El interés de Mike W.Barr en las historias de misterio viene de lejos. Según él mismo recuerda, fue en septiembre de 1967, aún en el instituto, cuando compró casualmente en un quiosco una novela policiaca firmada por Ellery Queen –seudónimo tras el cual se escondían los primos Daniel Nathan y Emmanuel Benjamin-. Aquellas páginas fueron la puerta de entrada a un género, el de detectives, en el que pronto descubrió a Rex Stout, Anthony Boucher, etc, y que inmediatamente se convertiría en su favorito.
Al comienzo de su carrera como profesional, Barr trató de vender algunos relatos de misterio a la “Ellery Queen ´s Mystery Magazine” y, de hecho, en el número de mayo de 1973 llegó a publicar uno, “Crimen en la Convención de Cómics”, en el que presentaba a dos detectives: Karen Ashwin, directora de una agencia de investigación, y Gardner Frost, su novio y socio. En 1977, Barr vendió a otra revista de menos calado otro cuento protagonizado por la misma pareja.
Pero para entonces su trayectoria como escritor literario quedó aparcada tras aceptar un

El Batman de Mike W.Barr fue uno de los que más hincapié puso en las pesquisas detectivescas (llegó a emparejarle nada menos que

Entonces cayó en sus manos una publicación de Eclipse, “Ms.Tree”, escrita por Max Allan Collins y dibujada por Terry Beatty. Por fin veía una serie detectivesca no solamente libre de capas, máscaras y supervillanos, sino fiel al espíritu del género, en ese caso al hardboiled característico de las novelas de Mike Hammer escritas por Mickey Spillane.
El florecimiento de las editoriales independientes estaba dando oportunidades a autores tanto noveles como veteranos que quisieran ofrecer algo diferente al material superheroico de Marvel y DC, y Mike W.Barr decidió que aquél era el momento. En 1986 empezó a trabajar en una nueva serie afín al género detectivesco más puro, aquel que desafía al lector a resolver un crimen mediante las pistas diseminadas por el relato, rechazando las revelaciones sorpresa de última hora.

La Maze Agency es un agencia de detectives privados con sede en Nueva York, fundada y dirigida por Jennifer Mays. Ex agente de la CIA, de familia rica, hermosa, inteligente y diplomática, se encuentra de vez en cuando casos especialmente complejos para los que requiere la ayuda del escritor y periodista especializado en temas policiacos Gabriel Webb. Éste siempre acepta colaborar con ella no sólo porque de esta forma obtiene material para sus reportajes, sino porque tiene un interés sentimental en Jennifer.
La dinámica de la pareja protagonista reproducía hasta cierto punto la que ya se había podido ver en series de televisión por entonces muy populares como “Luz de Luna” (1985-1989) o “Remington Steele” (1982-1987) y que aún sigue conquistando al público en otras encarnaciones más modernas como “Castle”: dos investigadores de distinto sexo, con talentos distintos y personalidades muy diferentes cuando no opuestas que les llevan a ocasionales encontronazos, réplicas y contraréplicas. Sin embargo, ambos acaban combinando sus capacidades para resolver el enigma de que se trate.

De todas formas, Barr siempre mantiene claro el foco temático: “The Maze Agency” no es un comic romántico, sino policiaco. La interacción sentimental entre los protagonistas sirve de positivo contrapunto emocional al mundo de robos y asesinatos con el que se involucran

Los personajes secundarios son bastante más esquemáticos y cumplen un papel básicamente instrumental en la trama, ya sean los sospechosos presentados en cada caso o los recurrentes detectives de homicidios Roberta Bliss, quien a regañadientes deja participar en sus investigaciones a la pareja titular (aunque tuvo algo más de protagonismo en un número, el 15, en el que era acusada de asesinato); y el obeso y gruñón sargento Stubbs.
En cuanto a los misterios propiamente dichos, son imaginativos, intrigantes y variados: el robo en una galería de arte (nº 1), asesinatos en el marco de una serie de televisión (nº 2), la desaparición de un valioso prototipo automovilístico (nº 3), las muertes violentas de miembros de un club de aficionados a la figura histórica de Jack el Destripador (nº 4), un homicidio relacionado con la criogenización (nº 5), un juego que termina

Como he apuntado antes, el deseo de Barr era hacer una serie de detectives que, según sus propias palabras, “jugara limpio”: no recurrir a revelaciones sorpresa para resolver los misterios, sino a la recopilación y correcta interpretación de pistas diseminadas por la trama. Cuando se leen los episodios una segunda vez, se puede ver lo bien que Barr consigue su objetivo, utilizando tanto los diálogos como el dibujo para mostrar las pistas. En una de las secciones de cartas de los lectores explicó que su sistema consistía en escribir “hacia atrás”, esto es, determinar en primer lugar la identidad del criminal y luego retroceder en el relato para asegurarse de que las pistas condujeran a la conclusión correcta. Y como cada número es autoconclusivo, no es necesario recordar un indicio dejado seis episodios antes; todo está incluido en las 26 páginas que dura la historia.
Barr y sus dibujantes tampoco pecan de obvios a la hora de mostrar las pistas, ya sea un

El problema al abordar en una lectura continuada todos los números de la serie es, precisamente, su estructura, que se repite una y otra vez. No hay asesinatos aleatorios o caprichosos, sino que todos esconden una motivación, normalmente el dinero o el amor, y, por tanto, son más fácilmente investigables. Hay tres o cuatro sospechosos y el culpable acaba viniéndose abajo y confesándolo todo. Cada caso criminal está bien planificado y ejecutado. Barr no se desvía demasiado de esta fórmula y lo que resulta una virtud cuando se trata de leer unos pocos números de vez o hacerlo con la cadencia mensual original, se convierte en un defecto en una relectura global de toda la colección. De todas formas, Barr salva en parte el problema gracias a la amplia variedad de casos y entornos que plantea.
Aunque los personajes fueron diseñados por Alan Davis y éste dibujó la primera historia promocional de seis páginas, Mike W.Barr tuvo la fortuna de contar en el apartado gráfico de la serie a un Adam Hughes no sólo todavía desconocido, sino totalmente novato. Nacido el 5 de mayo de 1967 en Riverside, New Jersey, quedó cautivado por los comics en el verano de 1985,

No era esa la opción más fácil para un dibujante novel, puesto que Barr incluía abundantes textos y mucha información que encajar en las viñetas. Eran los tiempos previos al “decompressing storytelling” y era necesario, en las veintiséis páginas de cada cómic, plantear, investigar y rematar un misterio diferente cada vez.
Pero incluso en su bisoñez –contaba con tan sólo 21 años- ya era evidente que Hughes disponía de una enorme reserva de talento. Desde el principio supo mezclar el tono de misterio y drama propio del género detectivesco con los momentos más livianos apoyados en el humor o el romance. La evolución que experimenta en los pocos números de los que se encargó es notable, sobre todo en lo que a dominio de la figura humana y

Aunque en años posteriores –y hasta la actualidad- sería conocido por su exuberancia, especialmente en lo que se refiere a sus despampanantes mujeres, aquí consigue mantener su estilo dentro de unos parámetros más realistas: Jennifer es, sin duda, hermosa, pero Hughes conserva sus proporciones dentro de los límites de la normalidad y nunca la dibuja con ropa marcadamente sexy ni en poses claramente provocativas. El dibujante comprendió que Barr quería un tono realista y eso es lo que le dio: hombres y mujeres con aspecto normal y que se visten de forma normal. A ello se añadió la indiscutible facilidad que Hughes tenía para plasmar la expresividad facial y corporal.
Aunque aún se nota inseguro, desde el primer número ya se notan sus ganas de experimentar con la composición de página y no resignarse a los montajes tradicionales: solapa unas escenas sobre otras, saca a los personajes de las viñetas para invadir las contiguas, alterna cuadros

Es de destacar el entintado de Rick Magyar, que consiguió embellecer considerablemente los lápices de Hughes en un comic que se disfruta mucho mejor en el paperback en blanco y negro que lanzó Innovation recopilando los cuatro primeros episodios. Los agudos contrastes en blanco y negro correctamente matizados por el uso ocasional de las tramas resultan mucho más adecuados para el género policiaco que el pobre color que se le aplicó en su edición regular.
Tras dibujar tan solo ocho números y un anual entre 1987 y 1988, ya resultaba evidente que a Hughes se le quedaba pequeño un comic independiente y minoritario y alguien en DC no tardó en echarle el ojo. La siguiente colección de la que se encargaría sería ya una superventas: la Liga de la Justicia de América guionizada por Keith Giffen y J.M.de Matteis.
Comico publicó siete números antes de entrar en bancarrota en 1990 víctima del siempre


Todo ello acabó por afectar a las ventas y, finalmente, tras dieciséis números, un Anual y el mencionado especial, Innovation canceló la colección en 1991. A partir de entonces, otras editoriales han intentado revivir la serie en forma de especiales o miniseries, pero no parece que nada de ello obtuviera el mínimo apoyo necesario como para convertirlo en una colección regular.
“The Maze Agency” fue, con todo, la serie de detectives más longeva del mercado americano

En primer lugar, porque Barr trató de hacer un producto digno y respetuoso con sus lectores. De acuerdo, sólo un genio podría resolver los misterios planteados en algunos de los episodios, pero al menos el guionista no se guardó nada en la chistera y siempre ofreció a los lectores las mismas pistas que a los personajes.
Además, en un mundo, el del comic book americano, poblado de superhéroes, ciencia ficción y fantasía, incluso las historietas adscritas al género del misterio suelen tener algunos –o todos- de los elementos antedichos. No es que en esa mezcla no puedan encontrarse muchas obras interesantes, pero el hecho de que aquí no haya hologramas, rayos laser o seres superpoderosos o sobrenaturales añade un grado de interés y acerca “The Maze Agency” a los estratos más puros del género dentro del arte secuencial.

A pesar de no existir una estricta continuidad, los personajes son otro de los puntos fuertes de este comic, carismáticos cada uno a su manera: la independiente Jennifer, hecha a sí misma y dispuesta a la acción; el soñador Gabe, siempre esperando escribir la novela que le proporcionará la fama. Los dos son amantes, pero sin espíritu posesivo; y ambos sienten una auténtica admiración por los talentos del otro. Los dos flirtean, discuten y tratan de encontrar una manera de mantener su relación entre misterio y misterio. Es un refrescante cambio respecto a los escenarios de amor juvenil y/ o idealizado que suelen poblar la mayoría de los comic books, que puede que acierten a la hora de plantear el romance, pero fracasan estrepitosamente cuando se trata de consumarlo. Jenn y Gabe son

Abrir uno de esos primeros números de The Maze Agency es como sentarse en el sofá frente a la televisión para ver tu serie favorita de detectives. Los personajes son maduros, los diálogos tienen chispa, el dibujo narra bien la historia y los misterios planteados son interesantes. En resumen, un sólido ejemplo de un subgénero que tiene muy buena acogida en la televisión, pero que por alguna misteriosa razón no ha calado en el cómic. Los episodios que unieron a Mike W.Barr y Adam Hughes siguen siendo hoy, cerca de treinta años después de su creación, historietas muy entretenidas, legibles y perfectamente recomendables para los amantes del género detectivesco más puro.
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