21 may. 2017

DAREDEVIL EN LOS AÑOS SESENTA - Stan Lee y Gene Colan (4)


(Viene de la entrada anterior)

Gene Colan había demostrado aptitud para el dibujo desde una temprana edad. Asistió al Art Students League de Nueva York y empezó a trabajar en la industria del comic en 1944, dibujando historias bélicas para “Wings Comics”. Tras un periodo en el extranjero con las Fuerzas Aéreas y de nuevo en Estados Unidos, Colan conoció a Stan Lee, con quien empezó una larga y fructífera relación profesional, relación que se vio interrumpida cuando Colan, como tantos otros artistas, fue despedido por Lee con ocasión de la crisis que experimentó el medio en los años cincuenta. Trabajó para DC, dibujó westerns y comics románticos y, al final, por motivos pecuniarios, aceptó un trabajo que no le gustaba nada en una empresa de publicidad. Cuando percibió que la industria del comic empezaba a recuperarse de nuevo, empezó a llamar periódicamente a Stan Lee para preguntarle si había posibilidades de realizar algún encargo…hasta que un día la respuesta fue positiva.



Colan tenía un estilo muy reconocible, atrevido y poco usual. Enfatizaba los contrastes de luz y sombra siguiendo los dictados del cine en blanco y negro y componía sus viñetas desde puntos de vista extraños o retorcía a las figuras en raros escorzos. Cuando volvió a Marvel en 1965 y a diferencia de John Romita, Gene Colan no tuvo ningún problema para ajustarse al Método Märvel. Todo lo contrario, ese sistema le daba la libertad creativa que deseaba y era capaz de extraer todo un número de cualquier colección a partir de los someros guiones que a veces caían en sus manos. Sustituyó a Don Heck en “Sub-Mariner” ilustrando guiones de Roy Thomas y luego le dio su personal toque a “Doctor Extraño” antes de unirse a Stan Lee en el equipo creativo de Daredevil, donde permaneció varios años. Aunque su mejor momento artístico lo alcanzó en los setenta, a menudo entintado por Tom Palmer, ya en los sesenta los lectores supieron apreciar su talento. A veces, las decisiones narrativas de Colan (como prolongar una persecución automovilística durante cinco o seis páginas) molestaban a Lee, pero ni él podía negar el entusiasmo que despertaba su dibujo entre los lectores a tenor de las cartas que llegaban a la redacción.

Ahora bien, su inicio en la colección de “Daredevil” no pudo venir acompañado de unos guiones
más absurdos. En el número 20 (septiembre 1966), Matt Murdock se deja secuestrar por unos matones que le llevan a una isla secreta en la que se esconde –en su correspondiente fortaleza, claro- su viejo enemigo, El Búho. Éste ha tenido la peregrina idea de raptar al abogado ciego para que participe en una farsa de juicio a un magistrado, también en su poder, que había osado condenarle. El “proceso” dura apenas tres páginas antes de que Murdock salga un momento de la sala…e irrumpa tres viñetas después como Daredevil. Por supuesto, nadie se pregunta cómo es esto posible ni sospecha de la identidad secreta del héroe. Empieza la refriega, Daredevil es capturado, luego se libera, lucha contra un búho mecánico gigante y escapa con el juez justo cuando la isla está siendo destruida por una inoportuna erupción volcánica.

Lo único salvable de ese encadenamiento de despropósitos –que se extendería al número 21- es
el dibujo de Colan, que demostró inmediatamente su idoneidad para el título. Su sentido del movimiento, el dramatismo que insuflaba en las posturas y composiciones y el dominio de las sombras no tardaron en convertirle en uno de los mejores dibujantes de la editorial. Es una lástima que para apreciar su dibujo haya que leer los guiones de Lee, que se cuentan, en mi opinión, entre lo peor de su obra. En el nº 22 (noviembre 66), Daredevil y el juez regresan a Estados Unidos desde la isla volcánica (de localización desconocida) a lomos del robot gigante del Búho, toda una hazaña para un invidente. Volvemos entonces a encontrarnos con el Merodeador Enmascarado y el Gladiador, que lanzan a un androide creado por el primero, el Trihombre, a luchar contra Daredevil sobre un ring en el Madison Square Garden.

Y de nuevo tenemos aquí otro ejemplo de lo poco que Stan Lee entendía a su personaje: en el número 23 (diciembre 66), Daredevil es transportado por un “rayo de levitación” a pelear contra el Gladiador en un circo romano “en el corazón de Europa”. ¿Qué lugar de Europa exactamente? No lo sabemos,
porque en la primera viñeta del nº 24 (enero 67) ha de enfrentarse a una “banda de rebeldes” (¿¿??) para, acto seguido, coger uno de sus aviones y volar ¡hasta Inglaterra! Lee había vuelto a sacar a Daredevil de su entorno natural, las calles y azoteas de Manhattan, para situarlo en lugares en los que ni tenía sentido su presencia ni sabía qué hacer con él. Baste decir que él mismo se vio obligado a poner en la página 5 una cartela “explicando” cómo era posible que un ciego pudiera pilotar y aterrizar un jet: “¡Siente las vibraciones de las agujas y los diales en el panel de instrumentos y su propio radar se encarga del resto!” Una vez en Inglaterra (¿dónde si no iba a ir?) y sin necesidad siquiera de quitarse el uniforme, decide echar una mano a su viejo conocido Ka-Zar, acusado de aterrorizar la región que rodea a su mansión familiar.

Conforme el universo Marvel iba expandiéndose y orientándose cada vez más hacia la aventura épica, Lee decidió conservar en “Daredevil” el tono ligero que una vez fue la marca de la compañía. ¿Cómo si no explicar la rana gigante agarrando un maletín de joyas robadas, que aparecía en la portada del número 25 (febrero 1967)? Bien, no era una rana de verdad, pero el hecho de que se tratara de un villano disfrazado de tal, con
aletas con muelles en los pies y haciéndose llamar “Rana Saltarina”, no lo mejora. Además de proporcionar a Colan la ocasión de dibujar páginas y páginas de acción demostrando que dominaba a la perfección el dibujo que el género requería, la Rana Saltarina era el villano perfecto: un retorno al tipo de malvados como Bote de Pasta Pete o el Escarabajo de los primeros tiempos de la nueva Marvel, que ya no tenían cabida en las aventuras cósmicas o urbanas de otros superhéroes pero que a Lee le gustaban, porque le ofrecían la posibilidad de escribir historias de corte humorístico y desenfadado. Tras el paso de Ditko por “Spiderman”, éste enfoque ya no podía aplicarse al trepamuros, y Lee decidió llevárselo a Daredevil. El problema es que el humor supuso un giro excesivo respecto a lo que él mismo había venido haciendo en la serie y, además, no tenía gracia. “¡No importa a qué extraños poderes o artilugios me enfrente, no hay nada como un buen golpe en los morros!. ¡Es algo limpio, directo…y sincero! ¡Y lo mejor de todo: es tan americano como el pastel de manzana de mamá!” exclama Daredevil mientras le arrea a la Rana Saltarina. Es el tipo de frases que encajarían en La Cosa o Spiderman, pero, ¿en Daredevil?

Esa misma exageración e histrionismo tendrían un paralelismo en el área privada del héroe.
Ciertamente, la relación a tres bandas entre Matt, Karen y Foggy parecía llevar estancada desde el número 1, sin avanzar ni retroceder pese a las torpezas de Foggy haciéndose pasar por Daredevil. Pues bien, la opción que eligió Lee para animar la situación no pudo ser más absurda: para proteger su identidad secreta (¡amenazada por culpa de una carta de Spiderman dirigida a Matt-Daredevil y abierta por Karen!) a Matt Murdock no se le ocurre otra cosa que inventarse un hermano gemelo, Mike, del que nadie, ni siquiera Foggy tras años juntos en la facultad, sabía nada. Todavía peor, es el propio Matt quien se encarga de interpretar ese papel, creando un Mike descarado, maleducado, voceras y con un pésimo gusto en el vestir. Mike era, por tanto, todo lo que Matt no podía ser: “¡El viejo Matt es el cerebro de la familia, pero yo soy el guaperas! ¡Me llamo Mike, pandilla…y no aplaudáis porque soy tan tímido como seductor!”, es su frase de presentación. Por si el tipo no le resultara lo suficientemente irritante a Foggy –y a los lectores, ya puestos- encima Karen se siente atraída por él (Matt actuaba en esas ocasiones como si pudiera ver, lo que seducía todavía más a la secretaria).

La situación era ridícula a más no poder e inverosímil incluso para un género tan fantástico como el de los superhéroes. Pero Lee no pareció verlo así. Para él, Mike era la clase de
personaje dinámico, insolente y locuaz que podía articular el tipo de frases que, como he dicho, ya no podía acomodar en otras series. Así que lo que debería haber sido una anécdota puntual, se convirtió en una solución permanente (hasta el número 41) que lastró la dignidad del protagonista nominal. No sólo “Mike” continuó apareciendo en la serie, sino que Matt empezó a preferir esa identidad a la del brillante abogado ciego ya que así podía prescindir de la fachada física y mental que había construido para ocultar sus poderes. Hasta Stan Lee contempló la opción de aparcar a Matt y hacer de Mike la identidad secreta permanente de Daredevil. Gusten o no estas extravagancias, lo cierto es que en 1967 no había ninguna otra serie en Marvel que se pareciese a “Daredevil”, ni siquiera “Spiderman” (que, de hecho, había caído en la melancolía y el pesimismo a consecuencia de los continuos problemas de Peter Parker).

Ya he mencionado el excelente trabajo de Colan para este número. Los “bromistas” diálogos de Lee hallaban acomodo en páginas de un dinamismo como no se había visto hasta esa fecha, con un Daredevil que retorcía su cuerpo de formas imposibles sobre las calles de Manhattan. Es una lástima que el coloreado chillón de la serie disimulara su excepcional trabajo con las sombras (al que contribuyeron las acertadas tintas de Frank Giacoia). Por ejemplo, en la página 12, una plancha-viñeta en la que se muestran dos figuras en poses dramáticas que crean una sensación de profundidad gracias al efecto de movimiento frenético y la práctica ausencia de detalles en el fondo que puedan distraer la atención del centro del dibujo.

La estructura de tramas superpuestas (frente a la de introducción de sub-plots que culminaban
en una historia varios episodios más adelante) que ya se podían encontrar en títulos firmados por el dúo Lee-Kirby empezó a adoptarse también en otras colecciones. Así, en “Daredevil” 26 (marzo 1967) varias tramas abiertas coincidían en lo que podría haberse convertido en un choque de trenes, pero que Lee consigue abordar con naturalidad reservando el clímax para el número siguiente. Aquí, continuamos el asunto de la Rana Saltarina, ya en manos de las autoridades y para cuya defensa legal en los tribunales acude Foggy Nelson. El fiscal, en un alarde de torpeza que resulta difícil de justificar, le entrega al acusado (cuyo verdadero nombre, por cierto, nadie menciona nunca) sus zapatos de muelles para que se los pruebe y comprobar así que él es, efectivamente, Rana Saltarina. Por supuesto, el villano aprovecha la ocasión para escapar atravesando una ventana…sólo para romperse una pierna y caer a los pies de…¡El Zancudo!. Éste esperaba fuera –como si su disfraz pasara desapercibido- para ayudar a escapar a Rana Saltarina y convertirlo en su socio (¿puede imaginarse pareja de villanos más estúpidos?).

Por supuesto, aparece Daredevil y empieza una batalla que culmina en otra de las espectaculares planchas-viñeta de Colan. Éste utiliza su habilidad a la hora de alternar ángulos picados y contrapicados para aumentar la sensación de altura y darle al Zancudo un aspecto más formidable del que habían logrado sus antecesores. Sobresaliendo por encima de las azoteas de los edificios, Colan dibuja al villano con la misma imponente presencia que Kirby había imbuido en el Doctor Muerte o el Hombre de Arena.

Mientras todo esto sucede, el Merodeador Enmascarado, todavía libre y buscando venganza de Daredevil, irrumpe en las oficinas de Murdock y Nelson buscando pistas que le puedan revelar la identidad del héroe. Y hablando de identidades, si Lee o Colan creyeron alguna vez que los lectores se sorprenderían al enterarse en este episodio de que el Merodeador era en realidad el casero del edificio donde se ubicaba el bufete, andaban errados. Al fin y al cabo, no habían introducido ningún otro personaje secundario que pudiera haberlos despistado. La intriga policiaca no era uno de sus fuertes.

El episodio terminaba cuando Daredevil noqueaba a su oponente, pero tan largos eran sus
zancos que para cuando llegaba al lugar donde había caído, éstos se habían retraído y el villano había desaparecido por obra de un oportuno Merodeador.

Encontramos aquí otra de las incongruencias inherentes al propio personaje. Cuando interpelan a Foggy –socio, no lo olvidemos, del bufete de Matt Murdock-Daredevil- preguntándole por qué defiende a asesinos y ladrones como la Rana Saltarina, responde: “En esta nación toda persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario”, un noble principio legal que, sin embargo, resulta difícil de aplicar a un personaje que no sólo actúa de justiciero (lo cual conlleva saltarse cualquier tipo de investigación oficial y obtención de autorizaciones judiciales) sino que luego defiende a aquellos a los que ha atrapado. “Cualquiera que vaya a juicio tiene derecho a la mejor defensa posible. Y eso es lo que hacemos en Nelson y Murdock”, explica Foggy con contundencia. Lo cual implica conseguir la mínima pena posible o incluso la absolución de su defendido ya que eso es lo que debe hacer un abogado defensor. En fin, un galimatías cuya estupidez nadie pareció detectar hasta que años después Frank Miller se hizo con el personaje. Pero eso es otra historia…

“Daredevil” 27 (abril 67) ofrecía el clímax de la trama del Merodeador Enmascarado y supuso para la serie lo que “Amazing Spiderman” nº 40 (septiembre 66) había significado antes para los fans del Trepamuros (que, seguramente, también eran seguidores del Hombre sin Miedo). Como el Duende Verde, el Merodeador tenía una identidad secreta que los lectores desconocían (como he dicho, resultó ser la de alguien del entorno del protagonista) y se había convertido en uno de los enemigos recurrentes. Sin embargo y a diferencia del Duende, el Merodeador siempre buscaba rodearse de aliados con superpoderes o lo más parecido a ello (el Gladiador o el Zancudo) y no estaba loco (al menos tanto como muchos de sus colegas).

Otro detalle interesante de este número es que contiene elementos de cada una de las fases de
esta primera etapa de Marvel: el humor y sentido de la diversión predominantes en los años iniciales (“Foggy, ¿qué podemos hacer?; ¡Siempre podemos recurrir al puro pánico!”, puede leerse ya en la portada); los años de consolidación y expansión están representados por la aparición de Spiderman mientras que la madurez la marca sobre todo el dramático arte de Gene Colan.

En una historia endiabladamente rápida (parece mentira que todo suceda en sólo veinte páginas), el Merodeador secuestra a Matt Murdock y a Karen y se entera por boca del primero de que quien verdaderamente se esconde tras la máscara de Daredevil es su “hermano“ Mike. El villano envía a su secuaz, el Zancudo, a encontrarlo. Acto seguido, empuja a Matt fuera del helicóptero en el que los está transportando con la intención de que el campo de energía que rodea al aparato lo desintegre. Entonces, el héroe se agarra a uno de los patines del helicóptero, se cambia al uniforme de Daredevil en pleno vuelo y sin que nadie se de cuenta y salta de nuevo al interior de la cabina (sí, es tan absurdo como suena). En la pelea subsiguiente, el helicóptero se descontrola y el Merodeador
acaba cayendo al campo de fuerza circundante y muriendo pulverizado. Mientras tanto, el Zancudo, incapaz –como no podía ser de otra manera- de encontrar a “Mike”, se topa con Spiderman, pelea con él y sale huyendo justo a tiempo para cruzarse con Daredevil –aún en el helicóptero-, tratar de dispararle con una pistola de rayos y acabar cayendo al río.

Completando la analogía con Spiderman y el Duende Verde, esta historia de Daredevil tiene mejor ritmo que aquélla. Al fin y al cabo, esa saga del Duende era la primera incursión de Romita en la colección del Trepamuros y aunque ya había demostrado en Daredevil que podía
trabajar con el Método Marvel, aún trataba de seguir el estilo de Ditko en la creencia de que, eventualmente, regresaría a dibujar Spiderman. Por otra parte, el que en este número participaran tanto Daredevil como Spiderman ayudó a subrayar uno de los rasgos que labraron el éxito de la editorial. Superficialmente, ambos personajes son muy similares en sus capacidades (los dos dependen mucho de su agilidad acrobática, tienen sistemas de alerta psíquicos –ya sea el sentido arácnido o el radar- y se balancean por las calles de la ciudad con sus redes o cable). Ambos sueltan chistes y pullas mientras pelean y ambos son solitarios. Y, sin embargo y al mismo tiempo, los dos superhéroes son muy diferentes. Y eso es, precisamente, lo que hizo a Marvel tan popular durante estos años: la caracterización, caracterización y caracterización. Aunque sus poderes eran similares, sus personalidades, trasfondo y entorno eran tan diferentes como la noche y el día. La individualidad con que dotó Stan Lee a cada una de sus principales creaciones fue lo que no sólo los hizo interesantes, sino que los separó unos de los otros y de la competencia.

Ése es el motivo por el que todos estos personajes, inventados a comienzos de los sesenta del siglo pasado, siguen manteniendo sus colecciones cincuenta años después. Prácticamente los únicos personajes que han logrado sobrevivir tanto tiempo en sus propias series han sido Superman y Batman, y ello gracias a que han pasado a ser iconos culturales. Y esa es también la razón por la que las creaciones de Kirby una vez abandonó la tutela de Stan Lee nunca triunfaron: era capaz de imaginar grandes conceptos, ofrecer ideas potencialmente muy ricas, dibujar uniformes espectaculares…pero en todos los años que trabajó en Marvel no consiguió aprender la lección más importante: que el éxito de un personaje no depende de su disfraz ni de la espectacularidad de sus poderes, sino de su humanidad y personalidad.



(Continúa en la siguiente entrada)

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