30 abr. 2017

1966- FLASH GORDON - Al Williamson (1)


Para mucha gente, cuando se menciona la palabra ciencia ficción, lo primero que les viene a la mente es “Star Wars”. Pero no siempre fue así. Durante mucho tiempo y antes de que los Jedi y la Fuerza pasaran a formar parte de la cultura popular, Ciencia Ficción equivalía a Flash Gordon. Hay otros clásicos del género, creados antes o después de él, que siguen una misma línea –John Carter de Marte, Buck Rogers, Dan Dare o Adam Strange, quizá su clon más conseguido-, pero Flash Gordon ha sido sin duda el más popular y longevo.

Su fama y perdurabilidad se debe sin duda al magistral trabajo de su creador, Alex Raymond. Una generación después, otro autor de comics, Dan Barry, quedó indeleblemente asociado con ese héroe. Y hay un tercer nombre escrito con letras de oro en la historia del legendario personaje: Al Williamson. De todos ellos, fue con mucha diferencia el que menos páginas de Flash Gordon dibujó, pero probablemente, quien más profundamente lo amó.



Flash Gordon hizo su entrada en la historia de la ciencia ficción en enero de 1934 en forma de media plancha a color publicada en las ediciones dominicales de muchos periódicos norteamericanos. Dibujada por Alex Raymond y escrita anónimamente por el escritor pulp Don Moore para el King Features Syndicate, este romance planetario no tardó en convertirse en uno de los comics más vendidos de ese sindicato. Sobre esta etapa ya hablé en unas entradas anteriores. Valga decir ahora que el elegante estilo naturalista de Raymond sirvió de modelo para muchísimos jóvenes artistas que empezaban por entonces sus carreras profesionales: Dan Barry, Leonard Starr, John Prentice, Stan Drake, John Buscema, Jose Luis García López, Joe Kubert, John Romita… Pero quizá el más destacado de toda esa abultada lista sea Alfredo Williamson.

Al Williamson nació en Nueva York en 1931, hijo de una norteamericana y un colombiano de buena familia. A la edad de un año, los tres se trasladaron a Bogotá, donde el pequeño Alfredo residiría los siguientes doce años de su vida. No fue la suya una infancia feliz. La familia de su padre no aceptó nunca a su madre y ésta acabó estableciéndose por su cuenta, trabajando y sosteniendo a su hijo no sin dificultades. Su padre, que jamás aprendió ni fomentó la afición al dibujo de su vástago, solía ser negligente en cuanto al dinero que aportaba y fueron varias las veces que Williamson tuvo que dejar la escuela por falta de pago. En esas circunstancias, el muchacho halló refugio en la ficción fantástica y de aventuras, ya fuera en los comics (en la forma de comic-books que incluían reimpresiones de tiras de prensa) o en el cine, tanto en películas (Tarzán, Robin Hood, los dibujos animados de Disney) como en los entonces populares seriales. El amor por la aventura y el heroísmo idealizados que Williamson desarrolló en su infancia ya nunca le abandonó.

Pero lo que verdaderamente cambió su vida fue un producto del que hoy casi nadie se acuerda:
un serial cinematográfico de Flash Gordon. La temprana popularidad del personaje de Raymond había propiciado su salto a otros medios, desde las novelas populares a la radio y, desde luego, los seriales de cine. Éstos eran productos marginales destinados al gran público, antecedentes directos de las series de televisión. Se trataba de aventuras folletinescas proyectadas en los cines por entregas con cadencia semanal y acompañadas de un noticiario, algún corto animado y una película (normalmente también de serie B). Flash Gordon protagonizó –con el físico del actor y deportista olímpico Buster Crabbe- tres de estos seriales. El tercero de ellos, “Flash Gordon Conquista el Universo” (1940) –en su versión remontada como película de dos horas- fue el que impactó a Al Williamson. De repente, todo un mundo nuevo se abrió ante él. Aunque ya conocía al personaje a través de las reimpresiones de material de Raymond que llegaban a Colombia, no le había prestado demasiada atención. Pero ver en la pantalla esa combinación del heroísmo clásico y los mundos de maravilla propios de la ciencia ficción, le supuso ver convertido en “realidad” su propio y fantástico mundo interior.

La impresión que le causó a Williamson aquella película le llevó a revisar otra vez los comics de Alex Raymond. Ahora se dio cuenta de que estaba ante una obra maestra que quería imitar. A sus diez años, decidió que sería dibujante de comics y que, además, dibujaría a Flash Gordon. Y se puso a ello desde ese mismo momento. La imagen de Flash parece omnipresente en los dibujos infantiles y escolares que se han preservado de su niñez.

Desde el principio se hizo evidente que el joven Alfredo era un superdotado para el dibujo. En 1944, a los trece años, volvió con su madre a Estados Unidos, entró en la Escuela de Dibujantes e Ilustradores (hoy conocida como Escuela de Artes Visuales) y con sólo diecisiete años se estableció profesionalmente en la industria del comic; primero ayudando a Burne Hogarth en algunas páginas dominicales de “Tarzán”, luego en “Heroic Comics”, pasando a dibujar las aventuras de John Wayne para Toby Press en 1950 (con Frank Frazetta entintando algunas de sus páginas). Firmó a continuación algunas historias bastante imaginativas de ciencia ficción y fantasía para colecciones genéricas como “Forbidden Worlds” o “Out of the Night” (a menudo colaborando con Frazetta, Wally Wood o Roy Krenkel) antes de entrar, en
1952, en la legendaria EC Comics. Allí, codeándose con algunos de los mejores talentos de la industria, dibujó historias para colecciones como “Weird Fantasy” (ciencia ficción), “Valor” (aventuras) y “Piracy” (piratas). No tardó en convertirse en uno de los principales artistas de la compañía gracias a un estilo que combinaba el elegante naturalismo de Alex Raymond, el amor por el detalle de Frazetta y el sólido romanticismo de Wally Wood. En sus páginas abundaban los héroes varoniles, misteriosas mujeres de exuberante sensualidad y tecnología futurista de líneas refinadas. Su sensibilidad artística encajaba perfectamente en el tipo de historias que publicaba la EC, dirigidas a un público lector más maduro que el de sus competidores y en las que se mezclaban el espectáculo, el comentario social y los finales sorpresa.

Para entonces, Dan Barry ya llevaba dos años dirigiendo la nueva andadura de la tira diaria de Flash Gordon, convertido en un piloto espacial y dejado atrás su etapa de guerrero espadachín en Mongo. Aunque el propio Barry era un gran artista, solía servirse de ayudantes que le hacían los bocetos de figuras y fondos. Luego, él las pasaba a tinta para marcar su estilo personal. En 1952 y sabiendo que la plantilla de autores de EC era lo mejor que se podía encontrar en aquel momento en la industria, contrató a Harvey Kurtzman y Frank Frazetta como ayudantes. Y un año después, hizo lo mismo con Roy Krenkel y Al Williamson. Así, a los 21 años, éste tuvo su primer contacto profesional con Flash
Gordon. Sólo trabajó en las tiras del héroe durante mayo y junio de aquel año y dado el método de trabajo de Barry, el impacto que tuvo sobre el personaje fue mínimo. Pero la experiencia le satisfizo tanto que durante años se dedicó a realizar ilustraciones del personaje y pruebas para un posible relanzamiento por parte de King Features, propietario de los derechos de Flash Gordon, de su plancha dominical a color, el formato original en el que había aparecido en los años treinta. Nada de todo aquello llegó a fructificar.

Durante el resto de la década de los cincuenta, Williamson, como tantos de sus colegas, fue
saltando de una editorial a otra, de un título al siguiente, curtiéndose y madurando en todos los géneros, desde el western al bélico pasando por la ciencia ficción (entintó a Jack Kirby en “Race to the Moon) o la adaptación de clásicos literarios. En la industria se le conocía por su amor al medio y su perfeccionismo, si bien no todos sus trabajos resultaban igualmente inspirados. Pero en los sesenta, el mercado de los comic-books se derrumbó y Williamson hubo de ganarse el sustento en otra parte. Se trasladó a México y trabajó como ayudante de John Prentice en la tira diaria de “Rip Kirby” (otro personaje creado por su admirado Alex Raymond), de John Cullen Murphy en “Big Ben Bolt” y de Don Sherwood en “Dan Flagg”. Fue en esta etapa que Williamson aprendió a dominar la técnica del comic más realista y reunir, ordenar y utilizar un archivo de referencias fotográficas. Al término de este periodo ya era un artista completo y en plena madurez.

Nuevo vaivén de la industria. El renacimiento del género superheroico gracias a DC y Marvel insuflaron nueva vida al comic-book y Williamson encontró trabajo en varios títulos así como en las revistas de terror de la editorial Warren, “Creepy” y “Eerie”. Y entonces, Flash Gordon vuelve a cruzarse en su vida.

Flash había estado presente en los comic-books desde el mismo nacimiento de este formato, en 1936, cuando se limitaban a reproducir material previamente publicado en los periódicos. A comienzos de los cuarenta, la editorial Dell Publishing empezó a lanzar con cadencia irregular comic books con material de Raymond y a finales de la década ya ofrecía aventuras “especialmente escritas y dibujadas para esta revista”. El responsable en concreto fue Paul Norris, que también se hizo cargo de la tira de prensa de “Jungle Jim” –otra creación de Alex Raymond- en 1948.

Harvey Publications realizó dos intentos de lanzar reimpresiones de la etapa de Raymond en
1950 y 1951 respectivamente, abandonando tras sólo siete números. Y hay que avanzar hasta comienzos de 1965, momento en el que a Al Williamson le llegan noticias de que la editorial Gold Key está pensando en lanzar un nuevo comic de Flash Gordon. Sería el primero en más de quince años y él quería ser quien lo encabezara. Pero William Harris, el editor de la casa, le enfrió los ánimos: el proyecto sólo iba a consistir en la reimpresión de material antiguo.

Y he aquí que King Features decidió que, en lugar de licenciar los derechos de sus personajes a otras editoriales, podía ser más rentable lanzar ellos mismos su propia línea de comic books, como he dicho, un formato que volvía a estar en boga. El mencionado William Harris había sido designado editor de esa iniciativa y, claro está, no pudo pensar en nadie mejor que Williamson para darle forma. La tarifa por página que le ofrecían no era muy atractiva, pero así y todo, no dejó pasar la oportunidad de encargarse en solitario de su personaje favorito.

El trabajo de Williamson en estos comic-books tiene la consideración de clásico del comic. Aunque su producción se redujo a tan solo seis historias y cuatro portadas, consiguió dejar una huella indeleble en el personaje. A los fans de Flash Gordon les encantó la aproximación de Williamson, que optó por recuperar el concepto, espíritu y geografía del original de Raymond. Sus comics fueron una alternativa a la marea de superhéroes que entonces dominaba el panorama norteamericano. Dibujados con un estilo maduro y clásico y delicadamente coloreados, sus páginas eran la antítesis al expresionismo Marvel. Aunque breve, el trabajo que aquí realizó le hizo merecedor del premio al Mejor Dibujante de Comic Book otorgado por la National Cartoonist Society, además de ganarse la consideración de heredero de pleno derecho del gran Alex Raymond.

En 1951, Dan Barry había remodelado el concepto original y para ofrecer un Flash Gordon modernizado, un piloto de astronaves más acorde con aquellos tiempos en los que la carrera espacial empezaba a salir del terreno de la ciencia ficción para instalarse en la realidad. Williamson, en cambio, colocó al personaje en el punto en el que Alex Raymond lo había abandonado, allá por 1944, sacando al personaje de la space opera para resituarlo en el contexto del romance planetario, un subgénero nacido a principios del siglo XX y que se basaba
en la narración de aventuras en entornos extraterrestres repletos de geografía exótica, tribus perdidas, monstruos, civilizaciones asombrosas, guerreros varoniles y mujeres hermosas. Gordon dejó de ser el héroe falible y humano que había propuesto Dan Barry –quien seguía narrando sus peripecias para las tiras de prensa de la época- para regresar al terreno del arquetipo. Flash volvía a ser el héroe por antonomasia: noble, valiente, leal, defensor de la justicia y protector de los débiles, siempre haciendo lo correcto y triunfando en todas sus empresas. A su lado, otros dos personajes-tipo: el doctor Hans Zarkov en su papel de ingeniero genial; y Dale Arden, bella fémina que servía tanto para encarnar el cliché de damisela en peligro como de tierna y atenta amante.

A mediados de los sesenta, tanto la space opera como el romance planetario eran subgéneros que, al menos en literatura, estaban en clara recesión tras haber alcanzado su cénit en los años cuarenta y cincuenta. El Flash Gordon original era hijo de la sensibilidad pulp (y del John Carter creado por Edgar Rice Burroughs en particular): historias sencillas, tan repletas de clichés como rebosantes de acción, exotismo y erotismo, protagonizadas por personajes sin apenas matices y cortados por un patrón maniqueo. Era literatura de baja calidad destinada a un consumo
masivo y un público poco sofisticado. Pero su falta de elegancia y complejidad literaria la suplían con creces con imaginación, sentido de la maravilla y puro entretenimiento. Todo ello fue especialmente bienvenido en la década de los años treinta, cuando la población americana sufría las penurias de la Gran Depresión y encontraba en la literatura popular y los comics de aventuras que publicaban los periódicos (“Flash Gordon” entre ellos) una vía de escape a la gris realidad cotidiana.

Como a tantos lectores de su época, Williamson había quedado fascinado con esa extraña mezcla de atavismos y futurismos que formaba el núcleo de Flash Gordon. Había elementos directamente extraídos del folletín de aventuras decimonónico, como las intrigas palaciegas, los duelos a espada, el ambiente aristocrático, el vestuario… La fascinación por la tecnología venía simbolizada por las naves y pistolas de rayos, los inventos imposibles o las enormes maquinarias (no se imaginaba la miniaturización cuando se visualizaba el futuro). Además, en una sociedad sometida cada vez más a continuos avances tecnológicos y cada vez más controlada y supervisada por todo tipo de instituciones públicas y privadas, Flash Gordon ofrecía una ventana a tiempos más “sencillos”, en los que un hombre podía labrar su destino a base de coraje e iniciativa y donde los enemigos
a batir estaban bien definidos: monstruos exóticos, tribus perdidas, villanos tiránicos…

El problema es que a mediados de los sesenta, la década de las drogas y el rock psicodélico, el feminismo, la lucha por los derechos civiles, la Guerra Fría y el conflicto de Vietnam, ese mundo sencillo poblado de hermosas mujeres y masculinos héroes parecía una vetusta reliquia de otro tiempo. Flash Gordon es el arquetípico aventurero chauvinista y heterosexual que encarna las fantasías de los varones de mediados del siglo XX. Ultraheroico, machote y protector del sumiso sexo femenino, es una imagen que hoy día molesta a la vista de una realidad dominada por las noticias de mujeres maltratadas por hombres dominantes y controladores. Cuando en los años sesenta los movimientos feministas y las nuevas generaciones de jóvenes empezaron a ejercer su influencia, la figura del héroe bizarro y rescatador de damiselas en peligro se diluyó en las aguas de la cultura popular. Si la serie clásica sigue siendo apreciada hoy en día no es por sus toscas y previsibles tramas ni por sus acartonadas caracterizaciones sino por el maravilloso dibujo de Alex Raymond, quizá el primero que integró perfectamente en el comic el naturalismo propio de la ilustración clásica norteamericana.

Pero Williamson nunca renegó de aquello que siendo niño capturó su imaginación y entusiasmo. Entendía perfectamente que debía haber series que mostraran al ser humano como en realidad era, con sus miserias y defectos; pero defendía también la existencia de historias de fantasía que nos sirvieran de inspiración y ejemplo de comportamiento individual y colectivo. Y en ese marco era en el que el autor entendía a Flash Gordon.

Williamson, por tanto, mantuvo para su versión de Flash los temas, el tono y el ritmo establecidos por el creador original. Y, por supuesto, su dibujo también estuvo muy influenciado por Alex Raymond. Como él, dotaba a sus figuras de una elegancia maravillosa, perfilándolos con una línea perfecta y jugando con los contraluces para dotar de atmósfera a los entornos y de dramatismo a ciertas escenas. Dominando como Raymond la anatomía humana, Williamson se diferenciaba de aquél en su capacidad para plasmar el movimiento, una habilidad sin duda derivada de su amor y cuidadoso estudio del medio cinematográfico. Alex Raymond había bebido, como dije más arriba, de los grandes ilustradores americanos del siglo XIX y principios del XX. Su punto
fuerte era encontrar la perfecta composición para cada viñeta, en la que cada figura ocupaba el lugar más adecuado. A veces, sin embargo, esas composiciones resultaban demasiado teatrales, como si los personajes hubieran estado posando para el autor. Williamson, que también era un gran admirador de los mismos artistas que Raymond, tenía una influencia adicional: el cine, y en concreto las películas de aventuras de los años treinta y cuarenta, peripecias basadas principalmente en la acción trepidante. Williamson supo tomar lo mejor de Raymond y añadir, sobre todo ello, el dinamismo propio del lenguaje cinematográfico.

Se aprecia, sin embargo y sobre todo en el primer número (septiembre 1966), cierto mimetismo con el estilo más reconocible de Raymond. Ello responde no solamente a su identificación con los valores gráficos y conceptuales de la etapa de aquél, sino también a que los plazos de entrega que se le marcaron por parte de la King Features fueron muy ajustados y no tuvo más remedio que tomar atajos, a veces copiando directamente las poses y composiciones de las antiguas páginas dominicales de Raymond (y también de otros dos grandes del comic británico, Frank Bellamy y Frank Hampson, relacionados con otro héroe espacial: Dan Dare). 



(Finaliza en la siguiente entrada)

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