5 nov. 2015

1947- STEVE CANYON - Milton Caniff




Si la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial en 1941 supuso una conmoción colosal en el país y un cambio en el modo de vida de sus habitantes, el final del conflicto no estuvo ni mucho menos exento de dificultades para todos aquellos que se vieron involucrados en él y sobrevivieron. Milton Caniff no fue una excepción.



La precaria salud de Milton Caniff le había impedido alistarse, pero su participación en el conflicto desde la retaguardia artística no fue baladí. No sólo donó durante cuatro años una tira, “Male Call”, a los periódicos militares norteamericanos, sino que colaboró con las fuerzas armadas en todo tipo de ilustraciones para los más diversos propósitos. Y sobre todo, claro está, involucró en la contienda a sus principales personajes por entonces, Terry Lee y Pat Ryan, de “Terry y los Piratas”, dentro del teatro de operaciones asiático. Así, lo que desde 1934 había sido un comic de referencia en el género de la aventura pasó a convertirse en una peripecia bélica bien documentada que entretenía a los soldados e ilustraba a los civiles sobre muchos aspectos de la vida militar en tiempos de guerra.

Cuando en 1945 Alemania y Japón se rindieron, Caniff, que era un buen observador de la actualidad, supo que había llegado el momento de reconvertirse, tal y como tantos soldados y
oficiales estaban haciendo en esos meses regresando a la vida civil. Las tiras y planchas de comic se preparaban con semanas de antelación, por lo que Terry continuó luchando contra japoneses rebeldes y despistados algunos meses antes de ser desmovilizado y pasar a operar como una suerte de agente de la ley en territorio chino, donde ya afloraban nuevos problemas políticos. Sin embargo, Caniff era consciente de que la nueva situación mundial requería un nuevo personaje algo más alejado de los parámetros aventureros propios de la literatura pulp sobre los que se había movido “Terry y los Piratas”.

Pero el creativo no era el único motivo por el que Caniff deseaba un cambio. Años antes había tratado de renegociar el contrato que tenía con el Chicago Tribune-New York News Sindicate para “Terry y los Piratas”, pero las conversaciones no llegaron a buen puerto. Dispuesto a mantener un verdadero control y propiedad sobre su obra, contactó con Marshall Field, heredero de grandes almacenes reconvertido en periodista y que en 1944 había fundado un nuevo syndicate, Field Enterprises. Deseoso de agregar a Caniff a su plantilla de artistas, Field convino en otorgarle todas las exigencias monetarias que pedía.

Las preocupaciones financieras de Caniff no eran baladíes. Sus problemas de salud (sufría flebitis
crónica y narcolepsia) no sólo le habían impedido alistarse para luchar en la Segunda Guerra Mundial, sino que también le ponían en la lista negra de las compañías médicas de seguros. El que los ingresos familiares dependieran exclusivamente de su capacidad para entregar puntualmente cada semana seis tiras diarias y una plancha dominical de “Terry y los Piratas” era algo que le obsesionaba. El acuerdo con Field Enterprises le aseguraba un espectacular aumento de sus ingresos -520.000 dólares por un contrato de cinco años- además de los derivados de la venta de derechos de imagen o adaptaciones a otros medios, ingresos que en el caso de “Terry y los Piratas” habrían supuesto una considerable suma.

Pero, además, Caniff obtuvo control creativo total sobre la nueva serie: el sindicato no podría cambiar ni una línea de diálogo sin su consentimiento, así como tampoco censurar o forzar determinados argumentos o enfoques. Para Caniff, que entonces se acercaba a los cuarenta años, este fue un logro notable a título personal y pionero en el medio. Mientras que “Terry y los Piratas” había sido –y seguía siendo, pues tras su marcha se continuaría publicando firmada por otros autores hasta 1973- propiedad del Chicago Tribune-NYN por mucho que su popularidad se
debiera exclusivamente al talento de Caniff, la nueva serie sería suya, “alquilándosela” a Field Enterprises para su distribución –que, a la postre y dada su reducida estructura, cedería al poderoso King Features Syndicate-.

Con tales condiciones tan favorables, Caniff no tuvo que pensárselo mucho. Esperaría hasta que expirara su contrato con el Chicago Tribune – NYN a finales de 1946, para hacer pública su abandono de “Terry y los Piratas” y anunciar el lanzamiento de un nuevo personaje bajo la égida de Field Enterprises.

Pero no todo fue tan sencillo. Al cabo de unas semanas, un periodista especializado en chismorreos filtró el acuerdo con Field y durante los dos años que restaron hasta la finalización del contrato con el Chicago Tribune-NYN, Caniff pasó a ser considerado allí persona non grata. Se vio obligado incluso a entregar sus dibujos mediante intermediarios. Ante esa tesitura y dada la ambigua redacción del contrato que le unía con el sindicato, el artista, por precaución, no realizó ningún boceto, dibujo preparatorio ni anotación al respecto de la nueva tira so pena de que en algún momento el sindicato pudiera reclamarlos como suyos. Todo hubo de imaginarlo y fijarlo en su cabeza, un esfuerzo enorme para cualquier creador y aún mayor para alguien tan meticuloso como Caniff.

Incluso antes de que Caniff trazara la primera línea sobre un papel o siquiera anunciara el nombre
de la tira, el protagonista o el tema, más de doscientos periódicos contrataron la nueva serie, seguros de que la presencia en sus páginas de los dibujos del artista sería suficiente para aumentar sus ventas. Por fin, el 13 de enero de 1947, el misterio se desvelo: la tira se titularía “Steve Canyon”; y seis días después, el 19 de enero, tan solo tres semanas después de que Caniff dibujara la última viñeta para “Terry y los Piratas”, apareció la primera entrega. El estreno vino precedido por una gran expectación: Caniff y Canyon ocuparon la portada de la revista “Time” y la NBC lo puso ante las cámaras junto a una de las modelos que solía trabajar con él. “Steve Canyon” fue la primera tira de prensa de la historia en disfrutar de semejante cobertura mediática, tal era el prestigio de Caniff.

Antiguo capitán de las Fuerzas Aéreas durante la Segunda Guerra Mundial, Stevenson Burton Canyon se presenta al lector como propietario de Horizons Unlimited, una pequeña compañía de transporte aéreo fundada gracias a un préstamo para veteranos y balanceándose siempre al borde de la quiebra
económica. Mantiene en nómina a un reducido grupo de excombatientes que, como Canyon, tienen dificultades para ajustarse a la vida civil convencional

Canyon y sus hombres eran un reflejo de los miles de soldados que tras la guerra fueron repatriados y empujados a integrarse en una vida civil en la que no encontraban su lugar. Los amigos y parientes que habían permanecido en el hogar, trabajando, ahorrando dinero y formando familias, eran incapaces de entender las experiencias vividas en el frente por tantos de aquellos hombres que abandonaron sus casas cuando no eran más que muchachos y que no habían conocido más que la disciplina militar y el combate. Aún peor, los conocimientos que habían adquirido en el ejército no tenían, en la mayoría de los casos, aplicación en la vida civil, por lo que no podían ganarse la vida con ellos. Así, Canyon y sus hombres son pilotos experimentados, pero pésimos empresarios, viéndose obligados a aceptar trabajos poco seguros o peligrosos. Aunque, en honor a la verdad, ninguno de ellos pone problemas a tales misiones, ya que en ellas pueden recuperar la acción, el espíritu de aventura y el sentimiento de fraternidad que perdieron tras la guerra.

Establecer como profesión de su nuevo personaje la de piloto de transporte le permite a Caniff cambiar de ambientación y trama con tanta frecuencia y facilidad como estime necesario. Así, aunque la serie arranca en Nueva York, no tarda en llevar a Canyon por medio mundo. Sus
primeras misiones lo sitúan en ambientes que recordaban el tipo de aventuras tan queridas a Caniff y sus lectores en los años treinta: plantaciones rodeadas de bosques tropicales en Sudamérica, desiertos y montañas en Oriente Próximo o los recónditos y peligrosos valles del Himalaya, aceptando trabajos arriesgados que le permitan mantener en pie la compañía.

Sin embargo, el talante patriótico de Caniff no tardó en aflorar, hasta el punto que se puede decir sin reparos convirtió a Canyon en un peón de la política exterior norteamericana. Por ejemplo, en su segunda aventura acepta servir de “chófer” aéreo de una doctora que se traslada entre varios campamentos médicos instalados en Oriente Próximo instalados por Estados Unidos siguiendo la Doctrina Truman para atender a la población local y contener la influencia comunista. Pero Canyon utiliza este encargo como tapadera de la misión que le encomienda en secreto el gobierno: crear una red aérea de transporte que comunique las concesiones mineras norteamericanas establecidas en esos lugares.

La siguiente aventura de Canyon, ya en 1948, también le verá involucrado en rencillas tribales atizadas por la “intervención extranjera”, dedicándose a transportar alimentos y medicinas con los que tener contentos a los nativos mientras las compañías americanas extraen uranio –un intercambio abiertamente desigual cuando no vergonzosamente injusto-. Por fin, dos años después de comenzar la serie, Caniff lleva a su héroe a territorio chino, con el que tan familiarizados estaban ya sus lectores de “Terry y los Piratas”. Allí, acaba liderando una escuadrilla de pilotos voluntarios occidentales que apoyan por su cuenta y riesgo al bando de Chang Kai Chek en la guerra civil que le enfrentó contra los comunistas de Mao Zedong. Cuando en 1949 Mao se hizo por fin con el poder expulsando a las fuerzas nacionalistas a la isla de Formosa (donde fundaron Taiwan), Caniff se sintió ya libre de llamar a las cosas por su nombre, reconvirtiendo a los “rebeldes” en comunistas, aunque durante bastantes meses siguió refiriéndose a ellos como el “gobierno títere” (de la Unión Soviética).

Canyon había terminado prescindiendo de su propia compañía para trabajar como simple piloto a
sueldo y contrarrevolucionario idealista. Pero sobre todo y en los años posteriores, el papel de Canyon sería el de portavoz de la política exterior estadounidense, algo con lo que no sólo comulgaba el propio Caniff, sino también, evidentemente, muchos de sus lectores. Ello convirtió a Canyon en una suerte de héroe patriótico de la Guerra Fría con todo lo que ello conllevaba: mientras duró la tensión política entre bloques, no le faltó popularidad y elogios; pero cuando la marea social empezó a cambiar a finales de los sesenta, se llevó con ella a Caniff y su piloto.

El personaje de Canyon quedó bien establecido desde el comienzo como un héroe arquetípico –en mi opinión, demasiado-: noble, valiente pero precavido, generoso, siempre dispuesto a hacer lo correcto, no amante de la violencia pero presto a utilizarla si ello fuera necesario para defenderse a sí mismo o a algún inocente, varonil, aventurero… Como todo buen héroe de la vieja escuela, no se manejaba bien en el ámbito sentimental aun cuando involuntariamente enamoraba a todas las féminas con las que se cruzaba: era torpe para interpretar sus sentimientos, rudo en demasiadas ocasiones, indiferente en otras o abiertamente machista.

Canyon, a la postre, no era más que un instrumento con el que tejer relatos de aventuras que combinaban la acción, el suspense, el espionaje y un humor que habitualmente se deslizaba hacia lo burlesco. En cuanto a su arte, Caniff era único. Demostró que su talento gráfico y narrativo
estaba en un momento insuperable. Su alternancia de ángulos y planos, su capacidad para crear suspense en tan sólo dos o tres viñetas, el uso del claroscuro como potenciador dramático, la cuidada y detallista puesta en escena, sus elegantes composiciones, la meticulosa documentación…. Todo lo que Caniff ya había dominado en “Terry y los Piratas” seguía allí, consiguiendo con el tiempo incluso estilizar más su dibujo.

Aunque el propio Canyon era un personaje bastante romo y, en general, carente de interés, protagonizaba tramas interesantes pobladas por una extensísima galería de pintorescos secundarios que fueron presentándose, desapareciendo y recuperándose con el paso de los años. Al principio, Caniff planteó la serie como una historia coral al estilo de las narradas por Lester Dent para “Doc Savage”: el héroe titular era ayudado por una nómina de expertos en diferentes áreas y, circunstancialmente, por una capacitada fémina. Así, en la primera aventura le acompañan una tripulación de cinco excombatientes con personalidades bien definidas, cumpliendo el papel de sufrida y secreta enamorada su eficiente secretaria, la polinesia Feeta-Feeta.

Pero ya desde la primera aventura se vio que tales pretensiones eran excesivas. El formato en el que se tenía que mover Caniff, de tres o cuatro viñetas por día, era excesivamente restringido para desarrollar adecuadamente a todos esos personajes más los secundarios propios de cada
peripecia. Así que, de un plumazo (en realidad, con una sola frase) los sustituyó a todos por Happy Easter, un pintoresco abuelo, superviviente del Séptimo de Caballería, suerte de bufonesco Sancho Panza, que ayudaba a Canyon tantas veces como le metía en líos, le daba la réplica, funcionaba como consejero y contrapartida cómica y permitía introducir en la tira cambios de tono cuando era necesario.

No mucho después se convirtió en protector y maestro de Red Kimberly, un joven huérfano al que incluso Caniff dedicó un extenso arco argumental de varios meses de duración en 1950. Fue con esos secundarios y muchos más –así como en la larga lista de mujeres y villanos que irían sucediéndose en la tira- , todos dotados de sus propias alma y personalidad, con los que Caniff construyó un mosaico humano de enorme riqueza en el que tenían cabida todos los sentimientos, emociones, virtudes y debilidades: lealtad, odio, nobleza, mezquindad, inocencia, espíritu de sacrificio, estupidez, codicia…Allí estaban el eternamente feliz piloto Pipper the Piper, el “duro” Dogie Hogan, los militares Sweet Joseph y Chigger, el teniente Upton Bucket o el avinagrado general P.G.”Shanty Town”.

Y menciono a los militares porque el estallido de la Guerra de Corea en 1950, con la participación de Estados Unidos en la misma, llevó a Canyon a vestir de nuevo el uniforme, ascendiendo al
grado de coronel. Lo que había comenzado como una serie de aventuras, había ido deslizándose cada vez más hacia el campo militar que Caniff conocía tan bien, hasta que el conflicto de Corea propició el retorno del héroe a las Fuerzas Aéreas. Estados Unidos entró en la Guerra de Corea a petición de las Naciones Unidas para impedir la total conquista de la península asiática por parte de los comunistas del norte. La intervención norteamericana respondía a su política de combatir la amenaza roja allá donde aflorara, sin importar lo lejos que estuviera geográficamente. A la población estadounidense, sin embargo, aún lamiéndose las heridas tras cinco años de guerra, este conflicto le resultó mayormente indiferente por muy sangriento y horrendo que fuese. A la gente de a pie, simplemente, no le interesaba demasiado lo que estaba ocurriendo en un pequeño país a miles de kilómetros de sus hogares. No era el caso de Caniff, claro está, que mantuvo incólume su apoyo tanto a la política anticomunista de su país como a las fuerzas armadas.

Sus peripecias durante este periodo fueron muchas, pero no relacionadas con el frente de combate ya que dado que la tira se dibujaba semanas antes de su publicación, resultaba difícil que la historia se mantuviera actualizada respecto al desarrollo real del conflicto. Por tanto, Canyon se encargó principalmente de misiones encubiertas a las que no afectaban los acontecimientos narrados en los periódicos, desde el rescate de prisioneros americanos en China a detectar un topo enemigo en Tailandia pasando por el pilotaje de modelos experimentales. Durante estos años, una vez, más, Caniff supo sacar el máximo provecho de los contactos que había hecho durante su colaboración con el ejército en la Segunda Guerra Mundial. Vehículos, armamento y material, el argot, la idiosincrasia e inquietudes de los militares, están fielmente reflejados.

Como he dicho más arriba, Canyon actuaba como representante de la idiosincrasia y la política norteamericana más imperialista: formando parte de grupos subversivos en países extranjeros,
espiando para su país, sirviendo a los intereses de los militares o de las empresas patrias… En este sentido, la serie es producto de su tiempo y su enfoque político resulta hoy bastante molesto. Por otra parte, por mucho que Caniff se documentara a la hora de realizar sus comics, no pudo sustraerse al viejo espíritu pulp de los años treinta a la hora de retratar las culturas de otros países adoptando un tono paternalista. Sus chinos, por ejemplo, son como niños grandes que se expresan de esa forma tan florida como irreal propia de los viejos tebeos infantiles. Por supuesto, los comunistas son retratados bien como fanáticos que en el fondo admiran el modo de vida estadounidense, bien como individuos malvados. En descargo de Caniff, podemos decir que la suya era una visión no sólo muy habitual y aceptada, sino adoptada por infinidad de obras culturales y de entretenimiento durante dos décadas.

Ya hemos mencionado el papel de las damas en la tira, todas ellas mujeres de gran belleza y personalidad, algunas enemigas, otras aliadas, pero todas ellas atraídas de un modo u otro por el varonil héroe rubio. Cooper Calhoon, la primera de ellas, fue una empresaria sin escrúpulos cuya agresividad le había hecho merecedora del apodo “La Loba de Wall Street”. También pueden destacarse Miss Mizzou, una sosias de Marilyn Monroe; la venenosa Duquesa de Denver; la generosa doctora Deen Wilderness; la fría capitana Akoola, comandante de submarinos sovieticos; la misteriosa Doncella del Nueve, líder de un grupo de guerreros tribales; la piloto y aventurera Doe Redwood; la despiadada contrabandista Herself Muldoon… hay tantas que una lista detallada resultaría tediosa.

Caniff incluía una mujer diferente en cada arco argumental atendiendo a obvias razones
narrativas: una mujer en apuros no sólo le proporciona al héroe un propósito, sino que las relaciones entre sexos son un aspecto básico de nuestra condición. Las situaciones que incluían parejas hombre-mujer, aumentaban el drama de cualquier aventura añadiendo de paso una dimensión humana. Por otra parte, ya desde los tiempos de “Terry y los Piratas”, Caniff reconoció de forma bastante explícita para la época la vertiente sexual de esas relaciones. Sus alusiones eróticas no eran muy chirriantes, pero sí lo suficientemente explícitas como para reconocerlas. Además, sabía regular a la perfección el tono, combinando palabras e imágenes: cuando sus féminas iban conservadoramente vestidas, sus líneas de diálogo deslizaban un inequívoco matiz seductor; en cambio, siempre que lucían algún modelo revelador, moderaban su lenguaje hasta dejarlo a la altura del de un sacristán.

A finales de los cuarenta, cuando la tira acababa de comenzar su recorrido, Caniff cometió el error
de pensar que lo que le había funcionado en “Male Call” para los soldados podría extenderse a la población civil, que el clima moral había madurado tras la guerra; así que se permitió ataviar a alguna de sus villanas –como Madame Lynx- con unos vestidos que dejaban poco a la imaginación. Para colmo, incluyó una secuencia en la que un par de matones trababan a todas luces de violar a otra fémina, siendo ésta finalmente rescatada a partes iguales por su propio ingenio y por la intervención de Steve Canyon. Las cartas de protesta de los lectores no se hicieron esperar e incluso los editores pidieron a Caniff que reconsiderara ciertas osadías en este tema. Bajo los términos de su contrato, ya lo hemos dicho, el autor era dueño de la tira y no podían obligarle a censurar o cambiar nada; pero ésa era una moneda de dos caras porque significaba también que si molestaba a los lectores y a los periódicos, dejaría de venderla.

A ello se sumó otro factor. Desde principios de los cincuenta, empezó a gestarse un clima de condena de la sociedad norteamericana hacia los contenidos de los comic-books que culminaría con la creación de una comisión en el Senado para investigar el asunto y la instauración del código de autocensura del Comics Code Authority en 1954. Caniff comprendió que si no quería verse afectado por la ola de puritanismo, debía suavizar sus picardías para evitar que su serie se relacionara con los comic-books. Y así lo hizo, por desgracia, ya desde el inicio de esa misma década.

En cualquier caso, la única dama que realmente acabará contando para Steve Canyon y la que será su verdadero amor será Summer Olson, a la cual conoció en sus primeros años, durante su etapa entre los aviadores anticomunistas en China. Ambos permanecerían atrapados durante años en una irrompible frustración sentimental, ya que el marido de Summer, Leighton Olson, era un inválido de guerra y ella se resistía a abandonarle por lealtad. Su melodramática relación constituiría una de las tramas secundarias pero recurrentes de la serie hasta que en 1970, Leighton tuvo el buen sentido de morirse y los dos amantes pudieron por fin contraer matrimonio.

Entonces llegó el momento de Poteet Canyon, la vivaz prima segunda del piloto, que en más de
una ocasión eclipsará al protagonista, quien ejercía una suerte de custodia sobre ella. Incorporación tardía a la serie del tipo “ingenua pero perversa”, nunca trató de ocultar su atracción por su maduro pariente y muchos lectores se maliciaban sobre la verdadera relación entre ambos (una sugerencia que el mismo Caniff no dudaba en introducir en sus tramas). Graduada en la Universidad de Maumee, Poteet se convirtió con los años en una periodista ambiciosa y viajera que llegaría a participar en competiciones aéreas.

Los últimos veinte años fueron difíciles para Caniff y su tira. Canyon, con ocasión de la Guerra de Vietnam, fue alistado otra vez. La postura ideológica de Caniff no había variado un ápice, pero el ambiente social era ahora muy distinto del de quince años atrás. Era sincero en su patriotismo sin fisuras, su ardor anticomunista y su apoyo al intervencionismo en aras de acabar
con la amenaza roja; pero todo ello fue interpretado como mera propaganda por muchos lectores, sobre todo los más jóvenes, que, decepcionados por la rancia mentalidad política del autor, abandonaron la lectura de la serie e incluso organizaron protestas y boicots. A ello se sumó que no pocos editores y directores de periódico decidieron cancelar su suscripción a la tira al parecerles que la defensa que Caniff y su criatura hacían de la postura gubernamental en la guerra contrastaba de forma harto sangrante con las noticias e imágenes que llegaban de Vietnam y que podían verse en las páginas inmediatamente adyacentes de los mismos diarios.

Esa sangría de lectores durante la década de los sesenta y setenta, hirió a la tira de muerte. Más y más periódicos cancelaron su suscripción a la serie y en un intento desesperado de recobrar la perdida popularidad, Caniff empezó a mostrar con mayor frecuencia a su héroe sin uniforme, orientando la tira hacia las peripecias deportivas y estudiantiles de Popeet o desarrollar el culebrón sentimental centrado en las dificultades maritales de Steve y Summer que, finalmente, culminaron con su separación.

Pero ya era demasiado tarde. Su momento había pasado y Caniff, viendo que las ventas
continuaban descendiendo, perdió la pasión y el interés. Delegó cada vez más carga de trabajo en sus ayudantes, Ray Bailey, Bill Overgard, Fred Kida, Alex Kotzky, Don Heck y Doug Wildey. En los últimos años, aunque todavía se encargaba de escribir las historias, dejó el apartado gráfico en las manos de Dick Rockwell (sobrino de Norman Rockwell, quien trabajaba con él desde 1952, dibujando los fondos y los personajes secundarios), limitándose a entintar los lápices de éste. En 1986, sin embargo, se encargó enteramente de un episodio profundamente nostálgico que llevó a Steve a un viaje a China para encontrarse con otros tres personajes de los viejos tiempos: nada menos que Terry Lee, Pat Ryan y Connie, los protagonistas nunca olvidados de “Terry y los Piratas”.

Caniff murió mientras dormía el 3 de abril de 1988, y se dejó que su personaje, Steve Canyon, reposara en paz con él. La última tira diaria apareció el 4 de junio de ese año, dibujada por Rockwell y mostrando un sencillo texto: “Todo el honor a su arte y su nombre”; mientras que la última página dominical, publicada al día siguiente, constaba de una viñeta con dibujo firmado por el viejo amigo y colega de Caniff, Bill Mauldin, y otra en la que figuraban las firmas de ochenta y siete guionistas y dibujantes de comic. Este genuino sentimiento de pérdida lo suscitó no tanto la desaparición de un ya muy crepuscular Steve Canyon como la muerte de uno de los grandes maestros del comic y el final de una era.



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