24 ene. 2017

1986- SUPERMAN - John Byrne (y 6)


(Viene de la entrada anterior)

“Adventures” nº 441 (junio 88) vio el retorno de Mr.Mxyzptlk”. Byrne, no contento con su fallo del “Superman” nº 11, reincide con ese molesto personajillo, si bien esta vez se dedica a sembrar el caos en California, desecrando el cartel de Hollywood, convirtiendo a Superman en un dibujo animado, enfrentándolo a versiones perversas de Pedro Picapiedra, Superratón o los Pitufos y obligándole a participar en mortales concursos televisivos. Puede que Jerry Ordway se lo pasara muy bien dibujándolo y que este tipo de historias autoconclusivas de tono ligero al estilo de los cincuenta tengan sus fans, pero sigo insistiendo en que me parecen poco coherentes con el tono que el propio Byrne se había fijado para la serie. En lo que sí demuestra no perder el rumbo es en su capacidad para avanzar subargumentos, poco a poco y de fondo, hasta que les llegue el turno de pasar a primer plano: la investigación de Lois sobre el cerebro que se oculta tras Combattor –recordemos, el supertipo que lisió a su nuevo novio, José Delgado-; el mago telekinético Milton Fine-Brainiac y sus problemas mentales, la Supergirl del Ártico y una misteriosa figura que irrumpe en unas instalaciones de LexCorp…



“Superman” nº 19 (julio 1988) es, en realidad, un número de transición que sirve tanto para seguir avanzando en algunas subtramas de los personajes secundarios como establecer una especie de prólogo de la amenaza mucho más peligrosa que se presentará en el siguiente número. Superman investiga la caída de una nave alienígena en el West River de Metrópolis. Aunque la encuentra vacía, inmediatamente pierde el poder de permanecer bajo el agua largos periodos de tiempo. Cuando ha de enfrentarse al doctor Killgrave y su robot gigante, cada vez que recurre a uno de sus poderes (vuelo, invulnerabilidad, superfuerza, supervelocidad, visión de rayos X), éste se “apaga” justo después de haberlo “activado”. A duras penas, derrota al villano sólo para tener que plantar cara, en la última página, a los responsables de esa merma en sus capacidades: los alienígenas que viajaban en la nave.

El doctor Killgrave es uno de esos villanos lamentables construido a base de estereotipos que sirven para rellenar un episodio y del que nadie vuelve a acordarse nunca. Byrne lo utiliza, además, para rendir un homenaje a la etapa clásica de Superman y, al mismo tiempo, reírse de los tópicos más rancios del género: científico loco, ególatra y egomaníaco, con
aspecto de sabio chiflado (enano, ojos saltones tras unas gafas de culo de botella, pelo cortado a tazón, propensión a la risa maniaca y las exclamaciones altisonantes…). Su estúpida máquina de procedencia absolutamente inverosímil no sirve más que como herramienta narrativa con la que debilitar a Superman antes de su enfrentamiento con la siguiente amenaza.

Las subtramas resultan más interesantes que la acción principal: el intento de Cat Grant de llevarse a la cama a Jimmy Olsen (el cual, en un fallo de guión, afirma haber vuelto a salir con Lucy Lane, la hermana de Lois, algo de lo que nada se nos había contado hasta ahora), el vuelo de Supergirl hacia Smallville siguiendo un impulso irresistible, la tensión entre Lois y Clark, el descubrimiento de que el padre de Jimmy puede seguir vivo y el injerto de una mano mecánica a Lex Luthor tras perder la suya por envenenamiento de kryptonita; un trauma que lejos de curarle de su obsesión no hace sino alimentar su odio hacia Superman. Todo ello excelentemente dibujado por Byrne, que recibe la ayuda del entintador John Beatty, tan cuidadoso con los detalles como lo había sido Karl Kesel.

“Adventures” nº 442 (julio 1988) continúa y cierra el plot del anterior número. Superman, cada vez
con menos poderes, no puede hacer frente a los alienígenas. Psi-Phon le roba sus poderes y se los transfiere al gigantesco Dreadnaught, que es el que reparte las tortas. Indefenso e incapacitado, se ve obligado a llamar refuerzos: Aquaman, el Detective Marciano, el Hombre Elástico y el Capitán Marvel acuden en su auxilio. Todos pierden sus poderes conforme Psi-Phon va sobrecargando su capacidad para robárselos y, en el último momento, aparece..¡Clark Kent!, que, protegido por un campo de fuerza impenetrable inventado por el profesor Hamilton –y que ya habíamos visto en acción en un capítulo anterior-, tumba a puñetazos a Dreadnaught.

La idea y desarrollo iniciales de esta historia eran intrigantes, pero todo se tuerce hacia el final. El tópico de los alienígenas llegados a nuestro planeta como exploradores y vanguardia de una posible invasión está más que agotado e incluso sus respectivos aspectos eran todo menos novedoso: el grandullón colmilludo y lleno de pinchos y el pequeño cabezón, con grandes ojos y largas extremidades. Para colmo, nadie parece sorprenderse porque Clark Kent aparezca en escena justo después de que Superman se esfume y, además, convertido en un héroe de acción. Y, de remate, Lois se lo lleva a casa preocupadísima porque le pueda pasar
algo y olvidados los problemas entre ambos (aun cuando en este mismo número se nos deja bien claro que mantiene una relación seria con José Delgado).

“Superman” nº 20 (agosto 88) es otro número de transición que, para colmo, supone el cierre de una aventura iniciada en otra colección. Por aquel entonces, la revivida Patrulla Condenada protagonizaba desde hacía poco su propia serie mensual escrita por Paul Kupperberg; y fue en su número 10 (julio 88) cuando debieron enfrentarse a Metallo, el enemigo del Hombre de Acero al que habíamos conocido, en su nueva encarnación, en el nº 2 de “Superman”. No es hasta la página siete de este número donde Byrne enlaza con la Patrulla Condenada (las anteriores planchas se dedicaron a desarrollar subtramas y personajes: Supergirl, Maggie Sawyer, Cat Grant y Jimmy Olsen) para narrar la batalla contra Metallo, un enfrentamiento resuelto con tanto oficio como poco interés.

A estas alturas, los lectores ya se habían familiarizado con el nuevo Superman y su entorno. Pero a pesar de la buena acogida que tuvo, había fans que mantenían la esperanza de volver a ver a Kara Zor-El, más conocida como Supergirl y asesinada
en el número 7 de “Crisis en Tierras Infinitas”. Como hemos visto, Byrne se dedicó durante meses a alimentar esas expectativas en los números que precedieron al que quizá fue su mejor arco argumental, la saga de Supergirl, que transcurrió entre los números 21 y 22 de “Superman” (sept-oct 88) y “Adventures of Superman” 444 (sept. 88). Como ya indiqué en su momento, la primera pista de que Supergirl podía estar de regreso se vio en la última página del “Superman” 16 (abril 88), en la que una mujer ataviada con un uniforme de aspecto familiar es encontrada inconsciente bajo el hielo antártico. Tras recuperarse durante unos cuantos números gracias a la ayuda de unos científicos, vuela hacia Smallville para encontrar a Superman. Cuando Kal-El la ve por primera vez en el nº 21, la coge por el tobillo y exclama “¡Caramba!” ¡Una mujer voladora con una variante de mi traje! ¿Es…algún tipo de ilusión?” En la siguiente página, se presenta a sí misma como Supergirl, pero entonces se transforma en Lana Lang, demostrando que tiene poderes metamórficos. Evidentemente, ésta no era Kara Zor-El devuelta de algún retorcido modo a la vida. De hecho, era una entidad protoplasmática creada por Lex Luthor y proveniente del mismo universo de bolsillo en el que la Legión de Superhéroes había encontrado a su Superboy.

En realidad, la verdadera razón para volver a presentar a Supergirl –aunque no fuera la original- respondía a que DC quería proteger la marca registrada del personaje. Una vez más, los intereses editoriales interferían con los creativos. Fue la gota que colmó el vaso. Byrne anunció que terminaría esta nueva saga y que luego abandonaría Superman. A tenor del guión de los últimos números que habían ido apareciendo en los pasados meses, parecía evidente que había perdido la chispa y entusiasmo iniciales. Sin embargo, y contra todo pronóstico, hizo de su capa un sayo y aprovechó la imposición de la editorial sobre Supergirl para crear quizá la mejor saga de toda su etapa en Superman.

Y es que Supergirl necesita que Superman viaje con ella a la Tierra de ese miniuniverso de bolsillo, ya que el planeta y toda la vida en él está siendo destruida por tres villanos kriptonianos (incluyendo al general Zod) que resultaron accidentalmente liberados de su cautividad en la Zona Fantasma. Por desgracia, Superman y Supergirl llegan demasiado tarde: el general Zod y sus dos sicarios ya han aniquilado casi toda la población terrestre destruyendo la atmósfera del planeta y, por tanto, toda la vida excepto la que ha quedado protegida bajo una cúpula inventada por Luthor sobre Smallville (en esta dimensión, Luthor está en el bando de los buenos, ejerciendo de líder de la menguante resistencia humana).

Tras presentar batalla contra los kriptonianos, Superman puede superarlos sólo gracias a la
utilización de la Kriptonita dorada. El moribundo Luthor, último humano sobre la Tierra, le ruega que no deje que los tres criminales cometan un nuevo genocidio en otro planeta. Y así, Superman lleva a cabo el acto más duro y polémico de su vida: decide actuar como juez, jurado y verdugo y exponer a los kriptonianos a la kriptonita verde. Peleando entre ellos y suplicando por sus vidas, los tres criminales mueren. Superman los ha matado. Vuelve a su propia Tierra tras dejar a Supergirl al cuidado de sus padres adoptivos y se aleja de la Humanidad para reflexionar sobre sus actos.

Fue esta, como he dicho, quizá la mejor saga de Byrne en Superman, pero también la más polémica entre los fans. ¿Superman matando a sus enemigos? ¿Cuándo se había visto eso? Le acusaron de haber traicionado la esencia más íntima del personaje de una forma irreparable. Desde mi punto de vista, lo que hizo el autor fue añadir una capa más de complejidad al personaje, explorar una nueva vía abierta a raíz de una dramática decisión que nunca quiso tomar. Porque lo que hace Superman no es tanto cometer un mero asesinato empujado por la sed de venganza como una ejecución; ejecución, además, necesaria para evitar una calamidad aún mayor. Zod y sus dos secuaces han exterminado toda la vida sobre la Tierra y no sólo se jactan de ello sino que amenazan con no descansar hasta hallar la forma de acceder al plano dimensional donde se encuentra la Tierra origen de Superman y repetir su masacre. El Hombre de Acero sabe que pueden hacerlo y dado que apenas ha podido vencerlos en esta ocasión, no debe arriesgarse a que ello suceda. Su única opción para salvar a la humanidad de la Tierra –su Tierra- es ejecutarlos.

Con todo, Byrne sabía bien que ese sería un acto que le causaría graves problemas psicológicos a
Superman, problemas que pretendía explorar en números posteriores. Su abandono del personaje, sin embargo, nos privó de conocer lo que habría hecho a continuación con el héroe. Bueno, esto no es del todo exacto, porque sus sucesores en “Superman” y “Adventures of Superman”, Roger Stern y Jerry Ordway siguieron de cerca las directrices detalladas que les dejó Byrne (asunción de la identidad de Gangbuster, exilio en el espacio), aunque sin darle crédito por ello.

Además, Byrne utilizó esta saga para saldar cuentas. Le habían obligado a inventarse un chapucero “universo de bolsillo” que albergara a Superboy y Supergirl. Pues bien, al término de la saga, la Tierra de esa realidad alternativa queda totalmente arrasada –por lo que no podría seguir utilizándose para el propósito para el que había sido ideada- y Supergirl resulta ser una creación artificial de Lex Luthor, no la prima kriptoniana de Kal-El.

John Byrne, por su parte, había estado también reflexionando sobre su etapa en Superman. Años después de abandonar las colecciones del Hombre de Acero, utilizó cuatro palabras para explicar por qué decidió interrumpir su asociación de dos años con DC: “Ya no era divertido”. O, en otras palabras, estaba quemado. Encargarse de la tarea de renovar un icono tan querido por el público –lector y no lector- había sido emocionalmente agotador, tanto por la responsabilidad que asumía como por las presiones a las que se vio sometido. A ello se sumaba la enorme carga de trabajo que todo ello supuso: en dos años había realizado el equivalente a seis en una serie regular: de los 82
números de esta etapa, sólo 14 (“Adventures” 424-435 y 443, y “Adventures Annual” 1) no fueron escritos total o parcialmente por él; todo un logro creativo si tenemos en cuenta el rápido ritmo de publicación del sistema americano.

Byrne describió su etapa en Superman como una “muerte de mil cortes” y el último de ellos fue el artículo escrito por Otto Friedich que apareció publicado en el mencionado número de “Time Magazine”. En él, se decía que la versión de Byrne era “la alteración más radical” que había sufrido el personaje. Friedrich también criticaba el intento de modernizar a Superman y hacerlo más adecuado para un lector maduro: “Hay en ello un deplorable elemento que podría ser denominado “adultification”, según el cual un personaje creado para niños es expuesto a temas adultos, como si Tom Sawyer o Alicia fueran modernizados haciéndoles enfrentarse a problemas sexuales…DC Comics está encantada con que su nuevo Superman haya doblado sus ventas hasta los 200.000 ejemplares, pero esa es una cifra relativamente insignificante comparada con los millones que atesoran una imagen más antigua de su niñez”.

Para Byrne, Time/Warner y DC eran empresas hermanas y cuando leyó el artículo pensó que la
editorial no había salido en su defensa, especialmente teniendo en cuenta que se había escrito antes incluso de que saliera “Man of Steel” y en base a los rumores que circularon (por ejemplo, que Clark Kent se convertiría en la mezcla entre un yuppie y Rambo, inventados por un reportaje de la NBC en el que tergiversaron todo lo que Byrne declaró) y que nunca se hicieron realidad. Pero lo cierto es que el descontento del autor databa de antes de aparecer ese número de “Time”; de hecho, esa sensación de desamparo la venía arrastrando desde que se hizo cargo del personaje emblema de la casa: “DC me contrató para renovar a Superman, y luego, inmediatamente, se asustó. Retrocedían al primer olor de desaprobación de los fans, lo que se produjo incluso meses antes de que nadie hubiera visto mi trabajo”. La introducción forzada de Superboy primero y la de Supergirl después le demostraron que sus esfuerzos de simplificación no estaban siendo apoyados por parte de DC, que ni siquiera se había atrevido a cambiar la imagen del héroe para los innumerables productos licenciados.

Tras la marcha de Byrne, el guionista Roger Stern y el dibujante Kerry Gammill se convirtieron en el equipo creativo de “Superman”, mientras que guión y dibujo de “Adventures of Superman” quedó en las manos de Jerry Ordway.

Hoy, las historias comprendidas en esta etapa de Superman se antojan demasiado simples habida cuenta del estándar que a no mucho tardar alcanzarían los comics de superhéroes. Tanto Byrne como Wolfman hicieron grandes esfuerzos por presentar nuevos villanos, pero no consiguieron despertar el interés de los lectores por ellos…ni tampoco de creadores posteriores, que los marginaron a favor de los ya bien establecidos. El público aceptó mucho mejor las nuevas versiones de viejos malvados, como Lex Luthor, Darkseid, Bizarro o incluso Mr.Mxyzptlk que recién llegados como Urraca, Bloodsport, Klaash o Concussion. Un Superman menos poderoso significaba más posibilidades de victoria para los villanos, pero el Hombre de Acero continuó arrastrando una galería de enemigos menos numerosa y carismática que la de su compañero Batman.

Con todo y a pesar de los agujeros de guión, los villanos frecuentemente carentes de carisma y el
carácter autoconclusivo de las historias, éstas tocaban a menudo temas adultos, como la intersección entre los superhéroes y la política o alusiones poco veladas al sexo y la sexualidad. En este sentido, eran guiones bastante progresistas y valientes pero, sobre todo, traían una bocanada de aire fresco que alejó la ranciedumbre que llevaba décadas posada sobre los títulos del Hombre de Acero. Su influencia llegó también al cine. Aquel año 1987, la serie de películas de Superman iniciada en 1978 llegó a su conclusión con “Superman IV: En Busca de la Paz”. El film fue un desastre artístico y comercial, pero sus ideas de base –la amenaza global de la proliferación nuclear y si Superman debía intervenir en la política mundial- eran un reflejo de ese tono más adulto y complejo que estaba presente en los comics contemporáneos de Byrne y Wolfman.

La estructura episódica de esta etapa puede no gustar a algunos lectores, pero no hay necesariamente nada malo en este tipo de narrativa. Byrne equilibró bien las aventuras épicas con el necesario desarrollo de personajes, imprimió un ritmo ágil a todas las historias y aportó un buen puñado de ideas que fueron adoptadas por sus sucesores en la serie durante años.


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