(Viene de la entrada anterior)
El siguiente paso, habida cuenta la excelente recepción del nuevo “Superlópez” tanto en su serialización como en su recopilación en álbum, fue pasar del formato de historias cortas autoconclusivas al de historia larga (dividida, eso sí, en capítulos serializables en las diferentes revistas de Bruguera). Aún más, el propio personaje debía dar un paso adelante y, como sus contrapartes americanas, se integra en un grupo. Pérez Navarro escribe dos álbumes, “El Supergrupo” (1980) y “¡Todos Contra Uno, Uno Contra Todos!” (1981) con un protagonismo coral y en el que vierte su conocimiento del género (en realidad, el primero de ellos está compuesto por historietas cortas conectadas por cierta continuidad).
El guionista se inspiró directamente en el
espíritu Marvel construido por Stan Lee, que había dominado el género desde los
años 60 y que consistía en la humanización de los ídolos y el establecimiento
de un conflicto permanente del superhéroe consigo mismo y con su entorno frente
a la armonía y compañerismo tradicionales en los grupos de justicieros de DC.
Así, los componentes del Supergrupo (Capitán Hispania, Bruto, Latas, Mago y la
Chica Increíble) son trasuntos de héroes Marvel (Capitán América, La Cosa, El
Hombre de Hierro, el Doctor Extraño y Ms Marvel) pero también miembros
honorarios de la escudería Bruguera tradicional de personajes mezquinos y
socialmente inadaptados. Así, todos ellos son cobardes, perezosos, vanidosos y
egoístas y se pasan el día discutiendo por estupideces y dejándose llevar por
sus egos injustificadamente hinchados. En ambos álbumes se plantean,
hiperbolizados y cómicamente deformados, tópicos y situaciones propios de los
superhéroes Marvel: problemas de dinero, supervillanos megalomaníacos en la
sombra que maquinan
planes de conquista mundial, peleas con dobles malvados de
sí mismos, la captura en la base secreta y posterior huida…
No es de extrañar que estos dos álbumes sean considerados por muchos, incluso hoy, el culmen de una serie que aún tendría una larga vida por delante. Las situaciones son verdaderamente divertidas (la escena del banco de los superhéroes, por ejemplo, es difícilmente mejorable), las historias están bien estructuradas y se narran con buen ritmo, los diálogos tienen pegada, gracia y mucha mala uva y el dibujo de Jan es sobresaliente en diseño de personajes, expresividad, movimiento y dibujo de fondos.
Por entonces, la editorial norteamericana DC
comics, que distribuía sus tebeos de Superman a través de Bruguera, empezó a
poner problemas respecto a Superlópez por considerar que su creciente
popularidad podía amenazar las ventas de su propio personaje. Aunque aquello
era a todas luces una estupidez sin recorrido alguno, sí existieron presiones
para que el personaje no se exportara a otros mercados europeos importantes y
se dejara de utilizar al Supergrupo. Finalmente, se llegó a un acuerdo en
virtud del cual Jan cambió l
a “S” del pecho del protagonista para alejarla del
símbolo del Superman yanqui. Pero no fueron estas las razones para que, llegado
este momento, se produjera otro punto de inflexión en la serie.
Jan veía que su personaje quedaba algo diluido
integrado en un grupo (que había sido creación de Efepé) en el que otros
componentes tenían tanto o más carisma que aquél. Además, en estas dos
historias los personajes secundarios creados en “Las Aventuras de Superlópez”
habían quedado tan marginados como la crítica social por la que Jan tenía interés.
Quiso, por tanto, retomar las riendas de Superlópez escribiendo sus propios
guiones. Y como tenía poco o ningún conocimiento e interés en el mundo de los
superhéroes, que él consideraba propio de la cultura norteamericana y por el
que no sentía afinidad, cerró esa etapa -y, con ella, su colaboración con Pérez
Navarro- para orientar las futuras historietas en otras direcciones que tenían
poco que ver con la parodia de aquel género. Superlópez no sería ya tanto la
parodia de un campeón del Bien, un justiciero disfrazado embarcado en una
cruzada contra el crimen como el protagonista (con poderes derivados de su
traje) de peripecias del más diverso corte, desde el melodrama urbano más prosaico
a la fantasía surrealista, y en las que no sólo incorporaba cualquier asunto
que le interesara en ese momento, sino elementos, temas y problemas del mundo
real, herencia quizá de su etapa cubana. En ese momento, fue posiblemente el
movimiento más acertado. Ya se había dicho todo lo relevante en cuanto a la
dinámica interna del supergrupo y los mencionados tópicos del género. Seguir
por ese camino probablemente habría significado caer en la redundancia y
consiguiente monotonía.
Y así, en 1980, aprovechando otro retraso en
la entrega de guiones de Efepé debido a problemas personales de éste, inicia la
nueva etapa ya como autor completo con el álbum (serializado en “Mortadelo
Especial”) “Los Alienígenas”, inspirado en sus lecturas sobre ufología y
enfocado como parodia de las películas de CF sobre “invasiones silenciosas” al
estilo de la reciente “La Invasión de los Ultracuerpos” (1978) -insertando de
paso también un guiño a la recién estrenada “Alien, el 8º Pasajero” (1979)-.
Superlópez debe detener la misión de exploración de dos alienígenas cambiaformas
en la Tierra con vistas a una futura invasión masiva. Los planes de los
extraterrestres acabarán frustrados no por la valentía, ingenio y recursos de
los humanos, sino por su supina estupidez.
Para “El Señor de los Chupetes” (1980), Jan
cambia a una mezcla entre fantasía y ciencia ficción inspirada en “El Señor de
los Anillos” de Tolkien, una obra entonces mucho menos popular de lo que es hoy
en día. El hijo de Jan se encontraba tan obsesionado por esa novela que éste
decidió convertir a los tan codiciados chupetes de la historia en metáfora de
diferentes adicciones. “La Semana Más Larga” (1981) no pertenece a un género en
concreto y se centra sobre todo en desarrollar al personaje en una narración
dividida en siete entregas que corresponden a otros tantos días de la semana y
en la que se presentan personajes que luego serán recurrentes, como el doctor
Escariano Avieso (cuyos destructivos agujeros son los que traen de cabeza al
protagonista en esta ocasión) o el inspector Holmez.
Más o menos por entonces, disminuyó la
periodicidad de las aventuras de Superlópez al dividir su tiempo Jan entre ese
personaje y otro nuevo creado por encargo para Bruguera, “Pulgarcito”, que
acabó ocupando su propia cabecera y registrando un gran éxito. Aunque Jan
sentía afecto por Pulgarcito, decidió volver a Superlópez en la creencia de que
un personaje tan infantil como aquél no tendría demasiado futuro en un panorama
de venta decreciente de publicaciones periódicas.
La siguiente aventura, “Los Cabecicubos” (1983)
es una distopía en toda regla. En ella se narra el ascenso al poder de un
partido totalitario que impone a la fuerza sus principios con una fuerza
paramilitar (pero también convenciendo a muchos otros con argumentos
insidiosos) y que está formado por individuos cuyas cabezas han sido deformadas
en cubos por una fuga industrial tóxica que, además, resulta ser contagiosa. Al
igual que en “La Semana Más Larga”, tenemos un entorno completamente urbano
sobre el que transcurre una historia que describe mejor de lo que cabría
esperar los mecanismos que utiliza una dictadura para extenderse y prosperar.
Además de una crítica a la política extremista, el racismo y los prejuicios,
subraya una preocupación que Jan ya había apuntado en alguna historia corta
anterior del primer álbum: la contaminación ambiental producto de las emisiones
industriales y de los vehículos particulares. Junto a los habituales Luisa,
Jaime o el Jefe, se recupera al inspector Holmez y al general Sintacha, ambos
con importantes papeles en la intriga.
“La Caja de Pandora” (1984) es uno de los álbumes
favoritos de Jan, muy documentado y excelentemente dibujado en el que
Superlópez acaba viéndose envuelto en una intriga iniciada por una facción de
los dioses griegos más siniestros para exterminar a la raza humana y ocupar
ellos el planeta. Intriga -con una vertiente didáctica- en la que participan
también los panteones de otras deidades de la antigüedad (hindúes, aztecas y
egipcios) y sus correspondientes monstruos, y que quizá sea la historia más
compleja que Jan había escrito hasta la fecha. Que aquí los dioses (al menos
parte de ellos) sean extraterrestres que vienen a la Tierra a bordo de naves
interestelares parece una idea inspirada tanto en las teorías de Von Danniken que
por entonces aún tenían cierto predicamento, como en el comic “La Feria de los
Inmortales” (1980) de Enki Bilal.
En 1984, la serialización de las aventuras de
Superlópez pasó a “Super Mortadelo” y un año después a una cabecera propia que
duró apenas tres números y en la que se publicaron las primeras entregas de la
última historia del personaje que Jan hizo para Bruguera: “La Gran
Superproducción”. La quiebra de esa editorial interrumpió la serialización de
ese álbum y la propia carrera del personaje durante un tiempo, pagando para
colmo a Jan lo que se le debía en letras sin fondos. En lo que a mí respecta, “La
Gran Superproducción” es el último de los grandes álbumes de la serie, una
incursión de Superlópez y sus compañeros de oficina en el mundo de la
producción cinematográfica. Es una historia que funciona con la precisión de un
reloj, sin mucha acción convencional (persecuciones, mamporros, etc.) pero en
la que no dejan de pasar cosas que sumergen a los personajes en un caos
progresivamente más acelerado y que culmina en el estreno de la película que ha
rodado un equipo descacharrante. Si las anteriores aventuras habían dejado algo
de lado el humor para centrarse más en la aventura, en esta ocasión aquél toma
preeminencia con muy buen resultado (aprovechando, además, para meter más de
una pulla a la industria del cine, los divismos de las celebrities o la
estupidez de los intelectuales de pacotilla).
A estas alturas y libre de las rígidas
convenciones de la Bruguera tradicional, Jan se había convertido en uno de los
mejores dibujantes de estilo humorístico de nuestro país. Como ya apuntaba
antes, los personajes siguen siendo claramente caricaturescos y las viñetas
suelen incluir pequeños detalles surrealistas en los fondos o los figurantes
secundarios; pero al mismo tiempo, y alejándose del esquematismo y síntesis
tradicional de la escuela Bruguera, retrata con realismo tanto el ambiente
urbano (coches, tiendas, edificios) como los interiores (mobiliario,
decoración, vestuario) e incluso lo irreal, como la maquinaria alienígena o las
bases secretas de los villanos. Su capacidad expresiva y sentido de la
narración están plenamente desarrollados y aunque
él siempre insistió, ya lo
comenté, en que no era un dibujante humorístico, demuestra tener un excelente
ojo y capacidad plástica para la construcción de gags y situaciones cómicas.
En 1987, Jan retoma a Superlópez bajo el sello de Ediciones B, que se había hecho con los fondos y derechos sobre los personajes de Bruguera; primero en su propia cabecera y luego en otros títulos para luego pasar a ser editado directamente en álbumes, formato en el que el personaje continuará su andadura con periodicidad regular durante décadas. “Al Centro de la Tierra” (1987), que continuaba en cierta medida “La Gran Superproducción”, fue la primera entrada de esta nueva etapa.
Sin embargo, y esto es una opinión
absolutamente personal que evidentemente no comparte mucha gente habida cuenta
del continuado éxito que Superlópez ha venido cosechando durante décadas, la
serie en su última etapa con Ediciones B pierde buena dosis de la originalidad,
chispa y frescura de sus primeras entregas; lo cual no deja de ser paradójico
dado que las ventas del personaje y la política de la editorial que ahora era
su casa concedían a Jan mayor flexibilidad y libertad en los guiones.
Tras leer varios de los números que siguieron
a “La Gran Superproducción”, mi impresión fue que, mejorando el dibujo en todos
sus aspectos, las historias se simplifican y el resultado oscila entre lo
moderadamente interesante y curioso hasta lo francamente olvidable. Se repiten
los chistes; se blanquean los personajes secundarios de la oficina de López
para que de antagonistas se transformen en aliados; menudean en exceso imágenes
panorámicas representando localizaciones reales sin más objetivo aparente que
el mostrar el esfuerzo de documentación realizado por el autor; las narraciones
se alargan artificialmente con escenas de acción que aportan poco; y, sobre
todo y aunque de vez en cuando los guiones contengan su dosis de ingenio en la
premisa y se haga un esfuerzo por tocar temas de actualidad o buscar
inspiración en grandes
obras de la literatura universal, se cae con frecuencia
en el moralismo buenista con evidente destino a un lector infantil. A todo ello
no ayudó la decisión de Ediciones B de recortar el número de páginas de los
álbumes, de 62 a 48, lo que forzosamente implicaba una mayor síntesis y menor
profundidad.
Superlópez siguió acumulando álbumes año tras año hasta llegar 2022, momento en el cual Jan anuncia que deja la serie tras casi noventa aventuras del personaje y medio siglo de vida. Personaje que puede ya enorgullecerse de figurar en el olimpo de la historieta española gracias a su longevidad y prolongada popularidad, sólo superada por los incombustibles “Mortadelo y Filemón”. “Superlópez” ha conseguido sobrevivir a presiones y catástrofes editoriales tanto como a modas pasajeras, conectando con cada generación de lectores y demostrando una resistencia y capacidad de renovación envidiables que sólo se explican gracias al compromiso de Jan con su creación, su talento como dibujante y guionista y capacidad de trabajo. Aunque yo sólo recomendaría de forma incondicional los primeros nueve álbumes, está claro que “Superlópez” es la obra de toda una vida, un personaje que, siendo muy español, supo romper con las tradiciones historietísticas patrias ya exhaustas para acercarse al tipo de comic que practicaban los primos europeos, encontrando con ello el éxito internacional y conservando siempre su independencia, integridad, coherencia y honestidad creativa.
Coincido plenamente en tu valoración: los nueve primeros álbumes son deliciosos, fabulosos, esplendorosos, ... A pesar de haber superado los cincuenta tacos, sigo releyéndolos de vez en cuando con fruición. Enhorabuena por tus escritos!
ResponderEliminarVolví a releerlos para escribir el artículo, y volví a disfrutarlos una vez más... la enésima. No han envejecido casi nada y siguen siendo muy divertidos. Gracias por pasarte por aquí. Un saludo
EliminarMagnifico, me lo he pasado en grande leyéndolo. Mil gracias
ResponderEliminarGracias a tí por pasarte por aquí. Un saludo
EliminarBuen articulo , muy documentado, felicidades.
ResponderEliminar"Aunque yo sólo recomendaría de forma incondicional los primeros nueve álbumes"
Estoy de acuerdo, aunque el de los petisos se deja leer por ser tipo "elige tu propia aventura".
El resto, bueno , la verdad de los que he leído no hay ninguno que realmente merezca la pena,El guión flojea siempre y el dibujo cada vez va a peor.
Creo que la editorial debió obligar a Jan a tomar un guionista y ayudante en el dibujo para evitar la fuga de lectores.
Pero francamente el personaje ya llevaba décadas muerto, en realidad no se terminó este año.
Es cierto, los 9 primeros están bien , pero el resto son totalmente prescindibles.
ResponderEliminarSi acaso el de los petisos para que el lector le de un final digno al personaje.
Es una pena que después de tantos albums , el balance sea tan pobre.
Nada que ver con el Mortadelo de Ibáñez que cumplió 50 años de forma digna y sin ser cancelado por falta de ventas.