18 nov. 2016

1989- SANDMAN - Neil Gaiman (6)


(Viene de la entrada anterior)

Hay una escena en el nº 56 de “Sandman”, último de los seis episodios que conforman este arco argumental, que constituye el siniestro remate del mismo. En ella, a través de los ojos de los personajes que miran al cielo desde la Taberna del Fin del Mundo, vemos un espectral cortejo funerario en el que desfilan, entre otros muchos, unos cariacontecidos Eternos… a excepción de Morfeo.

El resto de este volumen tiene poco que ver con los acontecimientos que se habían ido desarrollando como parte de la vida de Morfeo en las sagas anteriores, pero con un título como “El Fin del Mundo” estaba claro que el espíritu de los relatos incluidos en este nuevo arco argumental iba a ser diferente al de las otras antologías de cuentos cortos de la colección. Éstas, con títulos como “País de Sueños” o “Fábulas y Reflejos”, remitían a cierta calidad onírica teñida de melancolía. En cambio, “El Fin del Mundo” resonaba con un timbre en absoluto tranquilizador.


Ya mencioné en entradas anteriores que “Sandman” no se limitaba únicamente a contar las peripecias del personaje titular, sino a explorar el arte de contar historias. Y eso es lo que ofrece “El Fin del Mundo”, una colección de relatos totalmente diferentes los unos de los otros pero inspirados por la obra de Chaucer “Los Cuentos de Canterbury”. En su introducción al volumen recopilatorio, Stephen King dice: “Es un formato clásico, pero varias historias contienen otras historias como huevos dentro de otros huevos o mejor dicho, como cajas chinas.” King lo llama “material desafiante” y tiene razón. Es semejante a lo que Gaiman ya había hecho en aquellos números que componían las antologías de relatos y que transcurrían en los rincones de la mitología de Sandman. Pero ahora, la ambición narrativa del guionista llega aún más lejos. Las historias –y sus narradores- hablan sobre sí mismas y sus tradiciones de una forma que permite encajarlas elegantemente en un armazón –el de los personajes atrapados en una taberna intercambiando relatos- relacionado con el marco más amplio del mundo de los Eternos.

En “El Fin del Mundo”, Gaiman demuestra de lo que es capaz como narrador, quizá como una forma de despedirse de todos los tipos de historia que no sería capaz de contar en ningún otro sitio. Es importante recordar que “Sandman” no sólo es el primer trabajo realmente importante de Neil Gaiman en los comics, sino el único. Aunque se encargaría de otros proyectos –una revisión “historicista” de los héroes de Marvel (“1602”) o una nueva versión de los Eternos creados por Jack Kirby- ya no volvería a volcar tanto de sí mismo en un comic como lo hizo durante su trabajo en “Sandman”. Tras él, serían sus novelas y cuentos los que ocuparían la mayor parte de su tiempo, pero mientras duró esta colección, Gaiman pareció rebosar de historias de lo más varopinto y “El Fin del Mundo” fue su última oportunidad para legarlas a la historia del comic fantástico.

Pero volvamos al volumen que nos ocupa. Sus seis relatos comparten un marco general: todos los narradores son viajeros de tierras distantes que se han visto atrapados por extrañas tormentas, refugiándose en una posada conocida como “El Fin del Mundo” y que parece situarse en el nexo que separa a todos los planos de realidad. Esos viajeros pasan el tiempo intercambiando historias hasta que cese la tempestad, momento en que vuelven
todos –o, más bien, casi todos- a sus propios mundos tras contemplar en el cielo el extraño funeral que he mencionado al principio.

Como las anteriores antologías de relatos breves, “El Fin del Mundo” es también la oportunidad de Gaiman para emparejarse creativamente con varios colaboradores artísticos que aportan una refrescante diversidad de experimentación gráfica. Las sólidas y algo rígidas líneas de Bryan Talbot (entintadas por Mark Buckingham) se encargan de narrar las escenas ambientadas en la posada que sirven de apertura y cierre de cada episodio. Talbot y Buckingam dibujan una miscelánea de personajes provenientes de las más extrañas realidades –piratas, elfos, centauros, demonios, necropolitanos y vendedores ambulantes- interactuando con naturalidad y sin caer en la exageración caricaturesca. Todas esas criaturas parecen reales, y eso es importante en una saga como esta en la que abunda tanto la irrealidad.

La primera de las historias versa sobre los sueños de las ciudades y está dibujada por Alec Stevens, un artista que hoy ha pasado a segundo plano pero que en los noventa destacó por sus personales comic-books editados por Piranha y Paradox Press. Su
característico estilo está dominado por las formas geométricas, las siluetas, el fuerte contraste de luces y sombras y los textos que parecen flotar en el espacio. Sus páginas parecen más adecuadas para una revista alternativa punk que para un comic mainstream, pero aquí consiguen plasmar el pánico y la paranoia de un hombre que teme el día en el que las grandes ciudades despierten de su sueño.

La segunda historia presenta al dibujante John Watkiss –cuyo estilo, dicho sea de paso, no me atrae nada- para narrar un cuento de fantasía, capa y espada narrado por Cluracan, un elfo diplomático y vividor al servicio de la Reina Titania y que ha ya había aparecido anteriormente en la colección. Es quizá el menos logrado de los relatos, tanto en lo que se refiere al argumento, algo carente de dirección, como en el dibujo.

Un joven que responde al nombre de Jim cuenta la tercera historia de la antología, una aventura marina de corte clásico al estilo de Stevenson, London o Conrad. Pero las peripecias importan menos que el drama vital del propio Jim, quien es en realidad una chica disfrazada ansiosa por conocer el mundo. Hob Gadling –el hombre inmortal amigo de
Sandman- juega también un papel importante en el viaje de autodescubrimiento de Jim. El dibujo corre a cargo de un Michael Zulli con un estilo todavía muy sencillo que no hacía presagiar su evolución hacia el preciosismo con el que cerraría la serie.

El cuarto capítulo, “El Chico Dorado”, es el mejor de toda la antología. Dibujada por Mike Allred, se trata de la versión que Gaiman nos ofrece de la historia de un ya veterano personaje, Prez Rickard, protagonista de una breve serie de DC en los años setenta: “Prez”, creada por Joe Simon y Jerry Grandenetti. El protagonista de la misma era el primer presidente casi adolescente de los Estados Unidos de América. Pero Gaiman y Allred van un paso más allá del tono idílico-hippy que impregnaba aquellos viejos comics, creando una especie de versión oscura de la America de Forrest Gump. La historia narra el ascenso y declive de Prez, quien a pesar de enfrentar mil tentaciones y problemas, es capaz de mantener intacta su honestidad, si bien no su idealista energía inicial. Se ofrecen varios posibles finales, pero en cualquiera de ellos Morfeo acaba tomándolo bajo su protección y ofreciéndole un portal donde “Algunos dicen que todavía camina entre los mundos, viajando de una América a otra, refugio para los desprotegidos y los débiles”. Es un cuento emotivo con las dosis perfectas de tragedia y esperanza.

Gaiman continúa con una historia narrativamente compleja pero con menos poder inspirador, dibujada por Shea Anton Pensa y Vince Locke. Necrópolis, la ciudad de los muertos en la que tiene lugar el aprendizaje de Petrefax, no resulta ser un lugar tan sugerente como otros de los que habían ido apareciendo en la colección. Además, su tono entre irónico, terrorífico y grotesco contrasta excesivamente con la atmósfera fijada en las historias precedentes. El dibujo feísta, la arquitectura osificada y los personajes de piel casi momificada parecen más adecuados para alguna de las series de corte fantástico-terrorífico que aparecieron bajo el sello Vértigo tras la marcha de Gaiman. Carece de la sensación de majestad y/o sentido onírico de las mejores historias de “Sandman” y, como mucho, se acerca más a un viejo relato de E.C.Comics filtrado por la estética victoriana.

Esta tercera y última colección de relatos cortos llega a su fin con el sexto episodio, centrado en los clientes de la posada y su contemplación del extraño funeral en los cielos –que, en realidad, es una ventana al futuro, ya que esa escena aún tardaría casi veinte números en formalizarse dentro de la trama-. Tras el cortejo mortuorio, la tormenta amaina y aquellos que deciden continuar sus respectivos viajes abandonan la posada; otros, a tenor de las
experiencias vividas allí y las historias escuchadas, decidirán o bien quedarse o cambiar sus destinos iniciales e incluso sus mismas vidas

Ni siquiera el desagradable mundo de Petrefax puede perturbar la excelente calidad de “El Fin del Mundo”, la saga en la que Neil Gaiman no se limitó a narrar cuentos y fábulas, sino a experimentar con las posibilidades temáticas y narrativas que le ofrecía el universo creado por él mismo. Fue un respiro momentáneo antes de encarar el final de la colección.

La edición recopilada de “Las Benévolas” comienza con una historia corta dibujada por Kevin Nowlan. Fue publicada originalmente en el número 1 de la colección “Vertigo Jam”, y aunque efectivamente es un capítulo que encaja bien entre “El Fin del Mundo” y “Las Benévolas”, no es quizá la mejor forma de abrir lo que será la última saga protagonizada por Morfeo. Gaiman y Nowlan son magníficos, cierto; y se trata una pequeña y agradable historia en la que algunas de las figuras más relevantes del Reino de Morfeo sirven de guía a un soñador despistado. Pero como la gran tragedia en trece actos que es, “Las Benévolas” merecía un verdadero comienzo desde la primera página del volumen; no necesitaba amables prólogos narrados en un tono ligero muy diferente al que el lector iba a encontrar a continuación.

La primera página de “Las Benévolas” propiamente dicha –saga dibujada en su totalidad por el inclasificable Marc Hempel- comienza con el primer plano de una hebra de hilo gris sostenida por una joven mujer vestida de negro. “¿Ya está lista? ¿Has terminado?” dice una voz fuera de plano. “Casi. Allá vamos”, contesta, y entonces nos damos cuenta de que la mujer joven no está simplemente sosteniendo la
hebra, sino terminando de formar con ella una madeja. Esta viñeta, como más adelante el lector puede comprobar, es un inicio mucho más apropiado para la saga que el breve prólogo dibujado por Nowlan.

En esa primera página Gaiman y Hempel construyen un momento de anticipación y tensa calma, representando la madeja la historia ya contada y la hebra lo que está por venir (una metáfora de la función del escritor como tejedor de historias). La impaciente voz fuera de plano (“¿Ya esta lista? ¿Has terminado?”) bien podría ser un eco de los pensamientos de los fans dirigiéndose a Gaiman. En los años noventa, cuando la serie ya se aproximaba a su final, los últimos números no aparecieron de forma tan regular como los anteriores, lo que contribuyó a levantar expectación entre los aficionados acerca de lo que iba a ocurrir y la forma en que Morfeo moriría –algo que ya había sido anticipado, como vimos, en el último número de “El Fin del Mundo”.

La coherencia y solidez de “Las Benévolas” viene dada en buena medida por el hecho de contar con un solo dibujante, el ya mencionado Marc Hempel, cuyo personal y atrevido estilo define toda la saga y constituye uno de los mejores trabajos de su
carrera. Es por eso que resulta cuando menos curioso que su dibujo no se asocie más a menudo con el personaje. Los lectores tienden a pensar en Sandman de acuerdo a la forma con la que lo representaron Mike Dringenberg, Kelley Jones, Jill Thompson o incluso P.Craig Russell. En todas esas versiones, Sueño es una imagen delicada, con ojos oscuros y una actitud circunspecta y arrogante. El Morfeo que dibuja Hempel comparte esas características, pero es más un conjunto de formas y líneas angulosas que una figura perfectamente definida. Y esa es precisamente una de las virtudes del trabajo de Hempel en esta colección: su osada estilización, que consigue sin sacrificar la narratividad. Para él, lo primero es la claridad de la escena y sólo después el movimiento espacial de los personajes.

Además, sus viñetas están repletas de simbolismo, lo que otorga a la saga una cualidad onírica muy particular. La mayoría de los artistas tienden a reflejar lo onírico como una incorporeidad neblinosa o un surrealismo alocado. Hempel lo interpreta como siluetas recortadas contra fondos toscos o como primeros planos sobre los que se destacan imágenes de objetos relevantes. Su ritmo narrativo es poco convencional, con sus figuras encajadas de formas extrañas en las viñetas. Pero todo ello funciona perfectamente a
la hora de capturar el espíritu y los conflictos de esta saga.

“Las Benévolas” es quizá el arco de la colección más centrado en una sola historia. El resto de sagas tenían un carácter más lúdico, más exploratorio, herramientas que Gaiman utilizaba para ensayar nuevos aspectos del arte narrativo y mostrar todo aquello que él ama de los relatos del pasado. “El Fin del Mundo” parecía alejarse algo de lo que ya empezaba a ser el estilo propio del guionista. En “Las Benévolas”, Gaiman y sus colaboradores gráficos están menos interesados en explorar todos los posibles desvíos y recovecos de la historia que por relatar su principal línea argumental: las consecuencias que Morfeo debe afrontar por sus actos del pasado y como éste acude al presente para ajustar cuentas.

Claro que hay digresiones (de otra forma no sería una historia escrita por Gaiman), pero éstas se antojan más piezas de relojería que apartes para dar colorido. En otras palabras y añadiendo a la ecuación al mentor de Neil Gaiman, Alan Moore: “Las Benévolas” es a los primeros números de “Sandman” lo que “Watchmen” es a “La Cosa del Pantano”. Toda la colección disfruta de un alto nivel, pero la última etapa es, sin perder vitalidad y poder de fascinación, más rotunda. Es, también, un trabajo que no se puede entender plenamente sin haber leído los números precedentes, una historia de venganza y resignación inmensamente
poderosa y cuidadosamente planificada que depende enteramente de los personajes y situaciones aparecidos en etapas anteriores de la colección. “Las Benévolas” es una saga extraordinaria –aunque nunca ha figurado entre las preferidas por los fans-, pero a diferencia de otras (como “Estación de Nieblas” o “País de Sueños”, por ejemplo) no puede leerse independientemente del resto de la serie. Y, también, es el capítulo final de la colección de “Sandman”, puesto que el siguiente, “El Velatorio”, funciona más como una especie de epílogo.

Dado que “Las Benévolas” es una historia repleta de matices en la que confluyen muchos de los personajes que tuvieron relevancia en sagas anteriores, un análisis exhaustivo podría resultar tedioso incluso para los que hayan leído la serie completa. Me limitaré a subrayar un par de fragmentos que considero especialmente brillantes.

Por ejemplo, todo lo referente a Nuala, el hada que fue entregada como soborno/obsequio a Morfeo en “Estación de Nieblas”. La joven había representado hasta este momento un papel secundario.
Fuera del Reino de las Hadas, perdió su belleza y quedó reducida a lo que en realidad era: una chiquilla algo feúcha y desastrada. Vivía como huésped en el castillo de Sueño y, para mantenerse ocupada y sentirse útil, se dedicaba a limpiar el salón del trono. En “Las Benévolas”, su hermano Cluracán se presenta para reclamar su regreso a casa. Morfeo da su permiso y le regala un colgante que puede usar, una sola vez, para pedir ayuda al Señor de los Sueños cuando en verdad la necesite.

Gaiman apoya buena parte de la tragedia que vendrá en esa promesa. Sin decir nunca expresamente por qué o cómo –aunque sí se puede ir deduciendo a partir de las pistas y detalles sembrados por toda la colección- Gaiman sugiere que Sueño ha experimentado un profundo cambio desde el momento en que consiguió liberarse de su cautiverio. Se sugiere que ofrece a Nuala ese don porque todavía se siente culpable por la forma en que en el pasado trató a las mujeres que amó y porque, pese a que no lo demuestra, siente un verdadero aprecio por ella. Pero hay otra razón para ese regalo: al hacer honor a su promesa y responder a la llamada de Nuala, se verá obligado a dejar su reino y caer presa de las fuerzas que quieren destruirlo. Él lo sabe, como también que su caída está ya escrita en el libro de Destino. El lector atento podrá entender todo esto sintetizado –y bellamente ilustrado por Hempel- en una sola escena entre Morfeo y Nuala.

Y luego está Lyta Hall, la antigua miembro de Infinity Inc, viuda de Hector Hall (uno de los antiguos Sandman), superheroina retirada y madre sobreprotectora de su hijo Daniel que ya había aparecido varias veces anteriormente en la colección. En “Las Benévolas”, Lyta no es el catalizador de los acontecimientos que culminarán con la muerte de la presente encarnación de Sueño, pero sí el arma del que se sirven terceras personas. Mentalmente desequilibrada tras la muerte de su marido (de la cual culpa erróneamente a Morfeo) y sumida en la locura tras el secuestro de su hijo (del cual, otra vez culpa equivocadamente a Sueño), inicia una cruzada de odio y venganza contra el reino de Morfeo aliándose con Las Benévolas (las Furias de la mitología griega). El objetivo de todas esas féminas, aunque por motivos diferentes, es la destrucción de Morfeo.

Y lo consiguen. Pero no sin antes irrumpir en sus dominios y sembrar la muerte y la destrucción. Hempel dibuja esas escenas como si las estuviésemos contemplando desde el punto de vista de Lyta. Vemos a los habitantes del Reino del Sueño –personajes a los que hemos aprendido a apreciar y querer con el curso de los años- brutalmente asesinados por lo que parecen ser nuestras propias manos. Es
una terrible sensación la de verse cómplices en tales acciones pero, como ocurre en cualquier pesadilla, no tenemos control sobre lo que sucede.

La historia, por supuesto, es bastante más compleja que todo esto. Tesalia, la bruja que conocimos en “Un Juego de Ti” interviene en la trama de una forma más “íntima” de lo que hubiéramos podido suponer. Loki, a quien Morfeo liberó de su propio cautiverio al final de “Estación de Nieblas”, y Puck, el malvado duende al servicio de Oberon que nos fuera presentado en “Sueño de una Noche de Verano” son los verdaderos desencadenantes de toda la tragedia. Hay también otras motivaciones menos evidentes y una docena de personajes presentados en sagas anteriores que juegan un papel importante en la historia. Es el clímax más adecuado para todo ese gran universo de ficción que Gaiman había ido construyendo en “Sandman” desde el comienzo.

Después, Daniel, que ha madurado rápidamente gracias a la magia, asume el papel del nuevo Rey del Sueño. Morfeo, de esta manera, continúa viviendo aunque bajo una forma e identidad distintas. La historia termina con una reflexión sobre lo que se había dicho en el primer episodio de la saga –recordemos, publicado el segundo en la edición compilada-. Es la misma joven mujer, sosteniendo la misma hebra, pero ahora sabemos que es una de las Furias. Y a medida que termina de enrollar la madeja dando por concluida la historia-vida de Sandman, vuelve a estirar una nueva hebra comenzando así un nuevo relato-. Una voz fuera de encuadre dice: “Ya está. Para bien o para mal, se terminó”

Y así es…. Excepto por “El Velatorio”.



(Finaliza en la siguiente entrada)

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