10 oct 2022

1967- VALERIAN y LAURELINE – Pierre Christin y Jean-Claude Mezieres(2)


(Viene de la entrada anterior)

Si en las dos primeras aventuras Valerian había viajado en el tiempo, con “El Imperio de los Mil Planetas” (1971), darán comienzo sus viajes por el espacio, con los que Christin podrá dar salida a su gusto por la etnología, la geografía, los relatos de viajes y la sociología. En este y los siguientes seis episodios, todos ellos ambientados en planetas diferentes, la serie alcanzará todo su potencial. Cada uno de esos mundos contará con sus civilizaciones y formas de vida meticulosamente imaginadas por Christin y dibujadas con detallismo y originalidad por Méziéres, utilizando esas sociedades para analizar y criticar temas como el imperialismo, la tiranía, la lucha de sexos o el conflicto entre ecología e industria.

 

Valerian y Laureline llegan de incógnito al planeta Sirta-El-Magnífico para determinar si representa o no una amenaza para la Tierra. Es un mundo con un activo comercio interior y exterior, pero su sociedad se estructura según un modelo feudal. En la cúspide está el Príncipe, recluido en su palacio y entregado a fiestas decadentes. Por debajo, los gremios comerciantes controlan el comercio, pero los auténticos gobernantes son los componentes de una especie de secta religiosa cuyos miembros siempre ocultan sus facciones bajo unos cascos, los Entendidos, “médicos del cuerpo y adivinos de las almas”, que parecen tener a su disposición grandes conocimientos científicos.

 

Una compra inocente en el bazar les granjeará la atención de estos Entendidos, que secuestran a Valerian y Laureline por motivos que éstos no pueden entender. Logran escapar y contactar con Elmir, el líder del gremio de Mercaderes y cabeza de un grupo subversivo que quiere acabar a toda costa con la asfixiante tiranía que los Entendidos ejercen desde las sombras. Lo que sigue es una rocambolesca trama en la que los dos terrestres se alían con los insurgentes en lo que acaba derivando hacia una gran batalla espacial y el asalto a la base de los Entendidos en un asteroide, donde Valerian descubrirá la auténtica naturaleza y origen de ese grupo.

 

Imbricada en la trama de aventura planetaria primero y espacial después, “El Imperio de los Mil Planetas” (cuyo título fue utilizado para la película de 2017, si bien el grueso del argumento correspondía al posterior “El Embajador de las Sombras”) Christin articula una advertencia obvia contra el oscurantismo religioso, y otra que quizá no sea tan clara acerca peligro que supone que una élite de científicos se apropie de conocimientos a los que el resto de la población no tiene acceso. Asimismo, denuncia a los hombres de negocios que, disfrazándose de adalides de una causa justa contra la tiranía, en realidad sólo defienden sus propios intereses económicos.

 

En esta historia, Valerian y Laureline se alejan mucho del prototipo de héroe espacial que solían presentar los comics de CF. Para empezar, rara vez controlan los acontecimientos, sino que son éstos los que los zarandean de uno a otro lado. Ninguno de los bandos en liza, Entendidos y Mercaderes, son recomendables y la alianza de los protagonistas con estos últimos es más debida a la circunstancias que a una auténtica identificación ideológica. Pero es que, además y aunque sólo se descubre al final, la línea entre los villanos y los defensores del Bien están difuminadas. Los Entendidos, presentados como fanáticos religiosos y esclavistas que coartan cualquier avance tecnológico que pueda socavar su influencia, resultan ser unas figuras trágicas, víctimas del olvido de la Tierra que a lo largo de los siglos han sido consumidos por la amargura y la desolación. Los Mercaderes, por su parte, pretendían convertirse en el grupo hegemónico de Sirta sustituyendo a los Entendidos, aunque, en un giro final, esa sociedad silenciosa fuera de los muros del palacio imperial resulta no ser tan decadente porque el pueblo llano inicia una revolución contra el Príncipe que enturbia la situación y deja a los Mercaderes fuera de juego (aunque queda claro que no tardarán en volver a ponerse al frente).

 

Desde todos los puntos de vista, “El Imperio de los Mil Planetas” supone una mejora sustancial respecto a la entrega anterior, “La Ciudad de las Aguas Turbulentas”. La premisa de la historia no es completamente novedosa dado que podemos encontrar referentes diversos en la literatura clásica de CF, como “Hágase la Oscuridad” (1943), de Fritz Leiber; el relato “Si Esto Continúa…” (1940), de Robert A. Heinlein; o “El Señor de la Luz” (1967). Sin embargo, Christin no se limita al mero plagio sino que utiliza ese planteamiento general como marco de una aventura muy entretenida que incorpora un subtexto político-social e incorpora ideas originales como las joyas vivientes o una especie que tiene un sentido innato del tiempo.

 

Christin demuestra tener mayor control sobre el argumento y lo que quiere contar en él, ampliando la escala y rebajando el tono cómico que en las entregas anteriores quedaba algo forzado. Sin embargo, también puede detectarse cierta pérdida del foco, por ejemplo, en el hecho de que toda una revolución estalle fuera de plano en un mundo que supuestamente era el centro de la historia; o ciertas escenas expositivas demasiado largas o superfluas que afectan al ritmo. Todo esto bien podría deberse a las exigencias narrativas propias del formato seriado en revista con cadencia semanal.

 

Podría achacársele también a Christin un abuso de los textos expositivos y de apoyo, quizá por su todavía inexperiencia en un medio eminentemente visual y su propia su deformación profesional (recordemos que era profesor universitario y periodista). Con todo, conforme asimile los mecanismos de la narración gráfica y se sincronice con un Mézières cada vez más espléndido, este defecto irá puliéndose.

 

El planeta alienígena ofrece una amplia diversidad de ambientes que Mézières retrata con una gran originalidad ya desde este punto inicial de la serie. Como él mismo declaró, desde el momento en que se hizo cargo de “Valerian” dejó de leer comics de ciencia ficción para no “contaminarse” con las visiones y diseños de otros artistas. Y, efectivamente, la manera en que idea desde la nada los paisajes de Sirte, sus habitantes de múltiples especies, flora y fauna, la arquitectura, el ambiente callejero e incluso las escenas espaciales, fueron sobresalientes entonces y lo sigue siendo ahora. Aquí aparece por primera vez su característica nave, que para muchos sirvió de inspiración al Halcón Milenario de “Star Wars”. Pero en esta ocasión, éste es el único diseño de nave verdaderamente llamativo por su elegancia y modernidad porque el resto bebe claramente de la tradición pulp más rancia.  

 

Las similitudes gráficas entre algunos de los diseños que pueden verse en estas páginas y otros de la saga Star Wars han tendido quizá a sobreestimar la calidad de este álbum. Es difícil imaginar que nadie en el equipo de George Lucas hubiera oído hablar de esta serie que llevaba ya seis años de vida y otros tantos álbumes, siendo un superventas y recibiendo premios. Puede que no se tratara tanto de plagios no reconocidos como de inspiraciones más o menos inconscientes, pero es difícil no ver en la presencia y el casco de los Entendidos algo de Darth Vader; o la fortaleza de aquellos en la de Jabba el Hutt. 

 

El montaje de página ha ganado en fluidez, jugando más con el tamaño y disposición de las viñetas, aunque en ocasiones éstas aun transmiten cierta sensación de abigarramiento. El propio dibujo va evolucionando hacia un mayor naturalismo conforme avanza la historia, dejando atrás el estilo caricaturesco influenciado por la escuela “MAD” que había dominado las dos primeras entregas de la colección. Pueden identificarse también toques de pop art y psicodelia que denotan la época en la que se realizó el álbum.

 

Aunque el defectuoso montaje de la última plancha precipita en exceso el final, en general la labor gráfica de Mèzières es más madura, ofreciendo, además de los imaginativos diseños que serían ya para siempre su mejor baza, algunas secuencias sensacionales y acertados juegos de sombras y luces. Es una lástima que el color aplicado por Evelyn Tran-Le (hermana de Mézières) peque a menudo de soso, apagado e incluso inadecuado (el tono elegido para las caras de Valerian y Laureline, por ejemplo, les hace parecer de etnia india). 

 

En sólo dos álbumes –sin contar “Los Malos Sueños”-, Christin y Mèzieres han conseguido establecer un estilo de argumentos y dibujo que, aunque enseguida más pulido y sofisticado, será el que defina la serie en lo sucesivo. 

 

“El País sin Estrella” vuelve a ofrecer una mejora integral. Aparecido en álbum en 1972 tras la acostumbrada serialización en “Pilote”, utiliza como premisa de arranque un viejo escenario de la CF, el de la Tierra Hueca (aunque trasladado a un mundo alienígena), que cuenta con precedentes tan ilustres como “Viaje al Centro de la Tierra” (1864) de Julio Verne o la saga de Pellucidar (1914) de Edgar Rice Burroughs.

 

El sistema solar de Urbak está en el límite del universo conocido y consta de cuatro planetas en los que Valerian y Laury han ayudado a establecerse a otros tantos grupos de colonos terrestres. Antes de despedirse, visitan todos los asentamientos, donde son agasajados y Valerian invitado a degustar el producto destilado en los correspondientes alambiques caseros. El resultado es una melopea considerable pero, afortunadamente, Laureline mantiene la cabeza limpia hasta el último planeta, donde reciben una terrible noticia: un planeta errante salido de la nada está en rumbo de colisión con el sistema. La catástrofe será total, dado que las naves que llevaron hasta allí a los colonos fueron desmontadas para construir las instalaciones y la evacuación es inviable.

 

Así que los dos agentes del servicio espacio-temporal se dirigen en su nave hacia ese mundo. Descubren enseguida que la superficie es inhabitable pero en el interior descubren varias civilizaciones conviviendo. Los primeros que encuentran son los Lemm, un pueblo con el que empiezan a comprender algo de la dinámica existente en ese planeta hueco al que llaman Zahir. Los Lemm son nómadas y extraen de la roca un mineral explosivo llamado flogum para vendérselo a dos clanes rivales cuyas capitales están en Malka y Valsennar respectivamente y que se enfrentan en batallas periódicas. En la primera sólo aceptan hombres y en la segunda sólo mujeres. Así que Valerian y Laury se separan para reunir más información, uniéndose cada uno de ellos a la comitiva Lemm que se dirige a cada ciudad para vender los flogums.

 

Malka es una ciudad en la que la tiránica reina Klopka gobierna una élite de mujeres rotundas, agresivas y varoniles. Éstas esclavizan a los hombres, quienes no sólo han de ocuparse de todas las tareas básicas sino que sus ejemplares menos deteriorados son reclutados a la fuerza para servir en el ejército. Valsennar, por su parte, está regido por un Emperador y su corte de hombres afeminados y pusilánimes, que se sirven de las mujeres para los mismos propósitos domésticos y bélicos que las guerreras de Malka. Valerian es adiestrado en el uso de las peculiares armas de los malkianos y enviado a la batalla, mientras que Laureline es escogida por su belleza para formar parte del harén del emperador Alzafrar.

 

El reto de ambos protagonistas será hacer comprender a los bandos en conflicto que su guerra está condenando a su mundo –y a todo el sistema de Urbak hacia el que se dirige- a la destrucción. Un desafío nada fácil puesto que nadie en Zahir ha visto jamás las estrellas ni tienen noción de lo que es el espacio.

 

“El País sin Estrella” es una historia rica en acción, aventura y giros, con una ambientación éxotica y un trasfondo de apocalipsis inminente. Pero, como será la norma en la colección, hay algo más que huidas ingeniosas y batallas épicas. Como ya comenté, Christin era un intelectual y un periodista con múltiples intereses en diferentes campos, siempre pendiente de la actualidad. En este álbum, encontramos una combinación de crítica en términos paródicos y defensa de valores universales.

 

El ataque más claro es a la guerra de los sexos. Desde finales de los años 60 el movimiento de liberación de la mujer había cobrado ímpetu en las naciones industrializadas del mundo occidental. Sus promotoras cuestionaban la validez cultural y legal del patriarcado y las jerarquías sexuales que coartaban la libertad de las mujeres. Naturalmente, estas reivindicaciones se encontraron con la resistencia más o menos explícita de una parte respetable de la sociedad, reacia a los cambios. Y las facciones más radicales de uno y otro “bando” interpretaron la situación como una “guerra de sexos”, en la que se esgrimían amargas acusaciones, exageraciones sin sentido y tópicos hirientes.

 

Christin ridiculiza ese conflicto invirtiendo los roles, actitudes, inclinaciones y actividades que tradicionalmente se suelen asignar a cada sexo. La austeridad, la vida castrense, la guerra y el comportamiento agresivo son los rasgos de las mujeres de Malka, muy poco femeninas de acuerdo a los clichés habituales; la sensibilidad a la belleza, el cultivo de las artes y la aversión a la actividad física intensa son los rasgos de los afeminados hombres de Valsennar. Pero, a la postre, unas y otros tienen más en común de lo que parecen: todos se sirven del sexo opuesto, al que han reducido al papel de meros sirvientes-esclavos, para perpetuar su interminable guerra. Los hombres y mujeres ordinarios de una y otra ciudad no sólo no se rebelan contra el atropello que sufren, sino que lo racionalizan y defienden por mucho que ya nadie se acuerde del origen de esa beligerancia.

 

Puede que a algunos lectores modernos les parezca este planteamiento simplista y poco elaborado. Conviene recordar, no obstante, que estas aventuras se serializaban en la revista “Pilote”, en principio destinada a un público juvenil, y que la serie iría ganando rápidamente en sofisticación con el paso de los álbumes. Pero es que, además, Christin tiene la valentía de no tomar partido. Lo fácil para un progresista como él habría sido defender la causa del feminismo, pero en cambio reparte estopa a ambos sexos y no presenta a uno bajo una luz más favorable que al otro.

 

Los autores utilizan la reducción al absurdo para decirle a quien quiera escuchar que ninguna actividad pertenece exclusivamente a un solo sexo, ni siquiera la guerra. El mensaje es claro y válido: la guerra entre sexos es absurda, inútil y sólo contribuye a aumentar el caos. Los tres pueblos de Zahir viven y mueren por y para la guerra sin darse cuenta de que ésta va a acabar con su planeta. Christin opta por terminar con un final feliz aunque algo apresurado, en el que los rivales se reconcilian al tomar auténtica conciencia de la situación, los tres pueblos aúnan esfuerzos y el planeta se salva gracias a una solución digna de un episodio de “Star Trek”.

 

He dicho que no hay defensa del feminismo, pero quizá eso no sea del todo correcto. Si el feminismo defiende la igualdad de sexos, Christin lo pone en práctica sirviéndose de Laureline. Ambos forman un equipo (se asume también, por la complicidad que ambos tienen y alguna escena reveladora, que son pareja sentimental, aunque no se explicita de manera abierta) en el que el hombre no tiene ascendiente sobre la mujer.

 

Ya comenté que en aquella época, salvo alguna excepción puntual, no existía prácticamente ninguna heroína en el comic europeo generalista. Fue gracias precisamente a la lucha de las mujeres por alcanzar la igualdad y obtener mayor presencia en todos los ámbitos sociales, culturales, económicos y políticos, que el comic empezó también a acusar su influencia. En 1970 aparecen “Natacha” y “Yoko Tsuno” en “Spirou”, mujeres atractivas, sí, pero también más capaces que sus compañeros másculinos. No sólo encabezaban sus propias series, sino que éstas se contaban entre las más exitosas de la revista. Laureline apareció un poco antes, como ya vimos, pero es en “El País sin Estrella” donde empieza de verdad a sacudirse esa pátina de “adorno”, de adjunta del protagonista. Laureline es hermosa, pero si los lectores se enamoraron de ella a partir de este álbum fue por su fuerte temperamento e inteligencia, a la par o incluso superiores a los de su compañero masculino y héroe nominal de la colección.

 

El importante papel que jugará Laureline en casi todas las aventuras a partir de este punto será uno de los aspectos más singulares de la serie. Toma parte en la acción, sus ideas e iniciativas son tan decisivas como las de Valerian y la relación que mantiene con éste se expone carente de romanticismo dulzón. Hay afecto y respeto, sin duda, pero también ese dinámico toma y daca que animaba las viejas comedias del cine norteamericano. Incluso hoy, medio siglo después de su publicación, la pareja que aquí hacen Valerian y Laureline luce extraordinariamente moderna. 

 

Christin corrige aquí buena parte de los problemas que habían lastrado –sólo hasta cierto punto- los dos primeros álbumes: un ritmo algo irregular, demasiadas elipsis y una todavía poco definida complicidad entre Valerian y Laureline. La historia comienza con un tono ligero dominado por el humor propiciado por la progresiva ebriedad de Valerian, que da lugar a algunas escenas bastante divertidas. De manera repentina, el humor deja paso a un escenario de desastre cósmico que introduce el suspense. Éste, sin embargo, se diluye durante buena parte del resto de la trama al quedar desplazado por la fascinante descripción de los pueblos de Zahir.   

 

Y en ello tiene todo que decir Jean-Claude Mézières, que ya se ha hecho plenamente con las riendas gráficas de la serie, empezando por los protagonistas. Valerian, cuyo aspecto físico estaba inspirado en el cantante francés Hughes Aufray, se aleja por completo del arquetipo de héroe espacial fornido y atlético ejemplificado en su forma más pura por Flash Gordon. Su eficacia como agente de campo no reside en sus cualidades físicas sino en su astucia e inteligencia. Por su parte, Mézieres no dibuja a Laureline como una belleza arrebatadora de formas generosas. Es pequeña, esbelta pero delgada, bonita pero en absoluto vulgar. Y cuando aparece con poca ropa, lo hace justificada por el guion y siempre con elegancia.

 

Y, desde luego, brilla especialmente la labor de construcción de mundos que realiza el dibujante, dando vida y características bien diferenciadas a cada uno de los tres pueblos que habitan el planeta hueco. Los primeros en aparecer son los Lemm, nómadas que viajan con sus casas encaramadas sobre grandes artrópodos, donde transportan sus familias, impedimenta y mercancías. Luego tenemos la imponente ciudad fortificada de Malka, de arquitectura imperialista, con grandes estructuras de piedra cortadas en líneas duras y rectas, edificios intimidantes que se alzan hacia el cielo empequeñeciendo a sus habitantes física y espiritualmente. Valsennar, en cambio, es una ciudad que se extiende horizontalmente y en la que predominan el agua, las estructuras delicadas de inspiración orgánica y los colores pastel. Pero el tiempo y la dedicación que le dedica Mézières a estas páginas no se queda ahí: podemos ver armas estrambóticas, vestuarios fastuosos de todo tipo, joyería, instrumentos musicales, vehículos… No toma atajos en los decorados ni en el diseño de los muchísimos detalles que salpican todas las viñetas.

 

Quizá la única pega que pueda ponérsele sea, otra vez, el color. No soy muy partidario del recoloreado de las obras antiguas, pero esta podría ser una de las excepciones. Planos generales de multitudes, como los de la batalla aérea, pierden mucho al aplicar un coloreado monocromo que no destaca detalles ni resalta personajes o figuras. En posible descargo de Evelyn Tran-Le, recordaré una vez más que, a pesar de que hoy disfrutamos de estas aventuras en álbum, en su momento se serializaron en “Pilote” con cadencia semanal. Esto es, los autores tenían que cumplir unas ajustadas e ineludibles fechas de entrega. Siendo el color el último paso del proceso, es más que probable que Tran-Le (como por otra parte era común entonces) se viera obligada a trabajar con más prisas de las deseables y tomar atajos que no beneficiaban a la labor del dibujante.  

 

(Continúa en la siguiente entrada)

 

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