8 jun. 2017

1982- NUEVOS MUTANTES – Chis Claremont, Bob McLeod y Sal Buscema (1)


A comienzos de la década de los ochenta del pasado siglo, los mutantes se habían convertido en la gallina de los huevos de oro de Marvel. La colección “Uncanny X-Men” era uno de los títulos insignia de la editorial, no sólo porque ocupaba regularmente los primeros puestos de ventas del mercado, sino porque se ganó el favor de la crítica especializada, que alababa sus intrincados argumentos, sólidos personajes y subtexto político.


Sin embargo –y aunque parezca difícil de creer en un tiempo en el que existen docenas de títulos de todo tipo protagonizados por mutantes-, “Uncanny” era la única colección de la casa protagonizada por mutantes. Hoy nos parece inevitable la aparición de otro producto similar que tratara de replicar el éxito de la colección “madre”, pero lo cierto es que en su momento se trató de un experimento arriesgado que no contó inicialmente con el apoyo de Jim Shooter, Director Editorial de Marvel. Éste prefería no diluir el éxito de los X-Men con la publicación de otra colección, optando en cambio por que intervinieran como “estrellas invitadas” –ya fuera individualmente o como equipo- en otros títulos como “ROM”, “Los Micronautas”, “Dazzler” o “Marvel Team-Up”. La primera serie relacionada con los X-Men aparte de su propia colección fueron los cuatro números de “Lobezno” escritos por Claremont y dibujados por Frank Miller.

Mientras tanto, Shooter presionaba al equipo creativo entonces al frente de la colección, Chris Claremont y John Byrne, para recuperar el concepto original que había impulsado la colección en sus inicios: que los X-Men eran en el fondo estudiantes de una escuela en la que trataban no sólo de adiestrarse en el uso de sus poderes, sino de superar la alienación social que éstos les causaba Ahora bien, a esas alturas, los X-Men activos, como Tormenta o Lobezno, difícilmente podían ajustarse a ese rol: eran demasiado maduros y experimentados como para someterse a
un régimen disciplinario, soportar castigos y obedecer sin reparos a la autoridad. Como solución parcial se creó al personaje de Kitty Pryde (nº 129, enero 80), una avispada jovencita que sería la primera verdadera estudiante de la Escuela de Xavier en mucho tiempo. Eso sí, ni guionista ni dibujante tenían mucho interés en contemplar ese aspecto, haciendo que Kitty evolucionara rápidamente hasta el estatus de miembro X de pleno derecho y superheroína en activo. De hecho, la colección pronto se vería absorbida por sagas de gran calado, como la del Club Fuego Infernal, Fénix Oscura o Días del Futuro Pasado, que no dejaban espacio para desarrollar la vertiente educativa de la Escuela.

Por su parte, Byrne había pensado como solución al problema planteado por Shooter crear un equipo totalmente nuevo, más joven, que vestiría los antiguos uniformes negros y amarillos, y para los que Scott Summers-Cíclope y otros X-Men adultos ejercerían de profesores. La idea no salió adelante en su momento, pero tampoco cayó en el olvido.

A pesar de sus reticencias, Shooter no tuvo más remedio que ceder a las presiones de los dueños de Marvel, que querían a toda costa unos nuevos “X-Men” tan rentables como los ya existentes. Mark Gruenwald le presentó en 1981 un proyecto para reunir a miembros de la primera
generación de Hombres X (Angel, el Hombre de Hielo, la Bestia, Caos y Polaris), llevarlos a California y convertirlos en una especie de “X-Men West”. Cuando Claremont se enteró del asunto y ante la perspectiva de perder el control sobre el universo mutante –al cual en cierto modo consideraba de su propiedad-, recuperó la idea de Byrne y, junto a su editora, Louise Jones, dio forma definida a aquel equipo de jóvenes estudiantes con poderes sugerido por Byrne. Así, cuando Shooter le presentó la idea de Mark Gruenwald a Louise Jones y le preguntó su opinión, ésta le informó de que tenía algo mejor: un grupo que, como sus antepasados originales de los sesenta, estaba compuesto de adolescentes con poderes que estudiaban en la Escuela para Jóvenes Superdotados del Profesor Charles Xavier. Era precisamente la idea que Shooter quería oír, así que aparcó la propuesta de Gruenwald (que tiempo después sería retomada como “Factor-X”) y dio vía libre a “Los Nuevos Mutantes”, cuyo debut, dibujado por el joven artista Bob McLeod, tuvo lugar en 1982, en el nº 4 de la colección “Marvel Graphic Novels”.

En la historia veíamos cómo el Profesor Xavier reunía un nuevo equipo para frustrar los planes de uno de los enemigos de los X-Men, Donald Pierce, un ciborg que odiaba a los mutantes y que pretendía asesinar a cuantos pudiera, incluyendo varios de los jóvenes contactados por Xavier. La elección de los cinco miembros originales de Los Nuevos Mutantes respondía a esa moda de los ochenta que animaba a crear equipos lo más étnicamente diversos posible:

Psique / Espejismo: La india Cheyenne Danielle “Dani” Moonstar respondía a los parámetros clásicos de la heroína según Chris Claremont: dura, desenvuelta, valiente y rebelde. A menudo se enfrentaba al Profesor Xavier pero nada quebrantaba su lealtad hacia sus compañeros. Danielle tenía la habilidad de penetrar en la mente de otra persona, extraer de ella sus más profundos sueños y peores pesadillas y convertirlos en imágenes en tres dimensiones de gran realismo.

Bala de Cañón: A pesar de ser uno de los mayores del grupo, Sam Guthrie era quizá el más
inseguro de todos ellos. Creció en el seno de una familia de mineros de Kentucky de escasos recursos económicos, viéndose obligado a madurar rápidamente en esas difíciles circunstancias. Sus poderes mutantes le permiten volar y, mientras se halla utilizándolos, es virtualmente invulnerable, si bien cuando empieza la colección apenas tiene control sobre ellos, siendo incapaz, por ejemplo, de controlar la dirección de vuelo.

Mancha Solar: en muchos sentidos, Roberto Da Costa era el opuesto de Bala de Cañón. Este brasileño de trece años no sólo provenía de una familia acaudalada, sino que le sobraba seguridad en sí mismo. De hecho, esa actitud prepotente y soberbia le meterá más de una vez en problemas. Mancha Solar extraía sus poderes de los rayos de nuestra estrella, convirtiendo
su radiación en superfuerza. Sin embargo, al perder el contacto con la luz solar, perdía rápidamente sus capacidades.

Loba Venenosa. La pelirroja Rahne Sinclair fue educada en un entorno cristiano fundamentalista de Escocia, por lo que interpretaba sus poderes mutantes (que le permitían transformarse en una loba o cualquier estadio transicional intermedio) como una maldición y no un don. Como miembro de los Nuevos Mutantes, Rahne fue la que más problemas tuvo para adaptarse a su recién revelada condición.

Karma: la mayor y más madura miembro del equipo. Xi´an Coy Manh era una adolescente vietnamita que vivió en su niñez el infierno de la guerra en su país natal. En general, actuó de líder natural y miembro más sensato del grupo. Tenía el poder mutante de controlar las mentes de otras personas, tomando además las riendas de sus cuerpos. Fue también el único miembro de la formación original que había tenido una presentación previa al comienzo oficial del grupo, concretamente en el “Marvel Team-Up” nº 100 (diciembre 80), escrito por Chris Claremont y dibujado por Frank Miller.

Al principio, el profesor Xavier se muestra remiso a reunir y adiestrar un nuevo equipo de
mutantes. Por entonces, los X-Men habían sido secuestrados por los alienígenas del Nido en su propia serie regular y Xavier se sentía culpable por haber llevado a tantos de sus alumnos a la muerte. Sin embargo, su amiga la doctora Moira McTaggert le convence para que ayude a esos muchachos desamparados y mantenga a través de ellos su sueño de convivencia pacífica entre mutantes y humanos. De esta forma, por primera vez en su historia, la Escuela del Profesor Xavier para Jóvenes Superdotados se convertía en una auténtica institución de enseñanza y no en una mera base secreta para justicieros.

Bob McLeod entró en el proyecto una vez éste ya había cobrado forma gracias a Claremont y la editora Louise Jones y su papel consistió principalmente en diseñar a los personajes, para lo cual intentó darle a todos ellos su propia especificidad física. Rahne era baja y rellenita; Dani alta y con pocas curvas; Roberto era pequeño pero musculado; y su preferido para dibujar, Sam, era alto, desgarbado y con grandes orejas. De todas formas, su contribución incluyó algunos puntos importantes, como conseguir gracias a su insistencia que los muchachos vistieran el traje negro y amarillo de los X-Men originales, o que en el grupo hubiera más mujeres que hombres, algo que no había sucedido en los comics de superhéroes hasta ese momento.

La línea de Novelas Gráficas Marvel había sido originalmente concebida para presentar
historias más largas y maduras que las que habitualmente podían encontrarse en las colecciones con formato comic-book y gozaban de una edición más lujosa, con papel de mayor calidad y mejor reproducción. Las tres primeras se podían contar entre los mejores comics editados por la casa en aquel tiempo: “La Muerte del Capitán Marvel”, “Elric y la Ciudad de los Sueños” y “Dreadstar”. Pero este cuarto número supuso una decepción. La historia no era nada extraordinario e incluso caía en los tópicos propios de los comics de superhéroes. Pero, sobre todo, el trabajo de McLeod no estuvo a la altura de los estándares que supuestamente debían tener las historias publicadas bajo este sello.

La verdad es que la culpa no puede achacarse enteramente a McLeod, un artista cuyo currículo, a pesar de extenderse ya casi diez años, no pasaba de trabajos de entintado y algunos episodios de relleno. Su trabajo como dibujante en un par de números de “Uncanny X-Men” (151 y 152, noviembre-diciembre 81) le valieron no obstante la nominación a artista
regular de la serie, aunque finalmente optara –con buen criterio, según se vio- por el desafío de crear desde cero “Los Nuevos Mutantes”, colección que pretendía utilizar como plataforma de lanzamiento para su carrera como dibujante sin las presiones asociadas a un título de tanto éxito como el de los X-Men.

Pero he aquí que las cabezas pensantes de Marvel acabaron poniéndole en un aprieto debido a inesperados problemas de calendario. Originalmente, el proyecto fue concebido como un comic-book normal de 22 páginas, dibujado y entintado por McLeod. Pero cuando éste había terminado ya el lápiz de la mitad de las planchas, la compañía se encontró con que no iba a poder cumplir los compromisos de publicación previstos en la línea de Novelas Gráficas. Walter Simonson se había retrasado con lo que iba a ser “Star Slammers” y tenían un hueco que era necesario llenar. Así que se decidió que Los Nuevos Mutantes se reconvirtieran en un álbum de cincuenta
páginas. De repente, McLeod no sólo se encontró con la obligación de dibujar y entintar casi treinta páginas más, sino que tuvo que hacerlo durante su luna de miel. Semejante presión se hizo notar en el resultado final, bastante por debajo no sólo del nivel de las novelas gráficas Marvel, sino de lo que luego sería la propia colección regular.

En marzo del año siguiente, 1983, Los Nuevos Mutantes obtuvieron su propia cabecera mensual, de nuevo con Chris Claremont y Bob McLeod como guionista y dibujante respectivamente.

Aunque como ya dije la idea de partida no era ni mucho menos nueva y ni siquiera el guionista, Chris Claremont, era distinto al que fijaba el camino de los hombres-X en “Uncanny”, la nueva colección sí tenía un elemento diferenciador: mientras que los X-Men eran adultos con pleno control de sus poderes, los Nuevos Mutantes eran adolescentes que trataban no sólo de aprender a utilizarlos, sino de asumir su recién descubierta condición. Además, este nuevo equipo también desempeñaría un papel diferente en el sueño de convivencia del profesor Xavier. Mientras que los X-Men eran superhéroes que viajaban por todo el mundo enfrentándose a villanos, los Nuevos Mutantes eran estudiantes. No sólo debían adiestrarse en la utilización de sus poderes, sino que el comic también los mostraba aprendiendo materias más mundanas, como el ballet o las ciencias. Naturalmente, acababan teniendo que hacer frente a mil y un peligros, pero éstos venían a su encuentro, no al contrario.

El concepto de los Nuevos Mutantes, como decía más arriba, era el mismo que Stan Lee y Jack Kirby habían presentado en los primeros números de “Uncanny X-Men” allá por los años sesenta. Aquellos primeros mutantes eran también jóvenes todavía inexpertos en plena fase de entrenamiento y, como los Nuevos Mutantes, todos vestían uniformes idénticos, los mismos que veinte años más tarde llevaría esta nueva encarnación. De hecho, el título que Stan Lee había pensado originalmente para la colección había sido “Los Mutantes” (rechazado por el entonces editor al considerar que los lectores no tendrían idea de qué significaba esa palabra). Los Nuevos Mutantes, por tanto, eran en muchos sentidos un homenaje a las raíces plantadas por Lee y Kirby.

Claremont acertó al construir el grupo a base de personalidades muy dispares, desde el impulsivo Roberto hasta la asustadiza Rahne o el inseguro Sam; y que los muchachos, con el transcurrir de los números, aprendían y maduraban (especialmente Sam y Dani). A pesar de separar al nuevo grupo de lo que él mismo había establecido para los
X-Men (Sebastian Shaw y los Centinelas aparecen ya en el número 2, el Club Fuego Infernal en el 7), parece que encontró en los personajes y la relación entre ellos la inspiración necesaria para escribir guiones que parecen más frescos y vivos que los que simultáneamente entregó para los X-Men. Uno de sus aciertos fue el de narrar las historias desde el punto de vista de los muchachos, por lo que incluso un personaje tan conocido como el Profesor X, se antoja aquí distante y enigmático, aumentando el sentimiento de alienación y temor de los chicos.

Teniendo a su disposición un reparto de auténticos adolescentes, la angustia e introspección que tanto le gustaba introducir en sus guiones resultaba más creíble ya que son sentimientos más frecuentes entre los jóvenes que en los adultos. Su falta de experiencia como luchadores e incluso a la hora de manejar sus poderes a nivel básico, añadía un grado al suspense y las escenas de acción, ya que los combates contra las amenazas de turno resultaban ser verdaderas luchas a vida o muerte. De hecho, los Nuevos Mutantes fueron unos héroes adolescentes mucho más sólidos y verosímiles que Los Nuevos Titanes, editados por DC desde hacía tres años.

Por otra parte, la colección sabía alternar los momentos dramáticos con otros más ligeros, esquivando el tono autoindulgente y pesimista que ya entonces estaba empezando a impregnar la serie de los X-Men pero sin caer en lo empalagoso. Resultaba creíble que, siendo adolescentes, los Nuevos Mutantes tontearan, bromearan y jugaran entre ellos, lo que no quería decir que se olvidara la crueldad del mundo real. Así, por ejemplo, se deja bastante claro que Karma fue violada por piratas siendo casi una niña, un detalle biográfico bastante duro en sí mismo y más aún si tenemos en cuenta el público al que iba dirigido.

Claremont, por tanto, ofreció unos personajes bien modelados, humanos y vulnerables, con sus virtudes y defectos. Pero no lo que no supo fue llevar a sus últimas consecuencias lo que había sido la verdadera piedra de toque de la nueva colección: crear una dinámica propia de adolescentes. Sí, es cierto que de vez en cuando introducía situaciones que nos recordaban su edad: iban al cine, al centro comercial o a fiestas, se enamoraban, discutían con sus padres o profesores, se peleaban entre ellos o rivalizaban con
los alumnos de otra escuela (los Infernales)… Pero con demasiada frecuencia no pasaban de ser más que eso: breves interludios entre las peleas con los villanos de turno para no olvidar que eran adolescentes, paréntesis sin verdaderas consecuencias o peso dramático. Hubiera sido interesante, por ejemplo, ver al grupo establecer lazos fuertes y continuados con otros muchachos del pueblo próximo a la escuela y, a partir de ello, ofrecer historias que sirvieran para explorar la brecha entre el mundo mutante y el humano y salir del casi incestuoso ombligo de los Homo Superior.

Por otra parte, resulta irónico y algo molesto que, tratándose de una serie recién nacida con un elenco de personajes totalmente nuevos, la hicieran depender tanto de la continuidad ajena, especialmente de los X-Men, inconveniente que hoy ha pasado al estatus de plaga en la casi totalidad del comic superheroico americano. Así, el subargumento
que tenía que ver con el extraño comportamiento del Profesor X era algo que provenía de “Uncanny X-Men”.

Justo tras finalizar la novela gráfica, Bob McLeod se puso manos a la obra con el dibujo y entintado del número uno. Los resultados fueron considerablemente mejores que los obtenidos en aquélla. Su estilo realista ayudó a dar forma rápidamente al tono de la serie y supo llenar de humanidad e individualidad a cada uno de los personajes. Además, dibujó al profesor Xavier bastante más mayor de lo que aparecía en la colección de los X-Men, enfatizando de este modo la juventud de los Nuevos Mutantes.

Desgraciadamente, pronto se hizo evidente que la tarea le venía grande. A pesar de aciertos
como el nuevo diseño de los robóticos Centinelas en el número 2 (abril 1983), ya en este capítulo hubo de dejar las labores de entintado en manos del menos capaz Mike Gustovitch. El tercer episodio (mayo 1983) supuso un nuevo recorte de calidad, siendo evidente que McLeod sólo había realizado unos bocetos bastante básicos. El propio dibujante se dio cuenta de esa degradación y su incapacidad para entregar las páginas a tiempo con un nivel de acabado satisfactorio, por lo que a partir del número 4 prefirió limitarse a entintar al que sería el nuevo dibujante regular de la colección, Sal Buscema. Para él, la parte más trabajosa del proceso creativo era, precisamente, aquélla que más rápidamente solucionaba Buscema: planificar y estructurar cada episodio en páginas y viñetas. El entintado de McLeod ayudó, no obstante, a conservar la estética general de la colección.

Ahora bien, tras unos meses, McLeod volvió a sentirse listo para dibujar y dejó “Los Nuevos Mutantes” en el número 8 (octubre 83) para encargarse de “Star Wars”. En su decisión tuvo también bastante que ver su insatisfacción con
la dirección que Marvel había impreso en la colección. Así, por ejemplo, el número 5 (julio 83) mezcló a los protagonistas titulares con el Equipo América, un grupo de mutantes que trabajaba como motoristas de exhibición. Se trataba de unos personajes cuyo origen estaba en una línea de juguetes de Ideal Toys licenciada por Marvel y que J.M.De Matteis se había visto obligado a introducir en la colección del Capitán América como presentación a su propia serie, que tras doce números había acabado cancelándose un par de meses antes de este número de “Los Nuevos Mutantes”. Los dos grupos trabajaban juntos para impedir el éxito de los planes de Víbora y el Samurai de Plata en una aventura en dos partes totalmente olvidable y entintada con evidente desgana por McLeod.

La importante contribución de McLeod se hizo evidente tras su marcha. Su sucesor, Tom Mandrake –más adelante junto con Kim DeMulder- no consiguió apagar la molesta tendencia de Buscema a la caricaturización, a obviar los fondos y a dibujar las figuras como marionetas, con esas mandíbulas siempre caídas y miembros rígidos. La humanidad que McLeod había imbuido en
los personajes se esfumó y la colección pasó a ser una de tantas series de superhéroes.

Como era ya costumbre en la casa, el equipo actúo de “estrella invitada” en otras colecciones ya muy populares con el fin de dar un impulso a su propia serie. Primero fue “Uncanny X-Men” 167 (marzo 1983), en el que los jóvenes alumnos de Xavier se enfrentaban a sus “hermanos” mayores; y luego en “Marvel Team-Up Annual” nº 6, una historia escrita por Bill Mantlo y dibujada por Ron Frenz en el que los Nuevos Mutantes unían fuerzas con Spiderman y con otra pareja de jóvenes justicieros atormentados, Capa y Puñal. Este dúo adolescente, creado por Bill Mantlo, volvería a aparecer en la colección jugando un papel importante en una futura saga.



(Continúa en la siguiente entrada)

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