26 nov. 2016

1989- SANDMAN - Neil Gaiman (y 7)


(Viene de la entrada anterior)

Uno de los hechos más asombrosos relacionados con “Sandman” es que DC accediera a los deseos de su autor y la cancelara llegado un determinado punto. No es en absoluto habitual que una gran editorial mate a la gallina de los huevos de oro, especialmente una tan grande como “Sandman”. Pero así fue.



Gaiman siempre tuvo claro que la historia que quería contar tendría un final y ya desde el principio expresó a Karen Berger, la responsable de la línea Vértigo, su deseo de que, alcanzado ese momento, la revista dejase de aparecer. No solamente “Sandman” era “hijo” suyo, sino que se trataba de una obra muy personal y diferenciada de todo lo que en ese momento se estaba publicando en el ámbito del comic mainstream americano. No quería que algún otro autor tomase el relevo y la desnaturalizase. Ni Berger, ni la editora en jefe, Jeanette Kahn ni el presidente de DC, Paul Levitz, le dieron esperanzas. Sencillamente, no era la forma habitual de operar en la editorial. En el mejor de los casos, Gaiman podría señalar a algún guionista de su gusto para continuar al frente de la serie.

Pero lo que entonces no sabía ninguno de ellos es que “Sandman” se iba a convertir en un fenómeno del que se hablaría con entusiasmo en la prensa generalista y la televisión. Con el paso de los meses, el cómic alcanzó unas ventas de 100.000 ejemplares al mes y Gaiman, acogido sin reservas en los círculos culturales como renovador del género fantástico, se sintió con autoridad para afirmar públicamente en las entrevistas que él creía que “Sandman” debía tener un final y que si los ejecutivos de la editorial decidían continuarlo tras su marcha, no volvería a trabajar con ellos. Por fin, a la altura del nº 50, la editorial aceptó las exigencias de Gaiman, ya fuera porque no quería perder la buena relación que mantenían con él o bien porque, efectivamente,
comprendieron que “Sandman” era ya una obra tan personal que cualquier cambio de guionista sólo serviría para deslucir el conjunto. Los lectores obtuvieron confirmación de que la serie finalizaría en el nº 75 y ello contribuyó a crear un sentimiento de expectación que mejoró aún más las ventas.

“El Velatorio” fue la última saga de la colección, un arco argumental en cuatro partes y dos anexos titulados respectivamente “Exiliados” y “La Tempestad”. En resumen, tres epílogos sucesivos. Pueden parecer demasiados, pero lo cierto es que están bien ideados y colocados en su justo lugar.

Aun cuando se pueda tener la impresión de que toda la segunda parte de la colección (unos 30 números) versa sobre el adiós, “El Velatorio” y los dos números autoconclusivos que le siguen tienen todo el significado que les da su título: recordar al difunto, sus logros, cómo ha influido en el devenir de cada cual, y prepararse para continuar la vida sin él. Es cierto que estos episodios no son estrictamente necesarios –aunque hubiera resultado algo brusco, “Las Benévolas” bien podría haber sido el punto y final- pero las historias aquí recopiladas proporcionan un cierre más relajado y añaden un sabor añadido a la mitología de “Sandman”.

Según relató el propio Gaiman, el famoso escritor de fantasía y ciencia ficción Roger Zelazny
murió mientras él escribía “El Velatorio”, y algunos de los sentimientos que se expresaron en el funeral del autor acabaron plasmados en la ceremonia mortuoria de Morfeo. Así que, en cierto modo, fue la oportunidad de Gaiman de despedirse de su más importante personaje al tiempo que rindió homenaje a sus antecesores en el arte de contar historias maravillosas.

Gaiman no sólo no fue nunca reacio a reconocer sus influencias sino que incluyó referencias explícitas a las mismas en algunas de sus historias. En “Sandman” ya vimos cómo aparecían tributos a Gilbert K.Chesterton, Geoffrey Chaucer o William Shakespeare. Este último apareció en “Sueño de una Noche de Verano” (nº 19) y se convierte en el auténtico protagonista del último número de la colección, “La Tempestad” (nº 75). Fueron dos “apariciones estelares” de muy distinto calado: la primera tenía el tono ligero y festivo de las obras primerizas de Shakespeare, mientras que la última se desarrollaba en un ambiente crepuscular acorde con las obras postreras del dramaturgo, con una narrativa más sofisticada en la que lo que se deja implícito tiene más importancia que lo realmente mostrado. De hecho, refleja una evolución paralela a la del propio Gaiman en la colección, siendo los dos últimos arcos argumentales, “Las Benévolas” y “El Velatorio”, historias llenas de misterio y alusiones
producto de la confianza en sí mismo del autor. Son estos números finales los más complejos de leer y los menos recomendables para aquellos que quieran visitar sólo los momentos más memorables de la colección, pero también son episodios cuya riqueza conceptual les hace ganar peso y calidad con cada nueva lectura.

Los cuatro números que componen “El Velatorio” satisfacen las expectativas, y quizá esa sea la razón por la que resulten algo decepcionantes tras las continuas sorpresas a que nos había acostumbrado Gaiman. Pero como último adiós a una deidad muerta –o, más bien, un Eterno que no puede realmente morir sino que se transforma en una nueva encarnación de la idea que representa- cumplen perfectamente su papel. Michael Zulli es el dibujante encargado de este arco argumental y su arte resultó tan espectacular que, en una decisión con pocos precedentes, la editorial decidió publicar el número sin entintar tal era la riqueza y detallismo de sus lápices. El resultado es perfectamente adecuado al tono elegíaco de la historia y Zulli, que ha evolucionado hasta convertirse en un ilustrador de estilo elegantemente clásico, sabe aprovechar la capacidad expresiva de los matices de gris que proporciona el sombreado a lápiz.

El contraste gráfico entre “Las Benévolas” y “El Velatorio” es equivalente a lo que en el ámbito
musical sería escuchar a The Clash y pasar luego a Mozart, pero seguramente esa oposición estética era lo que se buscaba. La belleza algo tosca pero siempre frenética de Hempel da paso a la virtuosa línea de Zulli; y dado que “El Velatorio” es un momento de calma y reflexión además de un recorrido final por el universo de Sandman, ese “Mozart visual” amplifica el poder de la historia que narra Gaiman.

Habría que señalar que el proceso de muerte y renacimiento que describe Gaiman para los Eternos –o, al menos Morfeo- es muy parecido a la regeneración de ese venerable personaje que es el Doctor Who. Así, “El Velatorio” es una despedida aun cuando el personaje siga viviendo en otra encarnación. Daniel, ahora con los rasgos delicados de un muchacho y con el pelo blanco en vez de negro, sigue siendo el mismo Morfeo que conocimos en el nº 1… y, a la vez, alguien totalmente diferente, de la misma forma que un Doctor Who no es igual a su sucesor, pero todos los actores comparten una continuidad en el personaje.

Y como con cualquier nuevo Doctor, es necesario un cierto periodo de tiempo para acostumbrarse, si bien es verdad que no se nos brinda la oportunidad para conocer a Daniel como encarnación de Sueño antes de que la serie llegue a su final. En “El Velatorio”, no obstante, Gaiman aclara de qué forma Daniel es distinto de su antecesor: aunque no se puede decir que sea precisamente alguien extrovertido, sí parece menos amargado y despliega una mayor empatía hacia los seres que pueblan sus dominios; aunque comparte y recuerda el pasado de su predecesor, no sufre de las mismas cicatrices emocionales. En resumen, es un personaje muy diferente aun cuando teóricamente sea el mismo ser. Gaiman no sólo subraya al lector esas diferencias, sino que ofrece múltiples oportunidades para que otros personajes de “El Velatorio” las comenten. Todo el mundo se despide del antiguo Morfeo y el nuevo perdona a Lyta Hall (que, después de todo, era su madre) por sus ansias de venganza. Ello no hace sino aumentar la carga emocional del funeral, puesto que sabemos que el Sueño al que hemos seguido durante toda la colección y al que hemos aprendido a apreciar con todos sus defectos, ya no existe.

El número 73, “Un Epílogo: Mañana de Domingo” es, a mi parecer, uno de los mejores de toda la
serie. Volvemos a ver al personaje de Hob Gadling, aquel hombre que decidió ser inmortal y que cada cien años se cita con Morfeo para comunicarle su decisión sobre si continuar viviendo o, por fin, entregarse a la Muerte. Esta última es quien ahora visita a Hob. Conforme la historia de Morfeo llega a su fin, el papel de su hermana Muerte adquiere mayor relevancia tanto como personaje como concepto. Hob se encuentra en una doble encrucijada: vive tanto en el pasado como en el presente (dualidad que se manifiesta en el propio marco de la historia, una “feria medieval” de cartón piedra sobre la que Hob tiene mucho que decir… y nada bueno); y, espiritualmente, se halla desilusionado con su vida, pero tampoco quiere morir. Finalmente, un sueño aclara su percepción de su propia realidad y aleja el temor/deseo por la muerte. Este hubiera sido un cierre perfecto para la colección… pero no lo fue.

En el número 74, Neil Gaiman y John J.Muth nos ofrecen “Exiliados”, el segundo de los tres epílogos de “El Velatorio”. Se trata de un cuento de origen chino que nos muestra a los dos Sueños, el antiguo y el nuevo, interactuando con un hombre cuya vida
transcurrió en el pasado, un anciano funcionario del emperador caído en desgracia. A destacar aquí el sensacional trabajo de Muth en su evocación e integración del arte caligráfico chino dentro de la narración. El final, que remite a la leyenda del Fénix, revela la intención de Gaiman en este episodio: aportar una perspectiva diferente a los sentimientos expresados en “El Velatorio” al tiempo que revelar otra pequeña esquina del universo de Sandman.

Bastante mejor es “La Tempestad”, el último número (el 75) de la colección. Se trata de otra historia protagonizada por William Shakespeare, situada esta vez hacia el final de su vida, cuando el Sandman “original” le visita para recoger la segunda de las dos obras que en su día exigió como precio para la inspiración que, a través de sus escritos, otorgaría inmortalidad al autor. Lo que tenemos aquí es una historia de un hombre alienado en su vejez, incomprendido por su familia y sus vecinos y que intenta fabricar una nueva realidad mediante su imaginación y su talento “mágico” insuflado por Morfeo años atrás. Se suele interpretar como una analogía entre la actitud de Shakespeare hacia la
creatividad y la colisión entre la magia y el arte de narrar historias…que es, al fin y al cabo, sobre lo que se apoya todo Sandman. Es, por tanto, la conclusión ideal para la serie.

Pero a diferencia de la anterior colaboración entre Gaiman y Charles Vess en “Sueño de una Noche de Verano”, más centrada en la “realidad” del mundo de las hadas que se escondía tras la obra en cuestión, “La Tempestad” no nos muestra ningún naufragio en la isla de “Próspero”. No, la “realidad” de la obra final de Shakespeare es la de su creación, la de su escritura. Vess dibuja unas escenas de la isla descrita en la obra, pero ésta sólo existe en la imaginación de Shakespeare. Shakespeare es, por tanto, Próspero; pero también lo es Morfeo.

Como dice Sueño cuando Shakespeare le pregunta por qué le ha asignado la misión de escribir esas dos obras: “Porque yo nunca dejaré mi isla”. Sueño está, y siempre lo estará, aislado y aprisionado por sus responsabilidades. De esto trata toda la serie: recobrar su reino, aferrarse a él, protegerlo… y pagar el precio que ello conlleva. La conversación entre el dramaturgo y Morfeo continúa, y su
diálogo proporciona el contraste irónico que enfatiza aquello que ha constituido el tema más importante de toda la colección. “¿Vives en una isla?”, pregunta Shakespeare, y luego añade: “Pero eso puede cambiar. Todos los hombres pueden cambiar”. “No soy un hombre”, replica Sueño, “Y yo no cambio”. Pero lo cierto es que, tal y como hemos visto a lo largo de la colección, sí puede evolucionar y, de hecho, lo hace. Cuando en “Las Benévolas” concede su deseo a Nuala sabiendo que ello acarreará su propia muerte y la destrucción de su reino, acepta pagar el precio con tal de honrar su palabra y satisfacer a quien había confiado en él.

Y, finalmente, Sueño añade su más irónica afirmación: “Soy el Príncipe de las Historias, Will, pero no tengo una historia propia. Ni tampoco la tendré jamás”.

Probablemente nadie en DC pudo prever la fuerza comercial que conservaría “Sandman” dos décadas después de su cancelación. Sigue reeditándose e incluso sus volúmenes de lujo, de considerable precio, han gozado de unas ventas sorprendentes. Ello es testimonio de la calidad de una obra que ha sido capaz de atraer a varias generaciones de lectores.

Precisamente por ello, aquel nº 75 no fue el final definitivo de Sandman, al menos de su universo
de personajes. Aunque Morfeo volvería a aparecer en su propia cabecera bastantes años después, otra vez de la mano de Gaiman, DC accedió en su momento, como hemos dicho, a los deseos de su creador y dio carpetazo a la colección. De todas formas, el universo que el autor había construido a su alrededor era demasiado jugoso, creativa y comercialmente, como para olvidarlo por completo. En los años siguientes aparecerían historias de Muerte, de algunos Eternos, colecciones basadas en los personajes secundarios (“The Dreaming”, “Lucifer”…)…

En 1999, algunos años después de que Gaiman concluyera la historia de Morfeo, después de todos los epílogos e historias de Muerte, después de que Sueño uniera fuerzas con su homólogo enmascarado de la Golden Age, después de que el escritor se hubiera dedicado más a la literatura que al comic alcanzando el éxito de crítica y público con libros como “American Gods”, DC le pidió que volviera a Sandman con motivo de su décimo aniversario.

Inspirado por el folkore japonés que había descubierto mientras trabajaba en la adaptación al inglés de la película del Estudio Ghibli “La Princesa Mononoke”, Gaiman contó que había decidido para esa especial ocasión recuperar una antigua historia de hadas, reformularla a su manera y ambientarla en el universo de Sandman.

Así, cogió las traducciones que de una vieja historia japonesa habían recopilado gente como el reverendo B.W.Ashton o Y.T.Ozaki, introdujo algunos elementos propios de la mitología de Sandman y escribió su propia versión en forma de un relato en prosa que vendría acompañado por unas maravillosas pinturas del ilustrador nipón Yoshitaka Amano. El resultado fue “Sandman: Los Cazadores de Sueños”.

Pues bien, resulta que todo lo antedicho es falso.

Sí es cierto que Gaiman escribió una historia en prosa para el décimo aniversario de la colección. Y sí, también lo ilustró Yoshitaka Amano. Pero no se trató de una adaptación de una leyenda japonesa, sino de un relato totalmente original de Gaiman. Como un juego de metalenguaje o una broma al lector,
citó en el epílogo de la obra unas supuestas fuentes para el relato que, en realidad, eran totalmente inventadas. El autor nunca esperó que esa ligera picardía fuera a tomarse en serio. “Cuando empezaron a llegar las peticiones de lectores y universidades que no habían podido encontrar los textos de referencia en los que yo había dicho inspirarme, aprendí que si escribes cosas en letra pequeña al final de un libro, todo el mundo se las cree sin cuestionarlas”, dice Gaiman, “Les expliqué a todos que me lo había inventado, y me disculpé”.

No fueron pocos entonces los que, creyendo a Gaiman, consideraron esta nueva entrega de Sandman como una obra menor, poco original y acomodaticia. Al fin y al cabo, en lugar de crear algo genuino y nuevo, había decidido recurrir a una leyenda tradicional, modificándola ligeramente para insertar sus propios personajes. Muchos, incluso, optaron por no aceptarla siquiera dentro del universo Sandman, como si se tratara de un producto de segunda mano.

Si se sabe de antemano que se trata de una historia totalmente nueva, la lectura se convierte en algo completamente diferente. Estamos ante la auténtica esencia del mejor Sandman, una miniatura que contiene y resume la esencia de toda la saga. Tras años de pulir su estilo, Gaiman ofrece un trabajo muy convincente en su falsa adaptación. Su prosa es más directa, con menos digresiones y juegos de palabras que en su etapa en la colección y tiene la justa apariencia de una traducción al inglés de un cuento popular japonés… que es exactamente lo que Gaiman pretendía. Así que no es de extrañar que tanta gente se tragara el anzuelo que el autor incluyó en su epílogo. Tal es la coherencia entre el fondo de la historia y la forma en que éste se expone.

“Los Cazadores de Sueños” bien podría haberse incluido en cualquiera de las sagas de la colección compuestas de narraciones independientes. En esta ocasión la historia es considerablemente más larga y dividida en capítulos, pero como los cuentos incluidos en “País de Sueños”, “Fábulas y Reflejos” o “El Fin del Mundo”, ésta es una historia sobre gente que anhela algo y cómo esos deseos terminan mezclándose con el mundo de Sueño.

Los personajes principales son un joven monje y una astuta zorra. Primero, la zorra desafía a un
tejón para que expulse al humano del aislado templo en el que éste habita. Pero la zorra acaba enamorándose del inteligente y generoso monje. “Y esa”, escribe Gaiman al final del primer capítulo, “iba a ser la causa de muchas desgracias futuras. De muchas desgracias y desengaños y de un extraño viaje” Esas dos frases no sólo sirven de resumen para “Los Cazadores de Sueños”, sino que bien podrían describir todo “Sandman”.

En una entrada anterior, cuando revisé la historia “Orfeo” publicada como un especial de la colección, mencioné que ese relato era una síntesis de toda la serie. Y aunque Orfeo no aparece en “Los Cazadores de Sueños”, su drama personal también halla su reflejo aquí. Los protagonistas de ambas historias, tras perder a sus seres queridos, se internan en el mundo de los sueños intentando recuperarlos, pero ello sólo les trae una gran tristeza.

Así, de la misma forma que Orfeo –y como el propio Sandman en su serie-, el protagonista de “Los Cazadores de Sueños” emprende un viaje para salvar a alguien que le importa. Orfeo entra en el Mundo de los Muertos para rescatar a Eurídice; Sueño marcha al Infierno para sacar de allí a Nada (y emprende un viaje por carretera con Delirio para encontrar a su hermano y, quizá, reunirse con
una antigua amante); el joven monje de la historia que ahora nos ocupa se traslada a los dominios del Rey de los Sueños para resucitar a la zorra, que ha optado por recluirse allí a cambio de que el muchacho pueda seguir viviendo.

Es, por tanto, otra historia de sacrificio y obligaciones, de amor, honor y compromiso, ambientada en un mundo de fantasía sofisticada, arcanos y delgados velos entre realidades.

Al final, todos pagan un doloroso precio y nadie consigue realmente lo que desea…aunque obtienen, al menos temporalmente, algo de lo que habían reclamado. Es una fábula sin moraleja clara porque el clásico “ten cuidado con lo que deseas porque puede que lo consigas” tampoco le hace justicia. El cuervo se enfrenta al señor del Sueño sobre esto al concluir la historia. “Pero, ¿de qué sirvió?” inquirió el cuervo. “Aprendieron la lección”, dijo el pálido Rey. “Las cosas sucedieron como debían suceder. No percibo que mi atención fuera en vano’” Profundizando más tras esa respuesta poco satisfactoria, el cuervo vuelve a preguntar a su amo: “¿Y tú también has extraído alguna lección?. Pero el pálido Rey prefirió no contestar y quedó envuelto en el silencio, contemplando el horizonte; pasado un rato, el cuero batió las alas con fuerza y se alejó por el cielo de los sueños. El Rey se quedó completamente solo”

¿Extrajo Morfeo alguna lección de esta historia que, a la postre, acabaría siendo tan parecida a la
que él mismo tendría que vivir? ¿Afectaron el monje y la zorra que lo amaba a sus decisiones cuando le llegó el momento de ayudar a sus amadas y sacrificar su propia vida a cambio? La respuesta a estas preguntas depende de la interpretación que cada cual de a la serie del propio Sandman.

“Sandman” es un comic muy difícil de resumir habida cuenta de su complejidad temática y argumental y la densidad de referencias culturales que contiene. Como en un sueño, se respetan pocas reglas: mezcla personajes históricos con mitológicos, seres de talla cuasidivina con gente ordinaria o animales inteligentes, la realidad con la fábula… Y, sin embargo y a pesar de toda esa heterogénea combinación de elementos, “Sandman” es un cómic que mantiene una inesperada unidad. En su centro no está Morfeo, sino Neil Gaiman, un autor cuya integridad, talento creativo, aguda percepción de la naturaleza de la realidad, profunda cultura, capacidad fabuladora e íntima comprensión del arte de narrar historias, ha hecho de “Sandman” un comic atemporal que marcó un antes y un después en el género fantástico.

Con “Sandman”, Gaiman consiguió lo imposible. Siendo un autor prácticamente desconocido y con mínimas credenciales, aceptó un encargo poco prometedor para una serie nueva que no contaba con un protagonista famoso y que se alejaba de los parámetros temáticos y estéticos entonces en boga, se le asignaron inicialmente dibujantes de segunda línea y ni siquiera el departamento de publicidad de DC supo muy bien cómo vender aquel producto… Y, sin embargo, siguiendo su propio instinto, rechazando acogerse a modas o recurrir a lo fácil y seguro, supo hacer un verdadero comic de autor, rompió moldes, abrió nuevos caminos, atrajo a un público heterogéneo que habitualmente no leía comics, se convirtió en niño mimado de la cultura alternativa y los grandes medios de comunicación… Y todo ello a cuestas de un protagonista hosco, distante y escasamente heroico pero rodeado de un universo fascinante. Con “Sandman”, Gaiman llevó a su personaje y a sí mismo al Reino de los Sueños primero, y a la inmortalidad después.



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