30 dic. 2014

1974-OMAC – Jack Kirby




El periodo que Jack Kirby pasó en DC Comics tras abandonar Marvel en 1970 no fue lo que él esperaba. Se le había otorgado libertad creativa absoluta y control editorial sobre sus colecciones. Sin embargo, su principal proyecto, los Nuevos Dioses, había resultado ser un gran experimento fallido al que el público dio mayormente la espalda. Su innegable capacidad para idear conceptos y personajes de talla épica era pareja a su falta de desarrollo dramático en el ámbito íntimo de sus personajes y la crónica carencia de norte argumental.



En el seno de Marvel y en compañía de Stan Lee, Kirby había revolucionado el género superheróico durante los sesenta, pero su propia obra había acabado sobrepasándole en manos de autores a los que había servido de modelo y referencia. Los lectores de los setenta, ya habían podido disfrutar del "Deadman" de Neal Adams; o el "Green Lantern/Green Arrow", también de Adams con guión de Denny O´Neil; "La Cosa del Pantano" de Len Wein y Bernie Wrightson o el "Conan" de Roy Thomas y Barry Smith, obras todas ellas muy sofisticadas tanto temática como gráficamente (por no hablar del dinámico movimiento underground, con figuras como Robert Crumb o Richard Corben). De repente, Kirby y sus epopeyas cósmicas de argumentos ramplones parecían anticuadas y repetitivas. Desilusionado, su última obra para DC antes de regresar a Marvel en 1975 fue OMAC.


En un futuro lejano, sólo la Agencia Global de Paz separa a los ciudadanos del azote del crimen. Como sus pacifistas miembros tienen prohibido involucrarse en combates de ningún tipo, deciden crear el guerrero definitivo que les sirva de agente de campo y reparta los puñetazos por ellos -una actitud ciertamente hipócrita con la que Kirby no parecía sentirse incómodo-. Así que eligen a un don nadie que trabaja para una siniestra corporación
que fabrica "pseudogente", Buddy Blank (Blank significa "vacío") y lo transforman utilizando "cirugía electrónica" en un superhombre de impresionante aspecto. Ha nacido OMAC (acrónimo de One-Man Army Corps, Ejército de Un Solo Hombre), una auténtica máquina de combate sin pasado ni vida privada y cuya única razón de ser es cumplir las misiones que se le asignan. OMAC es virtualmente invulnerable e indestructible gracias a su particular ángel de la guarda: Hermano Ojo, un satélite con inteligencia artificial, que lo protege de cualquier peligro, lo reconstruye molecularmente si es necesario y le proporciona toda la fuerza que requiera la situación.

En realidad, OMAC no era precisamente un personaje nuevo. Veamos: El mundo está al borde de la destrucción y un joven alfeñique es elegido para someterse a una transformación radical, un experimento que le convertirá en un supersoldado con la habilidad de enfrentarse a los perversos ejércitos de la tiranía y la opresión. Pues sí, se trata del Capitán América, que el propio Kirby y el guionista Joe Simon habían creado allá por los años 40. Los detalles varían (en lugar del suero del supersoldado se utiliza la cirugía molecular; en vez de un escudo como identificación
con los caballeros medievales se introduce una cresta que recuerda a los centuriones romanos), pero la sustancia es la misma. La única diferencia viene determinada por la influencia de los tiempos que vieron nacer a cada uno de los personajes. El Capitán América fue creado para enfrentarse a la amenaza de los nazis; OMAC, treinta años más tarde, tiene otros problemas con los que lidiar: la escasez de recursos, la ciencia aplicada con fines exclusivamente económicos y la pesadilla nuclear. De hecho, OMAC nace como alternativa a la utilización de un ejército que, inevitablemente, acabaría recurriendo a las armas atómicas.

El problema es que el interés del planteamiento se detiene ahí, en unas ideas de partida con buen potencial. Kirby no las desarrolla y se limita a trazar argumentos previsibles que oscilan entre lo absurdo y lo infantil en los que, una y otra vez, se repiten los mismos estribillos: que si el Hermano Ojo cuida de OMAC, que si la cirugía electrónica puede hacer esto o lo otro, la explicación del nombre del protagonista o por qué los operativos de la Agencia de la Paz ocultan sus rostros. OMAC parece tan indestructible como Superman: no importa que lo revienten, ametrallen, quemen o descuarticen; su satélite de la guarda lo reconstruye siempre. Llegado a este punto, Kirby se encontraba claramente desmotivado. “OMAC” se resiente de la obligación contractual que lo forzaba a entregar 15 páginas semanales, páginas que solventaba rápidamente y en las que se daban cita casi todos sus defectos y muy pocas de sus virtudes.

En lo que se refiere a las historias, Kirby nunca se había caracterizado por su sutileza. Sus
personajes eran monolíticos, sus villanos íntegramente perversos y sus historias diáfanos enfrentamientos entre el bien y el mal. Y en OMAC tenemos exactamente eso, pero en grado superlativo, sin matices ni demasiada lógica. La simplicidad de los villanos destila un tufillo infantil: un multimillonario corrupto que alquila toda una ciudad por diversión, dictadores con ínfulas de conquistador mundial, megalomaniacos que roban océanos... todos ellos, intercambiables, carecen de motivos más allá de su maldad intrínseca y una ambición desmedida.

Los más entusiastas del trabajo de Kirby pueden seguir agarrándose a peregrinas interpretaciones para salvar la reputación del maestro -algo que a estas alturas no creo que sea necesario-. Por ejemplo, en un episodio, los "malos" son un grupo de ancianos ricos obsesionados con la inmortalidad que, con ayuda de secuaces, secuestran a hombres y mujeres jóvenes con el fin de utilizar esos cuerpos como receptáculos para sus perversos cerebros. ¿Se trata de un ácido comentario de Kirby acerca del doloroso proceso del envejecimiento? ¿O trata sobre el miedo a la muerte? ¿O del futuro de una sociedad dominada por envejecidos hijos del Baby Boom? Respuesta: nada de todo lo anterior. Es una mera excusa para que OMAC reparta algunos puñetazos y haga que ganen los buenos.

Porque, efectivamente, las situaciones se resuelven siempre a golpes y mamporros sin mediar explicaciones de ningún tipo. Se introducen elementos (como los padres falsos que la Agencia asigna a OMAC, supuestamente para hacerlo más humano) que se dejan aparcados sin llegar a aprovecharlos lo más mínimo. El propio protagonista, embarcado en aventuras de acción sin pausa, es un guerrero monolítico, sin matices, una especie de ser robótico sin personalidad ni encanto con el que resulta difícil identificarse. No dispone de una identidad secreta o un mundo privado al que pueda retirarse y que facilite al lector sintonizar con sus sentimientos, inquietudes o pensamientos. Igualmente, el mundo del futuro en el que combate OMAC carece de desarrollo alguno, es una mera idea que se nos presenta al comienzo de la colección sugiriendo una especie de distopia hipertecnológica y que luego apenas se maquilla con unas insustanciales pinceladas. A medida que el tosco concepto original se desgastó, los episodios pasaron a ser autoconclusivos, meras aventuras de decreciente interés.

Los guiones siempre habían sido el talón de Aquiles de Kirby. De haber contado con un editor
que supervisara su trabajo, le marcara unas directrices y aportara coherencia al conjunto, OMAC podría haber mejorado notablemente su calidad. En Marvel, Stan Lee se encargó de encauzar, interpretar e integrar el inagotable caudal imaginativo de Kirby para conformar un sólido universo de personajes con una gran vida interior. Pero cuando éste firmó un contrato con DC, lo hizo con la condición específica de ser su propio editor. Así que nadie podía decirle nada ni modificar su trabajo. El editor en jefe debía limitarse a torcer el gesto al recibir las páginas, encoger los hombros, mandarlas a imprenta y luego indicarle suavemente que el último número se había vendido aún peor que el anterior y que quizá sería buena idea probar algo nuevo en el siguiente, consejos de los que Kirby hacía caso omiso.

En resumen, si se quiere disfrutar del comic hay que olvidar cualquier pretensión de lógica interna y dejarse arrastrar por su acción imparable y su dibujo. Aunque, todo sea dicho, tampoco es este uno de los trabajos más destacables de Kirby en el aspecto gráfico. Sigue irradiando fuerza y personalidad y regalando de vez en cuando alguna viñeta impactante, pero la ausencia de fondos y acabado denota claramente la desgana y rapidez en su ejecución, deterioro que se acelera hacia el final y que no puede compensar el discreto entintado de D.Bruce Berry y Mike Royer que a duras penas conseguían seguir el acelerado ritmo de entrega del dibujante.

Con todo lo dicho, no puede extrañar que tras ocho episodios, la colección fuera cancelada dejando al protagonista transformado de nuevo en su débil alter-ego de Buddy Blank, preso en la base secreta del villano Dr.Skuba y con Hermano Ojo inutilizado. Nunca supimos el final, aunque dada la trayectoria de la serie resulta dudoso que Kirby hubiera conseguido
sorprendernos a esas alturas.

OMAC había sido una serie mediocre tanto en sus resultados artísticos como en el rendimiento económico, pero en las editoriales de comic-books raro es el caso en el que se da carpetazo definitivo a un personaje para no volver a retomarlo jamás. En 1977, el editor Jack C.Harris pensó que OMAC tendría más posibilidades como comparsa de otra creación de Kirby, esta de mayor éxito,"Kamandi", y encargó al guionista Denny O´Neil que lo integrara en el entorno de ficción de aquél en sus números 49 y 50, estableciendo que Buddy Blank había sido el abuelo de Kamandi. Tras haber nacido ambos personajes como cabeceras de colecciones mayormente independientes del resto de las colecciones de la editorial -aunque ya Kirby había introducido algún detalle ligando a Kamandi con Superman-, pasaron a compartir la llamada Tierra-K (de Kirby), una más del complejo sistema de mundos paralelos en el que se apoyaba el Universo DC, en esta ocasión, un posible futuro alternativo de Tierra-1 (en la que se desarrollaban las aventuras de los principales superhéroes de la casa).

Algo después, en "Kamandi" nº 59 (1978) comienza una historieta de complemento protagonizada por OMAC a cargo de Jim Starlin. Sin embargo, aquella colección fue una de las víctimas de las cancelaciones masivas de la editorial tras la euforia de la década, y su último número fue precisamente aquél en el que "debutaba" el OMAC de Starlin. Éste no se olvidó de lo que había dejado empezado y dos años más tarde, en 1980, aprovechando el aumento de páginas por cómic que entonces llevó a cabo DC, continuó su serial en las páginas de un título de espada y brujería: "Warlord" (nº 37-39). Un equipo menos capacitado que Starlin compuesto por Dan Mishkin, Gary Cohn y Greg Laroque continuó las aventuras del guerrero entre los números 42 y 47. La trama argumental, sin embargo, quedó inconclusa y a excepción de una aparición como invitado en “DC Comics Presents” 61 (1983, con Len Wein y George Perez), OMAC fue relegado al limbo de los personajes perdidos en espera de tiempos mejores.

Y esos tiempos llegaron de mano de John Byrne. Pero eso es otra historia…

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