28 sept. 2016

1973- CONAN - Roy Thomas y John Buscema ( y 8)






(Viene de la entrada anterior)

Es notable la cantidad de historias de Conan que Roy Thomas tenía en reserva cuando decidió marcharse de Marvel. Todas ellas fueron sirviendo para rellenar huecos en la revista durante meses. Por ejemplo, “Las Capas Negras de Ofir” (nº 68, septiembre 1981), dibujada en solitario por Ernie Chan y basada en un argumento de Andrew J.Offutt (cuyas novelas del personaje, recordemos, habían sido adaptadas entre los nº 53-58 de la colección). Se trata de una historia sobre intrigas políticas alrededor de la corona de Ofir, un reino en el cual Conan ya había intervenido en el nº 44, ayudando a la reina Marala a escapar de prisión y huir a Aquilonia, donde adoptaría el nombre de condesa Albiona. Es una historia entretenida y dibujada con oficio por Chan, aunque no es la mejor que haya realizado.



Al mismo tiempo que se estaba lanzando “Conan Rey”, en 1980, a Thomas le llegó la hora para abandonar Marvel. Tras haber servido como puntal de la editorial, escrito largas etapas de las principales series de la casa (“Sargento Furia y sus Comandos Aulladores”, “X-Men”, “Los Vengadores”, “Doctor Extraño”, “Daredevil”, “Hulk”, “Los Cuatro Fantásticos”, “Thor”… y desde luego todos los títulos de Conan) y ocupado el sillón de editor en jefe de 1972 a 1974, se dio cuenta de que no era más que otro engranaje del que se podía prescindir.

Por entonces, Marvel había dejado ya de ser una editorial pequeña y familiar, un grupo de amigos pasándoselo bien y haciendo buenos comics, por mucho que la compañía siguiera transmitiendo deliberadamente esa imagen. Stan Lee ya no aparecía por las oficinas y el propio Roy Thomas se había mudado a casi cinco mil kilómetros, a la soleada California, una vez dejó el puesto de editor en jefe en manos de Len Wein en 1974. Durante los setenta, aquél fue un puesto de atribuciones cada vez más difusas, porque los editores adjuntos acabaron teniendo una notable independencia; de hecho, algunos de los guionistas incluso editaban sus propios comics, como era el caso de Roy Thomas con “Conan el Bárbaro” y las revistas en blanco y negro.

Pero en 1978, Archie Goodwin es relevado del puesto de editor en jefe a favor de Jim Shooter, quien se propuso cambiarlo todo. Quería centralizar la coordinación y producción de todos los comics Marvel bajo un solo techo: el de las oficinas centrales en Nueva York. Durante años, la compañía, con sus muchos guionistas-editores, había carecido de una dirección unitaria y fuerte, lo que provocaba frecuentes retrasos en las salidas de ciertos números y chapuzas en la producción de otros. Shooter creía que su obligación era acabar con el caos y repartir y delimitar todas las responsabilidades de una forma que él pudiera supervisar.

Ello significó acabar con la independencia de algunos veteranos guionistas-editores de Marvel.
Marv Wolfman fue el primero y Roy Thomas sabía que su turno no tardaría en llegar. De hecho, en el momento de renegociar su contrato en 1980, Thomas le dejó claro a Shooter que no trabajaría para Marvel si no tenía control editorial sobre su obra. Una conversación telefónica preliminar con Shooter le hizo pensar que sus demandas serían atendidas y encargó a su abogado que redactara el nuevo contrato. Cuando este llegó a manos de Shooter, sin embargo, rechazó los poderes de editor que le otorgaba el documento, lo que hizo sentirse a Thomas engañado y decepcionado, especialmente porque había tenido que pagar de su bolsillo el asesoramiento del abogado. A continuación llamó a Paul Levitz, editor en jefe de DC Comics, que no se lo pensó en contratarlo para un periodo de tres años.

De todas formas, es posible que la partida de Thomas fuera lo mejor que le pudo pasar a Conan. Tras 114 episodios de “Conan el Bárbaro” y muchísimas historietas para “La Espada Salvaje”, el equipo Thomas-Buscema se había quedado estancado. Cojamos ese mismo número 114 (“La Sombra de la Bestia”, sept. 1980), por ejemplo. Aunque John Buscema y Ernie Chan seguían realizando historietas bastante sólidas narrativa y gráficamente, había claros signos de cansancio. Aún podía encontrarse alguna viñeta sorprendente aquí y allá pero, como sucede con la mayor parte de los artistas al final de sus carreras, sus antiguas capacidades estaban en declive. La intervención de Chan en el acabado final era cada vez más evidente, lo que apuntaba a que Buscema se limitaba a entregar meros bocetos (de hecho, en este número ambos profesionales están acreditados como “ilustradores” al mismo nivel, sin distinguir entre dibujante y entintador). Las poses y el trabajo de figuras de Buscema se repetían y la carencia de detalles en los fondos debía ser suplida por Chan.

Por su parte, Thomas parecía ya haber abandonado cualquier pretensión de contar algo nuevo. Tras tantas peripecias vividas por el bárbaro cimmerio, ya no quedaban trucos que sacar de la
chistera y que pudieran siquiera tener apariencia de novedad. Conan se había enfrentado ya con todas las brujerías, amenazas sobrenaturales y monstruos imaginables. En este episodio, por ejemplo, tenemos un perro gigante y parlante que camina sobre sus patas traseras como un hombre y que resulta ser el receptáculo del espíritu de un brujo maligno que quiere utilizar al cimmerio y a la chica de turno como comida para su cachorro. Naturalmente, Conan, tras correr un poco de aquí para allá, consigue dominar la situación y resolverla a su favor. Sí, el guión estaba razonablemente bien escrito y el dibujo cumplía su función de forma competente… pero no había nada que el seguidor del personaje no hubiera leído ya cientos de veces.

El último número escrito por Thomas fue el 115 (octubre 1980), fue doble y recuperó a la popular Red Sonja para la aventura. Sin embargo, ni Thomas ni Buscema parecían poner ya sus corazones en ello. Thomas escribió una nota de despedida a los lectores destinada a publicarse en ese número postrero, pero Shooter no la incluyó.

De la misma forma que la marcha de Stan Lee en los setenta había supuesto el fin de una época para Marvel, la de Thomas puso punto final a otra. No fue la única pérdida de un buen profesional que sufrió Marvel a raíz del nuevo cambio editorial. Muchos de los que habían contribuido a levantar la compañía y que habían crecido leyendo esos comics, se marcharon, dejando a Marvel carente de una memoria “institucional” que quizá hubiera podido detener o al menos suavizar el abismo creativo que aguardaba tan sólo unos años en el futuro.

Por su parte, y estas alturas, “La Espada Salvaje de Conan” hacía ya algún tiempo que había entrado también en un proceso de fosilización creativa del que parecía difícil escapar. Las ventas seguían siendo buenas, pero precisamente por eso Marvel no tenía alicientes para dotar a su editor con una mayor asignación financiera que
permitiera contratar a autores de cierto peso que aportaran una visión nueva. Éstos, por su parte, veían abiertas las puertas del floreciente mundo de las editoriales independientes, que les reconocían derechos de autor y les otorgaban una libertad creativa inaudita en la industria hasta ese momento y que, desde luego, no encontrarían en un personaje como Conan.

A partir del número 60 (enero 1981), Michael Fleischer pasó a ser el principal guionista de la colección. Proveniente de DC –que por entonces sufrió un severo recorte en su catálogo, forzando a muchos autores a buscarse la vida en otras editoriales-, pronto quedó claro que no estaba a la altura de Roy Thomas en cuanto a compromiso y comprensión del personaje. Interrumpió la continuidad biográfica que hasta ese momento había ido tejiendo cuidadosamente su predecesor y se limitó a ir rellenando la revista con historias autoconclusivas ajustadas a una fórmula predecible por repetitiva en la que a base de agrandar el elemento sobrenatural (monstruos, brujos, criaturas bizarras de todo pelaje) se trataba de disimular lo aburrido de las premisas, el escaso carisma del protagonista y la gris caracterización de los secundarios. Tuvo a su favor, eso sí, que John Buscema y Ernie Chan mantuvieran el tono gráfico de la colección.

Con todo, hay algunas historias de esta etapa que revisten cierto interés, como “La Cosa en el Laberinto” (nº 71, diciembre 1981). Aquí, Conan trabajaba como mercenario para la ciudad corintia de Ezar Bar Q´um (una de las cosas que Fleischer no podía evitar era cargar sus nombres con apóstrofes). Los guionistas de Marvel decidieron que Corintia fuera una especie de confederación de ciudades-estado, lo que les permitía inventarse tantas urbes nuevas como necesitaran para la historia. Esta en cuestión está en guerra constante con su vecina y rival Khumar Rhun. Su rey acaba de morir envenenado, según muchos, por agentes de la ciudad enemiga. El monarca ha dejado el reino en manos de su joven hijo y heredero, el príncipe Nyad, su hermana mayor, la princesa Alissa, y el consejero –de aspecto claramente siniestro- Carnek. Antes de que Nyad tenga la oportunidad de ser coronado, es secuestrado. Conan recibe la misión de rescatar al joven, pero las cosas no son lo que parecen en este juego de intrigas cruzadas… El guión incorpora algo de humor tontorrón (al parecer inevitable en la Espada Salvaje de principios de los ochenta) pero no distrae de lo que es una historia seria y bien narrada sin parecer forzada.

El dibujo de Buscema y Chan está a la altura de sus mejores momentos. Los bocetos del primero
proporcionan la energía, la fluidez de movimientos y el conocimiento y manejo de la anatomía; Chan aporta el barroquismo de su entintado y la atención por el detalle en fondos y personajes, más incluso que en otros episodios: los castillos tienen más pasillos y ventanales, las tabernas más clientes, los monstruos más pústulas… Chan, además, añade aguadas a sus contundentes líneas, aportando aún más matices y texturas.

Pero esa calidad residual no tardaría en diluirse. El cansancio de haberse ocupado tanto tiempo de un personaje y el ritmo de producción hicieron que el dibujo fuera descuidándose cada vez más, tanto por parte de Buscema como de Chan, mientras la editorial se empeñaba en no abordar la necesaria renovación y aportar el dinero que facilitaría la entrada de artistas de calidad. Ni siquiera la participación de gente como Gil Kane, Val Mayerik o Chris Claremont consiguieron levantar el nivel de la serie.

El regreso de Roy Thomas en el número 190 (octubre 1991), tratando de volver a las adaptaciones de los nuevos libros de Conan publicados desde los años ochenta por varios autores, resultó un intento demasiado tardío para una revista en franca decadencia y con los lectores huyendo en estampida desde hacía años. Aunque en general el trabajo de Roy Thomas en esta nueva etapa no estaba a la altura de lo realizado en los setenta, sí superaba con creces todo lo que diferentes guionistas habían ofrecido durante los últimos diez años. Por su parte, un breve regreso del dúo Buscema-Chan evidenció tanto el cansancio de ambos como el desfase que su arte empezaba a acusar respecto a las nuevas corrientes artísticas en el comic-book.

Resulta indicativo de la incapacidad de renovación de la editorial en lo que se refiere a este personaje, que fueran Thomas y Buscema los firmantes de la última historia publicada en la revista antes de su cancelación, en el número 235 (julio 1995). Cancelación en falso, puesto que en realidad fue sustituida por otra, titulada “Conan the Savage”, que era prácticamente la misma revista con otro
título y un número uno en la portada con la esperanza de que ello mejorara las moribundas ventas. Pese a la adición del guionista Chuck Dixon y varios dibujantes (Enrique Alcatena, Tim Conrad, Rudy Nebres, Geof Isherwood), el proyecto no cuajó y se le dio carpetazo con el número 10… de nuevo con una historia escrita por Thomas y dibujada por Buscema.

Algo parecido sucedió en la colección mensual de Conan. Cuando Roy Thomas regresó a Marvel quince años después y se hizo cargo otra vez de los guiones de la colección en el número 240 (enero 1991), ya no interesó a nadie más que a los irredentos fans que durante los años precedentes habían aguantado un infame baile de guionistas y dibujantes a cual más mediocre. Tampoco Thomas era ya el mismo que en los años setenta y con el número 275, publicado en diciembre de 1993, “Conan el Bárbaro” tocó a su fin como comic regular de Marvel.

Lo que diferenció a Conan de otros comics –más que sus hechiceros, monstruos, batallas y entornos exóticos – fue su enfoque y ambición. Enfoque porque se trató -algo inaudito hasta entonces en Marvel- de un auténtico anti-héroe, un protagonista que robaba, se emborrachaba, se acostaba con mujeres y mataba a gente. Y ambición porque Roy Thomas trabajó sobre la
cronología de los pulps originales desde los primeros números, permitiéndose la suficiente flexibilidad y licencias como para construir algo verdaderamente original dentro del mundo del comic book: desarrollar íntegramente la peripecia vital de un personaje literario cuyos principales hitos ya estaban marcados desde los años treinta y cuyos huecos se propuso rellenar de forma coherente. Todos los comics que escribió Thomas podían así encajar sin fisuras en uno y otro momento de la vida de Conan.

A ello también ayudó el que Robert E.Howard escribiera la mayoría de sus relatos de Conan utilizando el mismo molde de “noble bárbaro contra civilización corrupta”, aderezado con monstruos, bellas mujeres y malvados brujos, una fórmula que puede trasladarse con facilidad desde la revista pulp al formato de comic-book de veintitantas páginas. Muchos de los comics de Conan se limitaban a tomar ese puñado de elementos y mezclarlos de forma mecánica y poco imaginativa. Son canciones de un solo acorde, pero pueden funcionar bien siempre y cuando el lector no alcance su punto de saturación. Aunque ya en las primeras ocho páginas se pueda predecir con exactitud qué va a suceder con la mujer, el brujo y el tesoro, muchas de esas historias siguen resultando hoy una lectura entretenida, dinámica y, en el caso de contar con un dibujante de la calidad de Barry Smith o John Buscema, una delicia visual.





3 comentarios:

  1. El problema de Conan, yo me hice el Conan el bárbaro desde nº 1 hasta el último de forum, es que dejó de ser único. Tanto para los lectores como los autores. El éxito lo convencionalizó y así sigue. Es difícil que salga de ahí mientras los protas hoy puedan ser puteros, borrachos, violentos y egoístas e Hibórea siga siendo clichés de principios del siglo XX.

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  2. Tengo que confesar que no he leído lo que Dark Horse ha venido haciendo con el personaje desde hace unos años. Sencillamente, no me apetece volver a leer una versión de una historia que ya disfruté muchas veces. En cuanto al Conan de Marvel, coincido contigo. Se encasilló y nadie supo o quiso renovar lo que se había convertido en un cliché...

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  3. Yo empecé y lo dejé porque es más o menos lo mismo. El fondo es el mismo. De cierta manera se ve que Conan triunfó porque le tocaron 2 dibujantes excelentes: BWS y Buscema, como en DH ni tiene ni va a tener esa suerte es otra razón más para que los veteranos no vean en el nuevo ciclo algo interesante.

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