13 mar. 2016

1979- EL PROYECTO PEGASO – Mark Gruenwald, Ralph Macchio, John Byrne y George Pérez


Para muchos aficionados al comic-book de superhéroes, los días de auténtica gloria de Marvel fueron aquellos en los que la editorial no era más que una pequeña compañía que no soñaba con convertirse en una corporación gigantesca de enorme influencia. Fueron los años de Stan Lee, Jack Kirby y Steve Ditko primero; poco después llegarían Neal Adams, John Buscema, Jim Steranko, Roy Thomas, Steve Gerber, Barry Windsor-Smith, Steve Englehart… No es que después de ellos no hubiera ningún gran artista trabajando para la editorial, sino que la revolucionaria espontaneidad que marcó la primera y segunda etapas acabó anulada por intereses más comerciales.

También conviene recordar que ello no fue deliberado. Cada creativo hace el mejor trabajo que puede o sabe. El tiempo, la crítica y los lectores decidirán qué merece convertirse en un clásico y qué pasará al olvido. Ni siquiera el volumen de ventas define necesariamente lo que es una obra maestra (a menos que seas un editor, claro).

A pesar de todo, de vez en cuando, coinciden en una colección particular un grupo de profesionales que, por alguna razón, se compenetran con una singular sintonía, y entonces surge la chispa que convierte a su colaboración en algo capaz de perdurar en el tiempo. Es el caso de una pequeña saga, “El Proyecto Pegaso”, que apareció en una colección secundaria: “Marvel Two-In-One”.



“Marvel Two-In-One” nació en los años en que Marvel lanzaba al mercado colecciones con títulos detestables, como “Giant-Size Man-Thing” o “Giant-Size Super-Villain Team-Up”. En realidad, fue una continuación de una cabecera anterior, “Marvel Feature”, más conocida por haber sido la cuna de los Defensores en sus tres primeros números entre 1971 y 1972, pasando luego el testigo a unas olvidables aventuras del Hombre Hormiga y la Avispa. Sus dos últimos números, el 11 y el 12, tuvieron como protagonista a La Cosa, el carismático miembro de los Cuatro Fantásticos. En el primero de ellos, Len Wein narraba un enfrentamiento entre La Cosa y Hulk; en el segundo, aunaba fuerzas con Iron Man en una historia escrita por Mike Friedrich. Ambos episodios estuvieron dibujados por Jim Starlin y Joe Sinnott. El caso es que se vendieron tan bien que poco después La Cosa obtuvo un título propio, “Marvel Two-In-One”. En cada número, Ben Grimm se unía a otro personaje de la editorial para establecer lazos de amistad con él y correr la aventura de turno con él; una dinámica que, a pesar de sus quejas acerca de lo solo que se encontraba, convirtió a La Cosa en uno de los héroes más populares y queridos de ese mundillo.

La calidad de las historias era variable pero resulta difícil recomendar alguna con convicción. La mayoría se resolvían en uno o dos episodios sin que los argumentos tuvieran continuidad o incluso coherencia unos con otros. Ello era debido a la propia naturaleza del título: su formato (siempre había que emparejar al héroe titular con otro secundario y las tramas había que resolverlas rápidamente) no dejaba margen a los creativos y, por tanto, no se trataba de una título por el que suspiraran guionistas y dibujantes, aceptando encargarse de ella por un periodo de tiempo limitado y por motivos puramente alimenticios. Este tipo de títulos eran mero relleno del catálogo editorial, algo que servía para mantener vivos algunos personajes olvidados y aumentar la presencia en los expositores de quioscos y supermercados, donde realizaba sus aleatorias compras el comprador ocasional de comics. Resulta significativo que estas colecciones mixtas en las que se emparejaban héroes fueran muriendo rápidamente conforme el mercado directo (el de librerías especializadas, con un público más exigente y discriminador) fue aumentando su peso en la cifra de ventas. “Marvel Two-In-One” murió en su número 100, en junio de 1983.

Hubo, eso sí, algunas excepciones que sobresalieron por encima del nivel medio de las historias. Una fue el Anual nº 2, que formó parte de la saga de Thanos de Jim Starlin, figurando los Vengadores, Spiderman y Adam Warlock como “héroes invitados”; otra fue la saga de “El Proyecto Pegaso”.

El Proyecto Pegaso apareció como mero macguffin en los números 42 y 43 de la colección. Se
trataba de un complejo de investigación del gobierno americano dedicado a la búsqueda de fuentes alternativas de energía (un concepto que sigue hoy, treinta años después, plenamente vigente). En sus instalaciones no sólo había laboratorios, sino que se mantenían cautivos varios villanos cuyos superpoderes estaban relacionados con esa materia. Diez episodios después, los guionistas Mark Gruenwald y Ralph Macchio dieron lo mejor de sí en un arco argumental que se extendió del número 53 al 58 (julio-diciembre 1979) y que se desarrollaba enteramente en el interior de ese complejo subterráneo.

Ben Grimm, alias La Cosa, acude al lugar atormentado por sentimientos de culpa respecto a lo ocurrido con Wundarr (creado por Stever Gerber en 1973 como parodia de Superman), un misterioso joven de mente infantil por el que alberga cierto sentimiento paternal y que se halla en el Proyecto Pegaso sumido en un coma. Durante su estancia allí, Ben se ve involucrado en una conspiración orquestada por una misteriosa corporación que pretende destruir el complejo y evitar que descubra una solución energética que afectara negativamente a sus negocios.

La totalidad de la saga –con excepción de un subargumento protagonizado por Thundra- transcurre en el claustrofóbico entorno subterráneo del Proyecto. Allí, Grimm se unirá al jefe de seguridad Quasar y al Goliath Negro para capturar a un grupo de villanos huidos de su confinamiento (Solarr, Klaw y Nuklo), enfrentarse al ciborg Deathlok, rechazar la invasión de un grupo de luchadoras de wrestling superpoderosas (sí, ya sé que suena ridículo, pero el caso es que funciona) e impedir que una singularidad dimensional viviente engulla toda la base.

Los guionistas, manteniendo nominalmente el formato team-up, supieron construir una historia coral con una continuidad prolongada que le aproximaba más a lo que era una colección regular, con una trama principal, subargumentos que se iban desarrollando a lo largo de los números y un villano en la sombra cuya identidad tardaba en hacerse evidente. Se seguían introduciendo nuevos personajes en cada número, pero su participación en la historia en curso no resultaba forzada y todos (excepto Deathlok) permanecieron hasta el final de la saga jugando un papel relevante en lugar de desaparecer por la puerta de atrás en cuanto el número llegaba hasta el
final. Las continuas referencias a episodios anteriores u otras colecciones ayudaban a insertar estos números en la continuidad Marvel, lo que les daba más profundidad argumental y suponía un bienvenido refresco tras tantas aventuras insustanciales sin influencia alguna ni en la propia ni en ninguna otra colección.

La tensión de la historia va en aumento número tras número y los guionistas consiguen orquestar magníficas escenas de acción sin recurrir a las estrellas de la editorial, un movimiento bastante arriesgado para una colección team-up. Ninguno de los que intervienen (Wundarr, Thundra, Deathlok, Quasar, el Goliat Negro…) eran personajes de primera fila, pero la forma en que Gruenwald y Macchio los combinan y les hacen interactuar demuestra la validez del dicho “No hay malos personajes, solo malas historias”. Por otra parte, el protagonista titular, Ben Grimm, está bien escrito, resaltando tanto su lado sarcástico y socarrón como el más sensible (en la relación que mantiene con Wundarr) y, afortunadamente, dejando de lado el
más autocompasivo y acomplejado. Los guionistas incluso nos ofrecieron la novedad de verlo sangrar y a punto de sucumbir por alguien tan a priori por debajo de él como Deathlok.

Probablemente, estos episodios no habrían alcanzado el mismo estatus de no haber sido por los artistas implicados. Los tres primeros están dibujados por un John Byrne casi en lo mejor de su carrera y que aquí demuestra por qué llegó a lo más alto de la industria: narración perfectamente diseñada, soltura en el manejo de personajes en cualquier situación, línea elegante… El entintado de Joe Sinnott, un veterano del medio, le aporta solidez y su larga experiencia a la hora de dibujar un personaje como La Cosa.

Más espectaculares aún son los tres últimos números, firmados por George Pérez y Gene Day. El
primero es uno de esos insólitos profesionales que ha sido capaz de mantener un altísimo nivel de calidad durante décadas y que, además, podía dibujar multitud de personajes sin que parecieran iguales e integrarlos en viñetas de elaborados diseños. La composición de página, ángulos y efectos gráficos que utiliza Pérez en el Proyecto Pegaso son más atrevidos que los de Byrne, regalando al lector algunas planchas memorables. En cuanto a Gene Day, éste fue uno de los mejores entintadores que pasaron por Marvel. Su trabajo enriquece mucho el de Pérez, llenando de detalles las viñetas, trabajando en los brillos de los metales y las texturas de los chisporroteos energéticos. El suyo era un pincel limpio, preciso y elegante que por desgracia, no se prodigó todo lo que a los aficionados nos hubiera gustado, ya que murió en 1982 con tan solo 32 años de edad.

“El Proyecto Pegaso” es un ejemplo perfecto de comic de superhéroes de calidad. Tiene acción, algo de intriga, personajes carismáticos, elementos de ciencia ficción, bases secretas, superciencia, amenazas de gran calibre… integrado todo ello en una trama dinámica narrada con excelente dibujo. No tiene la profundidad de las obras que en pocos años darían una nueva dimensión al mundo superheroico, pero tampoco lo pretende ni la historia que cuenta lo necesita. Más de treinta años después de su publicación, “El Proyecto Pegaso” ha envejecido muy bien –aparte de algunos giros idiomáticos propios de la época y el rancio mensaje hippy de Wundarr- y sigue siendo perfectamente legible para quien disfrute con las obras de este género bien realizadas.


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