31 ago 2026

2009- PARKER – Darwyn Cooke (y 4)


(Viene de la entrada anterior)

 

El cuarto y último volumen de “Parker” que Darwyn Cooke realizó antes de su prematura muerte en 2016, fue “Matadero” (2013), publicado como los anteriores por IDW y cuya historia principal, que le da título, de 78 páginas, viene complementada por otro relato de 13, “El Séptimo”, dibujado en 2011.

 

Cooke, tras terminar el volumen anterior, “El Golpe”, anunció que a continuación se iba a encargar de adaptar “The Handle” (1966), de la que se dice es una de las mejores novelas de la serie literaria. ¿Por qué cambió de planes e hizo “Matadero”? Aunque nunca hubo una explicación oficial, el propio devenir profesional del artista canadiense dejó entrever un periodo de cierta dispersión creativa. En vez de seguir atado a la disciplina férrea que le exigía el universo de Parker, comenzó a explorar vías de escape que se materializaron en proyectos dispares. Por ejemplo, se anunció “Revengeance”, una miniserie de tres números con Image Comics prevista inicialmente para mediados de 2015 pero que acabó dilatándose y cambiando su calendario de publicación. O su colaboración con el prestigioso autor Gilbert Hernandez en “Twilight Children”, un comic de aire mágico y realista radicalmente alejado del asfalto y la testosterona de la serie negra clásica.

 

Pero, a pesar de estos desvíos, el compromiso de Cooke con el antihéroe creado por Richard Stark (recordemos, seudónimo de Donald Westlake) seguía vivo. Con la publicación de “Matadero”, ambientada en un claustrofóbico parque de atracciones, demostró que su dominio del tempo narrativo, el diseño gráfico retro y la economía visual no tenían rival.

 

Un factor que contribuyó a la longevidad de Parker como personaje fue la habilidad de su autor para variar sus tramas, y esto se evidencia nuevamente aquí. Sí en “El Golpe” detallaba minuciosamente los preparativos de un atraco extraordinario antes de pasar a su ejecución y consecuencias, el punto de partida de “Matadero” es la huida de otro trabajo en Buffalo (Nueva York), en el invierno de 1969. Parker y dos cómplices, Grofield y Laufman, roban un furgón blindado que transporta 73.000 dólares. Pero durante la huida, presa del pánico al oír las sirenas de la policía, Laufman pierde el control del vehículo y éste derrapa en el hielo, da varias vueltas de campana y deja sólo a Parker consciente. Éste decide huir con el botín, escondiéndose de la batida policial en Fun Island, un parque de atracciones cerrado por la temporada invernal.

 

Pero Benito Lozini, hijo del mafioso local, lo ve entrando en el recinto y, con algunos hombres, se dispone a eliminarlo y hacerse con el dinero. Parker inspecciona rápidamente el lugar y se prepara para enfrentarse a sus adversarios, comenzando (sin saber quién es) por asesinar a Benito. El padre de éste, decidido a vengar a su hijo, reúne entonces un pequeño ejército para poner patas arriba el parque. Al ver que dos policías corruptos también están involucrados, Parker, pragmático como siempre, se da cuenta de que su prioridad es salir de allí, aunque eso signifique perder el dinero. Pero la única posibilidad es hacerlo por la entrada del parque, muy vigilada por los criminales.

 

Aunque “Matadero” no cumpla del todo con las expectativas y hay que admitir que no alcanza la calidad, ciertamente extraordinaria, de las entregas anteriores, es difícil ser quisquilloso con un comic que sigue sobresaliendo mucho respecto a la media. Cooke mantiene los altos estándares que estableció desde el inicio de la serie y volvemos a disfrutar aquí de otra lección magistral de narrativa por el uso de nuevos recursos.

 

Y es que esta novela gráfica parece, sobre todo, un ejercicio de estilo. Su trama, reducida a su expresión más simple (un gánster atrapado en un lugar cerrado y enfrentado a una horda de matones), es un desafío evidente para un artista como Cooke. El escenario único, la preparación de las trampas, la desigual batalla, incluso el predecible final (ya que, y esto no es un spoiler, Parker sale victorioso), son elementos obligatorios a los que el adaptador debe dar vida y convertirlos en emocionantes.

 

Luego está el reto de sostener una narrativa casi sin diálogos ni desarrollo psicológico de personajes, impulsada exclusivamente por la acción. Es en este punto donde uno puede sentirse frustrado, si no decepcionado, porque en “Matadero” no hay espacio para ningún enriquecimiento en la caracterización del protagonista. Simplemente, se nos confirma su genio táctico, frialdad y brutalidad que ya conocíamos de las entregas anteriores. Obviamente, los personajes secundarios no existen más allá del simple cliché: el padrino y su hijo, los policías corruptos, los secuaces, los cómplices de Parker…

 

La principal motivación de Cooke, además de explotar las posibilidades gráficas que ofrece el escenario del parque de atracciones, es el deseo de establecer a Parker como una especie de supergánster, una figura mitológica puesta a prueba en una situación de total aislamiento, pero que triunfa sobre todo (y sobre todos) gracias a su superior intelecto y forma física. Si ese era el objetivo, sin duda lo ha logrado.

 

Este volumen es, por tanto, interesante principalmente por su brillantez formal. La representación de los personajes es extremadamente minimalista, a la vez que hace referencia a la estética de los años 50 y 60, con líneas simples y crudas que coquetean con la abstracción. Cooke se limita a lo esencial para que el lector capte de inmediato la información precisa y aprovecha al máximo los efectos inspirados por el entorno ferial con una sorprendente y magistral variedad de ángulos de cámara y encuadres. Esto da como resultado una lectura ágil pero particularmente intensa. El blanco y negro, realzado con grises, le da una capa adicional de dramatismo al entorno físico, haciéndolo más fantástico y opresivo. Sin llegar a los extremos de Frank Miller en “Sin City”, Cooke juega con formas, siluetas, luces y sombras en marcados contrastes.

 

Para no perder al lector y convencerlo de que Parker puede superar la situación extremadamente precaria a la que se enfrenta, Cooke incluso incluye un mapa desplegable del parque de atracciones. Esto no es un simple truco ni una artimaña barata sino una extensión de la propia historia dado que es el folleto que coge Parker para orientarse. Cuando lo seguimos por las distintas secciones del parque, descubriendo cómo los objetos diseñados para entretener a los visitantes se convierten en armas para el fugitivo contra sus perseguidores, el lector no tiene problemas para ubicarse ni aceptar el uso que Parker le da a las instalaciones y el atrezzo en cada lugar.

 

Siendo los diálogos muy escasos, “Matadero” se apoya en gran medida en sus numerosas secuencias mudas. Desde la escena inicial, Cooke nos sumerge en el accidente automovilístico de los bandidos en una calle nevada y resbaladiza, preparándonos para ello al estilo de Hitchcock, presagiando lo que va a suceder al subrayar el nerviosismo de Laufman y las advertencias de Grofield sobre su conducción. Cuando Parker visita los pabellones del parque de atracciones y tiende trampas para "dar la bienvenida" a los hombres de Lozini, Cooke prescinde de nuevo del texto, haciendo que cada gesto de su protagonista sea perfectamente entendible, aunque, en este caso, solo será más tarde cuando descubramos cómo funcionan sus artimañas.

 

“Matadero” es una curiosidad, casi un experimento, tanto dentro de la serie de Parker como, en general, para la obra de Cooke. Bien podría ser una historia con un protagonista distinto, ya que nada indica explícitamente que se trate de Parker. Por lo tanto, hay que leer este álbum como un brillante ejercicio de estilo, más que como una aventura, visualmente impresionante pero con una trama superficial que no enriquece la mitología de la serie.

 

Quizás porque, con 80 páginas, el álbum resultaba algo escaso, Darwyn Cooke e IDW lo complementaron con “El Séptimo”, que no es ni una secuela ni un epílogo de “Matadero. En la historia, Parker, junto a seis cómplices, roba la considerable suma de 115.000 dólares de la recaudación de un estadio. Debe custodiar el dinero hasta que se reparta y, mientras tanto, iba a encontrarse con una joven, Ellie, en un hotel. Pero cuando llega, la encuentra asesinada por uno de los miembros de la banda, el cual luego mata a los demás que salen en su búsqueda. Parker lo alcanza en una obra en construcción, decidido a deshacerse de él, pero solo después de recuperar el dinero.

 

Esta persecución, ilustrada en blanco y negro con toques naranjas y algunos patrones de semitonos, es, sin embargo, impactante por la concisión de su narrativa y la violencia omnipresente. Cooke consigue comprimir las 168 páginas de la novela en tan solo 11, sin que dé la impresión de que la historia ha perdido algo en el proceso de adaptación. De hecho, “El Séptimo” ganó el Premio Eisner a la Mejor Historia Corta en 2012.

 

Sin embargo, esas virtudes también son sus debilidades. Al igual que “Matadero”, este fragmento no aporta nada a la leyenda de Parker. Carece por completo de suspense y no contiene elementos psicológicos adicionales que enriquezcan la serie o su protagonista. Esto dificulta involucrarse demasiado en lo que se cuenta y uno no puede evitar preguntarse si Cooke alguna vez planeó adaptar toda la novela original o hacer sólo esta breve historia de persecución implacable. Eso sí, demuestra tal habilidad narrativa y gráfica que consigue que incluso una historia trivial se convierta en una lectura adictiva.

 

Tras terminar “Matadero”, Cooke anunció que su gran objetivo sería acometer “Butcher's Moon” (1974) como la quinta (y presumiblemente última) gran novela gráfica de Parker. Los seguidores de la serie se ilusionaron dado que ésa es la novela más extensa de la saga, un tour de force desatado donde convergen multitud de tramas, asesinos y viejos conocidos en un ajuste de cuentas definitivo. Para Cooke, que consideraba esa entrega en concreto su preferida dentro del canon de Stark, representaba el colofón perfecto para el criminal perfecto. Por desgracia, la imprevista desaparición de Cooke truncó para siempre ese deseo, dejando a “Matadero” como el trágico broche de oro de una de las asociaciones más deslumbrantes de la historia del noveno arte en el género criminal.

 


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