Si no se leen los textos de la contracubierta, es necesario avanzar varias páginas en su lectura para descubrir que “Nieve, Cristal, Manzanas” es, en realidad, una versión revisionista del cuento “Blancanieves” de los Hermanos Grimm, narrado desde el punto de vista de la reina-madrastra, a la que tradicionalmente se la ha retratado como una bruja celosa y retorcida. Gaiman adopta su punto de vista para que ella misma nos explique sus motivos para actuar como lo hizo, descubriendo de este modo una “verdad” muy diferente a la del cuento infantil y también mucho más oscura y retorcida.
La historia comienza con una escena de amor y lujuria entre
una bella y joven campesina con aptitudes para la magia, y el Rey, que se
encapricha de ella y la hace su Reina. En el castillo, la hija de él con una anterior
esposa difunta, es una niña esquiva, silenciosa, con piel tan blanca como la
nieve, labios rojos como una manzana y ojos y pelo negros como el ébano. Meses
después de haberse establecido en sus aposentos, la nueva Reina intenta
acercarse a la princesita ofreciéndole una manzana, fruta que a ella le gusta
especialmente. Pero cuando alarga la mano para acariciarla, le muerde y absorbe
su sangre con absoluta frialdad.
La naturaleza vampírica de la niña se confirma cuando, en
los meses siguientes, el Rey va experimentando un agudo declive de su salud al
tiempo que se multiplican las cicatrices por todo su cuerpo. Cuando finalmente
muere, la Reina ordena a un cazador llevar a la princesa al bosque y sacarle el
corazón. Así lo hace, y la viuda lo coloca sobre su cama aun cuando el órgano
no está muerto y sigue fresco y latiendo. También lo está la jovencita, que,
acogida por unos hombrecillos peludos del bosque, se dedica a matar y desangrar
a cuantos tratan de atravesarlo para llegar al castillo. Ya nadie quiere
arriesgarse a comerciar en la región y el reino se empobrece y decae. La Reina
se ve así obligada a trazar un nuevo plan para matar a su hijastra de una vez
por todas.
Que nadie se lleve a engaño al ver el nombre de Blancanieves en la contraportada u ojear rápidamente el bello dibujo de este comic. “Nieve, Cristal Manzanas” es un tebeo adulto y para adultos. Incluso muchos de éstos lo encontrarán desasosegante y excesivamente subversivo. Porque no se trata de que haya escenas de sexo explícitas sino que encontramos vampirismo, incesto, parricidio, necrofilia y un final acongojante. Además, se abordan ideas y conceptos como el destino, la maldición que trae el conocimiento y la propia naturaleza de la ficción y su transmisión de generación en generación.
Es cierto, no obstante, que algunas partes del texto son
algo irrelevantes en cuanto a que proporcionan información que no es importante
para el resto de la trama. Por ejemplo, ese inserto de un venado en una página
sobre el mercado local: “Esto era un robo
a ojos de la ley. El ciervo era de la reina”, para luego no utilizar en
absoluto ni el ciervo ni el robo. Hay también varias referencias a un pringue
negro que se desliza por las ingles de Blancanieves cuando tiene sexo pero,
aparte de ser una imagen desasosegante y turbia, esa información no resulta
tener peso dramático alguno (¿se trata quizá de algún simbolismo literario?).
En un álbum tan corto como este (49 páginas), cada línea de texto cuenta y no
debería desaprovecharse.
No hay apenas diálogos y toda la historia se narra, además de con imágenes, con textos de apoyo en primera persona y un estilo un tanto distante. Esa ausencia de emoción o visceralidad aporta una cualidad irreal, una auténtica atmósfera de cuento que queda todavía más realzada por las imágenes.
Eso sí, una vez que se han establecido los sorprendentes
nuevos parámetros sobre los que discurre esta versión de Blancanieves, la
historia no tiene demasiado espacio para separarse del conocido final o aportar
algo verdaderamente original en su desarrollo. La narración en primera persona
consigue suscitar en el lector simpatía por la Reina pero, en último término,
es algo tan “simple” como un ejercicio de inversión de roles (la villana pasa a
ser la heroína y viceversa) para llegar a la conocida moraleja de que la
historia la escriben los vencedores. Aunque tenga lenguaje elegante y abundante
imaginería sexual, sin su sobresaliente dibujo, este comic se habría quedado en
una anécdota, inteligente y adulta, sí, pero quizá no suficiente para
recomendar su lectura.
Y es que, en lo que se refiere al apartado gráfico, es imposible
no caer rendido ante la belleza del dibujo de Colleen Doran. Dado que la
historia de Gaiman tiene tan solo 23 páginas (fue originalmente publicada en
1994 a beneficio del Fondo de Defensa Legal del Comic Book), recae en la
artista la responsabilidad de insuflar auténtico vigor visual mediante una
sucesión de montajes muy barrocos a toda página, con cuidadísimas composiciones
rebosantes de detalles, figuras y decoraciones. De hecho, muchas de las páginas
bien podrían ampliarse y convertirse en llamativos posters para ser
contemplados durante horas disfrutando de cada pequeño fragmento, figura o
intrincado trazo decorativo.
Siendo autónomas la mayoría de las planchas que componen la
obra –en el sentido de que no hay una narrativa tradicional que fluya de página
en página- cada una hace progresar la historia y va modificando el tono de la
misma. De hecho, casi podría entenderse todo lo que ocurre sin necesidad del
texto tal es el cuidado con el que se han elegido las imágenes y su colocación
dentro de cada composición para ir guiando al ojo del lector hacia donde la
autora desea. Doran utiliza páginas con viñetas tradicionales, con una
disposición lineal, cuando necesita impulsar la trama con mayor rapidez o
narrar algo que la Reina no ha presenciado de primera mano; e ilustraciones a
página completa (que pueden mezclar diversas imágenes y momentos temporales)
cuando adoptamos el punto de vista de la Reina
El estilo y paleta de colores utilizado por Doran transmite deliberadamente la impresión de estar leyendo un libro mucho más antiguo y adulto que ni en estética ni en tono se apoyan en la omnipresente versión Disney, con sus pajarillos cantores y entrañables enanitos. La artista tomó como modelos a ilustradores clásicos de cuentos infantiles, en especial el irlandés Harry Clarke, que además de conocido por sus dibujos de estilo art deco era vidriero. De hecho, varias de las páginas de este comic incluyen vidrieras o se asemejan a ese arte que combina la luz y el cristal. También pueden identificarse rasgos del ilustrador francobritánico Edmund Dulac, aunque Doran aplica colores más brillantes que los de sus cuadros. La imaginería es tan suntuosa y abrumadora que resulta difícil no sentirse fascinado incluso por las escenas más perturbadoras.
El trabajo de Doran resulta aún más impresionante si
tenemos en cuenta que no recurrió al ordenador, sino que dibujó a mano cada uno
de los infinitos e intrincados detalles y líneas, una tarea increíblemente
laboriosa que exigía no sólo paciencia e imaginación sino una exquisita
precisión. Su esfuerzo, sin duda, dio frutos porque este comic destaca sobre
todo por el apartado artístico. Me atrevería incluso a calificarlo de magistral
y perfectamente en sintonía con la atmósfera del cuento.
“Nieve, Cristal, Manzanas” es, en resumen, una historia para adultos que mezcla el terror y la fantasía para recordarnos el siniestro origen de muchos cuentos infantiles hoy edulcoradamente deformados por la industria del entretenimiento de masas. Un tebeo que fusiona, tanto en su concepto como en su arte, lo tradicional y lo moderno, que permanece en el recuerdo y que es recomendable no sólo para los incondicionales de Neil Gaiman sino para cualquier lector con una mínima sensibilidad artística.
No hay comentarios:
Publicar un comentario