11 jun 2026

1994-HELLBOY – Mike Mignola (6)


 (Viene de la entrada anterior)

 

A estas alturas, Hellboy ya contaba con una trayectoria lo suficientemente extensa como para identificar patrones claros. Todas sus historias se podían dividir en tres categorías: aventuras en las que el protagonista y sus amigos se ven envueltos en el plan de algún villano o recorren el mundo para detener alguna amenaza (“Semilla de Destrucción”, “Despierta al Diablo”, “Gusano Vencedor”); adaptaciones de mitos folclóricos en los que Hellboy sustituye al protagonista de la leyenda original ("El Cadáver", "Cabezas"); y, por último, los relatos que profundizan en los orígenes y destino de Hellboy.

 

Desde comienzos del siglo XXI, casi todas las historias de Hellboy habían sido del segundo tipo, un enfoque que generó reacciones encontradas por parte de los fans. Personalmente, me atrae más el primer tipo de aventura, que Mignola había terminado por confinar en el segundo título de su universo expandido, “AIDP”. Me gustan las situaciones en las que Hellboy y los agentes de esa institución investigan, a su manera profesional y vagamente burocrática, fenómenos extraños, instalaciones de científicos locos nazis o monstruos góticos escondidos en secretas capillas. Me gusta la incongruencia de Hellboy, vestido con su gran gabardina, de pie en una habitación rodeado por un grupo de agentes trajeados; me gusta el contraste de este demonio claramente judeocristiano luchando contra bestias tentaculares claramente inspiradas en la visión materialista (aunque fantástica) de Lovecraft. Sí, es inconsistente; sí, es un popurrí de ciencia ficción, cómics de superhéroes, cuentos populares, teorías de la conspiración y todo lo que puedas imaginar. Pero es muy divertido.

 

En cualquier caso, suelo disfrutar más de las investigaciones al estilo “Expediente X” que de las reformulaciones folclóricas, pero es sólo mi gusto personal y entiendo y comparto el argumento de muchos aficionados de que Hellboy ha ido sofisticándose conceptual y gráficamente con el paso de los años. Sin duda es así, pero, al menos para mí, lo que gana en intelectualidad, lo pierde en pura diversión.

 

En cualquier caso, en este punto Mignola se había retirado mayormente de su icónico personaje, aportando sólo puntualmente historias concretas y, sobre todo, escribiendo para otros autores. Es el caso de “Makoma” (2006), publicada en dos números y para la que el propio Mignola dibuja algunas páginas que contextualizan el cuento popular en el que va a insertar a Hellboy, tomando Richard Corben el relevo cuando llegamos al meollo de la historia.

 

La historia comienza el 16 de agosto de 1993, durante una visita de Hellboy al Club de Exploradores de Nueva York, donde se reúne con el profesor Ali T. Koman, quien ha regresado recientemente de una excavación en África que tuvo que abandonar debido a una tormenta de arena. Afortunadamente, logró rescatar y traer consigo varias antigüedades, incluyendo una momia. De forma insólita, este cadáver polvoriento comienza a hablarle mentalmente a Hellboy, narrándole la leyenda de Makoma, un mítico rey y héroe africano.

 

La narración se traslada entonces a la aventura de ese guerrero, que nació con la capacidad de hablar y se autonombró como Makoma, "El que no tiene miedo". Siendo aún joven, se lanzó a una poza llena de cocodrilos a pesar de las súplicas de su madre y, al cabo de un rato, todos los saurios murieron y él emergió completamente adulto con su mano y antebrazo convertidos en un poderoso martillo metálico. Makoma se convirtió en una leyenda en su pueblo y, a petición de una anciana, partió para luchar contra diversos monstruos y salvar el mundo. En el curso de su periplo, se enfrenta con varios gigantes y, al derrotarlos, encogen de tamaño tanto que puede introducirlos en un saco que lleva a sus espaldas. Vence un coloso que construía montañas, a otro que excavaba lechos de ríos, a otro que plantaba árboles, a un demonio de río y a un demonio de fuego. A todos los redujo y transportó consigo en el saco, terminando por convertirse en sus amigos y prestarle su fuerza.

 

Al llegar a la ciudad de los muertos, libera al demonio de fuego y lo deja sembrar el caos. Finalmente, viaja hasta los confines de la Tierra, donde un gran desastre provoca la muerte de todas las criaturas. Makoma tuvo que enfrentarse a su último enemigo: un enorme dragón de siete cabezas responsable de la agonía de la tierra. Sin embargo, ya no le quedaban fuerzas. Se reencontró con la anciana, quien lo acogió en su casa y lo consoló. Mientras dormía, le preparó una comida de carne fresca que él devoró sin saber que pertenecía a sus amigos, los gigantes. La mujer le explicó que éstos habían sacrificado lo que quedaba de sí mismos para que él pudiera enfrentarse al dragón, y luego le mostró que, en la bolsa llena de sus huesos, había un niño al que él había rescatado.

 

Makoma salió a enfrentarse al dragón, y ambos se derrotaron mutuamente. Sin embargo, en su agonía, Makoma restauró las montañas, los ríos y los bosques del mundo, y el niño que había salvado salió del apocalipsis hacia un mundo nuevo. Cuando envejeció y finalmente murió, se convirtió en la momia con la que Hellboy está ahora hablando, quien le asegura a su confuso interlocutor que el mundo ya ha terminado antes y volverá a hacerlo solo para resurgir una vez más a continuación.

 

Obviamente, el tema principal de este cuento es el de la predestinación. Makoma debe cumplir un ciclo cósmico que implica sacrificio, lucha contra horribles criaturas y superación de diversas pruebas… lo que es un reflejo de la propia trayectoria y carga existencial de Hellboy. Ambos son figuras heroicas marcadas por fuerzas superiores, obligadas a llevar una cruz muy pesada en nombre de un bien mayor o un orden cósmico.

 

Aunque yo no posicionaría “Makoma” entre las aventuras más memorables de “Hellboy”, Mignola y Corben son autores tan veteranos y con tanto talento que consiguen mantener un nivel superior a la media. El principal punto débil de la obra radica en su ritmo: la trama está excesivamente alargada, como si lo que en una treintena de páginas hubiera funcionado perfectamente, se hubiera estirado veinte planchas más para poder convertirlo en una miniserie de dos números a petición del editor.

 

A pesar de este problema con la duración, Mignola y Corben salvan sobradamente los muebles, entre otras cosas porque alejan al protagonista de sus habituales atmósferas victorianas, lovecraftianas y del folclore europeo para sumergirlo en un entorno africano, inmerso en la mística propia de las leyendas transmitidas de forma oral. Y en ello es fundamental el estilo de Corben, muy alejado de las líneas rectas y angulosas características del propio Mignola, sustituyéndolas por las formas redondeadas, musculosas y grotescas que hacen su dibujo tan reconocible. Los rostros, la fisicidad exagerada de los personajes y el diseño de las criaturas mitológicas africanas (como los espíritus en forma de león o un rinoceronte gigante) adquieren una textura visceral y dinámica. Aun con todas esas diferencias estilísticas respecto al canon “mignoliano” del personaje, Corben logra mantener una atmósfera oscura, de pesadilla y de relato oral antiguo que encaja perfectamente con el tono de misterio y folclore sobrenatural de la serie.

 

Cuando le propusieron a Mignola hacer un comic de Hellboy en edición limitada para que acompañara al lanzamiento del videojuego “Hellboy: The Science of Evil”, de Konami, en 2007, recuperó las notas que había reunido sobre el siniestro final del legendario pirata Barbanegra y se las pasó a su colega Joshua Dysart (otro reconocido guionista que ha trabajado para Valiant, Vértigo, DC y nominado varias veces al Premio Eisner) para que diera forma a esas ideas y las expandiera hasta alcanzar una historia completa que acabó titulándose “Aquéllos que se Hunden en el Mar en Barcos”.

 

El relato comienza en 1986, en una noche tormentosa en Newburyport, Massachussets. Un hombre con facultades psíquicas entra en una tienda de antigüedades y encuentra un extraño cráneo de plata. Al tocarlo, experimenta visiones de marineros muertos atrapados en las profundidades del océano y, dominado por una fuerza irresistible, asesina al propietario del establecimiento y roba el objeto. Se trata del cráneo del cruel pirata Barbanegra, cuyo espíritu ha permanecido activo durante más de dos siglos, utilizando la reliquia para manipular a los vivos con el fin de que su cabeza decapitada vuelva a reunirse con su cuerpo.

 

Un mes después, Hellboy y Abe Sapien llegan por separado a la costa de Carolina del Norte, donde convergen varias leyendas relacionadas con la muerte del famoso pirata. Mientras Hellboy investiga junto al historiador local Earl Reeds, Abe sigue una pista diferente y contacta con una figura siniestra que le cuenta la auténtica historia del final de Barbanegra, cuyo cuerpo lleva siglos vagando por los bajíos.

 

Cuando, gracias al incauto del principio, el cráneo es finalmente devuelto a su propietario, Barbanegra recupera temporalmente su integridad física y se desencadena el inevitable enfrentamiento con Hellboy. La batalla constituye uno de los principales atractivos del relato: una pelea directa y brutal entre el demonio investigador y el infame criminal resurrecto. A diferencia de muchos monstruos y criaturas del universo de Hellboy, que suelen ser ambiguos o víctimas de circunstancias trágicas, Barbanegra aparece retratado como un villano sin matices ni redención posible, una encarnación pura de la crueldad, la codicia y la violencia. Su maldad no procede de una maldición ni de una tragedia personal, sino de los innumerables crímenes que cometió en vida.

 

Paralelamente, Abe Sapien desempeña un papel más contemplativo, pero igualmente importante. En lugar de centrarse en la acción física, la historia lo muestra en su entorno natural: el océano. Allí interactúa con espíritus de marineros fallecidos y presencia el rencor acumulado durante siglos por las víctimas de Barbanegra. Esta subtrama añade una dimensión melancólica y sobrenatural al relato, equilibrando la violencia del combate principal con una reflexión sobre la memoria, la muerte y la justicia.

 

El desenlace llega cuando una multitud de almas de marineros asesinados por el pirata emerge de las profundidades para reclamar venganza. En una escena cargada de simbolismo, los muertos arrastran a Barbanegra hacia los abismos del océano, condenándolo a un destino que parece más terrible que la propia muerte.

 

Sin duda, uno de los elementos que hacen sobresalir a este cuento sobre otros del personaje es el dibujo de Jason Shawn Alexander. Su estilo sucio, rugoso, húmedo y desgastado acompaña y complementa a la perfección el ambiente de decadencia y terror marítimo que destila la historia.

 

“Aquellos que se Hunden en el Mar en Barcos” carece del gancho emocional, la altura mitológica o las revelaciones sobre el pasado de Hellboy que tienen otros relatos del personaje, pero, precisamente, es su sencillez y su dibujo lo que lo convierten en una lectura agradable completamente alineada con la fórmula clásica de la serie: historia autoconclusiva alrededor de una investigación sobrenatural, una leyenda histórica o un cuento folclórico transformado en fuente de terror, un monstruo memorable y una contundente dosis de acción, todo narrado con un ritmo muy ágil.

 

“El Experimento del Dr. Carp”, publicado originalmente en la antología “The Dark Horse Book of Hauntings” (2003), combina elementos del subgénero de casas encantadas, científicos locos y viajes temporales, todo ello filtrado por la sensibilidad gótica de Mignola. La historia transcurre en 1991, cuando Hellboy y una agente de la AIDP entran en un antiguo caserón de Long Island. Durante años, la mansión del misterioso Dr. Carp había sido considerada un punto de intensa actividad psíquica. Numerosos médiums y especialistas habían investigado el lugar sin lograr determinar el origen exacto de las perturbaciones que allí se manifestaban.

 

La reciente aparición de un plano olvidado de la propiedad entre los archivos municipales revela la existencia de un sótano oculto que nunca había sido inspeccionado por la Agencia. Mientras se preparan para descender, Hellboy experimenta fenómenos extraños: escucha una voz que le habla en latín y tiene una fugaz visión de una pizarra cubierta de fórmulas y anotaciones científicas, señales que parecen anunciar que la casa conserva la huella psíquica de acontecimientos ocurridos décadas atrás.

 

Tras descubrir una pesada puerta metálica escondida bajo la estructura de la mansión, los agentes que están trabajando en el sótano permiten que Hellboy entre primero. Nada más cruzar el umbral, es atacado por dos hombres armados con arpones eléctricos y consiguen derribarlo. A continuación, aparece un científico con bata de laboratorio, presumiblemente el propio Dr. Carp, quien extrae sangre de Hellboy con una jeringa y la inyecta en un chimpancé que tienen allí como sujeto experimental.

 

El resultado es inmediato y aterrador. La criatura se transforma en un monstruo gigantesco, deforme y dominado por una furia incontrolable. El simio, ahora con una apariencia inquietantemente similar a la de Hellboy se lanza contra éste, iniciando un violento combate cuerpo a cuerpo que sólo finaliza cuando otro científico –o quizá un esoterista- allí presente dispara repetidamente a la bestia hasta abatirla.

 

En ese momento, irrumpen los agentes de la AIDP y la realidad parece imponerse de nuevo, porque lo que Hellboy acababa de percibir apenas había durado unos segundos en el mundo real. La estancia aparece ahora cubierta por gruesas telarañas y polvo acumulado durante décadas. Los hombres que lo atacaron ya no existen y, en su lugar, hay esqueletos humanos dispersos por el laboratorio. Entre los restos también se encuentran los huesos del chimpancé monstruoso. Al examinar el lugar, Hellboy descubre la aguja con la que supuestamente le habían extraído sangre, ahora oxidada y cubierta de polvo, como si hubiera permanecido allí durante años.

 

Esta revelación final sugiere que Hellboy no viajó físicamente al pasado, sino que quedó atrapado dentro de una poderosa impresión psíquica generada por los últimos momentos del experimento del Dr. Carp. La mansión funciona como una especie de eco temporal o prisión espiritual capaz de reproducir acontecimientos traumáticos ocurridos mucho tiempo atrás. Los esqueletos encontrados, por su parte, indican que el experimento terminó en desastre y que tanto el científico como sus colaboradores perecieron durante los hechos que Hellboy acabó reviviendo.

 

En este relato, como suele ser habitual en el terror de Mignola, las respuestas son menos importantes que el misterio y por eso nunca se explica completamente la naturaleza de la fuerza sobrenatural que permanece en la casa, aunque se insinúa que la combinación de experimentación científica prohibida y energías ocultistas dejó una cicatriz permanente en la realidad.

 

En comentarios posteriores sobre la historia, el autor explicó que los elementos centrales del relato —el viaje temporal, el científico obsesionado, el mono experimental y la sangre de Hellboy— llevaban años rondando su imaginación como algunas de las primeras ideas concebidas para el personaje. De hecho, llegó incluso a considerar incluirlos en “El Gusano Vencedor”, aunque volvería a archivarlos hasta este momento. Señaló, además, que nunca había escrito una auténtica historia de casa encantada y que le divertía la idea de combinar elementos atmosféricos y sutiles -como los susurros, las apariciones y los viejos retratos- con otros deliberadamente exagerados y pulp, como los arpones eléctricos o el simio demoníaco.

 

Dentro de esta etapa en la que Mignola trabajaba sólo puntualmente en “Hellboy”, prácticamente bajo petición de Dark Horse para proyectos puntuales, “El Necrófago o Reflexiones sobre la Muerte y la Poesía de los Gusanos”, publicada en 2005 dentro de la antología “The Dark Horse Book of the Dead”, es una de sus historias más extrañas.

 

La acción transcurre una noche de 1992 y comienza con la señora Stokes viendo por televisión una representación de Hamlet con títeres. La agente Pauline Raskin, de la AIDP, la interrumpe para mostrarle unas fotografías tomadas en un cementerio. Para su sorpresa, la anciana identifica en ellas a su esposo, Edward Stokes, reconociendo que últimamente su comportamiento ha sido cada vez más inquietante.

 

La acción se traslada entonces al cementerio de Hammersmith, en Londres. Allí, el señor Stokes vaga entre las tumbas recitando poemas sobre la muerte y la corrupción de la carne. Hellboy lo localiza e intenta arrestarlo, pero aquél huye mientras continúa declamando versos cada vez más macabros. Durante la persecución, su apariencia humana comienza a desaparecer revelándose su auténtica naturaleza, la de un necrófago, criatura asociada tradicionalmente al saqueo de tumbas y al consumo de cadáveres.

 

Como es mandatorio en sus historias, Hellboy y el monstruo tienen un encuentro físico, aunque en realidad, en este caso, el único que pega es el primero, arrastrándose el segundo hasta una tumba, en la que se deja caer para morir definitivamente mientras las marionetas de la televisión continúan la representación de Hamlet como espejo simbólico de la historia principal y enfatizando la idea de que toda grandeza humana acaba reducida a polvo, algo que también representa el propio necrófago, que se alimenta de reyes, mendigos, héroes y criminales por igual.  

 

En 2008, tras años sin dibujar ninguna historia de Hellboy, Mignola retoma el personaje con “La Capilla del Moloch”, cuya historia se desarrolla en 1992 en Tavira, al sur de Portugal. Un marchante de arte contacta con Hellboy para pedirle ayuda, ya que su amigo Jerry, un pintor famoso, ha dejado de responder a sus llamadas. Éste se retiró a una antigua casa con una capilla abandonada que originalmente estuvo consagrada a los Caballeros de San Hagan, una antigua orden medieval dedicada a la cacería de brujas, que él utilizaba como estudio, trabajando en sus pinturas a la luz de las velas.

 

Al llegar al lugar, descubren que el artista ha abandonado la pintura para dedicarse a esculpir una terrorífica estatua de Moloch, un antiguo dios monstruoso asociado históricamente al sacrificio de niños. Hellboy pronto descubre que el lugar guarda un oscuro pasado y que el artista ha sido poseído por las malignas energías que aún impregnan el templo. Durante el día, Jerry queda postrado, débil y catatónico; por la noche, es obligado a trabajar por una pequeña entidad corrupta que emerge de una fosa en el suelo.

 

Por supuesto, Hellboy está allí para solucionar el problema a golpes: la estatua cobra vida y el investigador se enfrenta a ella, destruyéndola por completo a pesar de las súplicas del artista. Al final, Jerry lamenta que su vida artística haya quedado arruinada, a lo que Hellboy responde con su irónico pragmatismo sugiriendo que también debería dejar la escultura.

 

Mignola utiliza esta historia para explorar el lado oscuro de la creación artística. El artista, poseído por una musa oscura, representa cómo el arte puede llegar a consumir o destruir al creador, llevándolo más allá de sus límites. Jerry comienza plagiando las Pinturas Negras de Goya y termina entregándose a los mitos paganos, quizá como una alegoría sobre la auténtica validez de los artistas que se apropian de los clásicos y que acaban convirtiéndose en monstruos. Una historia de Hellboy, en fin, que, para suponer el regreso de su creador, no es particularmente memorable, aunque el arte intensamente atmosférico de Mignola dota de mayor interés lo que en el fondo es una historia sencilla sobre posesión, mitos olvidados y el precio a pagar por la creación artística.

 

 


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