30 jul. 2017

2012-OJO DE HALCÓN - Matt Fraction y David Aja (1)


Ojo de Halcón apareció por primera vez en 1964, en el nº 57 de la colección “Tales of Suspense”, luchando contra Iron Man. Su enfrentamiento obedeció a un malentendido y poco después se unía a las filas de Los Vengadores, donde llegaría a ser un miembro prominente durante muchos años destacando por su sentido del humor y talante rebelde. Más adelante llegó a ser el líder de la rama californiana del equipo en “Vengadores Costa Oeste” y apareció más brevemente en “Thunderbolts”, “Academia Secreta” o “Vengadores Secretos” entre 1992 y 2002. Sin embargo, los intentos que hizo la editorial para promocionarlo en solitario nunca dieron buen resultado. Tentativas para otorgarle su propia serie, como la efímera “Hawkeye Vol.3” en 2003, fracasaron. En 2010, Jim McCann y David López trataron de levantar la serie “Ojo de Halcón y Pájaro Burlón”, centrada en las aventuras del arquero y su compañera sentimental Bobbi Morse. Aunque el buen funcionamiento de esa cabecera permitió lanzar dos miniseries (“Widowmaker” y “Hawkeye: Blindspot”), el personaje nunca llegó a tener el éxito popular de otros compañeros de profesión.


El año 2012, toda la industria del comic book contemplaba con asombro y envidia la montaña de oro que había conseguido levantar Marvel. El primer film de Los Vengadores arrasaba en taquilla, un espectáculo épico tan sencillo en su trama como ambicioso en su puesta en escena. Muchas películas y comics del género siguieron esa tendencia. Los comic books en particular, se producían con vistas a ofrecer historias de altos vuelos en las que se ponía en juego la extinción de la Humanidad y donde héroes poderosos y nobles se enfrentaban a las amenazas causando enorme destrucción y haciendo gala de un sentido del humor poco sutil.

Al dar a Ojo de Halcón una nueva oportunidad mediante una cabecera propia, Marvel pretendía capitalizar la aparición del héroe en la película de Josh Weddon. Pero lo que propuso el guionista Matt Fraction –entonces conocido por su trabajo en “The Invincible Iron Man”- era una idea loca y brillante al mismo tiempo. En lugar de presentar a un invencible luchador de nervios de acero inmerso en grandes aventuras épicas, escribió un tebeo sobre un tipo sin superpoderes y sin uniforme, alejado del glamour de los Vengadores e inserto en un entorno urbano bastante corriente. El Ojo de Halcón de Fraction trata de hacer lo correcto, pero acaba cometiendo un montón de errores y recibiendo una considerable cantidad de palos.

Fraction entendió perfectamente algo que parece que los autores olvidan a menudo a pesar de
que Stan Lee lo dejó bien establecido hace más de cincuenta años: cuando leemos comics de superhéroes, conectamos con los personajes porque bajo sus armaduras, disfraces y llamativos poderes, son individuos reales que se enfrentan a problemas cotidianos. Por eso triunfó Spiderman de forma arrolladora, también por eso mismo uno puede disfrutar con la épica de un tebeo de Thor pero difícilmente identificarse con el Dios del Trueno. El cariño que los lectores sentían por Ojo de Halcón venía precisamente de su carencia de superpoderes. Así que Fraction decidió coger esa faceta y llevarla aún más allá, mostrar su cara más humana y cotidiana: las consecuencias de sus actos, ya sean buenos o malos, no van más allá de una manzana de casas, y su solución a los conflictos rara vez eran algo más elaborado que “vamos allá y aticemos a los malos”. Fraction quería mostrar lo que hacía Clint Barton cuando no era el vengador Ojo de Halcón: cómo acogía a un perro callejero, derramaba su café, se quedaba dormido el día del aniversario de su divorcio… era una apuesta arriesgada que parecía ir contracorriente de todo lo que en ese momento triunfaba. Y, para sorpresa de todos, funcionó.

Cuando empezó a publicarse, el “Ojo de Halcón” de Matt Fraction y David Aja era la antítesis
del comic book medio de superhéroes. El protagonista hacía las cosas a su manera –que no siempre era la legal o la más razonable (en el nº 8 nos dice que Stark y el Capitán América le han echado la bronca por su irrupción en un club nocturno), casi nunca va de uniforme, le atormentan sus inseguridades y equivocaciones del pasado, se comporta con arrogancia con sus amigos y novias… Pero además y sobre todo, sus actos tienen más que ver con el “heroísmo cotidiano” que con el “superheroísmo”: Clint Barton y su compañera y amiga Kate Bishop arreglan el cable de su edificio para que unos niños puedan ver su programa navideño favorito; ayudan a un vecino a preparar la casa de su padre ante la llegada de un huracán; o ayudan a una pareja gay a recuperar unas flores robadas a tiempo para que se celebre su boda. Fue un comic que despojó de glamour al auténtico heroísmo, no sólo mostrando que éste es algo cotidiano, sino afirmando que a menudo se da sin necesidad de introducir ideas simplonas sobre la nobleza y el altruismo.

Porque el heroísmo de Clint nunca parece del todo desinteresado. Tiende a la autocompasión y sus buenas acciones provienen a menudo de su propia y a priori justificada y nunca hasta ahora revelada inseguridad. No, el Clint Barton de Matt Fraction no es el respondón y confiado arquero que lideró a los Vengadores o los Thunderbolts o el camorrista que discutía con el Capitán América. Tampoco el jefe de seguridad que vimos la última vez que alguien trató de mostrarnos su otra
cara más alejada de los grandes equipos superheroicos (Mark Gruenwald en la miniserie de 1983). Ni siquiera es el segundón de los Vengadores cinematográficos. Fraction lo retrata como un auténtico perdedor, alguien que puede que se maneje bien en su jornada laboral entre dioses y supersoldados, pero que se siente perdido cuando sale de ese entorno. Ello no significa que en sus horas libres no se las arregle para buscarse sus problemas particulares aun sin salir de su propio apartamento.

Cuanto el edificio en el que vive Clint se convierte en objeto de deseo de unos mafiosos rusos que desean derribarlo para sacar adelante sus planes inmobiliarios sin considerar la situación de los inquilinos, Ojo de Halcón compra todo el inmueble, se atrinchera en él y convence a sus vecinos para que sigan su ejemplo y se enfrenten a los rusos. Así de fácilmente se puede resumir todo el argumento de 22 episodios: Ojo de Halcón peleando contra los rusos por su cochambroso apartamento. Y no es una lucha con estilo y sofisticación, sino rastrera y mundana.

El comic juega conscientemente con lo absurda que resulta la idea de un hombre sin superpoderes que alterna con dioses y maravillas tecnológicas. La faceta superheróica de Ojo de Halcón transcurre fuera de “cámara” (como ese combate contra esbirros de IMA junto a Lobezno y Spiderman representado como si de un videojuego se tratara) o bien mostrando a sus camaradas sin sus característicos uniformes: Tony Stark, Pájaro Burlón, la Viuda Negra o Spider Woman.

Prescindiendo de heroicidades tipo “salvemos el universo”, Matt Fraction opta por resaltar la grandeza de luchar por lo que uno cree en un ambiente cotidiano. Puede que su Ojo de Halcón no se corresponda con ninguna de las versiones del personaje que habíamos visto hasta ese momento, pero da igual: es un buen hombre con un corazón generoso y compasivo. Como él mismo dice, no puedes evitar ser una buena persona cuando te pasas todo el día junto al Capitán América. Quizá no tenga superpoderes, pero sí la convicción, el sentido de la justicia y la capacidad de distinguir el bien del mal que le otorgan un puesto entre los Vengadores. Los continuos recordatorios de su fragilidad no hacen sino enfatizar su talla de héroe.

Lo que no quiere decir que a veces los acontecimientos le superen. Y es en esos momentos de
agotamiento, de querer huir del mundo, cuando lo vemos en sus horas más bajas: se pasa todo su tiempo libre sin salir de su apartamento, vestido con ropa vieja, emborrachándose en el sofá y olvidándose de que existe la ducha. Es esta otra faceta del Ojo de Halcón de Fraction, su tendencia a la depresión y la autocompasión, lo que lo aleja del alegre mundo de los superhéroes y lo hace funcionar como personaje ante el lector. Su incapacidad para pedir ayuda le cobra un alto precio: pierde el oído, le aísla de sus amigos y le convierte en un objetivo de la mafia rusa. La colección documentará el viaje de Clint hacia la salida de sus problemas psicológicos gracias a su hermano Barney, sus vecinos-inquilinos, algunos de sus superpoderosos amigos (la Viuda Negra y Spider Woman) y, por supuesto, Kate Bishop.

Bishop fue originalmente un reemplazo de conveniencia para la editorial. Brian Michael Bendis mató a Ojo de Halcón en la colección de los Vengadores (luego lo traería de vuelta bajo la identidad de Ronin) así que el puesto de “arquero oficial del Universo Marvel” había quedado vacante. En el nº 1 de “Los Jóvenes Vengadores”, el guionista Allan Heinberg presentó a Kate
Bishop como la nueva Ojo de Halcón. Pero resulta que no mucho después Clint Barton decidía retomar su identidad original. La convivencia de dos héroes con el mismo nombre resultaba un incordio y una fuente de confusión para los lectores. La salida más fácil hubiera sido matar a Bishop o retirarla de alguna otra forma más silenciosa, como si nunca hubiera existido, para devolver al viejo héroe su plena identidad. Matt Fraction supo encontrar una solución mucho más arriesgada, pero también más interesante: convertir a Clint en mentor de Kate y hacerlos chocar continuamente no porque sean diferentes, sino porque la una se parece demasiado al otro…cuando era joven.

Efectivamente, Fraction utiliza a la Joven Vengadora para mostrar lo que Clint había sido en el
pasado: un luchador inquieto, animoso, cabezota y rebosante de autoconfianza. Kate es joven y aún no ha sido tan maltratada por la vida como su mentor, no está cansada ni saturada de la compañía de superhéroes…a menos que se trate de alguna de las “ex” de Clint. Porque Kate es la única de las cuatro mujeres de su vida (las otras son la Viuda Negra, Pájaro Burlón y Spider-Woman) a la que todavía no ha decepcionado…al menos hasta el número 11, momento en que Kate deja a Clint retozando en su depresión neoyorquina y tratando de no perecer a manos de la mafia rusa, y se marcha a California buscando una nueva vida como detective-heroína de alquiler. A partir de ese momento, los episodios dedicados a cada uno de ellos irán alternándose, desarrollando cada uno argumentos distintos en tono, tema, ritmo y estilo artístico.

Las historias de Kate en Los Ángeles se parecen más a las que hubiera corrido un joven Ojo de Halcón: ella rezuma pasión y entusiasmo y actúa antes de pensar. Es el personaje que aporta a la colección la energía, dinamismo y osadía que necesita. Son también un homenaje del autor a la literatura y cine de temática criminal ambientados en esa parte del país: Philip Marlowe, Sam Space, “Veronica Mars”, “Los Casos de Rockford”…

El heroísmo de Kate es asimismo imperfecto y muy humano, a menudo también motivado por su inseguridad. Admira a Clint y continuamente trata de probarle su valía; está llena de fanfarronería y vanidad y su marcha a California responde en el fondo a su deseo de demostrar (a él y a ella misma) que no lo necesita y que aspira a algo más que ser la mera ayudante de un Vengador. En cierto modo, ambos tratan de hacerse merecedores del nombre “Ojo de Halcón”. Clint trata a su alter ego como si fuera otra persona o una carga que tiene que soportar, un ideal bajo cuya sombra ha de vivir; mientras que Kate ve el “título” como aquello a lo que tiene que aspirar, el privilegio que tiene que esforzarse por merecer. Al final de sus peripecias en California, Kate ha conseguido lo que buscaba, aunque no en la forma que pensaba hacerlo. Quería salir del nido, madurar, averiguar si tenía lo necesario para el trabajo que tanto desea: el de superheroína. Su búsqueda de sí misma tiene éxito, pero no sin que deba pagar un precio por ello.


(Finaliza en la siguiente entrada)

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