12 nov. 2015

1997-TÍO SAM – Steve Darnall y Alex Ross




En primer lugar, antes de hablar de la obra que nos ocupa, demos un pequeño repaso a la Historia, con mayúsculas, algo que, después de todo, es también lo que hace el “Tío Sam” que la protagoniza.

La figura del “Tío Sam” es una adición relativamente reciente al mundo de los símbolos nacionales. De hecho, estaba basado en una personificación más antigua de Inglaterra conocida como John Bull, creada por John Arbuthnot en 1712. Su contrapartida femenina, Britannia, había servido como representación de esa tierra desde tiempos de los romanos. Los alemanes tenían a Germania, e incluso los americanos habían utilizado durante años y con igual propósito a Columbia.



Aunque no es tan antiguo, los orígenes del Tío Sam en la Historia son un tanto nebulosos. Parece que empezó a utilizarse como personificación del espíritu norteamericano a comienzos del siglo XIX, tomando el nombre de Samuel Wilson, un proveedor de carne para el ejército durante la guerra de 1812. Sea como fuere, en lo que a nosotros nos interesa, su representación gráfica más famosa es la que realizó James M.Flagg para los carteles de reclutamiento durante la Primera Guerra Mundial: ese hombre entrado en años con barba de chivo y sombrero con estrellas que señala al espectador y le dice “I Want You for U.S. Army”.

El gran Will Eisner, en sus inicios como propietario de un taller de dibujantes que proporcionaba personajes e historietas a diferentes editoriales, lo convirtió en un héroe para Quality en los años cuarenta, una especie de ser místico generado a partir del espíritu de un soldado muerto en la Guerra de Independencia americana. Cuando DC Comics compró el catálogo de Quality en los años cincuenta, lo insertó en un mundo alternativo propio llamado Tierra X, una versión de nuestra Tierra en la que los aliados nunca consiguieron derrotar a las
fuerzas del Eje en la Segunda Guerra Mundial, por lo que el conflicto se había prolongado hasta la década de los setenta. Tras la limpieza de “Crisis en Tierras Infinitas”, ese mundo paralelo, como todos los demás excepto uno, fue destruido y el Tío Sam pasó a no haber existido nunca como “superhéroe”.

Dejando de lado una olvidable miniserie de “Terminator” para Now Comics, el gran debut de Alex Ross fue “Marvels” (1994), escrita por Kurt Busiek, en la que se hacía un repaso de algunos aspectos del Universo Marvel más clásico desde el punto de vista de un periodista. El siguiente gran proyecto del dibujante, esta vez ideado por él, fue “Kingdom Come”, desarrollado en el guión por Mark Waid y que terminó por colocarle entre los artistas de comic book más importantes de todos los tiempos.

Si había algo que ambas obras dejaban claro era lo mucho que amaba Ross los superhéroes, especialmente su vertiente más clásica y “heroica”. Por desgracia, los tiempos no parecían los más propicios para sus gustos. En aquellos años el género estaba dominado por héroes malencarados, ambiguos, violentos e hipertrofiados estética y
conceptualmente. El disgusto que Ross sentía por ese giro fue precisamente lo que sirvió de núcleo argumental de “Kingdom Come”. No parecía que su visión de los superhéroes como representación de altos ideales éticos tuviera un lugar en semejante panorama; es más, creía que la sobreabundancia de ese tipo de personajes estaba literalmente corroyendo la industria. Así que decidió alejarse de ellos y probar algo nuevo, un camino que habían seguido muchos otros grandes nombres antes que él, desde Alan Moore a Frank Miller. El resultado fue una miniserie de dos números en formato prestigio escrita en colaboración con su amigo Steve Darnall: “Tío Sam”.

El comic se abre presentando a un vagabundo borracho vestido de Tío Sam, que sufre de alucinaciones mientras da tumbos por las calles de Nueva York. Experimenta una serie de visiones –que también pueden ser recuerdos de vidas pasadas- en las que se ve a sí mismo participando en diversos momentos importantes en la historia del país desde su formación: convenciendo a su mujer para que acceda a dejarle luchar al lado de Washington contra los ingleses, viajando en el coche de Kennedy en el momento de su asesinato, siendo testigo del exterminio de indios, linchamientos de negros y maltrato criminal a prisioneros de guerra; ve cómo los granjeros destrozan el medio ambiente antes de convertirse ellos mismos en víctimas de sus
desmanes; cómo la policía pagada por los empresarios apalea a manifestantes indefensos; los esclavistas transportan a los negros en navíos y los soldados disparan contra sus compatriotas descontentos…

Al tiempo que revive esos momentos y acuden a su mente de forma aparentemente aleatoria frases, discursos y eslóganes pronunciados por todo tipo de personalidades a lo largo de la historia de su país, Sam también interactúa con la América contemporánea. De hecho, su estado decrépito y su mente confusa es una respuesta al estado de la sociedad norteamericana moderna. Junto a él se produce un asesinato, le roban mientras está inconsciente, los viandantes le ignoran a pesar de sus evidentes dificultades, asiste al mitin de un político corrupto aclamado por las masas…Al mismo tiempo, llegan a su mente retazos de la cara menos presentable de la América de hoy: intransigencia, ciudadanos en apuros económicos, codicia, contaminación, pena de muerte, maltrato policial, homofobia, extrema derecha…

Su encuentro con otros símbolos nacionales en igual estado de decadencia (Britannia, Columbia, el oso Ruso y la Libertad revolucionaria francesa), le harán comprender que él no representa tanto a una nación como a un sueño que está por encima de ella, una epifanía que precederá a su combate con la versión más oscura de sí mismo por la ascendencia sobre América.

Dado el carácter experimental de la obra –al menos para el mercado mainstream Americano- y su
contenido político, DC lo incluyó para su publicación dentro de su ecléctico sello Vértigo. El resultado económico fue algo decepcionante, lo suficiente para liquidar la carrera de su guionista –que comenzó y casi finalizó con esta obra- y casi afectar a la de Alex Ross, que acabó regresando escarmentado al mundo de los superhéroes. Y es que esta historia políticamente ácida, que no tiene un argumento fácilmente reconocible y que básicamente consiste en recopilar todas las tropelías cometidas por el gobierno americano a lo largo de la historia mientras agitaba el estandarte del sueño americano, resultó demasiado agresiva para el lector medio de comics, que decidió ignorarla mayormente. El tropiezo comercial vino agravado porque, a la vista de que el dibujante sería Alex Ross, las tiendas especializadas habían realizado voluminosos pedidos antes de ver la obra, pedidos que acabaron devolviéndose casi intactos cuando los lectores comprobaron que no se trataba de un tebeo de superhéroes, sino de un ensayo político que ni siquiera el dibujo de Ross les hacía digerible.

Efectivamente, “Tío Sam”, tenía todas las papeletas para despistar al comprador habitual de
comic books. Para empezar, estaba protagonizado por un personaje tradicionalmente vinculado al mundo de los superhéroes. Además, muy poco antes Alex Ross había firmado dos de las mejores obras del género, las ya mencionadas “Marvels” y “Kingdom Come”, por lo que era de suponer que esta miniserie sería algún tipo de actualización “adulta” del antiguo personaje de Quality-DC. Nada más lejos de la realidad.

Como he dicho, “Tío Sam” se acerca más al formato de ensayo que al de narración. No hay una historia propiamente dicha; en todo caso, una estructura argumental muy básica con un remedo de planteamiento, nudo y desenlace, cuya verdadera función es la de servir de soporte para un discurso metafórico de tono político-social. Darnall y Ross hacen un recorrido personal pero sincero por la historia de su país, recordando todos aquellos momentos vergonzantes que deliberadamente se han querido olvidar. Los autores no dan tregua y hay momentos verdaderamente brutales por su violencia, sexismo o racismo.

En este sentido hay que advertir que no es un tebeo fácil de abordar sin un conocimiento previo de los principales hitos y episodios de la historia americana, pues es sobre ellos y no sobre los personajes que se articula el discurso central. Y especialmente porque parte del comic se construye no en base a las referencias históricas directas, sino recurriendo a alegorías y metáforas. Empezando por la portada del primer volumen: en lugar de la imagen icónica del orgulloso y enérgico Tío Sam señalando al espectador con el dedo, le vemos derribado sobre una acera sucia mientras los viandantes pasan sobre él; también mira al lector a los ojos y tiende su brazo hacia él, pero en un gesto de súplica, de ayuda. Las alegorías se completan de forma elegante con transiciones. Por ejemplo, cuando Sam coge de un cubo de basura algo de comida y se dispone a ingerirla, le viene a la cabeza una escena en la que está sentado con su mujer a punto de cenar, dos siglos atrás. Su visita -¿imaginaria?- a una tienda de antigüedades, le pone en contacto con muchos objetos y recuerdos de épocas pasadas, idealizaciones de la cultura popular (figurillas, posters, discos, juguetes…) que, a su vez, le sirven al personaje para viajar al pasado.

Sam es, claro, el Tío Sam, desquiciado por las atrocidades cometidas en su nombre, confuso y
desorientado, que trata de reencontrar su identidad en una América corrupta, cruel, olvidadiza y obsesionada por la televisión y el dinero, esclavizada por su ignorancia e hipnotizada por políticos sin escrúpulos. Darnell y Ross quisieron terminar su discurso con un tono algo más positivo. El Tío Sam “bueno” recupera la cordura y la claridad de ideas: él no es tanto el símbolo de un país como el de un concepto, el de la Libertad (o, también, en su condición de vagabundo, el representante de los desfavorecidos de América; o de Jesucristo, cargando con los pecados de toda una nación y atravesando su propio vía crucis). A continuación se enfrenta y derrota a su némesis oscura, la personificación de la América dominada por el capitalismo salvaje. Lo cierto es que esa metáfora final y su exaltación del sueño americano como ideal de la democracia resulta un tanto impostada, incluso infantil, haciendo que toda la crítica anterior suene algo falsa. Es como si ese final de corte fantástico colgara en el vacío, desvinculado de la terrible realidad que los autores han venido mostrando hasta ese momento.

El principal problema del comic es que pese a su optimista final no ofrece una verdadera solución al dilema de Sam-Estados Unidos, quizá, sencillamente, porque no existe. Darnall deja clara su preocupación por los problemas que acosan al país, pero al final no puede más que ofrecer un viaje a través de la hipocresía que se esconde tras la brillante fachada del sueño americano. Como documental, contiene demasiada ficción; como ficción, está demasiado preocupada por el pasado de Sam –y del país- como para poder desarrollar al personaje. Quizá si el guionista hubiera optado por plantear una historia más “convencional”, el impacto y coherencia de su mensaje hubiera sido mayor –por no hablar de su resultado comercial-. Eso sí, aunque el comic apareció hace ya casi veinte años, se puede decir que no ha envejecido nada. La Norteamérica que retrata sigue adoleciendo de los mismos problemas e injusticias. Lo cual dice algo bueno de sus autores y bastante malo del país.

Alex Ross, por su parte, está tan acertado como siempre. Utiliza modelos y referencias fotográficas para conseguir un estilo gráfico muy realista, pero sin perder expresividad ni movimiento. Cada viñeta está cuidadosamente dibujada y, probablemente, si no hubiera sido por la vida que sabe insuflar en el balbuceante protagonista, éste hubiera resultado insufrible en otras manos. Igualmente, utiliza el color con propósitos expresivos. Varias
escenas del pasado tienen tonos cromáticos apagados, como si estuviéramos viendo una vieja película; la cena de Sam y su mujer en el pasado está revestida de una luz cálida, doméstica, como si de un cuadro de Norman Rockwell se tratara; la secuencia en la que se encuentra con Columbia y los otros iconos nacionales tiene una iluminación crepuscular acorde con el estado emocional de éstos.

En resumen, “Tío Sam” es un tebeo difícil de recomendar por su propia e indefinida naturaleza. Para aquellos interesados en los comics poco convencionales, quienes gusten de ver cómo el medio puede utilizarse como vehículo de ideas políticas, interesados en la historia y política de Estados Unidos y seguidores del gran Alex Ross.





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