7 ene. 2015

1983-PARTIDA DE CAZA – Pierre Christin y Enki Bilal




El discurso político del guionista francés Pierre Christin siempre me ha parecido algo desconcertante. Sin salir de la serie de álbumes que escribió en los sesenta y setenta, bajo el título genérico de “Leyendas de Hoy”, tenemos en sus primeras entregas, como “El Crucero de los Olvidados” o “El Navío de Piedra” un claro aroma anarco-izquierdista con toques folklóricos. “La Ciudad que Nunca Existió” parece apoyar inicialmente la factibilidad de un régimen utópico igualitario para, en último término, ponerla en cuestión. En “Las Falanges del Orden Negro” los villanos son unos crueles fascistas, pero la izquierda europea es retratada en términos poco halagadores. Y, por último, tenemos “Partida de Caza”, que bajo la forma de un thriller político ofrece una visión demoledora de la trayectoria histórica del bloque comunista europeo en una época en la que el viejo continente se hallaba profundamente dividido, geográfica e ideológicamente, en dos zonas bien distintas.



La historia está protagonizada por un grupo de viejos líderes comunistas de diferentes países de la órbita soviética, ya retirados o caídos en desgracia. Todos ellos son convocados a un coto de Polonia para participar en una partida de caza organizada por el presidente del Soviet, Vasili Aleksandrovich Chevchenko, patriarca del mundo comunista que luchó junto a Lenin y que, aunque retirado de la vida pública activa, sigue conservando un enorme poder e influencia. Sintiendo próximo el final de su vida, reúne a sus protegidos del pasado y del presente para lo que puede ser su último encuentro social. Allí acude también un joven militante francés políglota cuya labor es la de servir de intérprete. El muchacho tendrá la oportunidad de vislumbrar el poco edificante trasfondo de la política del bloque soviético sin sospechar el involuntario papel que sus despiadados patronos le reservan en una cacería cuya presa no va a ser la esperada…

Aunque al principio he descrito la obra como un thriller, en realidad ni tiene el ritmo ni la tensión normalmente asociada a ese género. Es más, “Partida de Caza” apenas tiene acción –al menos, del tipo que solemos esperar en un thriller-, constituyendo más bien un recorrido por una parte fundamental de la historia europea reciente. Prácticamente todo el álbum –con la excepción de las dos cacerías que se celebran a lo largo de la trama- consiste en personajes hablando y recordando viejos tiempos. Sin embargo, la profundidad de los personajes y el contenido subyacente de todos sus diálogos y rememoraciones es excepcional.

En “Las Falanges del Orden Negro”, anterior colaboración del dúo Christin-Bilal, se examinaba cómo el pasado irrumpía en el presente obligando a sus peones a repetir la misma tragedia de antaño. De una forma muy similar, “Partida de Caza” nos presenta a un grupo de ancianos marxistas que vuelven a embarcarse en el mismo juego de mentiras, subterfugios y asesinatos con el que han convivido siempre; y también con el fin de siempre: manipular el presente a su conveniencia para moldear el futuro, sin importar las víctimas que ello depare.

Lo que Christin nos cuenta en este álbum son dos cosas, diferentes pero indisolublemente
unidas. Por una parte, la sustancia con la que se construyó el bloque comunista desde sus inicios; por otra, y al mismo tiempo, la vida del veterano Vasili Alexandrovich. Y ambas historias se narran a través no sólo de los recuerdos del veterano comunista, sino de los de sus compañeros de cacería. Chevchenko vivió la Revolución de primera mano, sobrevivió a las purgas de Stalin, la Segunda Guerra Mundial, los amagos de revolución en los países satélite y los intentos de reflotar ideológica y económicamente un sistema abocado a la desintegración. Creó dictadores, hizo caer gobiernos y, literalmente, moldeó la historia del siglo XX. Es el símbolo viviente del ideal comunista, un marxista comprometido que cree en la maleabilidad del proceso histórico.

Resulta metafórico que una parálisis facial le haya privado no solo del habla, sino de la capacidad de transmitir corporalmente cualquier tipo de emoción. Aún así, su silencio y su gesto impasible resultan más turbadores que cualquier palabra. Es más, aunque Chevchenko no puede hablar, es el que más tiene que decir. Su mente arde de recuerdos que le acosan tanto
en sueños como en vigilia. Son evocaciones de momentos de su vida que le atormentan: traiciones, engaños, tragedias y frustraciones que ha sufrido o infligido a lo largo de toda su larga vida. Entre los muchos fantasmas del pasado, le acosa especialmente la imagen de su único amor de juventud, Vera Tretiakova, una entregada activista que pereció sacrificada al altar de la pureza ideológica en las purgas estalinistas de los años treinta. Y, sin embargo y a pesar de toda la sangre derramada que ahora regresa para angustiarle, no ha dejado de pensar en la validez de sus actos. Lamenta las consecuencias que tuvieron sus decisiones, pero no las decisiones mismas. Y por ello ahora está dispuesto a crear historia por última vez.

Algo parecido ocurre con varios de sus colegas, pertenecientes a dos generaciones de dirigentes comunistas. Por un lado, la vieja guardia, que luchó contra los nazis, participó en las luchas de poder de la posguerra y asumió a su pesar la responsabilidad de sucesivos fracasos. Todos ellos están dominados por la figura paternalista y al tiempo autoritaria de Chevchenko (cuya actitud hacia sus “protegidos” equivale a la adoptada por la Unión Soviética sobre sus
países satélite). Todos estos hombres están versados en el arte de la mentira, el engaño y la traición. Por otra parte, una hornada de dirigentes más jóvenes y en ascenso, encarnada por el supuesto sucesor de Chevchenko, Chavanidze, y en menor medida el tecnócrata alemán Günther Schütz. Son individuos fríos y ortodoxos que se empeñan en mantener vivo el espejismo que para los demás hace tiempo se esfumó, pero que carecen de la experiencia que constituye el sólido nexo de unión mutua de los más ancianos, quienes los desprecian y ningunean a base de ironías e indirectas.

Estos últimos son individuos descreídos, frustrados y rendidos al cinismo. Procedentes de Bulgaria, Polonia, Hungría, Alemania Oriental, Rumanía o la República Checa, todos ellos le deben a Chevchenko no sólo su antigua posición y privilegios, sino su misma supervivencia cuando su posición política, por una razón u otra, se vio comprometida. Sus conversaciones -plagadas de sarcasmos, pullas y dobles sentidos-, y recuerdos nos ilustran sobre el papel que cada uno de ellos tuvo en la construcción del mundo comunista, su asociación con Chevchenko y el ulterior desengaño que cayó sobre ellos. Es ese sentimiento de haber sido devorados y apartados por el sistema que ayudaron a levantar, lo que les lleva a acudir a la reunión para ayudar a Chevchenko a realizar un acto que puede cambiar la Historia…

Uno de los temas que Christin examina aquí es la imposibilidad de la utopía, algo sobre lo que ya había reflexionado en “La Ciudad que nunca Existió” y que también constituiría un argumento más o menos central de varios álbumes de su serie de ciencia ficción “Valerian”. En el caso de “Partida de Caza”, lejos de fantasías y divagaciones, el guionista examina las consecuencias que sobre unos individuos antaño poderosos ha tenido el fracaso de la utopía marxista. Esos personajes, lejos de ofrecer a sus semejantes un paraíso social y económicamente igualitario capaz de satisfacer las necesidades de sus habitantes, ayudaron a construir crueles dictaduras, defendieron ideologías intransigentes y pusieron en marcha economías inoperantes, acabando por encastillarse en gerontocracias sólo interesadas en mantener sus privilegios a toda costa.

Las últimas páginas de “Partida de Caza” no nos lo ofrecen todo masticado y deglutido, sino que solo lo sugieren. Escritores menos capaces habrían optado por un final más directo, incluyendo algunas líneas que explicaran las razones por las que Vassily Alexandrovich Chevchenko termina haciendo lo que hace, cómo se ve a sí
mismo y los actos que ha llevado a cabo en su vida. No es necesario, y de la misma forma que los pueblos de las naciones que esos hombres crearon nunca llegarán a conocer los turbios secretos sobre los que se alzaron sus dirigentes, el lector tampoco tiene acceso a la mente del patriarca de todos ellos. Es más, si el propio Chevchenko no revela a sus más allegados la verdadera naturaleza de sus sentimientos, no resultaría adecuado descubrirla ante los lectores.

En realidad, no se puede decir que los personajes de “Partida de Caza” sean particularmente memorables o que desplieguen una personalidad cautivadora. El propio traductor francés, que en su papel de espectador occidental ajeno inicialmente a las intrigas que le rodean debiera servir como nexo de unión con el lector, es un personaje plano que se limita a observar y reaccionar a lo que se le dice. Pero no importa demasiado, porque a pesar del meticuloso currículo de todos los participantes que Christin aporta como anexo al álbum, no estamos ante una historia de personajes, o al menos de personajes singulares. Christin los perfila lo suficiente como para que puedan desempeñar su función de testigos genéricos de su época, permitiéndose, eso sí, adornar a alguno con ciertos toques característicos, como el negro humor del polaco o la zafiedad del búlgaro. Pero aparte de su evidente y continuamente verbalizada amargura, poco más se puede decir de esos personajes a nivel emocional o psicológico.

Es cierto, no obstante, que hubiera sido imposible retratar con minuciosidad a un elenco tan amplio como el que participa en esta trama en el espacio de un solo álbum, así que Christin opta sabiamente por reservar casi toda la caracterización para Chevchenko, tarea nada sencilla si tenemos en cuenta que se trata de un personaje mudo e inexpresivo al que sólo podemos acceder a través de sus recuerdos.

Por otra parte, la ausencia de peligro, tensión o acción hace que el lector deba realizar una lectura atenta y pausada, dispuesto a fijarse en los detalles y asimilar la abundante información que se le brinda. En este sentido, hay un aspecto que estimo fundamental a la hora de abordar este álbum. En el momento de su publicación original (serializada en la revista “Pilote” entre 1981 y 1983 previo paso a su edición en álbum por Dargaud), esta historia era un comentario sobre la actualidad. Hoy se ha
convertido en un documento histórico, tal y como atestigua el capítulo final que los autores añadieron en 1990 y en el que reflexionaban en retrospectiva sobre los acontecimientos narrados en el álbum con el nuevo punto de vista que aportó la caída del Muro de Berlín en 1989.

Los lectores que leyeron esta historia por primera vez a comienzos de los ochenta estaban bien familiarizados con una serie de palabras, entidades y conceptos con los que el mundo llevaba medio siglo conviviendo: Politburó, Telón de Acero, KGB, COMECON, Muro de Berlín, Pacto de Varsovia, Guerra Fría… Hoy, transcurrido un cuarto de siglo desde la caída del sistema comunista en Europa, existe ya toda una nueva generación para la que aquella época no son recuerdos, sino Historia. Y quizá, para que estos “nuevos” lectores puedan entender plenamente la riqueza documental y los detalles biográficos e históricos que Christin introduce en la trama, sea necesario cierto estudio previo del auge y declive de las dictaduras comunistas del viejo continente. Si no media un interés por nuestra historia europea reciente, la lectura de este álbum puede oscilar entre lo aburrido y lo incomprensible según el grado de conocimiento de la cuestión de quien lo aborde.

Desde la década de los setenta, el minucioso y meditado arte de Bilal aportó un matiz distintivo y propio de la Europa oriental al panorama historietístico francés. Y, por supuesto, esto resulta más que adecuado en este álbum. No hay absolutamente nada en el argumento que pueda relacionarse con la ciencia ficción o la fantasía y, sin embargo, Bilal consigue empapar las escenas de su peculiar e inconfundible sentido de lo simbólico. Los ancianos protagonistas muestran ese aspecto tan propio del estilo del dibujante, a mitad de camino entre lo realista y lo surreal, con rostros pétreos, ajados y llenos de arrugas, reflejos de una vida llena de vaivenes y trances, figuras que parecen especialmente frágiles en el duro entorno natural en el que se desenvuelven.

Bilal utiliza el color como herramienta narrativa, pero
no se limita a complementar la historia de Christin, sino que le añade nuevos significados y aporta la necesaria e intensa carga emocional a un relato que apela principalmente al intelecto. Conforme avanza la historia, los recuerdos de Chevchenko aumentan su iconografía simbolista, introduciendo en la realista narración de Christin un tono onírico que, contra lo que pudiera parecer, no desentona en absoluto. Así, las imágenes y pasajes que rememora el viejo líder se plasman en amarillos y ocres, lo que remite al papel de periódico deslucido por el tiempo. Pero también incluye en éstas, excelentemente dosificado, el rojo intenso que destaca en los símbolos comunistas y en detalles dispersos del fondo, tornando escenas inicialmente inocuas en imágenes espeluznantes, como la que transcurre en los baños de Budapest, cuya agua se transforma en sangre, los surtidores en criaturas de pesadilla y los bañistas en víctimas al conocerse la purga que Chevchenko va a realizar en la élite política del país.

En los pasajes que transcurren en el presente, la iconografía alegórica se funde con igual efectividad y belleza en el entorno realista: los decorados aparecen retratados con una textura que destila un cansancio y decrepitud en perfecta sintonía con el espíritu de la obra; el óxido del tren, la decadente fachada de la casa, las habitaciones de aspecto lúgubre con muebles desportillados… incluso los árboles del bosque muestran en sus troncos cicatrices y heridas que aluden a las que afligen a los protagonistas. Y todo ello rodeado por un invierno gélido, melancólico, acentuado por el velo translúcido y blanquecino que parece cubrirlo todo. Bilal se mueve sin dificultad entre el pasado y el presente, fundiendo ambos con un efecto moderadamente alucinógeno.

Desde el punto de vista argumental, “Partida de Caza” es una reflexión lúcida y bien
documentada sobre uno de los periodos más importantes y trágicos de la historia reciente, sobre la construcción y destrucción del mundo comunista, la relación de amor-odio que la Unión Soviética mantuvo con sus vecinos y “aliados” y el efecto corruptor y desmoralizador del poder. Un ejemplo impecable de cómo concentrar una historia compleja y repleta de sutilezas argumentales en un número limitado de páginas. Desde la perspectiva gráfica, nos encontramos ante uno de los mejores trabajos de Enki Bilal, quizá el último antes de que su afán experimentador le llevara a terrenos donde los resultados obtenidos serían mucho menos satisfactorios.

No hay comentarios:

Publicar un comentario