16 jul. 2016

2001-PILDORAS AZULES – Frederik Peeters



Al principio, fue la historia de siempre: un chico, Fred, joven intelectual y reservado que aspira a ser artista, conoce a una encantadora chica, Cati, durante una fiesta en casa de un amigo común. Él se siente atraído por su vitalidad, belleza, espontaneidad y elegancia natural. Sin embargo, como suele ocurrir en la vida real, nada sucede entonces. Han de pasar algunos años para que se reencuentren casualmente en la calle. Cati se ha casado y luego divorciado del padre de su pequeño hijo, Wolf; y un huraño Fred trata de abrirse paso, con insatisfactorios resultados, en el mundo artístico. Más adelante vuelven a coincidir en la casa de un amigo y, por fin, se produce la chispa que da inicio a una mayor intimidad y el consabido ciclo de citas, charlas, cenas y visitas al cine entre botellas de vino compartidas y cenas caseras. Entonces, un día, cuando todo parecía marchar sobre ruedas y la relación estaba a punto de formalizarse, Cati confiesa a Fred que ella y su hijo de tres años son portadores del SIDA. Y, de repente, toda esa relación adquiere un nuevo significado y se convierte en algo mucho más complejo.



Cuando me lo dijo, sentí enfado mezclado con otras emociones”, dice Frederik Peeters, el autor que convirtió esa experiencia personal en una novela gráfica: “Píldoras Azules”. “Lo peor es la pena. La ira no significa nada porque se esfuma al cabo de un tiempo, pero la pena destruye el amor. Recuerdo que mi interior se rebeló contra el sentimiento de algo tan injusto (…) Sentía muchas cosas al mismo tiempo. Es difícil de explicar”.

Aunque encuentre complicado expresarlo con palabras, Peeters sí consiguió ordenar sus sentimientos, emociones y pensamientos para convertirlos en una crónica gráfica de su vivencia, un testimonio valiente de un tema complejo y espinoso. “En un segundo de vida se agolparon en mi cabeza y mi corazón los sentimientos más extremos”, escribe sobre un primer plano de los ojos ansiosos de su novia en la secuencia donde ella le revela su enfermedad. Los adjetivos que describen sus pensamientos aparecen escritos en una llamativa tipografía negra, desenvolviéndose como humo sobre su cabeza: “Pasión, pena, deseo, huida, rechazo, posesión, castigo, tristeza, abuso…”. En tres viñetas consecutivas, se muestra a sí mismo con la mirada perdida hacia el exterior de la página, un cigarrillo colgando laxo de sus labios, un brazo descansando sobre la mesa de la cocina frente a él. Es el equivalente gráfico a un interludio musical de completo silencio y expresa tan perfectamente la profundidad y confusión de sus sentimientos que no hacen falta textos. “Las
palabras son muy precisas mientras que con las imágenes puedes proyectar mucho de ti mismo en ellas” dice Peeters.

Aunque desconcertado, Fred no deja que el miedo y la ignorancia destruyan su fascinación y naciente amor por Cati. Quiere hacer funcionar esa relación. Y lo hace. La novela gráfica sigue la evolución de su relación con Cati y su hijo, relatando sus periodos de depresión, sus momentos de ansiedad, la conversión de la enfermedad en rutina, las visitas al hospital y los rituales de medicación –las píldoras azules del título-.

Frederik Peeters (Ginebra, 1974) comenzó a dibujar la historia como diario personal cuando tenía veinticinco años. Hacía tres años que había dejado un detestado trabajo como diseñador gráfico para probar suerte con el comic, colaborando para diversas revistas (“Bile Noire”, “Lapin”, “Spirou” o “Strapazin”). Por las mañanas trabajaba como mozo en el aeropuerto de Ginebra para ganar algo de dinero con el que pagar las facturas. Por las tardes, regresaba a su apartamento e iba desmenuzando en viñetas su relación con Cati y Wolf.).

El análisis íntimo de la relación de una pareja en el contexto del SIDA no es un tema frecuente, ni
en la ficción ni en el género biográfico. A priori, podría pensarse que nos encontramos ante una de esas obras que buscan reconocimiento en base a la gravedad del tema tratado. Nada más lejos de lo que Peeters desea y consigue: no se recrea en el tipo de escenas deprimentes que uno espera y evita los sentimientos negativos de angustia ante la posibilidad de una muerte más o menos cercana que suele planear sobre las historias “reales” sobre el SIDA. Al no enfocar la narración desde el propio enfermo y, además, adoptar un punto de vista positivo, hay en “Píldoras Azules” escaso drama en comparación con otros trabajos sobre el mismo tema, prefiriendo centrarse más en el amor y la difusa ansiedad de fondo que en el virus propiamente dicho. Es el testimonio de alguien que ha vivido tanto dentro como fuera del “mundo del SIDA” y, por ello, las observaciones del autor-protagonista acerca de sus frustraciones, problemas, preocupaciones y sorpresas (tanto buenas como malas) son sinceras y personales. Por ejemplo, en una secuencia, vemos a Cati examinando minuciosamente sus encías mientras busca señales de sangrado. En otra, Peeters charla sobre la mejor marca de condones con un perplejo amigo. Las rutinas cotidianas, las frecuentes visitas al hospital, la confusión del hijo de Cati cuando empieza por primera vez a tomar medicamentos retrovirales mezclados con su yogurt del desayuno… todo ello está expuesto con una claridad y cercanía entrañables que no pueden provenir de la lectura de libros especializados sobre la materia, sino solamente de la experiencia directa

Aunque no se trata de una obra que pretenda homenajear a Cati y a su hijo, uno no puede evitar leerla también de ese modo. De ningún modo aparece retratada como la mujer perfecta, pero Peeters deja claro que sí lo es para él. Y ahí es donde entra el otro elemento fundamental de este comic: sus reflexiones acerca de la naturaleza de las relaciones. De hecho, tanto o más que la crónica de una enfermedad, “Píldoras Azules” es la historia del recorrido sentimental de una pareja decidida a afrontar los problemas con un enfoque positivo. Peeters consigue presentar su propia peripecia emocional sin recurrir a la tragedia o la autocompasión ni ser jamás irrespetuoso o condescendiente con la historia de Cati (así, por ejemplo, nunca se nos cuenta cómo contrajo la enfermedad). El tono de la historia se inclina por la meditación filosófica sobre el sufrimiento que provoca el ser etiquetado automática y perpetuamente como “enfermo”, la arbitrariedad en el proceso de infección (Cati se culpa a sí misma, Fred culpa al mundo por el sufrimiento de ella) y el esfuerzo que los dos miembros de una pareja deben hacer para mantener su balsa emocional siempre a flote.


Peeters documenta con brillantez la forma en que ambos se conocen y se acercan en el curso de
varios años hasta comenzar su relación, y cómo ésta se desarrolla también en el plano sexual con todas las tribulaciones que ello conlleva: el miedo inicial a mantener relaciones íntimas, la angustia que genera la rotura accidental de condones, la vigilancia constante de posibles señales de la enfermedad en el cuerpo… Cati acumula suficiente culpa y ansiedad para los dos y Peeters así lo reconoce: él tiene la parte más fácil de la relación: "A veces…Me pregunto si me siento a gusto en esta historia porque tengo el papel fácil…no soy yo quien tiene el VIH…yo amparo, sostengo…estoy obligado a ver las cosas positivamente…para contrarrestar…(…) ¿Y la enfermedad? ¿Qué papel desempeña la enfermedad en nuestro amor? ¿Le debemos algo o qué?”.

Cati, sin embargo, no es sólo un alma doliente, ni mucho menos, sino una persona totalmente madura: disfruta con el sexo; ejerce de madre abnegada y compañera para su pareja, tiene un exmarido y un pasado con los que nunca podrá cortar del todo debido a su hijo… Alterna, como cualquier persona, momentos de tristeza y felicidad y, aunque no permite que su sentimiento de culpa por haberle pasado el virus a su hijo destruya su vida, Peeters sí nos la muestra al menos en una ocasión casi abrumada por la carga que soporta. Cati es un gran personaje femenino, uno que hace al lector desear conocer a la verdadera mujer que se esconde tras él: parece y actúa como una adorable pícara, pero también demuestra tener un gran sentido
de la responsabilidad y elegancia natural. Peeters consigue construir escenas que hacen perfectamente creíble la química existente entre él y Cati, dos personas de carácter muy diferente pero que conectan a un nivel íntimo difícil de explicar.

También constituye una parte importante de la historia la cautelosa asunción de Fred de su papel de padrastro del pequeño Wolf, la forma en que ambos se comunican, prueban los límites de su relación y tratan de comprenderse mutuamente hasta llegar a la aceptación. Wolf nunca se muestra como un pequeño enfermo digno de compasión, sino como un niño corriente que no quiere comer, se resiste a las medicinas, se queda absorto con la televisión y mira al mundo con callada curiosidad. En ningún momento se hace un hincapié morboso en su enfermedad, sino que la historia se centra en la relación entre padre e hijo y las dudas y afecto que ésta conlleva.

Cuando apareció “Píldoras Azules” por primera vez en la Suiza nativa de Peeters, vendió más de
20.000 copias y fue premiada en los festivales más prestigiosos de Europa, toda una hazaña para una novela gráfica de 192 páginas dibujada enteramente en blanco y negro y que narraba la convivencia de una familia con una enfermedad muy grave. Hasta cierto punto, su éxito tuvo que ver también con el momento en que se publicó. Desde hacía algunos años, el formato de novela gráfica había experimentado un considerable auge gracias a las informaciones y comentarios que corrían por internet y algunas adaptaciones cinematográficas.

La reacción de los lectores fue muy diversa. Muchos la vieron como una historia optimista y cálida. A otros les impactó más el lado dramático. Algunos pensaron que el tema principal era el lazo de Cati con su hijo, otros la interpretaron como una historia de amor….En realidad, al principio ni siquiera Peeters sabía muy bien qué quería contar. Las primeras cuatro páginas son dibujos abstractos extraídos de su imaginación mientras trata de determinar cómo narrar su historia. Entonces, cuando ésta comienza, lo hace recurriendo a una poética economía expresiva, alternando el cinismo y la tristeza. La presencia de la enfermedad en la relación resulta ser una extraña combinación de terror primario y persistente y aburrida rutina.

El de “Píldoras Azules” es un grafismo algo rayano en el feísmo que no gustará a todo el mundo. Ello tiene una explicación: Peeters decidió desde el principio que su dibujo iba a ser inmediato y espontáneo. En lugar de dibujar primero a lápiz, lo hizo directamente a tinta, sin corregir ni revisar nada. “No soy un perfeccionista. Cuando he terminado, ya está. No me atasco en revisiones. Sólo es un comic. Era algo que quería sacarme de la cabeza”. Y así lo hizo. Terminó el álbum en tres meses, lo que significa que realizó alrededor de tres páginas diarias, un ritmo muy rápido que sólo se podía mantener si trabajaba de forma directa, casi sin reflexión y, desde luego, sin revisión. De hecho, al final sólo se modificó una viñeta antes de la publicación: un perfil de la ciudad de Nueva York dibujada antes de los atentados del 11 de septiembre y que incluía las Torres Gemelas.

El retrato gráfico de los personajes está completamente logrado: Peeters se dibuja a sí mismo a base de sólidas líneas y ángulos, hombros ligeramente encorvados, ojos saltones y perpetuamente ojerosos y una sonrisa tranquila y algo retorcida. La única diferencia es que en el comic se dibuja con gafas mientras que en la vida real suele llevar lentillas. En realidad, no dibuja a nadie con apariencia bella o “normal”, ni siquiera el pequeño Wolf tiene ese aspecto dulce propio de los niños. Todas las figuras están retratadas con una apariencia un tanto extraña que permite sacar el máximo partido expresivo de sus posiciones
corporales y gestos faciales. La ausencia de color añade un punto de solemnidad que apaga cualquier intento de trivializar el contenido y permite que la historia esté dominada por la energía pura que emana de los personajes.

Pero aunque la gente y los lugares que pueblan “Píldoras Azules” sean bien reconocibles, hay también momentos de gran inventiva visual. Cuando, una noche, el condón se rompe, Peeters y Cati se hunden en un estado de gran ansiedad. Al día siguiente, tratan frenéticamente de conseguir una cita con su médico sólo para enterarse por sus labios de que tenía “tantas posibilidades de contraer el SIDA como de toparse con un rinoceronte blanco a la salida”. Dos viñetas después, un gran rinoceronte aparece repentinamente tras sus cabezas, con su cuerno asomando ridículamente entre ellos. Es un momento que resume perfectamente, con creatividad, poesía y humor, tanto la siempre presente amenaza de la enfermedad como el instante de bochorno que pasan ante el doctor.

Precisamente, las escenas con el lacónico y sobrecargado médico son uno de los puntos fuertes del álbum. A juzgar por la diatriba que Peeters lanza contra los médicos en varias ocasiones a lo largo de la historia, no debe pensar mucho ni muy bueno de esa profesión. Sin embargo, describe a ese
doctor en concreto como una balsa salvavidas. El propio médico no se toma a sí mismo muy en serio y tiene días mejores y peores, algo que se refleja en su trato con los pacientes. Pero es precisamente esa humanidad lo que gusta a Peeters en contraste con la frialdad distante o la solicitud hipócrita de muchos de sus colegas.

Hay otras muchas escenas y metáforas visuales de gran brillantez. Por ejemplo, la viñeta que hace las veces de portada, con los dos protagonistas sentados en un sofá charlando como si fueran una pareja normal, llevados a la deriva por unas aguas encrespadas que simbolizan el SIDA. O la escena en la que Fred y Cati discuten sobre su relación mientras están en la cama, narrada con planos cenitales cambiantes al ritmo de la conversación para abrir el plano en la última página y hacer que la cama parezca un gran mar en el que sólo ellos habitan.

Desde mi punto de vista, la novela gráfica contiene un fallo de cierto peso que estropea el ritmo y el tono de la historia: la desviación onírica de Fred, en la que conversa sobre sus esperanzas y temores con un mamut que igual cita a Oscar Wilde que al Ministerio de Sanidad. Ciertamente, el animal está bien elegido puesto que tratándose de una
especie extinta constituye una excelente metáfora de la finitud de la vida y receptor de las ansiedades de Fred sobre el amor, la muerte, la sociedad y todo lo demás; pero dada la aproximación realista del resto de la narración, este pasaje se antoja demasiado fantasioso, poético y escapista.

“Píldoras Azules” no tiene un final o, mejor dicho, una resolución; sólo la sugerencia de que la vida continúa. En este sentido, Peeters destruye el tópico de las narrativas del SIDA en virtud del cual sólo la muerte aguarda al final. Esta es una historia acerca de intentar sentirse bien, de acostumbrarse a vivir con una condición médica implícita.

Y así fue. Poco a poco, contaba Peeters en una entrevista, todos aprendieron a vivir con el rinoceronte en la habitación. Tras varios años probando con diversas medicinas, los médicos de Cati acertaron con una combinación de ellas. El virus, que ataca al sistema inmunitario del organismo dejándolo progresivamente incapaz de combatir cualquier enfermedad, dormita en su corriente sanguínea, aunque ella ha de estar permanentemente alerta. Mientras Peeters elaboraba el álbum, tanto él como Cati albergaron algunas reservas acerca de cómo reaccionarían ante él su familia, amigos y
compañeros de trabajo (en la vida real, Cati es maestra), pero a la hora de la verdad, unos y otros siempre les apoyaron sin juzgarles, el hijo de Cati ha ido creciendo y la familia se amplió con otra hija, nacida por cesárea para minimizar el riesgo de infección a través de la sangre. “Estamos acostumbrados a ello, a luchar esta guerra. Ya no pensamos más en ello, es banal”.

“Píldoras Azules” es un comic reflexivo, provocativo en fondo y forma, realista, emotivo sin ser sentimental, sobrio y agridulce que, al tiempo que demuestra lo profundo que puede llegar a ser el medio, ofrece una visión íntima y honesta del mundo de las relaciones en el ámbito del SIDA y quienes conviven con ellos, sus desafíos y posibilidades y el potencial del verdadero amor –no el que se nos muestra en las películas- para superar problemas.

Es cierto que tampoco es una obra recomendable para todo el mundo: es un comic muy personal tanto en lo que se cuenta como en la forma en que se cuenta. La convivencia con la enfermedad y la relación entre los miembros de la familia está tratada con respeto, cariño y cotidianeidad, pero puede que el tema resulte algo desasosegante –nunca ofensivo- para según qué sensibilidades. Ahora bien, lo que es innegable es que pesar de la invisibilidad de la dolencia, Peeters le ha dado
al silencioso virus un poderoso lenguaje visual, elocuente, accesible y ocasionalmente cómico. Es una obra que celebra, sobre todo lo demás, el amor y la vida. Parece como si, ordenando, analizando y transmitiendo sus experiencias, el SIDA hubiera perdido su poder para atemorizarle. Desde ese punto de vista, “Píldoras Azules” es una historia de amor normal y corriente…en la que de vez en cuando asoma un rinoceronte.

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