12 ene. 2015

1982-LOBEZNO: HONOR – Chris Claremont y Frank Miller




Puede que hoy resulte difícil de creer, pero a finales de la década de los setenta y principios de los ochenta del siglo pasado, Lobezno, el personaje más popular de los ya muy exitosos X-Men y una estrella en meteórico ascenso del Universo Marvel, no tenía su propia colección.

Eso cambiaría, claro. Y para peor. Llegó un punto en el que la editorial se lanzó sin rubor a exprimir la gallina de los huevos de oro poniendo en el mercado un torrente de mediocridad que incluía varios títulos mensuales con su nombre además de un sinnúmero de miniseries y apariciones como invitado en otras colecciones, dobletes en varios supergrupos (X-Men, Vengadores) y, a la postre, su propia franquicia cinematográfica.



Lobezno había sido presentado originalmente como villano en 1974 dentro de la colección de Hulk antes de ser integrado por su creador, Len Wein, en los X-Men un año después con ocasión de la inauguración de la nueva etapa de la colección con Giant-Size X-Men nº 1. Chris Claremont tomó casi inmediatamente las riendas del título, al que se unió John Byrne unos años después. Ambos terminaron de perfilar lo que al comienzo no había sido más que un personaje con buenas posibilidades. Los lectores aprendieron que Lobezno era un superhéroe canadiense cuyos poderes incluían sentidos agudizados y la capacidad para curar rápidamente cualquier herida. Lo único que se sabía de su oscuro pasado era que había servido como agente gubernamental de Canadá y que en algún momento se había sometido a un procedimiento médico que había recubierto su esqueleto de una capa de adamantium, un metal indestructible. En la misma operación se le injertaron dos juegos de garras retráctiles, tres en cada brazo, que se extendían desde la parte superior de sus manos. De carácter arisco y reservado, no revelaba información de sí mismo si no le preguntaban: sus compañeros, por ejemplo, tardaron años en saber que hablaba con fluidez el japonés.

Durante esta etapa a caballo entre los setenta y ochenta, Lobezno emergió como el personaje más popular del equipo de mutantes. Sin embargo, los editores se contentaban con dejarlo en las filas de los X-Men y llevarlo a protagonizar esporádicas apariciones en títulos mixtos como “Marvel Team-Up” o “Marvel Two-In-One”. ¿Por qué no se le otorgó su propio título? Especialmente, teniendo en cuenta que Claremont se hallaba en el mejor momento de su trayectoria como guionista…

Quizá la causa hubiera de buscarse en el propio personaje. No se puede decir que Lobezno fuera el más complejo de los superhéroes. Según Joss Whedon, funcionaba mejor en pequeñas dosis e integrado en un grupo que le permitiera definirse por contraste con los demás. El origen de su popularidad entre los lectores provenía precisamente de ese contraste: su problemática actitud, cinismo, inclinación a la violencia y espíritu solitario lo hacían destacar no sólo entre sus compañeros de equipo, sino entre todo el catálogo superheróico. No es que Claremont lo presentara como un antihéroe, pero sí como un individuo proclive al exceso. A ello se añadía un pasado lleno de lagunas y sorpresas que contrastaba con los bien establecidos orígenes de casi todos los demás.

El problema residía en que su propio comportamiento psicótico, fuente de los súbitos estallidos
de violencia que podía dirigir tanto contra amigos como enemigos, resultaba excesivamente limitador para un guionista. Era necesario hallar una historia que permitiera adoptar un nuevo enfoque. Y aquí entran en escena Claremont y Frank Miller, que en el curso de un viaje que realizaron juntos de regreso de la Convención de Comics de San Diego, trazaron las que serían las líneas maestras de un nuevo Lobezno, trasladadas a continuación a una miniserie de cuatro números publicada en 1982. Dicha miniserie está hoy considerada como una de las mejores de la Marvel de los ochenta, y en ella encontramos las bases de buena parte de la caracterización definitiva del personaje, explotada hasta la saciedad por otros autores en las siguientes tres décadas.

En la colección regular de los X-Men Claremont había presentado un posible interés romántico para Lobezno, la joven heredera Mariko Yashida, descendiente de una familia noble y de carácter fuertemente tradicional. Al comienzo de la miniserie, Lobezno se encuentra con que Mariko ha abandonado el puesto que desempeñaba en la embajada de su país en Nueva York para
regresar inesperadamente a Japón. Todas las cartas del héroe han sido devueltas sin abrir y sus esfuerzos por contactar con ella no le llevan a ninguna parte. Irritado, Lobezno coge un vuelo a Japón para averiguar qué sucede.

Y lo que se encuentra es que Mariko ha sido prometida en matrimonio a un maltratador hombre de negocios a instancias de su padre, Shingen, un poderoso yakuza obsesionado por la tradición. Aunque Lobezno se resigna inicialmente a aceptar la situación, Shingen se siente ofendido porque un extranjero pretenda conquistar a su hija –y que, para colmo, ésta le corresponda-. Deseando rebajar a Logan ante los ojos de Mariko, lo reta a un combate. Engañado y drogado, Lobezno es dominado por Shingen ante los ojos de Mariko que, impresionada, ve la cara más salvaje de su amado y piensa que es un individuo carente de honor.

Malherido, el mutante es abandonado en las calles de Tokio, donde le salva la vida Yukio, una asesina mercenaria que se enamora del lado más salvaje del caído héroe. Ambos inician una relación con tintes autodestructivos que se interrumpe cuando muere un policía amigo de Lobezno y éste descubre la identidad del verdadero patrón de Yukio: Shingen. El héroe deberá
pasar por su propio infierno personal para experimentar lo que significa luchar por algo más que uno mismo. Se enfrentará a los ninjas de La Mano, los guardaespaldas de Shingen y al propio jefe yakuza en combate singular para impedir sus planes de convertirse en el señor de los bajos mundos, pero sobre todo para recuperar el amor perdido de Mariko y restaurar su honor.

La novela “Shogun”, de James Clavell, fue publicada en 1975, el mismo año en que Claremont se convirtió en el guionista regular de los X-Men. Se trata de la historia de un recio occidental llamado James Blackthorne que se involucra en las intrigas entre samurais y señores de la guerra del Japón feudal tras naufragar allí en el siglo XVII. En el curso de sus peripecias, Blackthorne adquiere un profundo respeto por la cultura y tradiciones niponas, iniciando una relación sentimental con una mujer llamada Lady Mariko.

Ya hemos mencionado que Claremont presentó por primera vez a su propia Mariko como posible interés romántico de Lobezno en el nº 118 de los X-Men, por lo que es muy probable que el guionista hubiera estado acariciando la idea de usar al personaje de “Shogun” como modelo para su carismático héroe desde al menos 1978. Fue precisamente a Mariko a quien el héroe confesó por primera vez su auténtico nombre, Logan, que en inglés guarda cierta similitud sonora con Shogun. Posteriores episodios, como el 148, reforzarían la conexión de Lobezno con Japón. No es de extrañar por tanto que, cuando Claremont y Miller conversaran sobre un posible proyecto centrado en Lobezno, el país nipón se convirtiera en la clave tanto de la historia como del personaje. Y es que Frank Miller, que a la sazón se estaba labrando una gran reputación gracias a su trabajo como autor completo en Daredevil, sentía también una fascinación por la cultura japonesa que había ido reflejándose en varios elementos presentados en esa colección.

La etapa de Chris Claremont en los X-Men no ha sido aún superada en el ámbito de la ya amplísima franquicia mutante. Aunque no ha recibido el reconocimiento de otros guionistas, como Alan Moore o el propio Frank Miller, Claremont tuvo una enorme influencia en la forma en que otros escritores abordaron la serialización de historias de larga duración en colecciones
regulares. Él mismo supo incorporar en sus comics, manifiesta o sutilmente, referencias a las obras de otros autores a los que admiraba. Así, en la parte final de su estancia en las series “X”, tomó un camino deconstruccionista con tintes geopolíticos que bebía del trabajo de Alan Moore en “Watchmen”; Júbilo, por su parte, fue un cariñoso homenaje al intrépido Robin femenino de “The Dark Knight Returns”; e incluso rediseñó a Mariposa Mental para que se asemejara a la Elektra de Frank Miller, haciendo que La Mano la adiestrara como ninja y dándole un uniforme azul que recordaba al de la antigua amante de Daredevil.

No es de extrañar por tanto que Claremont reconociera ya entonces el talento de su joven colaborador e incorporara las ideas propuestas por él para desviar a Lobezno en una dirección muy diferente a la que se había mostrado en su primera aparición años atrás en The Incredible
Hulk. El mismo protagonista parece estar de acuerdo cuando en un momento dado de la historia dice: “Es temible, de acuerdo. Pero, ¿cuál es la alternativa?…El estancamiento, la forma más terrible de morir…porque atañe al espíritu”. En un medio tan proclive al estatismo como es el del comic-book, hay que admitir que Claremont supo hacer avanzar a sus personajes. En “Lobezno: Honor”, el héroe tiene lazos tanto con el particular universo que Miller desarrolló para Daredevil (los ninjas de La Mano, el bar gemelo de Josie´s en el comienzo, los contundentes textos de Lobezno, el tono de serie negra…) como con los X-Men (en cuyas páginas el héroe participaba y en las que había conocido a Mariko). Además, la historia combina el que se convertiría en el tema central de la obra de Miller –la caída y el resurgir del héroe- con la recargada y excesiva prosa característica del estilo de Claremont, llena de referencias anacrónicas al honor y la nobleza.

Pero desde luego, el legado más duradero que la miniserie dejó en Lobezno fue la conexión que
estableció entre él y la cultura japonesa. “Logan, tú eres más japonés que cualquier occidental que haya conocido”, le dice su amigo Asano Kimura. Es una bella metáfora en tanto que Claremont relaciona al personaje principal, luchando contra sus instintos más primarios en un intento de superarse y ser digno de Mariko, con la dicotomía inherente al propio país donde transcurre la aventura.

Japón tiene una larga historia militar. Hoy cada vez queda más lejana, pero en 1982 aún vivían allí muchas personas que habían conocido de primera mano la Segunda Guerra Mundial. Era una nación que se enorgullecía de su larga historia militar; una historia que la cultura popular ha simplificado hasta reducirla a los samurais y los ninjas. La sociedad japonesa, sin embargo, experimentó un cambio radical tras aquel conflicto. El ejército fue sustituido por una “Fuerza de Autodefensa” y los japoneses, traumatizados por los sufrimientos que habían experimentado, viraron hacia el antimilitarismo, un sentimiento que aún perduraba en el momento de publicarse el comic que nos ocupa.

Claremont -no sin caer en ciertos anacronismos y tópicos- introduce en la historia esa contradicción íntima y fundamental del espíritu japonés. “Nuestra familia es tan vieja como la del Emperador, con derechos legítimos al trono”, le dice el padre de Mariko a Lobezno; pero esa alusión a la tradición, queda compensada con su propio pragmatismo cuando a continuación reconoce: “Pero lo olvido. Vivimos tiempos en los que tales preceptos son tan efímeros como el rocío de la mañana”.

No importa cuán pacífica pueda parecer, “la tierra del Sol Naciente” siempre será asociada a sus grandes guerreros, arquetipos icónicos que se aferran a sus códigos de honor en un intento de enmascarar el salvajismo del combate y el asesinato con civilizados juramentos y preceptos. Esa será la clave del nuevo Lobezno: controlar, justificar y hasta dignificar su violencia natural mediante la autodisciplina inherente a un código del guerrero, el bushido, contra el que se rebela su propia naturaleza. Logan se refiere a ello durante una representación de los 47 Samurai, murmurando: “Era una historia sobre el honor, la lealtad y la determinación de los samuráis para cumplir con su deber hasta el final. Eso engloba todas las cualidades que los japoneses más reverencian de su carácter y herencia nacionales”.

He ahí la clave de la importancia de esta miniserie: por primera vez se examinaba el interior
del personaje, convirtiendo lo que había sido un vacío en un lastre emocional lleno de posibilidades. Con anterioridad a esta aventura, Lobezno era un verso suelto cuya misión consistía en energizar las escenas de acción. Después, siguió siendo brusco y violento, pero compensado por un sentido de la justicia que le hacía avergonzarse de algunos episodios de su pasado. Esa dinámica lo convirtió en el X-Men más sólido del grupo y no tardó mucho en pasar a ser la espina dorsal del equipo. Hoy, Lobezno es, junto a Spider-Man, el personaje más famoso de la editorial y las propias películas protagonizadas por Hugh Jackman –especialmente la segunda- le deben mucho a esta miniserie.

Hay algo trágico en la historia que nos cuenta esta miniserie. Lobezno lucha por cambiar y se puede ver una extraña nobleza en sus intentos para mejorar, especialmente teniendo en cuenta su sórdido pasado –como mencionaba, sólo sugerido- y sus violentas inclinaciones. Sus esfuerzos por resolver el conflicto que se le presenta se sienten sinceros: elegir entre dos mujeres que representan las caras opuestas de su propia naturaleza interior: la bella y serena Mariko, y Yukio, que alienta y satisface sus instintos más primarios.

Deberías haber matado a esos hombres”, insiste Yukio después de que Lobezno los deje fuera de combate. Y aunque éste le contesta, “Matarlos no tiene propósito práctico alguno”, en el fondo la comprende, quizá porque también se le ha ocurrido a él. Como la Elektra que Frank Miller creó para Matt Murdoch, Yukio representa el lado oscuro del héroe, la chica mala, la mujer fatal; “Mujer sanguinaria” piensa Lobezno, “Me recuerda a mí. Tal vez por eso me gusta”.

A pesar de su ambientación y referencias a las tradiciones niponas, “Lobezno: Honor” es igualmente hijo de la cultura pulp occidental. No resulta difícil imaginar en el papel de Lobezno a un joven Clint Eastwood interpretando su característico “héroe sin nombre” de las películas de Sergio Leone. Al fin y al cabo, muchos de los westerns más famosos fueron en realidad adaptaciones de películas clásicas de samuráis: “Los Siete Magníficos” lo eran de “Los Siete Samuráis” y “Por un puñado de dólares” trasladaba al Oeste la historia de “Yojimbo”. “Lobezno: Honor” recoge todos esos lugares comunes y convenciones del género y los enfoca de una forma que podría denominarse posmoderna. En este sentido, hay una magnífica escena en la que Lobezno persigue a Yukio, por el Tokio nocturno: Miller dibuja las siluetas de la pareja de guerreros,
equivalentes a un samurái y un Ninja, contra las luces de neón de la futurista capital. El Lobezno de Claremont y Miller es, después de todo, una demostración de los fuertes lazos que unen a la ficción pulp americana y japonesa.

Es también interesante la forma en que Claremont y Miller pulsan la esencia del personaje sin recurrir al gran número de clichés y atajos que muchos comics posteriores utilizarían sin medida. Lobezno es un personaje dramático, pero no traumatizado; se sugiere el misterio de su pasado, pero no se insiste en ello ni condiciona el desarrollo de la historia.

Asimismo, resulta destacable la vulnerabilidad de Lobezno en relación a lo que hemos ido viendo estos últimos años. Aquí, el héroe es apaleado, envenenado, cortado con espadas y atravesado por flechas. Su factor de curación le sana, sí, pero no tan fácilmente como hoy se da a entender. En el primer episodio, por ejemplo, recibe una paliza casi letal propinada por Shingen, un hombre diestro en la lucha pero anciano al fin y al cabo, con una espada de madera. Con posterioridad, los comics de Lobezno nos lo han mostrado repetidamente incinerado o con la carne y los órganos arrancados hasta dejar solo el esqueleto de adamantium… sólo para regenerarse poco después. Nada menos grave que un apocalipsis parece una amenaza seria para la integridad física de Lobezno. Es como si esa indestructibilidad lo hubiera hecho indiferente al dolor, haciendo que el lector se sienta igualmente insensible hacia los peligros que arrostra. El Lobezno de Claremont y Miller es, en cambio, vulnerable: ha de esforzarse para vencer a unos ninjas, puede sentir dolor y hasta morir, lo que fortalece la tensión dramática y aumenta su atractivo como personaje.

Por su parte, el villano, aunque no sea un prodigio de caracterización, sí que está algo más
elaborado de lo que solía ser la norma en los comics superheroicos del momento. Claremont se esfuerza por añadirle una capa extra de profundidad más allá de la difusa y reiterativa ansia por conquistar el mundo. Shingen está movido por su búsqueda de poder, prestigio y riqueza, pero también por su tradicional visión de la familia y el honor. Igualmente difíciles de compatibilizar son las motivaciones de Yukio, que como sicaria profesional orgullosa de su propia eficacia debe seguir las órdenes de su patrón, pero al mismo tiempo se siente atraída por Logan.

Miller era entonces uno de los mejores narradores gráficos del medio, pero ni entonces ni ahora podría calificársele de gran dibujante. Su estilo de dibujo es burdo y poco acabado y sus páginas suelen ser tacañas en fondos y ambientación general. Cierto que en ocasiones eso juega a su favor, obteniendo planchas minimalistas de notable claridad; pero en otras ocasiones se echan en falta elementos que ayuden a situar la acción geográfica o temporalmente, o bien detalles que contribuyan a humanizar la habitación de una casa, por ejemplo.

Lo que ocurre es que sus carencias como dibujante quedan compensadas por su talento narrativo y el ritmo que impone a la historia, demostrando una originalidad poco habitual entonces en lo que se refiere la composición de página y viñeta. Aún más, Miller debe ser el único dibujante capaz de mantener el ritmo narrativo sin dejar que le aplasten los excesivos textos que Claremont incluye en cada página, ya sean descriptivos o de diálogo. El dibujante sabe integrarlos bien en la página, dejando los espacios adecuados y permitiendo que sirvan de contrapunto gráfico al dibujo. Miller no llena de viñetas toda la plancha, sino que se permite dejar espacios en blanco que acentúan la composición y le permite realizar montajes simétricos a doble página.

Especialmente destacables son las escenas de acción y, concretamente, los combates, para los que asume el estilo del dibujante japonés Goseki Kojima: descompone la secuencia en múltiples paneles y el lector tiene la impresión de estar contemplando el storyboard de una película más que un comic book. No hay abuso de onomatopeyas o absurdos gruñidos emitidos por los personajes al estilo de “¡Ugh!” o “¡Yah!”, solo mandobles de espada y bloqueos, fintas y ataques perfectamente coreografiados.

“Lobezno: Honor” no es perfecto. Claremont, como he mencionado, tiende a sobrecargar de
textos sus historias -aunque esto en su época no era necesariamente un defecto sino un estilo habitual entre muchos guionistas-. El subargumento en el que el protagonista es manipulado para que asesine a un enemigo de Shingen es tan bizantino que resulta increíble y el villanesco marido de Mariko es un personaje absurdo, sin papel y totalmente desaprovechado. El dibujo puede antojarse en ocasiones poco estilizado y tosco… Pero no importa, porque la perfección no es un requisito necesario para alcanzar la categoría de clásico.

Más de tres décadas después de su publicación original, no sólo sigue siendo una lectura ágil, amena e interesante sino que todavía se la considera la historia definitiva de Lobezno. Y aunque no se cuenta entre los mejores trabajos de Claremont o Miller, sí recoge algunas de las principales habilidades de ambos para tejer una historia sencilla al tiempo que dramática en la que caracterización y acción se hallan perfectamente equilibradas.


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