parecerse y a un sistema en el que querrían integrarse. Naturalmente, ni Baker ni Tarantino inventaron nada. La forma en que utilizan el diálogo para dotar de ritmo a la historia es similar a lo ya hecho antes por muchos otros, desde Billy Wilder a David Mamet pasando por Woody Allen.

“Por Qué Odio Saturno” es un comic que descansa casi exclusivamente en unos personajes llenos de vida y sus diálogos. El argumento, está muy por detrás. Y eso es lo que critican los detractores de la obra.

Como comentaba al principio, lo que le gustaba a Baker era el comic humorístico de corto recorrido al estilo de las tiras de prensa clásicas y el humor gráfico de Harvey Kurtzman. De hecho y aunque acabó recopilado como novela gráfica, ése era precisamente el espíritu de “The Cowboy Wally Show” (1988), su primera obra personal. El problema es que el grueso de su producción hasta ese momento habían sido o bien cortos gags e historietas humorísticas o bien trabajos de encargo escritos por un guionista profesional. A estas alturas, Baker todavía no sabía escribir y estructurar historias largas; y eso se hace dolorosamente evidente en “Por qué odio Saturno”.

Y es que parece que Baker no sabía muy bien cómo desarrollar su historia. Da la impresión de que el autor tenía una serie de buenas ideas acerca de ciertas situaciones y escenas con diálogos chispeantes y cargados de saña, pero sin un hilo narrativo medianamente coherente que los uniera. Ello se evidencia especialmente en la segunda parte del comic, cuando Anne abandona Nueva York: lo que había comenzado como una comedia costumbrista ligera basada en los diálogos se transforma en un thriller de serie negra sin demasiado sentido. La trama empieza a dar bandazos cayendo rápidamente en el terreno de lo surrealista cuando no de lo ridículo. Sigue
habiendo momentos muy divertidos (los continuos problemas que tiene Anne por carecer de permiso de conducir, por ejemplo; o la ordalía que le supone moverse por California sin automóvil propio), pero la impresión que transmite Baker es que no sabía muy bien cómo continuar y rematar lo que tan bien había empezado (¿A qué venía la chifladura de Laura sobre las chicas de Saturno?). En toda esa segunda parte hay demasiado relleno y dispersión y sólo aquellos lectores que previamente hayan simpatizado con la gruñona pero carismática protagonista podrán sortearlo hasta el final sin sentir ganas de abandonar. Y, como la propia Anne, es posible que Baker hiciera sudar a su editor con las fechas de entrega, porque el ritmo tranquilo que había seguido la historia durante prácticamente toda su extensión, se resuelve en un climax enloquecido de una decena de páginas.

Su estructura narrativa no es tanto la de una novela gráfica como la de una tira de prensa: cada página tiene dos filas de viñetas (a veces tres, incluso sólo una), alternando con páginas-viñeta o, como composición alternativa, dos columnas, una con viñetas y otra con el texto de acompañamiento. Igualmente inusual es la decisión de no incluir globos de diálogo o pensamiento en la viñeta, sino situarlos fuera de éstas, a su pie, en forma de didascalias. Se trata de un recurso no muy utilizado en la actualidad, pero que tiene la virtud de despejar la viñeta y enfocar la atención del lector en las caras de los personajes. El libro está dividido en capítulos, cada uno de los cuales desarrolla una escena corta y diferenciada de las demás, ya sea una conversación en un bar, charlas y reflexiones sobre las relaciones amorosas, discusiones sobre los hábitos domésticos o peleas con editores desesperados.

Como suele ser habitual en él, Baker se centra en el dibujo de figuras y caras, limitándose a
bosquejar los fondos. No sólo es una solución lógica habida cuenta de que el comic se sustenta casi exclusivamente en los diálogos de personajes y los monólogos internos de Anne sino que, además, Baker es un especialista a la hora de utilizar de la manera más versátil su fina línea para dibujar con naturalidad las más diversas expresiones humanas y su correspondiente lenguaje corporal. La suya es una combinación muy peculiar de realismo y caricatura, a veces alternando uno y otra, a veces fusionando ambos en un solo dibujo. Es un estilo que comparte con otro de los grandes, Bill Sienkiewicz, si bien este último tiende más al efectismo mientras que Baker se concentra en narrar la historia de la forma más sencilla y eficiente posible. El comic es en blanco y negro con añadidos de tonos sepia que ayudan a separar planos y dotar de algo de profundidad a las viñetas.

“Por qué odio Saturno” no es un clásico injustamente olvidado. Probablemente, ni siquiera pueda calificársele como un comic especialmente notable en su conjunto. En las décadas siguientes, Baker continuaría puliendo su dibujo y técnica narrativa y ofreciendo obras más
equilibradas. Pero lo que sí nos ofrece esta novela gráfica es a un creador pionero en el luego tan popular formato de novela gráfica y, en general, el moderno comic adulto norteamericano. Cuando salió originalmente publicada por Piranha Press, se leyó como un comic underground, marginal; hoy es un tebeo elegante, casi mainstream.

Pero es que, además, apareció en un momento en el que en la televisión no había comedias costumbristas acerca de la vida cotidiana de treintañeros neoyorquinos. Baker se adelantó considerablemente a programas inmensamente populares como “Friends” (1994) o “Sexo en Nueva York” (1998), basados en buena medida en los diálogos afilados y el humor algo
sarcástico. Algunas de sus observaciones acerca de nuestra sociedad y cultura son tan válidas hoy como lo fueron en su momento, hace más de quince años; Baker se atrevió incluso a colar sarcásticas reflexiones sobre el racismo que difícilmente habrían tenido acomodo en un producto televisivo, siempre más preocupado por la polémica y sus nocivos efectos sobre los anunciantes.

Baker se dedicaría luego a escribir guiones en Hollywood (el tipo de trabajo que él tanto había parodiado en “The Cowboy Wally Show”), a la animación e ilustración, volviendo a los comics en 1999, cuando el tema de los derechos de autor había mejorado considerablemente y su prestigio le brindaba mayor libertad ante los editores. Para entonces, había mejorado mucho como autor completo y “Por qué odio Saturno “quedaba muy lejos. No obstante, esta obra fue el primer y prometedor peldaño de lo que luego sería una interesante y variada carrera.

“Por qué odio Saturno” es, como decía más arriba, una obra que no convence a todo el mundo, pero hasta que uno no la lea no sabrá si es de los que se enamoran de ella o a los que repele. Puede que algunas referencias culturales hayan envejecido un poco (no hay teléfonos móviles ni internet, por ejemplo) y las nuevas generaciones quizá no tengan la capacidad para entenderla y disfrutarla en la misma medida que la generación que vivió los ochenta ya como adultos o adolescentes, pero sigue siendo una obra digna de conocer para todo aquel que busque un comic distinto, basado en los diálogos y con un humor sarcástico pero inteligente.



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