22 nov 2018

1984- THEODORE POUSSIN – Frank Le Gall (y 2)



(Viene de la entrada anterior)

En “El Tesoro del Rajá Blanco” (1990), Poussin vuelve a ser una marioneta del destino. Tras el naufragio del navío de George Town en la costa de una de las islas Célebes, el jefe pirata y él caen en manos de unos saqueadores malayos liderados por el capitán Soto. La única forma de salvar la vida es ofrecerles la manera de apoderarse del Rajá Blanco, como se ha dicho, prisionero de los holandeses en una fortaleza bien defendida. Poussin, llevado por su conciencia, intenta escapar para no verse involucrado en lo que se presagia como una incursión sangrienta, pero sin éxito. No lo queda más remedio que seguir los planes de los criminales y tratar de rescatar a Lord Brooke para que revele el paradero de su fortuna.



Es esta una aventura de corte clásico que, aunque quizá resulte de las menos interesantes de la serie, sí está muy bien narrada y mantiene un excelente ritmo hasta su sangriento clímax, terminando en un epílogo en el cual Theodore parece poner fin a sus desventuras asiáticas. De nuevo, Noviembre es un factor clave en la historia. Parece anticiparse a todo lo que vendrá y aunque asesina a sangre fría a un inocente, luego se esfuerza por salvar a Theodore de la ejecución a manos de los holandeses. Su pasado sigue siendo un misterio. Ni siquiera sabemos mucho de su personalidad ni motivaciones. Cuando Theodore le pregunta quién es, responde: “No soy más que un humilde servidor a las órdenes de alguien cuyo nombre no puedo desvelarte (…) No lo entiendes, pero tal vez un día llegues a comprenderlo. Eso espero…

Gráficamente, no hay mucho nuevo que decir. Le Gall ha llegado ya a la madurez como artista, si bien esto no significa que se vaya a estancar y, de hecho, en los siguientes álbumes continuará evolucionando. Desde esa plancha inicial en la que resume los acontecimientos pasados en la forma de un espectáculo de Wayank kulit (sombras chinescas indonesias) ofrecido por el gran manipulador, Noviembre, el dibujante demuestra su dominio de la narrativa y su capacidad para imprimir en sus páginas tanto el lirismo como la violencia. Hay planchas dominadas por las grandes imágenes y otras con ritmo más rápido en las que se agolpan hasta once viñetas. Hay incluso páginas mudas cuya acción descansa exclusivamente en lo visual y se alternan momentos de paz y serenidad con otros de suspense o acción, todo siempre bien sintetizado.

“Un Pasajero Desaparecido” (1991) transcurre en 1931 y supone la tan ansiada vuelta a casa de nuestro héroe. Los periodistas que casualmente viajan con él en el barco que le lleva a Dunkerque envían por radio noticias de sus peripecias –se le daba por muerto desde hacía muchos meses- y lo convierten en una celebridad antes incluso de que arribe a puerto. Sin embargo, durante una escala en Colombo, desaparece durante unos días sin que nadie sepa qué ha sido de él. Cuando reaparece, continúa viaje y llega a su hogar, reuniéndose con su hermana, su madre y sus amigos. Pero hay algo que le inquieta, algo relacionado con su ausencia en Colombo. Cerrando el círculo que inició en el primer álbum, vuelve a obsesionarse por la figura del capitán Charles Steen, del que nadie quiere hablar en la familia y alrededor del cual queda claro que existe un secreto terrible.

Se han acabado las aventuras exóticas en puertos lejanos e islas recónditas; ya no hay piratas, contrabandistas ni rajás millonarios. Pero sí hay un viaje, esta vez interior, espiritual. Theodore debe nadar contracorriente, en las habitaciones de su hogar familiar, en las calles de su propia ciudad, y recorrer hacia el pasado la historia de su familia para indagar sobre sus propios orígenes. Esta historia es tan decisiva o más que las que Theodore vivió en el Lejano Oriente porque le revelará sus raíces y le explicará el motivo que ha impulsado sus acciones. Después de lo que ha visto y hecho y siendo aún joven aunque no inmaduro, Theodore difícilmente podrá ya sentirse a gusto trabajando en una oficina. Como reza el poema de Baudelaire que tanto gusta repetir a Noviembre (cuyo origen y razones para sus actos en todos los álbumes anteriores quedan aquí casi debidamente explicados): “¡Amargo saber, el que obtenemos del viaje! El mundo, monótono y pequeño,. Hoy, ayer, mañana, siempre, nos muestra nuestra imagen: ¡Un oasis de horror en un desierto de tedio!”. No es de extrañar, por tanto, que solicite a su jefe un puesto en el siguiente barco que parta a tierras lejanas. Sus aventuras le han demostrado quién es y de lo que es capaz; su regreso de las mismas le ha enseñado de dónde viene. Es un hombre completo, dispuesto a encarar el futuro y ansioso de libertad (en contraste, Noviembre es alguien que ya no sabe qué hacer con la misma). Le Gall ha resuelto los misterios que habían ido planteándose en la serie durante cinco álbumes (Steen, Noviembre…) y con ello cierra un ciclo en la trayectoria del personaje.

Es este un álbum melancólico, incluso triste, y el grafismo así lo refleja. Le Gall, como su personaje, ha madurado y su estilo aquí está ya plenamente asentado. Su narración es fluida, su capacidad de síntesis sobresaliente y su línea clara –acompañada por unos colores apagados en sintonía con el tono emocional del relato- contrasta pero no desentona con una historia adulta e introspectiva. Su dibujo se mueve con igual o mayor soltura en ambientes urbanos y domésticos que en el exotismo de pasados volúmenes, jugando con los tiempos muertos, las escenas costumbristas y los interludios poéticos para enhebrar la trama y dosificar el ritmo.

“El Valle de las Rosas” (1992) va un paso más allá en el costumbrismo del álbum anterior. Se trata de una afectuosa y melancólica recreación de los recuerdos infantiles del abuelo de Le Gall, Theodore-Charles Le Coq, reconvertidos para ajustarse al universo y familia que había ido creando el autor alrededor de su héroe. La acción comienza en 1909, un momento feliz para el pequeño Theodore, y cubre los meses y años posteriores hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial. Siendo su padre marinero, a menudo estaba ausente del hogar y el niño se crió sobre todo con su madre y sus abuelos maternos. Todo arranca con el cambio del domicilio familiar a un idílico valle rural desde el portuario Dunkerque, una mudanza que despierta la añoranza de Theodore por los sonidos marineros. Pero como todos los niños, no tarda en adaptarse. Acude a la escuela, hace travesuras, conoce al que será inseparable amigo, Clacquin, juega con su hermana, roba en los huertos, contempla con asombro los acontecimientos cotidianos, la llegada del circo, las fantasías de aventura, las lecturas de peripecias marineras, la llegada de familiares molestos…por el margen de esa visión inocente del mundo discurre el espectro de las desgracias de los adultos, con referencias al capitán Steen y, finalmente, el comienzo de la Gran Guerra. El fervor inicial da paso a las muertes de conocidos y la obligada mudanza de regreso a Dunquerke para reunirse con su padre movilizado. Es entonces cuando llegan las despedidas: de su amigo Clacquin pero, sobre todo, de su abuelo, figura paterna y personaje entrañable y maravillosamente construido. El álbum se abría con una escena de verano, luz, alegría y despreocupación; se cierra con un día invernal, triste y lluvioso, como si del cielo cayeran lágrimas ante la certeza de que la infancia ha terminado.

Aunque no lo parezca a simple vista, éste es también un álbum de aventuras, pero de esa gran aventura que es la infancia, cuando tantas cosas son aún nuevas y la imaginación convierte una playa, un desván o un huerto en mundos a medida para las grandes hazañas y los momentos terroríficos. La idea venía de lejos y, de hecho, Le Gall quiso que el primer volumen de la serie, “Capitán Steene”, incluyera varias planchas del Theodore niño, idea que finalmente fue desechada para recuperarse más de diez años después. Le Gall utiliza la nostalgia para seguir profundizando en la vida y psicología de Theodore, esta vez examinando sus fundamentos familiares y las vivencias y personas que moldearían su carácter. No encontramos aquí un argumento al uso –de hecho, Le Gall lo improvisó sobre la marcha a partir de una trama muy general- sino más bien un hilo de recuerdos articulado de manera emotiva y sutil, con una amplia y sobresaliente galería de personajes..

En esta ocasión, Le Gall decidió introducir una arriesgada innovación: aplicar el color directo sobre las páginas a lápiz, creando escenas deudoras de la escuela pictórica impresionista o bien sacadas de un antiguo celuloide algo ajado por el tiempo. Fue esta una opción acertada no sólo por la belleza formal resultante, sino porque esa técnica diferencia este volumen de los anteriores y subsiguientes, que tienen un color más vivo y plano. Las aguadas transmiten ese sentimiento de nostalgia, de recuerdos vívidos y al tiempo algo desdibujados que se atesoran de la infancia. El color, por tanto, cumple en esta ocasión un papel narrativo aún más importante que en aventuras precedentes. Además, la ambientación de época (vestuario, objetos, entorno) y el paso de las estaciones, con esa particular luz y color del norte de Europa, están magníficamente conseguidos, sobre todo teniendo en cuenta que el autor jamás vivió allí..

Por todo ello, “El Valle de las Rosas” es quizá el mejor álbum de la serie hasta ese momento, superando incluso al anterior.

“La Casa de la Isla” es al mismo tiempo un paso adelante y otro paso atrás. Por una parte, la acción da un salto hacia el pasado, a 1929, cuando Theodore estaba atrapado en Asia y trataba de ahorrar dinero trabajando como marino mercante independiente. Pero, al mismo tiempo, Le Gall continúa en este álbum el tono intimista y psicológico de los dos anteriores. La aventura que corre aquí el protagonista no es real sino mental.

Durante uno de sus viajes transportando algodón y tabaco para un comerciante de Macassar, Theodore sufre un naufragio a causa de una enorme tormenta. Despierta en la playa de una isla y empieza a encontrarse con personajes a mitad de camino entre lo estrafalario y lo misterioso: una ornitóloga llamada Isa Chéjov, un escritor con problemas de memoria y un ceñudo cazador a la búsqueda de una bestia. Todo lo que se cuenta aquí es tan extraño que cualquier lector mínimamente avispado se dará cuenta enseguida de que lo que está ocurriendo tiene lugar dentro de la mente de un inconsciente, quizá moribundo, Poussin; y que todos esos personajes que aparecen y desaparecen para volver a aparecer, a los que aprende a amar o temer, a los que se acerca o de los que huye, son en realidad aspectos de su propia personalidad: el amor, el intelecto y el miedo.

“La Casa de la Isla” es, en cierto modo, un álbum de transición entre dos ciclos. Por una parte, las aventuras asiáticas de la primera etapa habían terminado con el héroe regresando a casa; “El Valle de las Rosas” profundizaba en el pasado y la familia… ¿Qué dirección tomar a continuación? Le Gall estaba indeciso y mientras daba con la solución creó esta historia aprovechándose de lo bien que había llegado a conocer a su personaje. La atmósfera onírica, poética y surrealista al estilo de los cuentos maravillosos como “Alicia en el País de las Maravillas”, confundió y desagradó a no pocos lectores que criticaron el recurso fácil de que todo sea un sueño y que la resolución consista en que el protagonista despierte. Las intenciones del autor son algo más complejas que todo eso: Theodore no se ve a sí mismo exactamente en un sueño sino que, tal y como le auguran al comienzo de su singladura, accede a un lugar al que sólo ciertas personas en momentos muy determinados –como el encuentro con la muerte inminente- pueden llegar. En este caso y para Poussin, esa “localización” mental es una isla poblada por personificaciones de facetas de su inconsciente, de su espíritu, de su alma.

“La Terraza de las Audiencias” es una historia larga que se dividió en dos álbumes aparecidos respectivamente en 1995 y 1997. Estamos en el año 1932 y Theodore Poussin se ha convertido en una celebridad marinera cuando en compañía de su viejo conocido el capitán Augustin Poisson llega de visita a la residencia del residente general francés de una provincia de Malasia, Philippe Bataille, que acaba de tomar posesión de su cargo. Ahí comienza una intriga a varios niveles, desde lo político a lo sentimental, centrada en el círculo de poder que rodea al príncipe local, Abdul Amsad. Éste vive en la opulencia, ajeno a las penurias de su pueblo y gastando una fortuna en la excéntrica edificación de un palacio en honor de su fallecido padre. Los trabajadores emigrantes tamiles están descontentos y conspiran para librarse no sólo del príncipe sino de los amos coloniales; se dice que hay un complot tejido por extranjeros occidentales para asesinar al noble y que hay espías en ambos bandos, el francés y el indígena. La posición de Bataille es muy delicada y Poussin y Poisson se hacen pasar por sus secretarios con el fin de tratar de descubrir quién está de su lado y quién es un traidor.

Es esta una historia con una extensa galería de personajes (hasta trece) cuyo fondo, más allá de la intriga política, trata de la descomposición del mundo colonial ante la llegada del nacionalismo, del conflicto entre la tradición y la modernidad. En diferentes momentos de la aventura se tocan los intereses económicos de los colonos, la desidia de los gobernantes locales, la codicia de los arribistas o el desprecio con el que se trata a una población nativa y emigrante cada vez más arisca tras su fachada servicial, la corrupción, los prejuicios raciales y culturales… Es también una narración compleja y de atmósfera opresiva que se basa en los equívocos, en la interpretación errónea de la naturaleza y propósitos de los personajes, en los secretos –reales o imaginarios- del pasado…

En lo que se refiere a la trayectoria biográfica de Theodore es importante la presentación del primer personaje femenino con auténtico peso en la serie: la carismática y desenvuelta Chouchou Bataille, hija del residente general y una mujer fuerte y femenina al mismo tiempo. La aventura les une, más espiritual que físicamente y no es de extrañar que Theodore se sienta atraído por ella; al fin y al cabo, viene a ser una encarnación de la Isa Chejov de “La Casa de la Isla”. Por su parte, Chouchou queda cautivada por la bondad y honestidad esenciales de él y su mezcla de audacia y vulnerabilidad. Por primera vez Poussin se plantea abandonar sus vagabundeos y establecerse en alguna isla del Pacífico, ganarse la vida como plantador con una mujer a su lado y emprender una nueva aventura, la del amor, tan apasionante a su manera como las peripecias con piratas. Este es un gran paso para el héroe, un avance más en su madurez que marcaba además toda una época para la revista “Spirou” que asumía así implícitamente que sus lectores ya no eran sólo niños sino adolescentes camino de convertirse en adultos.

“Noviembre todo el año” (2000) es una historia policiaca al estilo de las de Agatha Christie que transcurre en el ambiente cerrado de un navío de línea en el año 1932. Poussin ya ha dejado muy atrás su soñadora juventud y se ha convertido en un adulto centrado que embarca en el “Cape Padaran” como comisario, esto es, responsable del pasaje y la carga del barco. La noche de partida del puerto de El Havre, la policía le informa de que un peligroso asesino en serie que ha dejado un rastro de cadáveres por todo el país podría merodear por el puerto. A bordo viaja una compañía teatral compuesta por unos excéntricos artistas especializados en la representación de obras truculentas y entre los que no reina precisamente la armonía. Uno de los miembros de la compañía es nada más y nada menos que el señor Noviembre, al que un consternado Poussin rehúye como símbolo de los peores momentos de su pasado. Cuando uno de los pasajeros desaparece misteriosamente en plena mar, Poussin inicia una investigación temiendo que el prófugo de la policía –apodado muy convenientemente el Tiburón por cuanto enloquece ante la visión de la sangre- se encuentre a bordo, sospecha que se confirma cuando se producen más muertes. ¿Será quizá Noviembre, a quien el asesinato no es ajeno? ¿Tendrán algo que ver los actores, habituados a la sangre y las mutilaciones sobre el escenario?

Es esta una intriga policiaca que, siendo un deliberado homenaje satírico a las novelas clásicas del género, viene lastrada por un fallo que hace que fracase como intento serio de abordarlas. Y es que tras presentar a todos los personajes –quizá demasiados- y de forma un poco forzada señalar a varios de ellos como sospechosos, el asesino resulta ser quien menos se espera porque ni siquiera había aparecido previamente en la trama. Con todo, es una aventura que se lee con agrado, que tiene buen ritmo y ofrece una conseguida atmósfera opresiva.

El título del decimosegundo álbum, “Los Celos” (2005), resulta tan descriptivo como adecuado al fondo de la historia. Poussin parece haber alcanzado por fin la estabilidad. Ha comprado una pequeña isla en el Pacífico indonesio donde cultiva cocos para obtener copra, ha construido una agradable casa y se ha rodeado de una pequeña familia de amigos (Noviembre, el señor Martin) y trabajadores nativos supervisados por un capataz. Su vida de aventuras, violencia y decepciones con la especie humana parecen haber quedado atrás. Pero he aquí que un día, a bordo del barco que aprovisiona a la isla llega Chouchou Bataille, la joven de cautivadores ojos azules con la que vivió un momento de íntimo romance en “La Terraza de las Audiencias”. Chouchou dice haberse separado de su marido acude a Theodore en la esperanza de reanudar su relación.

Aunque con reservas al principio, Theodore se deja seducir por una Chouchou que esconde secretos que no escapan a la atención de Noviembre. No diré mucho más para no arruinar demasiadas sorpresas, pero sí que un viejo enemigo, el capitán Crabb, reaparece para obligar a Theodore a abandonar su propiedad como condición para salvar a sus seres queridos. Es un final amargo pero Theodore no guarda rencores. Aparentemente lo ha perdido todo: amor, amistades, su isla, su futuro… pero ha madurado lo suficiente como para saber qué es lo verdaderamente importante en la vida y que, si así lo desea, podrá recuperarlo con su demostrada perseverancia y fuerza de voluntad.

Es esta una historia más teatral que cinematográfica construida a partir de un sentimiento primario y negativo, los celos, presentes en casi todos los personajes en mayor o menor medida y no siempre simultáneamente: de Theodore hacia el esposo de Chouchou y a la inversa, de Noviembre hacia ésta, de Crabb hacia los logros del primero… El álbum tiene un ritmo tranquilo, de atmósfera y sentimientos más que de acción –de la cual hay bien poca-, de caracterización e intriga. Los personajes se introducen en la historia paulatinamente y desaparecen de la misma de igual forma, provocando malentendidos, diciendo mentiras, ocultando verdades, codiciando lo ajeno o maltratando al prójimo… Tras tantos tropiezos y decepciones, Poussin ya no se hace ilusiones respecto a la naturaleza humana, pero Frank Le Gall consigue equilibrar todas esas emociones y actos negativos y suavizar el conjunto con un barniz de esperanza y romanticismo que evita que la historia caiga en el pozo de la desesperanza.

Este podría haber un buen cierre para la serie, intimista, sensible y agridulce, veinte años después de su arranque. En 2018 ha aparecido un nuevo álbum, “El Último Viaje del Amok”, inédito por el momento en España y que no he podido leer.

“Theodore Poussin” es, en resumen, una serie altamente recomendable para aquellos lectores adultos que no hayan olvidado su amor juvenil por las aventuras. Aprovechándose del aperturismo de la revista “Spirou” en los ochenta, Le Gall supo hacer evolucionar a su personaje, aportándole una complejidad desconocida en los aguerridos héroes del pasado: Theodore es sensible, romántico, tiene dudas y sufre continuos desengaños y decepciones, pero así y todo continúa persiguiendo su sueño. Y eso es lo que le convirtió en un héroe moderno sin necesidad de caer en el nihilismo y el cinismo prevalentes en otras figuras habitualmente calificadas como anti-heroicas. Un clásico del comic europeo de aventuras.


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