22 abr 2023

1967- VALERIAN y LAURELINE – Pierre Christin y Jean-Claude Mezieres (9)

 (Viene de la entrada anterior)

“El Círculo del Poder” (1994), decimoquinto volumen de la colección, es hoy sobre todo recordado por su portada, atmosférica y sugerente, en la que se muestra un taxi volador y que, por una buena razón como veremos, remite a la película “El Quinto Elemento”, que se estrenaría tres años después.

 

La historia comienza en el planeta Rubanis (visto ya en “Los Espectros de Inverloch”), donde Valerian y Laureline se han quedado varados con una nave necesitada de reparaciones y sin dinero para pagarlas. En ese momento de apuro, aparecen los Shinghouz, quienes les ofrecen un trato que les permitirá ganar lo suficiente para seguir viajando.

 

Y así, se entrevistan con el coronel Tlocq (también presentado en el álbum antes mencionado), el corrupto jefe de policía de ese planeta y quien les explica la dinámica socioeconómica de Rubanis y cuál es su misión. El llamado Primer Círculo, alberga las industrias de producción pesada (“una zona agreste pero llena de buena voluntad”); el Segundo Círculo es el dedicado a los negocios (“una fuente cada vez más preocupante de disturbios. Se destruyen por cualquier pequeñez”); el Tercero es el de los comercios, las diversiones y las artes (“es normal que se produzcan desórdenes”); el Cuarto es el de la alta administración, la jerarquía sacerdotal y la aristocracia de los negocios (“Ya no se sabe lo que ocurre tras sus murallas”). Valerian y Laury deberán averiguar quién se esconde en el Quinto Circulo, el que controla a todos los demás.

 

Con la ayuda de S´tarks, un muchacho que conduce un taxi volador, con contactos en los bajos fondos y que se enamora de Laury, los héroes inician su investigación en un entorno al borde del caos (los banqueros deprimidos se suicidan a docenas saltando por las ventanas, se producen explosiones aleatorias…), rodeados de gente que o les miente, o trata de manipularles o directamente matarles, como la imponente Na-Zultra, una agente al servicio del Cuarto Círculo pero con ambiciones propias. Al final, Valerian y Laury desvelarán el sorprendente enigma de los líderes de Rubanis y desatarán involuntariamente una lucha de poder por el control del planeta. 

 

A pesar de que hay varias secuencias en las que se abusa algo del texto y que ralentizan el ritmo, “El Círculo del Poder” es un álbum interesante y en línea con la calidad media de la serie, aunque ya haga tiempo que dejó atrás su etapa dorada. Los cinco Círculos de Rubanis son una clara alegoría de dinámicas propias de nuestra realidad, económica y socialmente segregada en estratos impermeables pero proclives al conflicto y los comportamientos aberrantes. Otros de los temas que aborda Christin aquí han sido recurrentes a lo largo de toda la vida de la colección: las intrigas y luchas por el poder, que a menudo arrastran a inocentes que no terminarán beneficiándose del resultado; y el ejercicio injusto de ese poder. De una forma u otra, esto es lo que se había narrado en, por ejemplo, “El Imperio de los Mil Planetas”, “El País sin Estrella”, “Los Pájaros del Amo”, “Los Héroes del Equinoccio”, “Metro Chatelet-Brooklyn Station”, “Fronteras Cósmicas” o “Las Armas Vivientes”. Una frase pronunciada por el coronel Tlocq parece resumir no sólo esta historia sino también el pensamiento de su guionista: "Nadie entiende nada. Ese es el misterio del poder".

 

Christin hace en los “Los Círculos del Poder” una declaración deliberadamente política, creando en Rubanis una distopía aglutinadora de todo el desencanto que para él han supuesto los años 80 (aunque el álbum se publicó en 1994, se escribió varios años antes): la divinización del dinero y la liberalización económica que ha devenido en un “sálvese quien pueda” social y una incapacidad crónica de unos gobiernos compuestos de individuos mediocres para gestionar múltiples asuntos. Es, también, una sátira de la autocomplacencia, soberbia, atrofia y aislamiento en la que se han sumido las élites gobernantes, dejando vacíos de poder que acabarán siendo llenados por individuos lo suficientemente ambiciosos y hábiles como para manipular el descontento popular y aumentar todavía más las brechas sociales.

 

La descripción de los cinco círculos de Rubanis es tan inspirada como divertida (con detalles como esos militares, políticos y sacerdotes cuya cretinización e incompetencia está gráficamente plasmada como pomposas figuras microcefálicas) y brinda un trasfondo muy rico a una trama cuyo desenlace incluye una sorpresa en forma de crítica, un tanto simplista pero efectiva, al daño que causa la televisión a unas masas que la consumen compulsivamente (y que hoy puede sustituirse perfectamente por las pantallas de los móviles y las redes sociales).

 

Otro elemento divertido es el comportamiento de S'tarks, el gamberro taxista (más ambicioso de lo que inicialmente aparenta), que se enamora de Laureline sin que ella experimente los mismos sentimientos; una actitud de macho alfa que despierta los celos de Valérian. Curiosamente, la serie nunca había jugado con situaciones de este tipo (triángulos amorosos en cuyo centro se encuentra la cautivadora joven) y Christin la explota aún más sugiriendo que incluso los Shingouz son lo suficientemente vulnerables a sus encantos como para darle información gratis. Mientras S´tarks y Valerian se distraen en su pelea de gallos, Laureline es secuestrada, consigue escaparse sin ayuda, pone a los hombres en su sitio y, en general y como ya es tradición en la serie, se desenvuelve mucho mejor que su compañero.

 

Y como ya venían haciendo desde “Los Espectros de Inverloch”, Christin y Mézieres, continúan dando forma a un universo consistente a base de reutilizar personajes, criaturas, lugares o conceptos. Así, además de Rubanis y el coronel Tlocq (presentados, como he dicho, en “Los Espectros de Inverloch”, nos reencontramos con los Shingouz (que debutaron en “El Embajador de las Sombras” y que habían aparecido en otros tres álbumes antes que este) y el Transmutador Gruñón de Bluxte (un animalito capaz de replicar objetos de valor visto por primera vez en “El Embajador de las Sombras”). Aunque siempre es agradable reencontrarse con estas originales criaturas, también es cierto que sus continuas apariciones acabarán por transmitir la sensación de que ese es un universo tan pequeño que los encuentros casuales son más la norma que la excepción.

 

A los 56 años, Mézières sigue exhibiendo una forma envidiable en el dibujo de estas páginas. Su imaginación para diseñar naves, edificios, artefactos y seres alienígenas parece ilimitada (tanto, de hecho, que con esos diseños se realizaran dos volúmenes especiales, “Los Habitantes del Cielo”, en 1991 y 2000, que son una especie de enciclopedia galáctica del universo de Valerian). Antes de empezar a dibujar este álbum, Mézières pasó algún tiempo trabajando en el diseño conceptual de lo que acabaría siendo “El Quinto Elemento”, dirigida por Luc Besson, un gran admirador de su obra. Cuando la producción del film se pausó durante un tiempo, el dibujante se centró en “Los Círculos del Poder”, reutilizando varios de los diseños que había hecho para la película, como ciertos planos de la ciudad o la idea de un taxi volador.

 

Escenas como la persecución aérea por las calles de Rubanis, están narradas con una pericia tan magistral que Luc Besson sólo tuvo que copiarla casi plano a plano para “El Quinto Elemento”. Y, por si fuera poco, Mézières sigue experimentando con la integración de imágenes infográficas -realizadas por Marc Tatou para las páginas 54 y 55- en una época en la que esta técnica estaba aún en pañales. Una integración, además, que se realiza de forma natural, incluso lógica, tratándose de una serie de ciencia ficción. Sobre todo, Mézières demuestra la inteligencia suficiente como para no abusar de estos efectos visuales, utilizándolos sólo muy puntualmente y siempre al servicio de la historia.

 

Tras la decepción que había supuesto “Las Armas Vivientes”, “El Círculo del Poder” supone una clara mejora. No llega a recuperar el tono y mordiente de los mejores álbumes de Valerian y Laureline y no se puede decir que aporte nada demasiado innovador, pero la trama es dinámica, los personajes se mantienen frescos, el dibujo sigue siendo muy satisfactorio y, en general, brinda una lectura muy disfrutable.

 

“Rehenes de Ultralum” (1996) comienza para los dos protagonistas de una manera radicalmente opuesta al álbum anterior. Gracias al Transmutador Gruñón de Bluxte que les entregara el coronel Tlocq en Rubanis, ahora se pueden permitir una vida suntuosa, visitando como turistas todo tipo de paraísos exóticos a bordo de un crucero de lujo. Entre el pasaje se encuentra también el riquísimo Gran Califa de Iksaladam, cuyo heredero es un niñato malcriado que se dedica a incomodar a Laury con sus bromas pesadas (y que viene a ser un trasunto del Abdallah de “Tintín en el País del Oro Negro”). Es precisamente a éste a quien secuestran un grupo de mercenarios, el cuarteto Morris, armados con un schniarfador. Accidentalmente, Laury es llevada también a la fuerza por estos criminales sin que Valerian pueda hacer nada.

 

Los secuestradores huyen en la nave de otra turista, una alienígena con armadura llamada Kistna a la que ya habíamos visto en “Fronteras Cósmicas”. Aunque siente un profundo desprecio por los humanos, Valerian consigue convencerla para que la ayude dado que mantiene un vínculo psíquico con su nave y puede rastrearla allá donde vaya. Y el lugar de destino de ésta resulta ser Punto Central, donde Valerian encuentra a su antiguo camarada y ex amante –y asesino- de Kistna, Jal. Entretanto, el detective del crucero donde ocurrió el secuestro también ha llegado al mismo lugar aprovechando información comprada a los Shingouz con la fortuna del Califa.

 

Antes de partir hacia el encuentro con los auténticos responsables del secuestro, Laury elude la vigilancia de sus captores y utiliza un tchung-trazador (presentado en “Fronteras Cosmicas”) para hacerle saber a Valerian su localización. El centro de la conspiración resulta hallarse en el planeta donde se extrae la mayor parte del Ultralum, un carburante ultralumínico que utilizan todas las civilizaciones con tecnología de viaje espacial. Han sido los trabajadores del Califa los que han planeado el secuestro de su hijo como protesta contra las escandalosas condiciones laborales que padecen y que les condenan a una corta esperanza de vida.

 

Christin vuelve a ofrecernos una historia entretenida que, aunque se lee con ligereza, tiene más sustrato del que parece. Por ejemplo, al comienzo de la historia vemos a Valerian y Laureline disfrutando de una vida opulenta y hedonista. Pero mientras ella saborea esos bien ganados momentos de asueto, él se muestra visiblemente aburrido, incluso hastiado: “Eso es viajar... Recordar las cosas que has visto antes...". Es una secuencia –maravillosamente compuesta y dibujada por Mézieres, particularmente inspirado en esas cinco páginas iniciales- que subraya la vitalidad de Laureline en contraposición con la desilusión de un irritable Valerian al que le está costando acostumbrarse a ser un civil más, un exagente del Servicio Espacio Temporal sin misión que cumplir.

 

Pero la apatía de Valerian no tarda en desaparecer porque enseguida los dos amantes se ven inmersos en un torbellino de acción desarrollado, como es habitual, sobre un fondo alegórico que sirve para criticar algún aspecto de la política o la economía de nuestros tiempos. En 1991, poco antes de que Christin escribiera el guion, terminó la Guerra del Golfo, en la que una coalición de países con intereses económicos en la región intervino para salvar el emirato kuwaití y sus petrodólares de la invasión de Irak. Y así, “Rehenes de Ultralum” es una crítica nada sutil a la desmedida influencia que sobre la política internacional tienen los sátrapas petroleros del Golfo Pérsico, controladores de un recurso vital para la economía mundial y rodeados de una escandalosa vida de opulencia y despilfarro conseguida a base de explotar a quienes trabajan para ellos.

 

Sigue aquí Christin recuperando y mezclando pedacitos del universo creado en los treinta años anteriores de la colección, corriendo el mismo riesgo que ya apuntaba antes: la sobreexposición. Así, volvemos a ver a los Shingouz, el Schniarfador, el Transmutador, el Tchung-trazador, Kistna y Jal y Punto Central. Éste último lugar en particular, el fascinante crisol de culturas alienígenas presentado en “El Embajador de las Sombras” y revisitado en “Fronteras Cósmicas”, es aquí decepcionamente desaprovechado puesto que en lugar de imaginar nuevos sectores y especies, los autores se limitan a volver a mostrar los ya vistos en esos álbumes.

 

Con todo, Mèzières sigue ofreciendo momentos inspirados y demostrando gran imaginación, sobre todo cuando juega con la composición y el tamaño de las viñetas ampliándolas incluso hasta ocupar la totalidad de la página prescindiendo de los márgenes. Su creatividad sigue intacta tras tantos años y podemos seguir disfrutando de sus extravagantes alienígenas, complejos sistemas planetarios o sofisticadas naves espaciales de grandes dimensiones, moviéndose con su arte a través de su universo tan bien como lo hacen sus personajes. Vuelve aquí a jugar con las imágenes digitales, integrándolas en unos pasajes en los que no desentonan con la acción que allí se narra (representando básicamente inestabilidades espaciotemporales). Sí se nota cierto abandono en el acabado de las figuras, dibujadas con trazos más toscos, aunque en este apartado cabe destacar que, signo de los tiempos, Méziéres se atreve a mostrar un revelador desnudo de Laureline. 

 

“Rehenes de Ultralum” denota cierto agotamiento tanto argumental como temático y gráfico. Esa mezcla épica de space opera y comentario social con la que la serie se había ganado su reputación en el comic de los años 70, se ha diluido considerablemente a estas alturas, pero sus autores tienen demasiada experiencia y talento como para que se pueda calificar de fallido. Ni mucho menos. Aunque la desaparición de Galaxity en “Los Rayos de Hypsis” demostró con el tiempo ser una equivocación, impidiendo desde entonces que la serie igualara sus anteriores logros, seguimos pudiendo disfrutar de una historia divertida, con un ritmo dinámico y un dibujo que de vez en cuando se eleva de lo eficaz a lo brillante. 

 

(Continúa en la siguiente entrada)

 

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