21 nov. 2015

2000- PERSÉPOLIS – Marjane Satrapi




Marjane Satrapi no es una mujer ordinaria. Hija única de una familia progresista, intelectual y acomodada de Teherán, leía comics sobre el marxismo cuando otros niños aún disfrutaban con cuentos de hadas. Su abuelo materno fue el hijo de Nasreddin Shah, el último emperador de Irán. Cuando creció, se dio cuenta de que parientes y amigos de la familia eran encarcelados por su ideología comunista. Pero tras la Revolución y la toma del poder por parte de los fundamentalistas islámicos, la situación no mejoró y ya no eran sólo los comunistas los que daban con sus huesos en el calabozo. Sus padres, conscientes de que la joven Marji era de temperamento rebelde y contestatario, quisieron ahorrarle las penurias y horrores que se aproximaban y la enviaron a Europa para continuar sus estudios. Sin embargo, había escapado de los prejuicios del régimen de los ayatolás para caer en la red de estereotipos e ideas preconcebidas de los europeos y nunca llegó a sentirse completamente integrada.



Infeliz y desconcertada, regresó al cabo de unos años a Irán para tratar de reconstruir su vida…sin éxito. A mediados de los noventa se estableció definitivamente en Francia, donde finalizó sus estudios artísticos y trabajó como ilustradora. Entró en contacto con el mundo del comic a través de David B., uno de los artistas con quien compartió un estudio. Éste fue uno de los fundadores de L´Association, editorial independiente que pronto se convirtió en la abanderada del comic francés alternativo; y también quien la animó a trasladar sus vivencias al lenguaje de las viñetas. David B. sabía de lo que hablaba, puesto que él mismo había escrito y dibujado el sensacional “Epiléptico”, una obra autobiográfica brutal sobre las dificultades y traumas de tener un hermano aquejado de enfermedad mental. Inspirada por esta última obra –y por la gran “Maus” de Art Spiegelman-, Marjani se puso manos a la obra y el resultado fue “Persépolis”, publicado por L´Association en cuatro volúmenes de cadencia anual entre 2000 y 2003 y reunidos en un solo tomo en 2007.

Marjani supo desde el principio el mensaje que quería transmitir. Cuando años atrás llegó a Francia se encontró con que los “cultos” europeos eran en realidad unos ignorantes de todo aquello que se encontraba más allá de sus fronteras. La gente creía que su idioma materno era árabe; eran incapaces de distinguir entre árabes y musulmanes, no digamos ya los persas; no conocían nada de la milenaria cultura de su país y creían que siempre había sido cuna del fundamentalismo religioso. Por tanto, quiso explicar, desde los ojos de la niña que ella era cuando ocurrieron, los acontecimientos que llevaron a la revolución islámica, pero también que no todas las mujeres iraníes son unos seres enfundados en negro que gritan histéricamente en las manifestaciones públicas ni todos los hombres unos mulás radicalizados.

El primer volumen explica de forma amena los acontecimientos que culminaron con el
derrocamiento del Shah y el ascenso del ayatola Jomeini y la vida bajo los primeros momentos del sangriento gobierno islámico, terminando con el estallido de la guerra Irán-Irak. Desde luego, Satrapi no es ninguna defensora del régimen actual, pero también subraya la corrupción y violencia del gobierno anterior. Apesadumbrada por el respeto que el Shah parece despertar en el mundo occidental, muestra cómo detrás de los fastos, los hoteles de cadenas internacionales y las refinerías de petróleo, se escondía una realidad mucho más siniestra. Cuando el Shah se exilió, dejó atrás un país en el que la mitad de la población era analfabeta y pobre. Pero la alegría de su laica familia por dejar atrás un régimen corrupto se disipa pronto cuando comprenden que la revolución no va a traer más que desgracias y persecuciones.

Lo que otorga credibilidad a “Persépolis” es la convincente manera en que acontecimientos
concretos y cotidianos son interpretados por la mirada de una niña curiosa y todavía ingenua. Por ejemplo, la joven Marjani del comic explica su inocencia respecto al significado del velo cuando éste se convirtió en algo obligatorio tras la Revolución. Sus dibujos de estilo naif, con esas niñas bromeando con sus chadores en la escuela, compartiendo sus todavía confusas opiniones, transmite un mensaje que todo el mundo puede comprender y que, al mismo tiempo que suscita la reflexión, anima a sonreír.

El segundo volumen narra los duros e inciertos años de la guerra con Irak, que coincidieron
además con el periodo más represivo de la república islámica: los bombardeos, el ensalzamiento del martirio, los mutilados, la propaganda, el ambiente opresivo, la policía islámica… y finaliza con la emotiva imagen de Marji subiendo a un avión para marcharse a Austria mientras sus padres se alejan desgarrados por la tristeza. Sabían que su hija era inquisitiva y rebelde y que el infierno fundamentalista en que se había convertido el país, agravado aún más por la guerra, la iba a afectar profundamente. Querían que tuviera una educación libre de fanatismos y pasara su adolescencia lejos del régimen totalitario de los ayatolás.

Pero las cosas no fueron del todo bien para Marjani en Europa. La primera viñeta de la tercera parte nos la muestra tumbada boca abajo en una cama sin deshacer, una pose típica de la angustia juvenil. Si el primer volumen era la narración de una niña tratando de comprender el difícil mundo que la rodeaba, éste ofrece el punto de vista de una adolescente tratando de comprenderse a sí misma. Ahora ya no es una niña, no son los demás los que toman las decisiones que le conciernen, ya no puede limitarse a ser testigo de lo que sucede en torno a ella. Marjani transmite muy bien el sentimiento de llegar a un lugar con una cultura diferente y el profundo deseo de adaptarse, de
integrarse. Pero también las dificultades que ello entraña al encarar ese desafío en una época difícil de la vida, aquella en la que se construye la propia identidad.

El tercer volumen se cierra con otro final impactante: la autora poniéndose el velo, lista para regresar a su país. O eso cree. Porque lo cierto es que no pasa mucho tiempo antes de darse cuenta de que aunque no se sentía a gusto en Viena, también se ha convertido en una extranjera en su propio hogar. Una vez más tratará de adaptarse: continúa con sus estudios universitarios, se casa, se marca metas, aprende formas de sortear las prohibiciones e interferencias del gobierno … pero finalmente se da cuenta de que su sentido de la libertad es incompatible con la presión social y gubernamental de Irán y decide emigrar definitivamente a Francia.

A Marjani no le interesa lo políticamente correcto –nunca lo ha hecho, un rasgo que, entre otras
cosas, le impidió acomodarse al régimen dictatorial de su país- y es esa sinceridad lo que ha hecho de este un comic tan inmensamente popular y apreciado. Repudia tanto el régimen del Shah como el de los ayatolás, pero no libra de su parte de responsabilidad a británicos, franceses o alemanes, que defendieron sus intereses interfiriendo en la política interna de Irán y luego vendiendo armas a ambos bandos durante la guerra con Irak. A un nivel más íntimo, sabe mostrar la complejidad del régimen y la sociedad iraníes: es, efectivamente, un gobierno brutal, fanático y misógino, pero también incluye a individuos bondadosos como el mullah que la deja entrar en la facultad a pesar de no superar el test ideológico; y, por otra parte, en su propio círculo, el de las jóvenes estudiantes universitarias, supuestamente más liberales y educadas que la media, encuentra mujeres mezquinas e hipócritas. En Europa se encuentra con niños ricos que hablan mucho de política y revolución, pero que no saben nada de lo que todo ello conlleva. Para colmo, algunos utilizan la libertad de la que gozan para entregarse al consumo o tráfico de drogas o tener relaciones sexuales que a Marjani le resultan incómodas por no decir escandalosas.

También nos dice que no hay que confundir un gobierno, especialmente si es de carácter dictatorial, con el pueblo. Éste busca formas de burlar las limitaciones que las autoridades imponen en sus vidas privadas, en su forma de comportarse, en sus gustos, en su manera de
relacionarse… Hasta tal punto llega el deseo de libertad, que algunos de esos intentos de rebeldía pueden acabar en prisión…o incluso la muerte.

Otro de los grandes logros de Satrapi es hacer de “Persépolis” una obra carente de mensaje ideológico, amargura o deseos de venganza. Narra los hechos históricos y cómo los vivió, a veces con distancia, otras con una gran proximidad, muy a menudo de forma emotiva pero sin sentimentalismo; y, desde luego, recurriendo al humor y la ironía, que de ello también hay mucho en la vida. Además, tiene la valentía de mostrar facetas de sí misma poco edificantes, como algunos momentos de su paso por Austria o episodios crueles como aquel en el que entrega a un inocente a la Guardia Revolucionaria para salvarse ella, demostrando que cuando uno vive asustado, es capaz de perpetrar malas acciones; o su descenso a un personal infierno en Europa, convertida en una vagabunda solitaria y desarraigada.

El grafismo de “Persépolis”, inspirado en los antiguos grabados persas, es engañosamente sencillo y esto, curiosamente, redunda en beneficio de toda la obra. En primer lugar, porque hace más amena la lectura de una historia densa y repleta de información; en segundo lugar, porque ese estilo un tanto cartoon permite contar episodios realmente horripilantes (hay torturas, asesinatos, guerra) sin perder carga emotiva, pero evitando resultar desagradables visualmente al lector. Además, resulta mucho más adecuado cuando se trata de mostrar los sueños, ilusiones y, en general, la vida interior de la protagonista, especialmente en su etapa infantil. Una vez se ha terminado la lectura de la obra, resulta difícil cuando no imposible imaginarla narrada con un arte más realista.

Por otra parte, la elección del blanco y negro proviene del propio origen de la obra como comic alternativo, un ámbito en el que los reducidos presupuestos con los que se trabaja impiden la aplicación del color. De cualquier forma, ello lleva a un mejor aprovechamiento de los volúmenes de blanco y negro e
incluso una mayor claridad narrativa.

“Persépolis” es un comic alternativo de corte autobiográfico, una categoría que en las últimas dos décadas ha crecido mucho, pero en la que muy a menudo los autores no tienen realmente gran cosa que decir. No es el caso de Satrapi, todo lo contrario. ¿Es “Persépolis” tan bueno como la gente sigue afirmando quince años después de su publicación original? La respuesta es un rotundo sí. Es un comic cálido y humano. ¿Cómo no va a caer bien una niña que quiere ser profeta y revolucionaria cuando crezca, que habla con Dios y que consigue convencer a los fanáticos islámicos que un pin en su solapa con la efigie de Michael Jackson es en realidad de Malcom X, que compra música pop en el mercado negro y contesta con desparpajo a su profesora?

Pero es que además, es un comic que no ha perdido actualidad y cuya lectura sigue resultando
aconsejable no solo por su calidad intrínseca, sino a la luz de los últimos acontecimientos y las cada vez más tensas relaciones entre Occidente y el mundo islámico más radical. Su compleja y amplia temática (que va desde la reciente historia política y sociológica de una nación al intimismo familiar, el tránsito personal hacia la madurez y sus turbulencias, pasando por temas universales como las dificultades culturales del emigrante, el desarraigo, el ansia de libertad y la angustia por no conseguirla…), su capacidad para transmitir conceptos complejos de manera sencilla pero efectiva, la habilidad con la que la autora trenza su propia trayectoria vital con el devenir histórico de su país, su honestidad y su accesible grafismo, han hecho de este comic un superventas en varios idiomas, convirtiéndose en lectura obligatoria en centenares de universidades. Su repercusión llevó a que la propia Marjani, en 2007, dirigiera una adaptación cinematográfica como película de animación que también cosechó un notable éxito .

Hubo un tiempo en el que Marjani Satrapi, en su afán por integrarse, llegó a renegar de su
nacionalidad. Hoy se ha convertido en una mujer inteligente y de fuertes convicciones que no sólo está orgullosa de sus orígenes, sino que, abrazando su experiencia como ciudadana de dos mundos, ha creado una obra apreciada por un gran colectivo de lectores –incluidos aquellos que no leen normalmente comics-, que catapultó a su autora al estrellato mediático, impulsó definitivamente el formato conocido como “novela gráfica”, facilitó el acceso de otras mujeres al mundo del comic y, sobre todo, enseñó que tras las noticias sensacionalistas, los grandes acontecimientos históricos y los prejuicios, se esconde un mundo desconocido que necesita de gente como ella para que llegue a nosotros. Quizá ello, al final, sea no sólo más gratificante sino más importante que ser profeta o revolucionaria.

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