29 abr. 2016

1989-LA FLAUTA MÁGICA – P.Craig Russell



Adaptar cualquier obra al formato narrativo del comic es una tarea complicada, pero si además esa obra es una ópera, el trabajo requiere una sensibilidad y comprensión de la fuente original muy especiales. De hecho, tan especiales que en el mundo del comic tan sólo Russell ha sido capaz de llevarlo a cabo en múltiples ocasiones y con sobresalientes resultados creativos.



Russell nunca ha abandonado del todo las grandes editoriales, para las que realiza trabajos mayormente alimenticios que le permiten mantener la vertiente de su carrera en la que realmente encuentra satisfacción: obras más complejas, meditadas y personales sobre los temas que le interesan. Esa dicotomía empezó ya a mediados de los setenta, pero fue en 1984 cuando se consolidó con “Night Music” para la editorial Eclipse. Se trataba de una antología de adaptaciones literarias y operísticas (el autor ya había usado el mismo título para una colección en blanco y negro de los primeros trabajos con este planteamiento, publicado por la misma editorial). Incluidos en esta serie estuvieron traslaciones de cuentos de “El Libro de la Selva” y óperas como “Peleas y Melisande” o “Salome”. Es en 1989 cuando aparece “La Flauta Mágica”, dividida en tres volúmenes.

“La Flauta Mágica” fue la última ópera de Mozart y, según se dice, su favorita, puesto que en su lecho de muerte pidió escuchar su música una última vez. Aunque educado en el catolicismo y apoyado por el arzobispo de Salzburgo, durante algún tiempo, Mozart se “convirtió” a la masonería, una organización que promovía un cuerpo filosófico y pseudoreligioso que ensalzaba el racionalismo al tiempo que bebía del misticismo zoroástrico y egipcio. No es de extrañar que la asunción de unas nuevas creencias hallara su reflejo en sus composiciones musicales. Así, lo que en “La Flauta Mágica” es esencialmente una batalla entre el Bien y el Mal, se despoja de cualquier connotación cristiana y pasa a ser una lucha entre la Luz y lo Masculino
(conceptos representados por Sarastro) y la Oscuridad y lo Femenino (encarnados por la Reina de la Noche) en la que se ensalzan los conceptos de unidad y orden.

El joven príncipe Tamino es engañado por la Reina de la Noche, quien le hace creer que su enemigo Sarastro ha secuestrado a su hija, la hermosa Pamina. Tamino jura rescatarla, misión en la cual será acompañado por Papageno, un siervo de la Reina que cumple el papel de contrapunto humorístico y “humano”: es pragmático, amante de los placeres sencillos, leal pero también bastante cobarde. La Reina les entrega dos instrumentos mágicos que les ayudarán en su búsqueda: una flauta para Tamino y unas campanillas para Papageno.

Russell sigue muy de cerca el argumento de la obra y su talento narrativo le permite saltar de una tensa escena de acción o terror a otra claramente humorística sin perder el paso ni dejar que decaiga el ritmo. Por ejemplo, la obertura con la pesadilla de Tamino, está desarrollada en una serie de páginas con seis viñetas cada una rodeadas por un tono negro. Son como instantáneas que capturan la naturaleza fragmentada del sueño y que enlazan suavemente con el momento, más ligero y humorístico, en el que Tamino y Papageno se conocen.

Tratándose “La Flauta Mágica” esencialmente de una obra musical, era preciso de alguna forma trasladar de forma indirecta esa experiencia sonora a las viñetas, una misión nada fácil que Russell consigue prescindiendo de la narración externa mediante cuadros de texto o eliminando incluso los diálogos durante páginas enteras en las que podría utilizarse la ópera como “banda sonora” de las imágenes. También se juega con el ritmo y la composición de página. Aunque las viñetas no representan exactamente el tempo musical de la ópera, sí lo remedan de alguna forma.

La caracterización de los personajes es sobresaliente, ayudando a los lectores a seguir la pista del
confuso reparto que Mozart puso en escena. Pamino y la Princesa tienen un aura de pureza y generosidad, Sarastro irradia, según la escena, poder, serenidad y miedo; y la Reina de la Noche, a la que a menudo rodea de efectos gráficos, suscita misterio y locura. Y cuando el autor debe hacer hablar a los personajes, lo hace adecuando el tono, vocabulario, gestos y expresiones corporales a la personalidad de cada cual: impulsivo y esperanzado para el Príncipe, terrenal y apasionado para Papageno, arrogante y críptico para la Reina de la Noche…

El espíritu teatral de la obra se traslada a los personajes, que a menudo adoptan poses pomposas, rozando el histrionismo pero sin llegar nunca a caer en él gracias a la elegancia del trazo y composición de Russell. A veces, estos momentos son incluso utilizados para reírse del propio estilo operístico aprovechándose además para resaltar la naturaleza caballerosa pero estúpida de Tamino. Cuando el muchacho exclama con una mano levantada al cielo y la otra sobre su pecho: “¡Yo la rescataré aunque todo el infierno se alce contra mí!”, la siguiente viñeta nos muestra a la
Reina de la Noche bajándole la mano mientras responde algo incrédula: “Muy cierto hijo mío, muy cierto”. La rotulación del texto se utiliza aquí para enfatizar tanto la pomposidad de Tamino como la condescendencia de la Reina. El discurso del príncipe, de acuerdo con su rígido código de conducta y altos ideales, se representa mediante una fuente grande, en mayúsculas y de tamaño uniforme insertos en un bocadillo cuadrado; mientras que las palabras de la Reina, colocadas en un bocadillo alargado, juegan con las formas curvas y decrece en tamaño para simbolizar su indulgencia irónica.

Y es que aspectos del lenguaje del comic a menudo pasados por alto en muchas historias, como el color o la rotulación, están aquí cuidadosamente calculados para apoyar y resaltar el contenido emocional de cada secuencia, de la misma forma que se utiliza la música o la iluminación en las representaciones líricas.

Es preciso destacar también cómo se representan los sonidos propios de cada instrumento. El de la flauta mágica del título es un flujo de notas consecutivas, lineal y continuo. Un buen ejemplo de ello lo vemos en la parte inferior de la página 32, dividido en cinco viñetas rectangulares, las cuatro primeras correspondiendo a un raccord. El paso del tiempo se muestra a través de la figura cada vez más lejana de Tamino y el avance espacial de los animales que le acompañan, mientras
que el bocadillo que encierra las estilizadas notas se extiende por las cuatro viñetas ininterrumpidamente. Por el contrario, las campanillas de Papageno tienen cada una su propio sonido y emite su propia nota, por lo que se representan mediante burbujas de formas y tamaños irregulares, cada una conteniendo una sola nota. Jugando con estos elementos, más la colocación dentro de la viñeta y la posición de unas burbujas con respecto a otras, se sugiere gráficamente la sensación auditiva de volumen, tono y ritmo.

Dicho todo lo cual y aunque soy un gran admirador del arte de Russell y valoro su ambición y disposición a no elegir el camino más fácil, creo que “La Flauta Mágica”, siendo interesante, no es una gran obra. El aspecto gráfico y narrativo es, como he dicho más arriba, impecable. Russell sabe utilizar todos los recursos del comic para trasladar el drama y la musicalidad de la ópera al lenguaje de las viñetas. Pero la historia se antoja demasiado simple, predecible y con unos personajes en exceso esquemáticos y carentes de desarrollo real. La ópera es un género mixto y las historias que narra son más a menudo de lo que se quiere reconocer meros soportes sobre los que levantar un espectáculo que ofrece belleza en los escenarios: vestuario, atrezzo e iluminación, grandes interpretaciones vocales y, sobre todo, música.

Algo parecido ocurre aquí. La historia no es más que una débil excusa para una puesta en escena, en este caso en forma de viñetas, espléndida, en la que P.Craig Russell demuestra tanto su sensibilidad musical como su maestría en los recursos que ofrece el medio. En este sentido, independientemente, del conocimiento o aprecio que se tenga por el material original, “La Flauta Mágica” merece una lectura atenta por parte del lector interesado en el lenguaje del comic, que encontrará aquí toda una clase magistral.

Para amantes de Mozart, claro, seguidores de la obra de Russell, interesados en los comics originales y de factura elegante y todo aquel al que le atraiga el estudio de los mecanismos y recursos del medio.



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