2 ago. 2015

1997- BLANCO HUMANO: ENCUENTROS CASUALES – Peter Milligan, Edvin Biucovic y Javier Pulido




Christopher Chance es un mercenario conocido como el Blanco Humano. Su trabajo consiste en, por un precio, ofrecer protección a quien sienta que su vida se halla amenazada. Pero su método es tan único como arriesgado: recurriendo a todo tipo de técnicas, desde pelucas y maquillaje a implantes dermatológicos o cirugía estética, Chance adopta el exacto aspecto físico de su cliente. Con ello se expone como cebo para los potenciales asesinos, confiando en que su inteligencia y habilidades físicas le permitirán atraparlos. Obviamente, es un maestro del disfraz, pero aún más importante para su trabajo: es un maestro de la imitación, capaz de convertirse en otra persona asumiendo como suyos hasta los más mínimos detalles de la vida de su empleador: su voz, gestos, estilo de vida…



De hecho, Chance es tan bueno en su trabajo que con demasiada frecuencia se encuentra al borde de la esquizofrenia porque el precio que tiene que pagar por su talento es que, además de la apariencia de su cliente, abraza también sus pensamientos, emociones y sentimientos, hasta el punto de creer ser aquél. A un nivel semi-consciente es, por tanto, capaz de anticiparse a las reacciones de sus clientes ante determinadas situaciones. Pero más inquietante aún resulta el que, con una frecuencia patológica, se sienta más a gusto siendo otra persona que él mismo. Para él, la emoción de su trabajo reside en buena medida en escapar compulsivamente de su propia identidad y flirtear con la posibilidad de perderla para siempre.

Sin duda, ésta es una gran receta para historias con personajes complejos en las que se mezcle el thriller de acción con el drama psicológico. Y el creador de esa fórmula en su versión más moderna es Peter Milligan.

Originalmente, el Blanco Humano fue un personaje bastante diferente creado en 1953 por Edmond Hamilton y Sheldon Moldoff para el nº 201 de la colección “Detective Comics”. Cinco años después, en 1958, se le volvió a ver en el º 61 de “Gangbusters”. Años más tarde, Len Wein y Marv Wolfman crearon otro detective para la DC llamado Jonny Double, entre cuyas habilidades se incluían las de guardaespaldas y maestro del disfraz, pero el concepto original se desestimó y pasó a ser un detective privado más ordinario,
ajustado al tópico del duro y cínico. Algún tiempo después, Len Wein volvió a desempolvar la idea junto al dibujante Carmine Infantino, dándole una nueva identidad al personaje y utilizándolo como protagonista de historias de complemento de ocho o diez páginas a las aventuras de Superman en “Action Comics” a partir de su nº 419 (1972). A partir de ahí, el Blanco Humano siguió un periplo irregular, apareciendo aquí y allá de forma espaciada, normalmente como complemento de otros comics de DC, especialmente los protagonizados por el superhéroe detective de la casa, Batman: “The Brave and the Bold” y “Detective Comics”.

En 1990, llegó incluso a la pequeña pantalla en forma de serie veraniega. Rick Springfield, una antigua estrella del pop, interpretaba a Christopher Chance en un piloto y siete episodios rodados en 1990 y emitidos finalmente en 1992. En esa versión, Chance era un veterano de Vietnam, investigador y guardaespaldas que a cambio de un 10% de los ingresos anuales de su cliente (“ya seas un camarero o el rey de Inglaterra”), tomaría su lugar y protegería su vida. En el mejor estilo de los pulps, Chance contaba aquí con un vehículo especial, (la aeronave Blackwing) y dos ayudantes (un ingeniero que le proporcionaba todos los gadgets necesarios para cada misión, y un piloto). El elemento femenino lo aportaba Lilly Page, una antigua agente de la CIA. Independientemente de su calidad, el que se emitiera simultáneamente a las Olimpiadas de aquel año no contribuyó desde luego a atraer mucha audiencia y la serie no tuvo continuidad.

Algo antes, en 1991, por el tiempo en el que debería haberse emitido originalmente la serie
televisiva, DC publicó un número único de “Blanco Humano” escrito por Mark Verheiden y dibujado por Rick Burchett y Dick Giordano (artista de muchas de las aventuras de Chance en los setenta). La historia incorporaba los personajes y elementos de la serie, pero Chance aún se parecía físicamente al de los comics originales y no al guaperas protagonista de aquella.

En la década de los noventa, DC comenzó a utilizar su sello adulto Vértigo como plataforma para la recuperación de antiguos personajes secundarios con un enfoque más maduro (lo que pasaba habitualmente por aumentar los niveles de violencia, sexo y lenguaje malsonante). Su entonces editor responsable, Axel Alonso, le ofreció al guionista irlandés Peter Milligan la posibilidad de recuperar al Blanco Humano. Milligan había formado parte de la ola de guionistas británicos que desde mediados de los ochenta habían ido desembarcando en DC Comics y entre los que se contaban también Alan Moore, Neil Gaiman, Jamie Delano o Grant Morrison. En esa editorial, Milligan desarrolló su trabajo en dos vertientes: por un lado, encargos meramente alimenticios y poco destacados en colecciones regulares de la casa (“Batman”, “Detective Comics”, “Catwoman”…); por otra, obras más personales como “Skreemer” o “Shade El Hombre Cambiante”. En esta última categoría se pueden incluir los comics que firmó para el sello Vértigo, del cual pronto se hizo un importante colaborador con
títulos como “Enigma” (1993), “The Extremist” (1993), “Los Carnívoros” (1995), “Girl” (1996) o “The Minx” (1998).

Tras leer el material clásico que le proporcionó Alonzo, su primera reacción fue decir que no estaba interesado. Pero luego empezó a reconsiderar el potencial del personaje y de qué forma podía llevarlo a su terreno. En varias de sus obras anteriores ya se había mostrado particularmente interesado en el tema de la identidad. Y al fin y al cabo, ¿quién mejor para reflexionar sobre la identidad que un hombre cuyo trabajo consiste en asumir las de otras personas? Si uno se pasa su propia vida viviendo las de los demás, ¿qué queda al final de su personalidad?

Así que finalmente accedió a encargarse del revival del Blanco Humano, aunque conservó poco del antiguo personaje, creando lo necesario para que la historia se ajustara a sus propios intereses y haciendo especial hincapié en los aspectos psicológicos. El resultado fue una miniserie de cuatro números ilustrada por el dibujante Edvin Biukovic.

En ella, nos encontramos con un Chance semiretirado a causa de un intento de asesinato que le
deja la cara desfigurada. Mientras se recupera, confía en su joven ayudante, Tom McFadden, para que se haga pasar por él y saque a la luz al misterioso asesino. Al mismo tiempo, McFadden, con la identidad de Chance, debe hacerse cargo de un trabajo: proteger a Earl James, un combativo predicador negro que se enfrenta a los señores de la droga locales encabezados por Dee Noyz. Mantener vivas simultáneamente tres identidades (la suya, la de Chance y la de Earl James, por quien también se hace pasar), resulta ser demasiado para el equilibrio mental de McFadden, cuya psique empieza a tambalearse, olvidando que tiene una vida propia de la que forman parte una esposa, Becky, y un hijo. ¿O no lo olvida, sino que aprovecha la situación para evitar sus responsabilidades personales?

Por otra parte, resulta que la letal asesina que acecha a Chance es una atractiva mujer, Zoe, alias Emerald, cuya intención es cobrar la recompensa ofrecida por su misterioso empleador si mata al Blanco Humano. Chance, se encuentra por tanto atrapado en el centro de un complejo fuego cruzado: quiere permanecer en las sombras para evitar a Emerald, pero también ayudar a Becky a recuperar a un desquiciado Tom McFadden, quien, a su vez, está obsesionado por continuar la cruzada del predicador contra Dee Noyz. Y todo ello en una carrera contra reloj complicada por el hecho de
que todos los implicados mantienen una doble cara: Chance por su propio oficio; McFadden por su obsesión; Zoe/Emerald lleva una doble vida como madre-esposa afectuosa y como asesina despiadada; el reverendo como hombre religioso y adúltero atormentado; Dee Noyz, delincuente y asesino, ve resurgir su antiguo yo al contemplar cómo su antigua novia intenta suicidarse. ¿Cómo encontrar la salida al laberinto de engaños dobles y triples levantado alrededor de todos ellos?

“Blanco Humano” es una miniserie satisfactoria por varias razones. Para los nostálgicos, la reaparición de Christopher Chance –aunque en una encarnación más oscura y compleja- supone una bienvenida fusión entre lo viejo y lo nuevo. La idea original de alguien dispuesto a arriesgar su vida convirtiéndose en otra persona es sin duda fascinante y la forma en que se expone y desarrolla hace énfasis tanto en la acción como en la psicología de los personajes. En este sentido, Milligan consigue que el elemento humano no sucumba a las frenéticas escenas de acción e intriga detectivesca. El que cada personaje esté impulsado por sus propias necesidades y emociones es asimismo un acierto. Todos ellos son al tiempo fuertes e íntegros, pero cada uno debe cargar también con sus equivocaciones y debilidades y, con ellos, la semilla de su propia destrucción. Eso sí, aunque no es estrictamente
necesario para que la historia funcione, se echa de menos cierto trasfondo para el personaje principal. ¿De dónde procede Christopher Chance? ¿Por qué eligió ese trabajo? ¿Dónde consiguió su adiestramiento en combate y disfraces? ¿Dónde y cómo encontró a Tom McFadden y de qué manera lo inició?

Por desgracia, el reparto, aunque muy interesante, resulta ser excesivo. Chance y uno o dos de los otros personajes –especialmente la esposa del pastor- están sólidamente construidos y todos los secundarios (la esposa de McFadden, el marido de Emerald, la exnovia drogadicta de Dee Noyz) contribuyen a mantener el pulso narrativo y emocional. Pero al final, Milligan plantea más de lo que puede abarcar y para ser una historia centrada en la identidad, la modificación de la misma o la ausencia de ella, hay demasiados estereotipos.

Al menos en parte, ese resultado solo a medias satisfactorio es consecuencia del formato serializado.
Milligan propone una serie de cuestiones muy interesantes relacionadas con los personajes, sí, pero el ritmo de la acción exigido por la estructura propia del comic book (22 páginas mensuales que deben contener al menos una escena de acción y terminar con un final emocionante que anime a comprar el siguiente episodio), rara vez permite al guionista desarrollarlas.

Las debilidades del guión quedan en mi opinión compensadas por el apartado gráfico. El dibujo de Biukovic es sencillamente fenomenal, un despliegue de virtuosismo sea cual sea la escena de que se trate, ya sea una conversación tranquila de dos personas o un multitudinario y sangriento tiroteo. El artista croata tenía ese raro talento que le permitía visualizar con igual verosimilitud los fabulosos entornos alienígenas de Star Wars (de cuyo universo venía de
dibujar un par de miniseries) o la cotidianidad de una familia. Sus figuras resultan igualmente creíbles cuando están relajadas que en momentos de tensión extrema, pero nunca pierden la elegancia y el realismo en sus gestos, expresiones faciales, posturas y movimientos.

Ese realismo se extiende al detallado tratamiento de los fondos, en los que las sombras y la iluminación juegan un papel mucho más importante que en sus trabajos anteriores, ignoro si como parte de su evolución personal o como adaptación de su estilo al género negro. Y si lo ignoro es porque, desgraciadamente para el mundo del comic, “Blanco Humano” fue su última obra. Edvin Biucovic falleció en un hospital de Zagreb el 5 de diciembre de 1999 a consecuencia de un cáncer cerebral. Tenía sólo treinta años de edad y su obra publicada era forzosamente breve. Sin embargo, la extraordinaria calidad de la misma apunta a que hubiera podido convertirse en uno de los mejores dibujantes de comic del mundo.

La miniserie tuvo buena acogida de crítica y público, propiciando la aparición, tres años después, en 2003, de una continuación en forma de novela gráfica titulada “Corte Final”.

Retomando la historia donde la dejó en la miniserie anterior, Milligan traslada la acción a Hollywood, donde un individuo resentido está matando a personalidades del mundo del cine. Chance asume la identidad de Dai Thomas, un actor de serie B que ha sido designado como
tercer objetivo del asesino. Éste, en realidad un guionista que trata de conseguir dinero para sacar adelante su película, muere al enfrentarse con Chance, pero resulta que antes de morir había secuestrado a la estrella cinematográfica infantil Ronan White, ocultándolo en algún lugar secreto. Con el responsable muerto, nadie sabe dónde se halla el niño y éste acabará muriendo si no se averigua su paradero… si es que no está muerto ya. Chance se ve obligado a adoptar la identidad del difunto asesino/secuestrador.

El problema es que aunque cuando se desliza en una nueva personalidad es capaz de “intuir” e improvisar con acierto determinadas decisiones que hubiera tomado su “cliente”, también acaba asumiendo aspectos que permanecían ocultos: preferencias sexuales, relaciones extramaritales, adicciones… hasta el punto de que puede empezar a actuar de forma tan enloquecida como la de quien suplanta. Por tanto, Chance, en la identidad de un individuo profundamente trastornado, se encuentra atrapado en un infierno de drogas, asesinatos y oscuros secretos. Milligan consigue atar todos los cabos sueltos en un final que no sólo es satisfactorio sino inesperado, abriendo de paso un nuevo futuro al personaje.

Los problemas que comentaba en el caso de la miniserie relacionados con el formato, quedan aquí aliviados al tratarse de una historia autónoma de noventa páginas, ofreciendo así un producto más compacto y con un mejor ritmo (si bien está dividida en cuatro partes equivalentes a la longitud de un comic book, lo que apunta a que quizá fue pensada inicialmente como miniserie). La acción y los momentos emocionantes aún están ahí, pero Milligan ya no está obligado a interrumpirlos cada 22 páginas, permitiendo que la historia se
desarrolle de acuerdo a las necesidades de los personajes, no del formato. Tras el agitado y ocasionalmente algo confuso ritmo de la miniserie, esta novela gráfica parece un remanso de paz en el que aprovechar mejor los recursos narrativos, una historia policiaca de tono maduro y ordenado tejida con maestría. Hay espacio para que el lector respire, para que reflexione sobre las mismas preguntas que se plantea el protagonista: ¿Quién soy? E, igualmente importante, ¿quién quiero ser?

En sus mejores momentos, Peter Milligan es un excelente guionista. Y “Blanco Humano” se cuenta entre ellos. Los diálogos son concisos, certeros y afilados y casi cada frase tiene un doble sentido que recoge la esencia de quien la pronuncia. Milligan sabe cómo dirigir al lector y alimentar sus expectativas en una dirección antes de frustrarlas para ofrecer a cambio algo mejor y más satisfactorio.

La diferencia con la miniserie no se limita al guión, sino que viene también dada por el cambio de dibujante. Javier Pulido, muy influenciado por Steve Ditko, tiene un grafismo y un estilo narrativo más sencillo y convencional que los de Edvin Biukovic, pero no es menos cinético y sus composiciones de página y viñeta muestran igual
dinamismo e incluso más control. La simplificación a la que somete a figuras y fondos se ajusta bien al concepto de un personaje capaz de adoptar cualquier aspecto.

A diferencia de Biukovic, Pulido no utiliza en sus páginas viñetas solapadas, escenas de acción muy detalladas ni un dibujo espectacular que parece saltar fuera de la página. Todo está contenido en el ámbito físico de cada viñeta, a su vez bien separada de la anterior y la siguiente.

Los colores de Dave Stewart utilizan una sutil paleta cromática que contribuye a crear una atmósfera eternamente crepuscular, pero al mismo tiempo alejada de ese ambiente opresivo y grisáceo del que tiende tanto a abusar la línea Vértigo. Su labor en esta novela gráfica le valió el premio Eisner de aquel año.

En 2010, coincidiendo con el estreno de una nueva serie televisiva de Blanco Humano en la
cadena Fox protagonizada por Mark Valley –y que se distanciaba bastante del concepto original del comic-, Vértigo lanzó una recopilación de las dos aventuras comentadas en un solo volumen titulado “Encuentros Casuales” (“Chance Meetings”), destinado mayormente a captar lectores entre los futuros espectadores de ese programa deseosos de saber más de sus personajes. Sea como sea, se trata de un volumen muy recomendable que aguanta repetidas lecturas

Tras la novela gráfica, Milligan ya no tenía intención de continuar con Blanco Humano. Sin embargo, Karen Berger, a la sazón editora de Vértigo, le pidió que creara una nueva serie regular en la que se pudieran tratar temas de actualidad. Milligan se dio cuenta de que no era necesario iniciar algo desde cero. Christopher Chance podía ocuparse de ello. Y así, en 2003, apareció una colección regular de cadencia mensual también escrita por Peter Milligan. Ésta duró un par de años, obteniendo muchos elogios conforme Chance, con cada episodio, iba
hundiéndose un poco más en la desintegración emocional y psicológica a base de abandonar su propia personalidad para asumir la de otros,

“Blanco Humano: Encuentros Casuales” es un volumen cuyas dos historias, estando ambientadas en contextos muy diferentes, se complementan perfectamente. La miniserie lidia con el mundo de la religión, la fe y los líderes impuros; la novela gráfica dirige su mirada hacia el mundo falso y de identidades cambiantes de Hollywood. La pérdida de la propia identidad es el núcleo temático de la versión que Milligan propone de este veterano personaje, una farsa posmoderna adornada con balas y crímenes, una metaficción –una historia sobre historias- que explora el concepto de la autoconciencia, el desdoblamiento de la personalidad y cómo este fondo temático se puede adaptar a multitud de tramas.

Una buena introducción al personaje elaborada con solidez y elegancia gráfica.

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