25 mar. 2017

1982- V DE VENDETTA - Alan Moore y David Lloyd (1)


Totalizando menos de treinta números en sus tres años de vida, la revista “Warrior” nunca tuvo demasiado éxito entre el gran público, aunque los fans la seguían con pasión y su influencia ha pervivido hasta nuestros días. Fue una cabecera creada por Dez Skinn, un veterano de la industria que venía de trabajar para Fleetway, Top Sellers y Marvel U.K. Mientras estuvo en esta última editorial, comenzó una línea de nuevas series que le convencieron de que Inglaterra tenía autores con el suficiente talento como para satisfacer los gustos de un público más maduro. Así, Skinn fundó su propia compañía, Quality Publishing y lanzó la revista en blanco y negro “Warrior”.

Desde su primer número, el título estuvo dominado por los guiones de Alan Moore, autor que había seguido una evolución similar a la del propio Skinn. Comenzó con los consabidos fanzines antes de publicar en 1980, con veintiocho años, una serie de once historias protagonizadas por el Doctor Who –algunas de ellas dibujadas por David Lloyd-. Pasó por “2000 AD”, la revista de comics de ciencia ficción de referencia en aquellos años, y por Marvel UK, donde realizó veinte episodios del Capitán Britania junto a Alan Davis. Ya para “Warrior” creó los personajes Laser Eraser y Pressbutton y The Bojeffries Saga; y escribió dos series hoy consideradas clásicas. Por una parte, una actualización en clave realista de un antiguo superhéroe creado en los años cincuenta por Mick Anglo, “Marvelman”, dibujado por Garry Leach primero y por Alan Davis después. Y, en segundo lugar, “V de Vendetta”, crítica social en forma de distopía superheroica.

Desde el principio, “Warrior” tuvo problemas a la hora de llegar a sus lectores potenciales. Sencillamente, los distribuidores no sabían qué hacer con una revista claramente dirigida a
lectores más maduros de lo que ellos estaban acostumbrados. El auge de las tiendas especializadas aún estaba por venir y no era fácil llegar al público potencial de aquellas historias. La puntilla vino cuando Marvel se quejó a Quality por la utilización de un personaje, Marvelman, de igual nombre que uno suyo, por lo que Skinn se vio obligado a retirar la serie de la revista y sustituirla por “Bogey”, una mezcla entre género negro y ciencia ficción dibujada por el español Leopoldo Sánchez. Privada de una de sus series más populares, la revista no sobrevivió ya mucho tiempo. En 1985, con dos números enteros ya completados y aún pendientes de publicación, fue cancelada. El último número en aparecer fue el 26, con fecha de diciembre de 1984.

De todas formas, su espíritu no murió. En primer lugar, la cabecera permitió despuntar a una nueva generación de autores; además, demostró de qué forma los cómics podían evolucionar más allá de su tono infantil para atender los gustos de lectores más maduros. En esta
cantera de escritores y dibujantes buscarían las editoriales americanas desde mediados de los ochenta, iniciando toda una revolución hacia el comic adulto en el panorama mainstream de Estados Unidos. Y, por último, Skinn pudo asegurar la pervivencia de algunos personajes y series vendiendo los derechos de publicación a otras compañías: por ejemplo, “Marvelman”, ya rebautizado como “Miracleman”, fue reeditado y continuado en Eclipse Comics, editorial que también se hizo cargo de Pressbutton.

En cuanto a “V de Vendetta”, ésta nunca había gozado del favor de los lectores de “Warrior”. De hecho, era uno de sus series menos populares y cuando se cerró la revista había quedado inconclusa en su capítulo doce del segundo libro (titulado “El Veredicto”). Ahora bien, desde 1983, Alan Moore había empezado a trabajar en “La Cosa del Pantano”, haciéndose rápidamente un nombre en el panorama del comic-book americano. Escribió un par de historias para El Vigilante y Superman y en 1986 apareció “Watchmen”. Convertido en foco de todas las miradas y símbolo del comic intelectual y
maduro, varias compañías trataron de convencerle a él y a David Lloyd para que finalizaran “V de Vendetta”. Por fin, fue DC quien se llevó el gato al agua. En 1988, publicó una miniserie de diez episodios, siendo nuevos los cuatro últimos. Tony Weare dibujó material adicional para un capítulo completo (“Vincent”) y complementario en otros dos (“Valerie” y “Las Vacaciones”). Además, Steve Whitaker y Siobhan Dodds colorearon las páginas de David Lloyd con una paleta de tonos pastel muy suaves –que, en mi opinión y dicho sea de paso, no eran en absoluto necesarios-.

Bien, una vez detallado su azaroso historial de publicación, ¿de qué va “V de Vendetta”?

La acción se sitúa en 1997, que por entonces era un futuro cercano aunque hoy sea ya un pasado
cada vez más lejano. Inglaterra ha conseguido escapar de la destrucción nuclear global gracias a un oportuno desarme, pero su gobierno ha sido ocupado por un partido llamado “Fuego Nórdico” de corte fascista, xenófobo y aislacionista. El régimen ha aportado paz y estabilidad al precio de la libertad personal, la privacidad, la monotonía y uniformidad y la aniquilación silenciosa de los que considera indeseables, ya sean éstos disidentes políticos o personas incluidas en determinadas minorías como los gays. El líder Sandler y sus secuaces mantienen al país totalmente controlado gracias a la combinación de una potente y omnisciente computadora, una eficiente policía secreta, la manipulación de los medios de comunicación… y el consentimiento implícito del pueblo.

Evey Hammond es una adolescente cuyos padres desaparecieron años atrás secuestrados por la policía. Está en apuros económicos y en un acto de desesperación trata de vender en la calle sus servicios sexuales a cambio de dinero. Desgraciadamente lo hace al hombre erróneo, un “Dedo”,
agente de la policía secreta, que a punto está de violarla y asesinarla junto a sus colegas. En el último momento es rescatada por un hombre misterioso que esconde su rostro tras una máscara eternamente sonriente de Guy Fawkes (un revolucionario católico del siglo XVII que trató de derrocar mediante un atentado a la monarquía protestante que ocupaba el trono británico) y ataviado con una capa y un curioso sombrero. Sin esfuerzo aparente, este hombre liquida al Dedo y sus colegas, derriba el edificio del Parlamento con explosivos y se lleva a Evey a su guarida subterránea, la “Galería de las Sombras”. Este individuo se identifica a sí mismo como V y habla siempre en verso recurriendo a poemas y citas. En su escondite guarda una gran colección de arte, libros y música prohibidos por el gobierno por considerarlos decadentes o subversivos.

Conforme Evey aprende a entender y amar a V, éste se embarca en una implacable misión que consiste en asesinar a varias personalidades del régimen. Pero también derriba símbolos arquitectónicos de la ciudad y se sirve de la televisión estatal para difundir su punto de vista al pueblo inglés. Sus espectaculares intervenciones comienzan a
desestabilizar el régimen de Fuego Nórdico mientras sus dirigentes tratan de detenerlo por todos los medios al tiempo que luchan entre sí por el poder. El sagaz detective Finch es designado para encargarse de llevar a cabo la investigación que debe culminar con la captura de V. Es un policía honesto que, en el fondo, odia el gobierno para el que trabaja y cuanto más profundiza en el conocimiento de V, más desequilibrada se torna su mente y más endebles sus convicciones.

¿A qué responde su venganza? ¿Cuál es el origen de esas habilidades que parecen sobrehumanas? ¿Actúa movido por la simple venganza o hay algo más? En un momento determinado, Evey descubre que V tiene preparada una misión para ella como jamás podría haber imaginado: continuar su legado en un mundo nuevo y purificado.

“V de Vendetta” es un comic muy complejo, con pasajes inolvidables, que además plantea cuestiones muy profundas que animan a la reflexión y el debate. Es uno de esos tebeos que echa por tierra el tópico de que el comic no puede articular pensamientos e ideas con la misma profundidad y matices que la literatura.

Alan Moore comienza planteando un futuro distópico de corte totalitario cuya plausibilidad dimana de lo familiar que nos resulta. Como buen inglés que es, no puede sustraerse a la larga tradición distópica que los literatos de su país han ido cultivando con el paso de las décadas y de entre los cuales sobresale, claro está, el “1984” de George Orwell, una de las influencias más claras en “V de Vendetta”. Como en esa famosa novela, encontramos aquí un régimen que propaga el odio, que transmite permanentemente un mensaje de miedo que le permite mantenerse en el poder, que controla todos los aspectos de las vidas –incluso los íntimos- de sus ciudadanos y cuyo líder es un individuo alienado de aspecto ordinario.

El mecanismo de ascenso al poder de ese régimen refleja el que se vivió en Europa en el primer tercio del siglo XX y que culminó con el triunfo de los fascismos. En el caso hipotético de que Inglaterra hubiera podido sustraerse a una guerra nuclear más o menos global, se habría visto con toda probabilidad abocada a sufrir enormes penurias económicas acompañadas de caos social; situación equivalente a la que llevaron al poder al partido nazi en Alemania tras la Primera Guerra Mundial. El ataque a las minorías, la
persecución de disidentes políticos y la supresión de cualquier forma de expresión y artística que no estuviera al servicio del estado sería algo inevitable.

Moore introduce, eso sí, un nuevo elemento, la computadora llamada Destino, un instrumento de control absoluto que mezcla las obsesiones paranoicas de los regímenes comunistas con el ordenador HAL de “2001”. Abundando en ese asfixiante sistema, cada rama de la policía secreta recibe el nombre de un órgano sensorial del cuerpo (el Ojo vigila a los ciudadanos utilizando cámaras, la Oreja hace lo propio con micrófonos instalados en teléfonos y domicilios, la Nariz realiza investigaciones, el Dedo es la rama ejecutora, la Boca controla los medios de comunicación), como si el Estado fuera una persona que fiscalizara y dominara a todos los que viven al alcance de su tecnología.

Aunque la iconografía y su carácter descaradamente xenófobo y laudatorio de la raza aria remiten claramente al nazismo, esta tiranía está inspirada también en el malestar que en amplios sectores de la población británica causó la llegada al poder de Margaret Thatcher en 1979, un sentimiento
de alarma que hoy quizá nos pueda parecer excesivo. En un entorno de aumento en las tensiones raciales (el derechista Frente Nacional parecía estar aumentando su popularidad y Thatcher declaró su malestar por el a su juicio elevado número de inmigrantes asiáticos); reducción del gasto público e inversión en servicios sociales, educación y vivienda; aumento de impuestos; alto desempleo; confrontación con los sindicatos; reconversión industrial y privatizaciones, el panorama era interpretado como desolador por muchos artistas e intelectuales, quienes en sus obras predijeron los más negros augurios para su nación, exagerando y proyectando hacia el futuro sus temores. Alan Moore fue uno de ellos.

Pero ni él ni ninguno de sus colegas sabía entonces que en cuestión de algunos años el país no sólo no se hundiría irremediablemente en un abismo de pobreza y ausencia de libertades, sino que todos los indicadores económicos se recuperarían otorgando al país cierto nivel general de bienestar que, a su vez, propició la reelección de Thatcher, quien ostentaría el cargo de Primera Ministra hasta 1990. El propio Alan Moore admitiría años después dos errores de concepto en la elaboración de su distopía: por una parte y en caso de una guerra nuclear generalizada, Inglaterra difícilmente podría no ya haberse mantenido al margen, sino siquiera sobrevivir. Y, por otra, que no es necesario un apocalipsis
nuclear para que un pueblo abrace un régimen totalitario, algo que la actual coyuntura mundial está volviendo a confirmar.

Más profético fue el tratamiento que recibe en el comic el Obispo Lilliman, un pedófilo corrupto. No es que el asunto fuera nuevo (en 1980 saltó a las noticias el desagradable caso del Hogar Juvenil de Kincora, en Belfast), pero implicar en ello a la Iglesia y, además, convertir al obispo en una de las víctimas de V –que se sirve de Evey como cebo- fue desde luego un movimiento arriesgado por la potencial controversia que encerraba. Hoy, probable y desgraciadamente, no habría sido interpretado como algo particularmente rompedor.

Volviendo al tema de la tiranía, Moore culpa en buena medida de ella al mismo pueblo que la sufre, al que tacha de complaciente y reacio a aceptar cualquier responsabilidad. La existencia continuada en nuestra Historia de lunáticos, mentirosos, corruptos y asesinos en puestos de poder no puede achacarse a un error puntual o desgraciado, sino a la recurrente dejación de responsabilidades por parte de quienes les eligen o permiten que continúen en el puesto. V se propone, por tanto, sacudir las conciencias, demostrar no sólo que los dirigentes mienten a la población sino que su sistema está lejos de ser invulnerable; servir, en definitiva, de catalizador de un movimiento que derribe la tiranía para siempre.

Moore realiza un trabajo impecable en la construcción del complejo protagonista masculino. “V de
Vendetta” se inscribe en la línea desmitificadora de la tradición superheroica que luego continuó el escritor en otras obras publicadas por aquella misma época. Tanto aquí como en “Miracleman” o “Watchmen”, adopta un enfoque poco convencional del género de los luchadores disfrazados contra el crimen, manteniendo algunas de sus convenciones pero introduciendo temas adultos, explorando el concepto del héroe y examinando sus motivaciones, todo ello articulado con una prosa elaborada, incluso poética, de una calidad que difícilmente podía encontrarse en el comic de entonces. Moore y Lloyd se negaron a encajonar la historia dentro de los tópicos parámetros “héroe contra villano”, optando en cambio por un personaje moralmente ambiguo que enfrenta el anarquismo total contra la dictadura absoluta. Hacer de un personaje tan turbio y potencialmente polémico el héroe protagonista de un comic, fue todo un riesgo en la época y una declaración de principios tanto de Moore como de la revista “Warrior”.

V es enigmático, inteligente, culto y carismático. Es imposible no sentir simpatía por él en su
calidad de víctima de un régimen totalitario. Pero, al mismo tiempo, su moralidad es más que cuestionable. Los principios que le impulsan en su lucha son, sobre todo, el de la libertad y, a bastante distancia, el de la justicia, aunque ésta bien puede ser una simple fachada bajo la que disfrazar una venganza personal. Ahora bien, sus métodos son bastante violentos por no decir bárbaros e incluyen desde la sutil manipulación hasta el asesinato a sangre fría. Puede legítimamente ser considerado un terrorista y un homicida por mucho que quiera conectar sus actos a ideales elevados. Ese conflicto suscita dilemas de difícil resolución: ¿Justifica el fin los medios cuando aquél es la consecución del bien común y éstos implican asesinar a auténticos desalmados y corruptos? A veces, V parece estar claramente desequilibrado, y otras se diría que es el último hombre cuerdo de Inglaterra. Sus conocimientos, declaraciones y habilidades nos sugieren que nunca ha perdido el contacto con la realidad pero, ¿es posible hacer las cosas que él lleva a cabo y no estar al menos algo trastornado?

Pero, en cualquier caso, el terrorismo de V adquiere aquí un brillo heroico dadas las brutalidades e
indignidades a que el Estado somete a su pueblo. Hay una emocionante escena al comienzo en el que V “conversa” con la estatua de la Justicia colocada en lo alto del Old Bailey (el edificio que alberga los juzgados de Londres) y en la que afirma que la anarquía le ha enseñado que “la justicia no tiene sentido sin libertad”… justo antes de que todo el complejo estalle en una gran bola de fuego. Es el primero de sus muchos golpes contra el gobierno. Secuestra y sume en la locura al actor que encarna la Voz del régimen en la radio y televisión estatales; asesina al mencionado obispo pedófilo; y, en fin, va ejecutando a todos aquellos que trabajaron en un campo de concentración en el que él estuvo prisionero y donde fue sometido a crueles experimentos que, a la postre, le proporcionaron unas capacidades físicas –y, probablemente, mentales- extraordinarias. Uno no puede sino aplaudir sus extraordinarios golpes contra el aparato estatal de represión.

Tanto es así, que Moore y Lloyd han conseguido darle la vuelta a la interpretación que de Guy Fawkes se tenía hasta ese momento en la cultura popular: de ser una figura siniestra cuya captura y ejecución en la hoguera se celebraba popularmente
todos los años, ha pasado a representar la resistencia heroica contra las fuerzas opresoras de los gobiernos o las multinacionales. Como es bien sabido, el colectivo de hackers que se hace llamar Anonymous ha adoptado la máscara de V como símbolo. Lo mismo hicieron los movimientos de “Ocupemos Wall Street” o los manifestantes de Bahrein durante la Primavera Árabe, por nombrar sólo unos pocos.

La postura rebelde, contestataria y anarquista de V no fue algo aislado dentro de la galería de personajes creados por Alan Moore. Durante su etapa en “La Cosa del Pantano”, Moore
transformó a la criatura protagonista en algo que hoy podríamos denominar ecoterrorista –o ecohéroe, según se mire-. De monstruo claramente inscrito en el género del terror, la Cosa del Pantano pasó a ser un héroe profundo y polifacético capaz de entender la relación entre el Hombre y la Naturaleza como sólo una planta inteligente podría hacer. Sirviéndose de él, Moore abordó temas como la contaminación, el cambio climático o el expolio de recursos naturales.



(Finaliza en la siguiente entrada)

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