Hay autores que encarnan un modo de hacer comic, que simbolizan toda una forma de narrar historias. Su maestría se convierte en ejemplo e influencia para generaciones de artistas posteriores, que imitan su estilo o incorporan algunos de sus hallazgos a sus respectivas técnicas. Joe Kubert fue uno de ellos. Su extensa carrera en el mundo de las viñetas, el amor incondicional que siempre le profesó –y que se materializó en la apertura de una escuela en la que formó a futuros artistas de renombre- y su habilidad a la hora de narrar utilizando con inteligencia todos los recursos a su disposición, le han convertido en un paradigma de esa forma tan peculiar de narrar del comic book americano: montajes dinámicos, dibujo naturalista (que no realista), trazo y argumento orientados a la acción…
Uno de los personajes en los que más trabajó y en cuyas historias se ejemplifica lo anterior, fue

El personaje protagonizó uno de los primeros experimentos en 3-D, convirtiéndose a este formato en su número 2 (nov 1953), aunque regresaría en el siguiente a su bidimensionalidad al tiempo que cambiaba otra vez el título por el de “Tor” (mayo de 1954). La serie no se prolongó más allá del número 5 (octubre de 1954), pero se dio la circunstancia de que cuando St John dejó la actividad editorial le cedió los derechos de su personaje a Kubert, que quedó libre así para retomarlo o abandonarlo a su antojo.

Tor era ahora un ser más adulto y experimentado, y Kubert un autor mucho más experto. Sus poderosas imágenes hicieron destacar a este título por encima de muchos otros. Tor recordaba en esta colección los años de juventud del protagonista y los desafíos de la madurez, desafíos que requerían de los instintos más primitivos del hombre.
Este revival sólo duró seis números (sólo el primero tenía material nuevo, el resto eran reediciones con nuevas portadas), pero como el autor seguía manteniendo sus derechos, pudo seguir trabajando con él en otras editoriales (Eclipse, Atomeka Press, Epic Comics) o incluso autoeditarlo, como hizo en 1977 dentro de la revista “Sojourn” de su sello White Cliffs Publishing. En una industria en la que las compañías peleaban hasta el final por los derechos sobre sus personajes, en pocas ocasiones un autor norteamericano había tenido tal control sobre una de sus creaciones (otras excepciones notables fueron Will Eisner y su “Spirit” o Jack Kirby y Joe Simon y su “Fighting American”)
En la década de los noventa, cuando muchos de sus coetáneos ya se dirigían con paso firme a la

La acción transcurre en un pasado remoto –la coexistencia de humanos con dinosaurios y otras criaturas, fruto más de la fantasía que de la paleontología, no la incluye directamente en el género de la fantasía heróica-. Tor es el hijo del líder de una tribu asesinado por una partida de brutales forasteros. Huyendo para salvar su vida, se refugia en las laderas de un volcán activo, donde salva a una muchacha que iba a ser ofrecida como sacrificio por unos humanoides de aspecto bestial. Pero ambos son atrapados y Tor debe encontrar la forma no sólo de sobrevivir a la prueba a la que le someten sus captores, sino de llevar a cabo su venganza contra aquellos que asesinaron a su padre y sojuzgaron su tribu.

Sobre el esquema de una historia relativamente sencilla, lineal y conocida en sus líneas

Efectivamente, Kubert demuestra en “Tor” su talla como narrador integral. Domina la expresividad de la figura y el rostro, reflejando en ellos con gran intensidad pero sin aspavientos emociones como el odio, la sorpresa, el miedo, la tensión, la tristeza…Esas emociones y la acción que las acompaña hallan refuerzo en un montaje dinámico que aprovecha todas las soluciones a su alcance: travellings, angulaciones, viñetas alargadas, páginas viñeta, zooms… Es difícil encontrar a un autor que vierta tal excelencia en todas sus páginas. En ninguna de ellas se detecta aburrimiento, monotonía o trabajo mecánico. Son atrevidas en su diseño, perfectas en su ejecución y claras en su narrativa. Y esto es mucho decir en una industria que presiona a los autores para que llenen páginas y más páginas cada mes, empujándolos a tomar atajos y reciclar las mismas imágenes una y otra vez. Pero no importa cuántas veces se pusiera Kubert a dibujar la misma historia, siempre parece hacerlo por primera vez.

Por todo ello, los textos sobran. No hay diálogos en “Tor”. No hacen falta. Y lo cierto es que habida cuenta de la claridad narrativa que despliega Kubert, tampoco harían falta la mayoría de los textos de apoyo, demasiado reiterativos respecto a lo que ya muestra el dibujo y quizá rémora de aquella vieja escuela que no entendía el comic sin textos de ningún tipo.
“Tor” es, en definitiva, un relato de hazañas prehistóricas que discurre por lugares y tópicos bien conocidos, sí, pero cuya ejecución magistral lo hace absolutamente recomendable para cualquier amante del comic de aventuras de impecable corte clásico ejecutado por uno de los maestros del género.
No hay comentarios:
Publicar un comentario