5 ene. 2017

1986- SUPERMAN - John Byrne (4)



(Viene de la entrada anterior)

“Mundo de Smallville” (abril-julio 88) se centra, como su propio nombre indica, en los personajes ubicados en esa localidad de Kansas donde transcurrió la infancia y adolescencia de Clark Kent. En el primer número, durante una visita a sus padres, Superman descubre el oscuro secreto familiar: Martha Kent estuvo casada con otro hombre antes que con Jonathan. Éste, veterano de la Segunda Guerra Mundial, fue dado por desaparecido en acción y cuando por fin regresó a casa se encontró con que su amor de la infancia, Martha, se había casado con el heredero rico del pueblo. Éste, sin embargo, no es un mal tipo, pero resulta estar enfermo de cáncer –muy conveniente para la trama- y le hace a Jonathan una inesperada (o no tanto) petición…


Los nº 3 y 4 narran la historia de Lana Lang a la luz de la retrocontinuidad que el propio Byrne se había sacado de la manga para Milennium. Es extraño que un autor que tantas buenas ideas había tenido en el pasado (y basta revisar su etapa en “X-Men”, “Alpha Flight” o “Cuatro Fantásticos”) insista en profundizar en una que a todas luces era, cuando menos, mediocre e innecesariamente retorcida. Los padres de Lana son abducidos y asesinados por los Manhunters mientras experimentan con ellos. Lana, entonces un bebé, es convertida en un agente durmiente junto a todos los niños que después de ella nacerían en Smallville. Y ello gracias a que a todos los partos asistía un Manhunter que había asumido la identidad del doctor local. Cuando a raíz de los acontecimientos de Millenium, Lana descubre que toda su vida había estado manipulada, ya no puede estar segura de si sus sentimientos hacia Clark son reales o inducidos.

Tras “Mundo de Kripton”, esta miniserie supuso una cierta decepción. Carece de la épica de aquélla y guarda demasiados paralelismos –quizá deliberados- con otros productos de la época. El drama familiar de los Kent se asemeja mucho al tipo de historias que abundaban en los comics románticos de finales de los cuarenta y primeros cincuenta y que tan populares llegaron a ser; mientras que los capítulos dedicados a Lana Lang evocan las películas de invasores extraterrestres de la década de los
cincuenta (“Invasores de Marte”, “La Invasión de los Ladrones de Cuerpos”…). En estos dos episodios, además, Byrne abusa del reciclaje de escenas de otros comics anteriores dibujados o escritos por él, lo que da un gusto a material recalentado y apunta a que el autor o no tenía verdaderamente ideas con las que poblar cuatro números de personajes en Smallville, o que no estaba particularmente interesado en el proyecto (u ambas cosas). Tampoco ayuda en la apreciación general de la obra el dibujo de Kurt Schaffenberger, quien durante treinta años había sido el principal artista de la colección “Superman's Girl Friend, Lois Lane”, pero que a mediados de los ochenta ya había quedado obsoleto (de hecho, estaba prácticamente retirado de los comics para cuando DC le hizo este encargo).

El comienzo de “Mundo de Metrópolis” (agosto-noviembre 88) tiene un arranque sospechosamente parecido al de “Smallville”. Un todavía joven Perry White, reportero del Daily Planet, regresa a Metrópolis tras pasar dieciocho meses en las selvas de Asia sólo para encontrarse con que, en su ausencia, su novia ha tenido un lío con Lex Luthor, ya por entonces un rico hombre de negocios que, para colmo, pretende comprar el periódico y cerrarlo;.o, mejor dicho, transformarlo en una cadena de televisión. Indignado, White se las arregla para
convencer a unos inversores externos para que se queden con el diario, si bien éstos insisten en que, a cambio, Perry asuma el puesto de editor y deje de ejercer de reportero. Al final de la historia se deja bastante claro –a tenor de lo que se contaría en las series regulares de Superman, especialmente en “Adventures”- que el hijo de Perry White es en realidad fruto de la relación entre su entonces todavía novia y Lex Luthor. En fin, un culebrón un tanto predecible que, además, no será tenido en cuenta en los años por venir: Lex cumpliría su promesa y se haría con el Planet diez años después (en el curso de la saga sarcásticamente titulada “¡Salvar el Planet!”), pero para entonces nadie se acordaba ya de que él y Perry habían sido amigos, sobre todo porque Lex debía ser, por lógica, mucho más joven que Perry.

Hay también una sorprendente escena en la que Perry sale de la oficina de su editor maldiciendo y recriminando a todo el mundo allí reunido. Y entonces se da cuenta de la presencia de un grupo de niños de visita en las oficinas del diario. Uno de ellos, de nombre Lois Lane, le espeta: “¡Bien dicho, sr.White!. La idea de que Lois Lane pudiera ser fan de un reportero por lo demás bastante anónimo, es ridícula, pero queda bien y sirve para enlazar con el nº 2 de la miniserie, centrado precisamente en ella.
Con quince años, una desenvuelta Lois le pide trabajo a Perry White en el Planet, naturalmente, sin resultado. Pero una conversación que escucha por casualidad la anima a entrar a hurtadillas en las oficinas de Luthor en busca de una información que puede ser una importante noticia. Consigue más o menos lo que busca, pero no sin que antes el personal de Luthor la atrape y éste le propine unos azotes. Para colmo, se nos dice que el villano grabó en vídeo el momento y probablemente sigue satisfaciendo en la actualidad sus fantasías pedófilas con esa cinta. Todo lo cual, por cierto, contradice lo que se nos había contado en la miniserie “El Hombre de Acero”, en la que Lois no tenía inconveniente en acudir a las fiestas de Luthor antes de que éste se obsesionara con matar a Superman. ¿Cómo es posible que, tras sufrir ese abuso a sus manos quince años atrás y sabiendo que guarda una poco edificante cinta de ella con poca ropa, accediera siquiera a relacionarse socialmente con Luthor aunque fuera por una sola vez?

El tercer número narra los primeros pasos de Clark en Metrópolis tras abandonar Smallville. Así
que lo vemos impidiendo crímenes vestido de paisano y sin revelar su intervención (entre ellos, salva la vida de Lois) mientras trata de entrar en la Universidad de la ciudad. Lo consigue y para pagarse los estudios, trabaja simultáneamente en una cafetería, donde conoce a una camarera algo mayor que él llamada Ruby, con la que supuestamente mantiene una relación durante dos años. En sus palabras: “Era una mujer de armas tomar. Si hay alguien responsable de haber convertido a un muchacho de pueblo en un urbanita, es ella”. Aunque no se muestre mucho gráficamente, esas palabras bastan al lector avispado para entender lo que hubo entre ellos…. El número que cierra la miniserie, el menos interesante de una colección poco interesante, cuenta la historia de cómo y por qué Jimmy Olsen inventó su famoso reloj de señales, ese con el que avisa al Hombre de Acero de que su presencia es requerida con urgencia (y que en la versión pre-Crisis había sido un regalo de Superman a Jimmy).

En cuanto al dibujo, en esta ocasión tal labor recae en Win Mortimer, otro miembro de la vieja guardia de DC. Mortimer había empezado a trabajar en la editorial en 1945 y su nombre se relacionó con Superman gracias a su labor en la tira del personaje para los periódicos desde 1949 a 1956. Pero en 1988, y no es de extrañar, ya estaba al final de su carrera y, de hecho, esta miniserie fue lo último que dibujó antes de retirarse definitivamente. El suyo es un estilo clásico que funciona mejor en los primeros y medios planos
que en las escenas de acción, bastante poco inspiradas. En cualquier caso, su dibujo, como el de Schaffenberger, había quedado caduco al menos desde hacía quince años y la serie se resiente de ello.

En conjunto, de las tres miniseries “Mundo de …”, la única que verdaderamente se puede recomendar es la primera, una sólida historia de ciencia ficción ilustrada por un Mike Mignola que, aunque primerizo y algo inseguro, ya demostraba más talento y estilo que los veteranos Schaffenberger o Mortimer. La intención de “Smallville” y “Metrópolis” esta clara: dotar de mayor profundidad a los personajes secundarios del universo de Superman, dotarles de un pasado que explique sus personalidades y motivaciones y, además, abra potenciales argumentos que poder desarrollar en las series ordinarias. Pero salvo excepciones, esto nunca ocurrió y autores posteriores (puesto que Byrne abandonaría sus responsabilidades en el Hombre de Acero poco después) decidieron obviar totalmente estas historias que oscilaban entre lo soso, lo manido y lo rocambolesco. No es que Byrne careciera del talento preciso para dar vida a gente ordinaria –lo había demostrado en otras ocasiones y lo seguiría haciendo en el futuro- pero desde luego aquí, por el motivo que fuera –sobrecarga de trabajo, apresuramiento o falta de ideas- el resultado no estuvo a la altura de lo que debería esperarse.


Dejando de lado ese tropezón, la visión de Superman que aportó Byrne resultó la adecuada para
los nuevos tiempos. En 1985, su colección principal vendía alrededor de 98.000 copias por número; a finales de 1987 esa cifra ascendía a 161.000. “Action Comics” aún arrojaba mejores cifras. Superman, el mayor Héroe de todos, era también y por fin, el mayor superventas.

El año 1988 marcó además el quincuagésimo aniversario de la aparición de Superman en “Action Comics” 1 (junio 1938) y la maquinaria promocional de la compañía matriz de DC, Time Warner, se puso en marcha para celebrarlo por todo lo alto. El 26 de febrero, DC alquiló parte del edificio Puck, en Manhattan, para organizar una fiesta de cumpleaños a la que asistieron la presidenta de DC, Jenette Kahn, su vicepresidente ejecutivo, Paul Levitz, el editor jubilado Julius Schwartz, el dibujante Curt Swan, el alcalde de la ciudad Ed Koch y muchos otros miembros de la compañía. Varios miles de fans pagaron 12 dólares (o 6 para niños menores de doce años) para disfrutar de cortos de Superman, comer tarta y compartir sus vivencias relacionadas con el personaje. Parte de los beneficios de la fiesta se donaron a la Asociación Nacional de Padres Adoptivos porque, tal y como declaró Kahn durante el evento,
“Superman es el niño adoptado más famoso del mundo”. Tres días más tarde, el 29 de febrero –fecha oficial del aniversario- la CBS emitió un especial en horario de máxima audiencia titulado “Superman´s 50th Anniversary: A Celebration of the Man of Steel”, presentado por el humorista Dana Carvey. Durante el mes de junio, el Museo Nacional de Historia Americana organizó una exposición de comics de Superman junto a uno de los viejos vestidos de Lois Lane en la serie de TV de los cincuenta.

Más celebraciones tuvieron lugar en el Instituto Smithsoniano de Washington DC, donde abrieron una exposición titulada “Supermanobilia”; la ciudad de Metropolis, en el estado de Illinois, restauró su gran estatua del héroe en la que se puede leer “Superman´s hometown”, mientras que en Cleveland, la ciudad natal de los creadores del personaje, Jerry Siegel y Joe Shuster, la ONG “The Neverending Battle” patrocinó la “International Superman Exhibition” durante tres días del mes de junio. Y la revista “Time” dedicó su portada –dibujada por Byrne- del número del 14 de marzo a Superman.

Byrne seguía siendo el principal arquitecto del personaje durante este año de aniversario. De
hecho, fue prácticamente el único arquitecto porque Marv Wolfman, con el nuevo año, abandonó los guiones de “Adventures of Superman”, pasándole el testigo a Byrne (el dibujante siguió siendo un Jerry Ordway cada vez más inspirado). Las razones de la marcha de Wolfman difieren según quién cuente la historia. Él mismo declaró que se había quedado sin ideas que aportar, pero Byrne le acusa de haber atacado su labor y de haberse retrasado con frecuencia en la entrega de sus guiones, lo que le costaba a Jerry Ordway la pérdida de su plus. De acuerdo con esa versión, cuando llegó el momento de renovar el contrato de Wolfman, nadie quería que continuara y DC optó por prescindir de él. También hay declaraciones en el sentido de que la planeada introducción por parte de DC de un sistema de calificaciones por edades en sus comics disgustó a Wolfman, quien –como muchos otros autores- no dudó en hacer pública su oposición a tal política, forzando así a la editorial a “prescindir de sus servicios”.

Durante el año anterior, los tres títulos de Superman sólo ocasionalmente se conectaban los unos con los otros. En general, “Adventures of Superman” desarrollaba sus propios arcos argumentales de forma independiente, arcos a los que los títulos de Byrne (“Superman” y “Action Comics”) no hacían referencia alguna. Aunque no se pueda considerar esto como un error de continuidad o una discrepancia flagrante, los argumentos, tono y estética presentados por “Adventures” resultaban difíciles de reconciliar con “Superman” y “Action”. Con el abandono de Wolfman y su sustitución
por Byrne, las tramas desarrolladas por los tres títulos pasaron a tener una suerte de continuidad, sucediéndose los acontecimientos de todas ellas en el orden de publicación y creando una imagen más unificada y coherente del protagonista y su entorno.

A comienzos de 1988, nada menos que cuatro títulos simultáneos de DC estaban protagonizados por Superman, y en enero apareció su primera novela gráfica: “Los Ladrones de la Tierra” –aunque publicada en lo que entonces se llamaba formato prestigio-, escrita por Byrne y dibujada por Curt Swan y Jerry Ordway. Su origen está en una idea que Byrne presentó para “Superman IV” y que no fue aceptada por los productores. Y, a tenor de lo que podemos ver en el comic, mejor que fuera así. La historia es muy simple y bebe más de los presupuestos de la Edad de Plata que de la nueva versión del mito diseñada por el propio Byrne: unos malvados alienígenas ponen en peligro a la Tierra, los mejores amigos de Superman corren especial peligro, el héroe ha de batirse en duelo individual con una criatura peligrosa y, finalmente, reinstaura el statu quo sin que los cinco mil millones de habitantes del planeta se hayan dado cuenta de que la Tierra y la Luna han sido sacadas de su órbita por los extraterrestres.

Entiendo que los comics de Superman, incluidos los modernos, no sientan un respeto escrupuloso
por la Física o la Astronomía, pero es que “Los Ladrones de la Tierra” exigen del lector un esfuerzo casi imposible en lo que se refiere a suspensión de incredulidad. ¿Alienígenas que roban planetas y los transportan como si fueran donuts a una nave de un tamaño inmenso para que los utilicen como combustible? Desde luego, el concepto de Galactus era más interesante y, si se me apura, más verosímil. Pero es que además estos alienígenas tienen un diseño tan poco inspirado (una especie de escoceses paletos, con ojos saltones y nariz de borrachín) y, a la postre, resultan tan insultantemente torpes, que el resultado aún es peor. Para colmo, en el clímax Jimmy Olsen, Perry White y Lois Lane, como si lo hubieran hecho toda la vida, tripulan sin esfuerzo la nave alienígena que arrastra a la Tierra y a la Luna mientras Superman “empuja” desde atrás y deja las cosas en su sitio. En resumen, un absurdo sin remisión que podría haber tenido su pase en 1950 o 1960, pero que a finales de los ochenta resulta difícilmente admisible.

Lo único que puede ser medianamente salvable de este despropósito –y tampoco es que de saltos de alegría por ello- es la forma en que gráficamente se combina lo clásico con lo moderno. El dibujo corrió a cargo de Curt Swan, principal responsable de
los comics de Superman durante la Edad de Plata y quizá el creador a quien más deba el personaje después de Siegel y Shuster. Tras “Crisis en Tierras Infinitas”, Swan había casi desaparecido del panorama, limitando sus trabajos a puntuales colaboraciones aquí y allá. Sencillamente, su estilo, elegante pero algo estático, había pasado de moda. Aquí, sin embargo, no sólo nos ofrece algunas composiciones de página interesantes, sino que, gracias al entintando de Jerry Ordway, sus viñetas consiguen conjugar las interpretaciones gráficas clásica y moderna de Superman. Hay momentos en los que a uno le gustaría relajarse y, simplemente, disfrutar de esa fusión de estilos, pero entonces la historia se interpone y arruina la ilusión.

En resumen, un comic cuya conjunción de creadores podría haber dado mucho más de sí. Byrne es un buen narrador de historias con ideas interesantes, Swan un profesional fiable que, con el entintado de alguien tan sólido como Ordway, habría ofrecido grandes momentos…y, sin embargo, la gran obra que podía haber sido nunca llegó a cuajar ni en el guión ni en el dibujo, convirtiéndose en una oportunidad perdida.

(Continúa en la siguiente entrada)

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