22 oct. 2014

1976-EL NAVÍO DE PIEDRA- Pierre Christin y Enki Bilal





En 1975, el ya experimentado guionista Pierre Christin y un todavía joven Enki Bilal inauguraron con “El Crucero de los Olvidados” una nueva serie cuyo título genérico era “Leyendas de Hoy” y cuya intención era fundir el realismo cotidiano, la denuncia social y la fantasía (sucesora temática, a su vez, de otra serie, “Rumores de Rouergue”, que Christin había creado con Jacques Tardi). Aunque la pureza de esa fórmula fue diluyéndose en los álbumes posteriores al que ahora comentamos, deslizándose primero hacia la ciencia ficción (“La Ciudad que Nunca Existió) y luego al thriller político más puro (“Las Falanges del Orden Negro”, “Partida de Caza”), “El Navío de Piedra” aún se ajusta bien a los parámetros iniciales, insertando una intriga con componentes místicos en la confluencia de tres subgéneros: la leyenda celta, la fábula ecológica y la sátira económica.


La historia está ambientada en la región de Bretaña, en el pequeño pueblo costero de Trehoët. Allí la vida sigue todavía el ritmo pausado de las estaciones, basando su economía en la pesca costera y en los cercanos astilleros. Sin embargo, una sombra se extiende sobre la tranquila población bajo la forma de un complejo hostelero que una serie de promotores inmobiliarios tiene intención de construir en la cima de un arrecife próximo. Para ellos no se trata más que de un proyecto económicamente jugoso del que extraer pingües beneficios. Pero para los vecinos de Trehoët supondrá un cambio radical en sus vidas: el viejo castillo que ha dominado el lugar durante siglos será derribado, se modificará el perfil de la costa y su pueblo quedará reducido a una mera curiosidad pintoresca para los turistas de temporada.

Los hombres de negocios aseguran que el pueblo se convertirá en un floreciente centro turístico, pero la mayoría de los lugareños, cuyo sustento se pone en juego, desconfían; y aunque deciden oponerse al proyecto, lo tienen todo en contra. Entra en juego entonces un recién llegado –el
hombre misterioso que liga todos los álbumes de la serie, catalizador del cambio y agitador profesional que se había presentado en el primer volumen, “El Crucero de los Olvidados”- el cual idea un plan que implica al Ankou, un viejo ermitaño de misteriosos poderes que mora entre las ruinas del castillo y que será clave a la hora de preparar una insólita solución al dilema al que se enfrenta el pueblo.

“El Navío de Piedra” es, en buena medida, un remake de “El Crucero de los Olvidados”. En esta ocasión, se produce una simple sustitución de los experimentos militares por los negocios inmobiliarios, se cambia el escenario regional de las Landas por Bretaña y el vehículo salvador pasa de ser un pueblo volador al navío del título; pero el fondo y tema de ambas historias son similares, como también la galería de personajes y su retrato general: políticos/hombres de negocios corruptos, militares/policías incompetentes y aldeanos rústicos pero íntegros y trabajadores.

En este sentido, la denuncia social, implícita en el propio tema que desarrolla el álbum y aun
teniendo en cuenta que estamos ante una fábula que pretende subrayar las debilidades del sistema, resulta en mi opinión algo chirriante por maniquea. Mientras los vecinos de Trehoët responden al arquetipo idealizado y políticamente correcto de “gente del pueblo”, toscos pero básicamente honrados, los hombres y mujeres de negocios que festejan su inminente triunfo a bordo del yate de uno de ellos se presentan claramente como individuos corruptos, codiciosos, banales y degenerados; los supervisores son racistas, los gendarmes cobardes… Es una caricaturización muy utilizada por los militantes de izquierda de los setenta en apoyo de su ideología, pero que hoy se antoja burda aun cuando el sustrato del mensaje (la desconsideración del capitalismo más desatado hacia cualquier cosa que se interponga en su objetivo) sigue, por desgracia, plenamente vigente.

Si la sátira económica de “El Navío de Piedra” resulta poco elaborada, algo mejor resultado obtiene Christin a la hora de retratar la cotidianeidad de los habitantes del pueblo, ya sea la dura vida en el mar, en los astilleros o en los momentos de descanso en la taberna al final de cada jornada, salpicando esas escenas con chispazos de humor socarrón. Lo hace, no obstante, recurriendo a figuras un tanto predecibles, como el sacerdote de la parroquia, el tabernero o el senil veterano de la Segunda Guerra Mundial empeñado en rememorar batallitas de su militancia entre la Resistencia comunista.

Teniendo en cuenta que Christin afirmó haber utilizado el elemento fantástico como mero anzuelo para vender la idea de la serie a la editorial Dargaud –y para que Enki Bilal, afín a ese género, se sintiera cómodo con ella-, éste último aspecto de la historia está bien elegido, diseñado e integrado en la narración. Y es que el guionista ya había ensayado con éxito una fórmula parecida -desde comienzos de los setenta en la serie “Valerian”- realizando con la ciencia ficción el camino inverso: reflexionar sobre cuestiones actuales en un entorno futurista.

Desde el principio del álbum, ambos autores nos sumergen en el característico ambiente bretón:
el mar, la niebla, las landas, los menhires, una sensación de oculta pervivencia de lo pretérito…que se sustancia en el personaje de Ankou, figura esencial en la mitología celta que ha pasado de generación en generación a través de la tradición oral y los cuentos populares bretones. A pesar de su inquietante aspecto y su capacidad de convocar a los difuntos, no representa a la Muerte, sino que más bien actúa como su sirviente, un mercader de almas: quien escuche el chirrido de su carruaje sabe que pronto morirá. En “El Navío de Piedra”, Christin y Bilal nos proponen una relectura de este mito, encarnándolo en un anciano de aspecto fantasmal, guardián de la tradición, Merlín de los tiempos actuales, capaz de conjurar los innumerables seres –humanos e inhumanos- que moraron en esa tierra desde la noche de los tiempos y que ayudarán a los vecinos de Trehöet a salvar no sólo el presente del pueblo, sino su pasado ancestral.

El que “El Navío de Piedra” haya venido reeditándose durante cuarenta años, se debe no tanto al correcto –aunque, como hemos visto, no totalmente original- guión de Christin como a su fusión con un artista profundamente personal, Enki Bilal, y ello a pesar de que su estilo en estos años distaba aún mucho del que exhibe en la actualidad. En esta etapa de su carrera, el dibujante utilizaba con profusión el tramado manual para crear la iluminación de las escenas y añadir volumen a fondos y personajes, un recurso que unos años más tarde sustituiría por la más sutil y compleja aplicación del color. Así, nos encontramos con un dibujo de apariencia poco depurada, denso, sobrecargado de líneas y detalles y tendente al feísmo. Las casas tienen un aspecto viejo, la ropa de los personajes está sucia, arrugada y parcheada e incluso los rostros de los personajes tienen una cualidad fósil. Es un comic que destila una atmósfera pétrea que, sin embargo, no desentona con el espíritu místico de la historia.

Al mismo tiempo, Bilal demuestra tener una flexibilidad poco habitual a la hora de visualizar y
dotar de expresividad a una variedad de lugares y personajes, ya sea en las escenas más costumbristas o aquellas de carácter fantástico-místico pobladas por seres maravillosos.

“El Navío de Piedra” combina el aspecto lúdico y maravilloso de los relatos fantásticos con la responsabilidad social y la reflexión sobre los efectos nefastos que pueden derivar de la modernización mal entendida y la industrialización indiferente a la tradición y la ecología. Y lo hace de forma poética, afectuosa y tranquila, sin efectismos vacíos, aventuras épicas o superhombres, mezclando dos mundos en un sencillo escenario regional que permite un mayor acercamiento al lector. Para aficionados al realismo mágico, el comic comprometido y el peculiar arte de Bilal.

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