13 nov. 2017

1948- BUCK DANNY – Charlier y Hubinon (y 3)



(Viene de la entrada anterior)

Las limitaciones con las que tenía que jugar Charlier en la serie volvieron a ponerse de manifiesto en la siguiente aventura, compuesta también por dos álbumes: “Alerta en Malasia” (1958) y “El Tigre de Malasia” (1959). En esta ocasión, la aventura está ambientada en el sur de Asia, en el archipiélago de las Célebes. Por aquel entonces, Malasia lidiaba con una guerrilla compuesta por malasios de raza china apoyados por el Partido Comunista de ese país y contra la que se desplegaron efectivos de la Commonwealth dirigidos por Gran Bretaña, a la sazón metrópoli de Malasia (que no alcanzó la independencia de facto hasta 1957). Llevar a Danny a ese escenario hubiera brindado grandes posibilidades pero, una vez más, la censura francesa que impedía introducir referencias políticas en los comics publicados en revistas de orientación infantil-juvenil, impidió profundizar en esa dirección.



Así que la historia nos contaba que el portaaviones Valley Forge, en el cual se hallaban embarcados Danny sus amigos, recibe el encargo de la ONU de localizar y destruir la base desde la cual opera una peligrosa banda de piratas y traficantes de armas y drogas que amenaza con desestabilizar toda la región. El primer álbum narra cómo, dada la extensión geográfica a rastrear y la inestabilidad meteorológica del monzón –que impide lanzar operaciones desde el portaaviones con la frecuencia requerida- decide buscar una isla desde la que poder organizar la misión. Encuentra una que cuenta con un antiguo aeródromo japonés construido durante la Segunda Guerra Mundial, pero los nativos, liderados por un amable pero cauto rajá, no se muestran demasiado contentos con la presencia norteamericana. Cuando empiezan a producirse accidentes y éstos demuestran ser sabotajes, Danny deberá averiguar si se deben sólo a la superstición o a la colaboración del rajá con los criminales a los que está buscando. La mayor parte de esta aventura transcurre en tierra, si bien, como no podía ser menos, la aviación pasa a primer plano en el último tercio.

A pesar de que la censura miraba por encima de su hombro, Charlier se las arregló para dejar pistas de lo que hubiera podido ser el verdadero argumento de haber gozado de la libertad para ello: en el segundo álbum, el grupo de traficantes deja bien claras sus intenciones: “Las armas son para los grupos de agitadores que hemos reclutado en todas las islas. En cuanto las reciban, provocaremos por todo el archipiélago una serie de incidentes que desatarán la ira de los indígenas. Instigados y dirigidos por nuestros agentes, los grupos armados fomentarán motines, levantamientos de masas…”. Dada la situación política que comentaba más arriba, estaba claro que todo el asunto giraba alrededor de un complot a gran escala cuyo objetivo era provocar por la fuerza un cambio político hacia el comunismo. Por supuesto, este delicado tema se dejaba inmediatamente de lado para centrarse en la pura acción.

Curiosamente, esta aventura no ha envejecido tan mal como pudiera pensarse. Puede que en
plena Guerra Fría, mandar a un portaaviones a capturar piratas en una zona, el sur de Asia, en la que esa actividad había sido eliminada por los ingleses más de cien años atrás, resultara una pérdida de tiempo. Pero resulta que desde comienzos del siglo XXI, el estrecho de Malaca volvió a ser escenario de ataques piratas de procedencia indonesia. Sin embargo, gracias a la colaboración (no siempre fácil, eso sí) de los países de la zona -Singapur, Malasia, Indonesia, la India y, en menor medida, Tailandia- parece que los ataques contra cargueros y petroleros han disminuido mucho.

El título del siguiente álbum, “¡Alerta, Platillos Volantes!” (1959) es cuanto menos engañoso porque no aparece ni un solo ovni en todo el álbum. En realidad, dado el riguroso temperamento de Charlier no puede extrañarnos. Charlier era extremadamente puntilloso a la hora de dotar de máxima verosimilitud y realismo a sus argumentos, documentándose extensamente en historia, ciencia, tecnología, geografía… todas aquellas áreas
del conocimiento que jugaran algún papel en la trama. Y, por supuesto, esto chocaba frontalmente con dar categoría de hecho probado a la existencia de naves procedentes de otros mundos. No, el argumento va por otros derroteros, derroteros que, en realidad, no se separaban tanto de lo que habíamos visto en el ciclo polar: el espionaje a gran escala, el tráfico de información y las organizaciones criminales privadas de altos vuelos.

Buck Danny es encargado por sus mandos para que seleccione a un grupo de pilotos de élite y se traslade al portaaviones Forrestal. Allí deberán poner a prueba el prototipo de un avión de despegue vertical, un invento valiosísimo que permitiría a las fuerzas aéreas operar desde prácticamente cualquier sitio. Charlier y Hubinon, como de costumbre, demuestran su pasión y conocimiento del mundo de la aviación: en 1957, los ingleses habían fabricado el SC.1, el primer avión de despegue vertical cuyo objetivo era estudiar los problemas que presentaba tal tecnología. En el comic, los americanos no quieren quedarse atrás y, ante las continuas filtraciones de información secreta, deciden efectuar las pruebas, como he
dicho, a bordo de un portaaviones que, a su vez, navegará por aguas remotas del Océano Pacífico, donde ningún espía podrá observar ni, en caso de formar parte de la tripulación, transmitir la información a tierra sin ser detectado.

Las pruebas van sucediéndose alternando éxitos y tropiezos, pero mientras tanto la organización criminal que acecha el proyecto se las arregla para secuestrar en Estados Unidos al pequeño hijo de uno de los pilotos y chantajearlo: a cambio de la vida del niño debe huir con el prototipo y entregarlo a los criminales simulando un accidente en pleno océano.

El segundo álbum, “¡Ha desaparecido un prototipo!” (1960) finaliza la historia de una forma que recuerda mucho a las novelas de James Bond (la primera película de la franquicia no aparecería hasta 1962): una poderosa y bien equipada organización criminal que amenaza la paz mundial, una base secreta de alta tecnología construida en el interior de un cráter volcánico en una isla desierta, una líder carismática (regresa aquí Lady X, tan cruel como siempre y, además, sedienta de venganza contra Danny por su anterior derrota), el héroe llegando al cubil de los villanos al más puro estilo bondiano e infiltrándose en la base, la captura del mismo y su apurada huída en el último momento… Es una rutina que hoy nos
puede parecer rancia y mil veces vista, pero que entonces, en 1960, aún resultaba si no novedosa, al menos sí fresca, especialmente con el buen sentido del ritmo y la intriga que sabía imprimirle Charlier.

La Guerra Fría, en otra de sus facetas, vuelve a la serie en la siguiente dupla de álbumes: “Top Secret” (1960) y “Misión en el Valle Perdido” (1960). En octubre de 1957, los rusos lanzaron el Sputnik, el primer satélite artificial. Aquel logro supuso un acontecimiento mundial y un jarro de agua fría a los científicos americanos. El éxito soviético desató una auténtica crisis en Estados Unidos, que aceleró su propio programa espacial lanzando su primer satélite en enero de 1958, el Explorer. Asimismo y ante la delantera tomada por los rusos, el presidente Eisenhower propició la creación de la NASA.

Un papel fundamental en la carrera espacial –que a su vez estaba muy relacionada con la capacidad de lanzar misiles nucleares- lo asumieron los ingenieros alemanes que durante la Segunda Guerra Mundial habían estado experimentando con cohetes. Cuando terminó el conflicto, americanos, ingleses y rusos compitieron por capturar el máximo número posible de ingenieros, planos y cohetes –de las bombas volantes V1 y V2-. Los Estados Unidos se hicieron con Werner von Braun y la mayor parte de su equipo, mientras que los
soviéticos trasladaron a 170 científicos alemanes a suelo ruso para servir de asesores en el programa espacial liderado por Sergei Korolev.

Precisamente esa carrera por capturar a los genios alemanes es lo que encontramos en estos dos álbumes, serializados entre 1958 y 1959 en la revista Spirou, esto es, poco después del lanzamiento del Sputnik. Danny y sus amigos viajan a la India para hacer una demostración de las capacidades de sus aviones a representantes de ese gobierno y cerrar una venta de material militar. Allí son contactados por un mensajero que, antes de morir asesinado, les revela que un científico alemán al que se creía muerto en la Segunda Guerra Mundial, Von Brantz, aún vive. Para escapar de los soviéticos, este genio de la astronáutica y los cohetes asumió una nueva identidad y acabó internado en un gulag en Siberia, de donde escapó hacia el Tíbet sólo para ser recluido por unos monjes budistas fanáticos que no querían que sus conocimientos fueran empleados para la guerra en Occidente. Von Brantz no sabe con exactitud su localización, pero en el mensaje da algunas referencias geográficas que puede ver desde su ventana.

Trasladada esa información al gobierno americano, éste se muestra ansioso por hacerse con el científico para que impulse tanto la carrera espacial como la armamentística, dando órdenes a Danny y su equipo para que se infiltren en el norte de la India bajo la fachada de una empresa de vuelos turísticos y realicen reconocimientos aéreos de la zona hasta localizar el monasterio donde se encuentra Von Brantz. Sin embargo, desde el principio resulta evidente que hay otra potencia extranjera interesada en capturar al alemán, una potencia que no duda en recurrir a cualquier medio necesario. Ante esa tesitura, Danny recibe instrucciones muy claras: o escapa con el científico o lo asesina para que no caiga en manos del enemigo.

Como ya había sucedido en álbumes anteriores, Charlier no hacía aquí referencia directa a los rusos como potencia enemiga, aunque ello resultara más que evidente a la vista del aspecto del espía jefe a cargo de la operación en la India. Por una parte y como ya he mencionado, introducir referencias políticas explícitas en una publicación infantil-juvenil podía atraer protestas de los órganos censores. Por otra, Charlier pensaba que los lectores preferían que sus héroes corrieran las aventuras en lugares lejanos y libres de las luchas políticas que saturaban los medios de comunicación occidentales. Buck Danny nunca se enfrentó directamente al bloque soviético sino que sus adversarios solían ser organizaciones criminales o espías que pretendían vender secretos al mejor postor.

Tras varios años de desarrollo y pruebas, en 1958, entró en servicio el F-104 “Starfighter”, un
caza supersónico diseñado por el mítico Clarence “Kelly” Johnson, ingeniero jefe del igualmente legendario Skunk Works de la compañía Lockheed.. El Starfighter registraría un amplísimo recorrido en las fuerzas aéreas de más de una docena de países, jugando un papel clave en la Guerra de Vietnam. Fue, además, el primer avión en superar la barrera de Mach 2. Los siguientes dos álbumes de Buck Danny narrarían precisamente una intriga que transcurría en la base aérea donde se estaban llevando a cabo los test de vuelo de un nuevo prototipo –muy parecido al Starfighter-. Buck Danny es puesto a la cabeza del equipo de pilotos de prueba que deberán enfrentarse a los peligros de volar en prototipos capaces de superar el Mach 2, velocidad a la que ya hay que tomar en consideración la conocida como barrera térmica, esto es, el límite de velocidad de aeroplanos o cohetes de la atmosfera, impuesto por el calor que se deriva de la fricción entre la aeronave y el aire, que debilita y eventualmente funde la superficie de la misma.

Los nuevos aviones, con sus impresionantes prestaciones en velocidad y altitud, presentaban nuevos retos a la ingeniería…y a quienes debían probarla, los pilotos de prueba. De eso trata precisamente “Prototipo FX-13” (1961), en el que el trío protagonista es asignado a un
escuadrón de pilotos de prueba encargado de poner al límite dos prototipos en los que las Fuerzas Aéreas están interesados. Los peligros y tensiones a los que están sometidos esos profesionales de élite forman una parte importante de la historia, como también la desesperada competición entre los diseñadores de ambos aviones. En este último apartado, Charlier se muestra un tanto pacato y perezoso al enfocar la intriga de forma maniquea y burda. Así, por un lado, se presenta al ingeniero independiente, esforzado, decente, entusiasta y que lo ha sacrificado todo por fabricar su avión (algo difícilmente verosímil ya en los años cincuenta habida cuenta de la complejidad que entraña fabricar un caza de combate); por el otro, un tal McDougall (cuyo nombre es un compuesto de McDonnell-Douglas, uno de los principales fabricantes de tecnología aeronáutica de Estados Unidos), representante de la gran industria, de aspecto y maneras repulsivas, deshonesto e intrigante. Los manejos de McDougall por sabotear las pruebas del prototipo de la competencia y los peligros en los que sitúa a los pilotos, constituyen el núcleo del argumento del siguiente álbum, “Escuadrilla ZZ” (1961).

Aquí me veo obligado a dejar un amplio hueco de quince álbumes y saltar hasta 1979. Hasta
donde yo sé, esas aventuras permanecen aún inéditas en España y, por tanto, no he podido leerlas. La editorial Ponent Mon está actualmente publicando una serie de integrales del personaje que, si se siguen vendiendo lo suficiente, es de esperar que acaben completando todo el material publicado hasta hoy. Conforme vayan apareciendo nuevos volúmenes, iré completando este artículo.

Allá por finales de los ochenta, Grijalbo decidió en nuestro país empezar la edición de las aventuras de Buck Danny por los álbumes entonces más recientes, que ya no estaban dibujados por Victor Hubinon, muerto de cáncer en 1979. Tras permanecer la colección paralizada durante varios años, el aviador americano volvió a la acción con los guiones de Charlier y dibujos de Francis Bergèse, un ilustrador que había hecho su servicio militar en el cuerpo aéreo y que había empezado a dibujar comics inspirado por el mismísimo Buck Danny. Bergèse tenía una doble virtud: por una parte, era capaz de imitar de forma asombrosa el estilo de Hubinon: su minucioso realismo en los fondos y parafernalia militar, su clásica composición de página y la forma de dibujar a los personajes; pero, al mismo tiempo, insufló
cierta modernidad que permitió a la serie adaptarse a los nuevos tiempos: a diferencia de esa relativa rigidez y falta de expresividad que lastraba las figuras de Hubinon, Bergèse sabía aportarles vida, movimiento y emociones.

Charlier y Bergèse comenzaron esta nueva etapa con una historia en tres álbumes editados directamente en ese formato por Novedis: “Misión Apocalipsis” (1983), “Los Pilotos del Infierno” (1984) y “Fuego en el Cielo” (1986). En esta ocasión, el enemigo en la sombra es una alianza internacional de terroristas de ideología comunista que pretenden acabar con el mundo que conocemos para instaurar un sistema acorde a su ideología. Para ello, ejecutan dos espectaculares robos: dos armas nucleares de un bombardero B-52 en Groenlandia; y dos F-14 Tomcat de un festival aéreo que se está celebrando en el país centroamericano –imaginario- de Managua (no confundir con la capital de Nicaragua). Esos cazabombarderos serán armados con las bombas y conducidos por pilotos de las fuerzas aéreas iraníes –que tras ser adiestrados por los americanos fueron abandonados por sus antiguos aliados en las cárceles del ayatollah Jomeini- hasta Cancún, donde se va a celebrar una cumbre de jefes de Estado de las naciones capitalistas. La muerte de todos ellos creará un caos mundial que propiciará los cambios de régimen planeados por los
terroristas. Buck Danny y Sonny Tucker (Tumbler resulta herido al final del primer álbum y no puede participar en el resto de la aventura) deberán, tras muchas peripecias, poner fin a ese horrible complot.

En esta nueva etapa, Charlier decidió –quizá por hallarse por fin libre de posibles enfrentamientos con la editorial de turno y los órganos censores estatales- introducir un mayor grado de realismo en los álbumes. Aquí ya no hacen falta eufemismos para los rusos o los comunistas y se llama a las cosas por su nombre abandonando las ambigüedades y las alusiones veladas. El presidente Ronald Reagan juega un papel importante en la intriga, como también las tensiones entre Estados Unidos y Cuba. Aunque el país de Managua es ficticio, el entorno geopolítico no lo es en absoluto y, de hecho, la cumbre de Cancún que pretenden bombardear los terroristas tuvo efectivamente lugar en octubre de 1981: la cumbre Norte-Sur para la Cooperación y Desarrollo Internacionales.

En línea con las preocupaciones de la época, este arco argumental presenta como villanos a unos terroristas de izquierda, un fenómeno que durante los setenta y principios de los ochenta fue causa de enorme desgracia y dolor. La ETA española, el IRA provisional irlandés, los Baader-Meinhof alemanes, las Brigadas Rojas italianas, por nombrar sólo los movimientos terroristas europeos de inspiración comunista, estuvieron muy activos en esos años y sirvieron de inspiración a Charlier –junto a otros como los palestinos Septiembre Negro- para dar forma a la alianza terrorista IFARG.

“Los Agresores” (1988) es una revisitación, esta vez matizada y ajustada a los nuevos tiempos, de la historia del espía de una potencia extranjera. Como sucedía con el anterior ciclo, ya no hay inconveniente en llamar a los rusos por su nombre y en este caso tenemos al oronel Ouchinsky, un as de la aviación soviética que deserta a bordo de su Mig-29. Trasladado a la base de Nellis, en Nevada, donde se prueban los más avanzados prototipos y se adiestran los pilotos de élite, Danny, Tuckson y Tumbler son encargados de vigilar al ruso y aprender de él las tácticas de vuelo soviéticas. En 1985, Mihail Gorbachov había iniciado en Rusia la perestroika, una política de apertura y acercamiento a Occidente que acabaría culminando en la caída del Muro de Berlín y el derrumbe del sistema comunista en toda Europa. Los rusos ya no eran vistos como siniestras figuras villanescas y Ouchinsky es un buen ejemplo de ello. Es un individuo inteligente, carismático y con sentido del humor, alguien con facilidad para caer simpático aunque acabe resultando ser un espía. Hace lo que hace por amor a su país y, cuando llega la hora de admitir la derrota, lo hace con nobleza.

Bergése comenzaría un cuarto álbum en 1988, “Los Pájaros Negros”, pero la muerte de
Charlier en 1989 lo dejó inconcluso. Sólo se llegaron a dibujar dieciséis páginas y aunque el guionista dejó notas acerca de cómo concluir la aventura, no las hay sobre su continuación en un segundo volumen, por lo que se decidió no seguir adelante. Más tarde, Bergèse dibujó otro álbum, el nº 45, “Los Secretos del Mar Negro” (1994), con guión de Jacques De Douhet antes de asumir él solo la continuidad de la serie en otros siete álbumes hasta 2008. El último volumen publicado hasta la fecha, “Cobra Negra” (2013), viene firmado por Frédéric Zumbiehl y Francis Winis. Dado que no he leído ninguno de estos episodios, no creo adecuado comentarlos de oídas, por lo que esperaré a su edición española (si es que alguna vez la hay) para completar el artículo.

“Buck Danny” fue la serie más popular de Charlier después de Blueberry y una de las fundadoras de la escuela realista del comic de aventuras franco-belga. Auténtica historia gráfica de la aviación en la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI, testimonio del avance de la tecnología, los conflictos bélicos y los temas que ocupaban la atención e imaginación de los
lectores de cada momento, (desde la Guerra Fría hasta los ovnis, de los conflictos por el petróleo a la carrera espacial, del terrorismo nuclear al colapso de la Unión Soviética), el rubio aviador protagonizó en su etapa clásica cuarenta y cuatro álbumes desde 1947 hasta 1989 –aunque, como he dicho, su vida se ha prolongado más allá de Charlier con otros guionistas-.

Ciertamente, la sensibilidad actual ha cambiado mucho respecto a la dominante en los cincuenta o sesenta y la pasión y afinidad que muestran Charlier y Hubinon –y luego Bergèse- por el ejército americano puede molestar a más de uno. Esa institución y la vida que se desarrolla según sus reglas se presenta siempre como honorable y defensora de los más altos valores. Claro que de vez en cuando puede albergar alguna manzana podrida y desde luego que muchas veces los oficiales de alta graduación son retratados como individuos gruñones o incluso obtusos; pero a la postre, nada hay que reprocharles. Los militares rara vez se equivocan y cuando actúan lo hacen defendiendo la justicia, la libertad y los derechos humanos ante enemigos que se oponen radicalmente a todo ello. Podría entenderse ese enfoque si sus autores fueran estadounidenses (de hecho, muchos comics bélicos americanos del mismo periodo resultan todavía más
chirriantes en su patriotismo desaforado y su cortedad de miras); pero en este caso resulta especialmente chocante esa visión tan positiva de las fuerzas armadas americanas por cuanto quienes la sostienen son dos belgas.

Está claro que Charlier y Hubinon fueron hijos de una época diferente. Ambos tenían poco más de veinte años cuando su país fue liberado de los nazis por las tropas americanas, un hecho que marcó para siempre sus vidas y las de muchísimos jóvenes de su generación. Ese agradecimiento y la fascinación que sentían por la cultura y la capacidad tecnológica norteamericana se fundieron con el espíritu de su época, una época en la que los ciudadanos de Europa se polarizaron en dos campos muy diferentes: los aliados de Estados Unidos y los incluidos en la órbita de la Unión Soviética. Por entonces, en plena Guerra Fría, no había medias tintas ni tonos grises: o se estaba en un bando o en otro. Para cuando las cosas empezaron a cambiar a finales de los sesenta de la mano de una nueva generación, Charlier ya era un adulto que había pasado de los cuarenta años y que podía adaptarse a los nuevos tiempos pero difícilmente cambiar su ideología o su forma de ver el mundo. Buck Danny y el ejército americano al que servía siguieron siendo como siempre habían sido.

Sea como fuere, “Buck Danny” es una de las series de aventuras más longevas de la historia del comic y ello es por algo. Sus álbumes se han venido reeditando de forma ininterrumpida desde los años cincuenta y el piloto americano sigue manteniendo una considerable legión de seguidores. Dentro de su estilo clásico, Charlier era un guionista sobresaliente que sabía dotar a sus historias de ritmo y peripecias sin fin. Ciertamente, no hay demasiados personajes carismáticos (los protagonistas, desde luego, no lo son), pero acción, aventura e intriga rebosan en cada saga. Es, eso sí, una serie muy técnica y no recomendaría su lectura a quien no esté particularmente interesado en el mundo de la aviación, cuya evolución a lo largo de las décadas, tácticas, maniobras y tecnología están minuciosamente detalladas.



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